Capítulo 31
El abrazo levantó a Samuel Flaherty del suelo, pese a que era un hombre grande.
Owen Brogan lo estrechó, lo alzó dos dedos por encima del mármol del vestíbulo y lo sacudió como si se tratara de un saco de avena, riendo con una risa enorme que hizo vibrar las lágrimas de la araña de cristal, mientras el mayordomo de los Ashford, entrenado en cuarenta años de compostura, contemplaba la escena con la expresión de quien asiste a la invasión de un país amigo.
—¡Sam! ¡Samuel Flaherty, por todos los santos de Irlanda! —Lo depositó en el suelo, lo apartó para mirarlo, lo volvió a abrazar—. Inglaterra te ha estropeado. Estás pálido como un abogado. ¿Es que en Londres no hay buen whiskey o es que no te dejan salir?
—Las dos cosas —dijo Samuel mientras sonreía .
Trix lo observaba todo por la rendija de la puerta del comedor, ya que se suponía que debía ser invisible, y sintió que algo se le quebraba en el pecho.
Owen Brogan era exactamente lo que prometían las cartas: grande como un armario de roble, colorado, con una barba rojiza entreverada de gris, la ropa buena y mal puesta de los hombres a los que les da igual, y una manera de ocupar el mundo que calentaba las habitaciones un par de grados.
En treinta segundos había abrazado a Samuel un par de veces, estrechado la mano del mayordomo, celebrado el tamaño de la escalera, el brillo de la araña y el nefasto clima de Londres, y había preguntado, además, hasta tres veces si de verdad estaba bien, mirándolo a los ojos como si necesitara constatarlo.
Trix no necesitó explicaciones de por qué Samuel había estado a punto de romper con todos ellos por defender a aquel hombre. Nadie sospechaba de la chimenea junto a la que aprendió a leer.
Ese era el hombre al que habían tendido una trampa. Y esa fue la primera vez, desde que empezó todo, que Trix Sinclair deseó con todas sus fuerzas haberse equivocado.
La función empezó a las cuatro.
Samuel se había disculpado, insistiendo en que solo quería presentarle a lord Ashford, ya que eran amigos, y una vez hecho, adujo que debía volver al campo ese mismo día, dejando a los dos caballeros solos.
El decorado era el saloncito chino: papel pintado de flores amarillas, biombo lacado y, al fondo, cubriendo la alcoba de la ventana, la cortina de brocado tras la que estaba el canapé, que parecía mullido.
Antes de que Sebastian y Owen accedieran, Samuel y Trix dieron la vuelta por el pasillo de servicio, entraron en la alcoba por la puertecita del jardín de invierno y ocuparon su sitio detrás de la cortina: si Owen Brogan se condenaba, se condenaría ante los oídos de su amigo.
A las cuatro y doce, la cortina se movió apenas y Samuel se instaló en el canapé, a un palmo de ella, en una penumbra dorada que olía a polvo y a brocado viejo. No se miraron. Al otro lado, amortiguadas por la tela, las voces de Sebastian y Owen desplegaban ya la liturgia del tabaco y el brandy.
—…y le decía, Brogan, que el prospecto es tentador: la Denver and Rio Grande amplía capital, y mi agente en Nueva York insiste…
—Su agente en Nueva York —la voz de Owen venía envuelta en humo y buen humor— pagará una abultada comisión a la Denver and Rio Grande, milord, si me permite el atrevimiento.
Mire, yo he venido porque Sam me lo ha pedido, y yo por Sam cruzo el mar de Irlanda si es necesario —el aludido sonrió tras la cortina—.
Pero le voy a ahorrar tiempo y dinero: olvide América.
—¿Que la olvide? Me sorprende usted. Creí que…
—América está muy lejos y llena de americanos, con todos mis respetos, ya que sé que su esposa…
—Risa enorme ante la metedura de pata—. En América le meriendan a usted el margen de beneficio entre agentes, fletes y abogados de Wall Street, y cuando quiera reclamar, su dinero estará a cinco mil millas y a tres husos horarios de distancia.
No, milord. El dinero es como las vacas, hay que tenerlo donde uno pueda ir a verlo pastar.
Samuel se removió incómodo. Trix estuvo a punto de cogerle la mano para tranquilizarlo, pero no lo hizo. Sebastian dio un paso más.
—¿Y cómo puede usted ayudarme, si puede saberse?
Owen se acarició la panza.
—Irlanda. —Ni un segundo de vacilación—. Tierras, milord. Tierras irlandesas.
Detrás de la cortina, Trix sintió que el canapé se tensaba sin que nadie se hubiera movido.
—¿Irlanda? —Sebastian dejó caer el escepticismo justo—. Tenía entendido que aquello es un avispero. Rentas impagadas, la Liga Agraria, propietarios arruinándose…
—¡Exactamente! —Owen palmeó su propia rodilla—.
Propietarios arruinados. ¿Y sabe qué hace un propietario arruinado, milord?
Vende. Vende barato, vende rápido y vende llorando, y quien tiene la liquidez y el estómago, compra por seis lo que vale veinte —suspiró, encantado de sí mismo—.
Llevo tres años observándolo. Fincas que las familias tuvieron tres siglos en su poder y que, de la noche a la mañana, cambian de manos.
Es triste, si quiere. También es la oportunidad del siglo, y el siglo no espera a los sentimentales.
Trix no miró a Samuel. No hizo falta. Oía su respiración, lenta, contenida, como quien acarrea piedras .
—Aun así —Sebastian removió su copa; el cristal tintineó—, yo no sabría ni por dónde empezar. No conozco el terreno, no conozco las leyes, no conozco a nadie…
—No necesita conocer a nadie. Me conoce a mí.
—La voz de Owen se acercó, bajó, se hizo confidencial y cálida, la voz de un hombre haciendo un favor—.
Y yo le voy a decir lo que le digo a los amigos: no tiene usted que ocuparse de nada.
Hay en Londres un despacho de abogados muy serio, discretísimo, que lo lleva todo: constitución de la sociedad, compras, arriendos, papeles.
Usted firma, compra y cobra. Un abogado de primera, el señor Edmund Holcombe, de Lombard Street. Yo mismo trabajo con él.
—Holcombe. —Sebastian paladeó el nombre como si lo oyera por primera vez—. No me suena. Comprenda, Brogan, que un hombre en mi posición no puede firmar con un desconocido porque el amigo de un amigo…
—Milord. —Owen rio, indulgente—. ¿Cree que yo metería a Sam, o al amigo de Sam, en nada que no estuviera respaldado?
Detrás de ese despacho no hay un don nadie.
Está un caballero norteamericano de fortuna y con la mitad de la City comiendo de su mano.
Un buen amigo mío, se lo digo con orgullo, porque pocos hombres he conocido con esa cabeza.
—Una pausa, el crujido de un sillón al inclinarse—.
El señor Jasper Black. Quédese con el nombre, pero sea discreto, al señor Black no le gusta figurar.
Los hombres verdaderamente ricos, milord, son como los buenos cimientos: no se ven.
Y ahí, en la penumbra dorada de la alcoba, el brazo de Samuel Flaherty se movió .
No fue algo evidente. Un traslado de peso, una pierna que se recoge para incorporarse, la mecánica inconfundible de un cuerpo grande decidiendo levantarse; y la intención de Trix llegó antes que el pensamiento.
Le agarró el antebrazo con las dos manos y apretó, con todas sus fuerzas, clavándole los dedos a través de la manga, y cuando él giró la cabeza ella ya estaba negando, muy despacio, con los ojos, sin mover apenas la barbilla: no. Todavía no. Aguanta .
Se quedaron así.
Al otro lado de la cortina, Owen Brogan explicaba plazos y desembolsos por tramos con su voz de chimenea encendida, y detrás del brocado dos personas se sostenían en la penumbra: él con los ojos cerrados y la mandíbula convertida en piedra de Galway, respirando su derrumbe de bocanada en bocanada; ella colgada de su brazo con ambas manos, ya no para retenerlo —hacía rato que él no empujaba—, sino porque soltarlo, en ese momento, habría sido la única crueldad que Trix Sinclair no era capaz de cometer.
En algún momento, la mano libre de Samuel se posó sobre las de ella.
No la apretó. Solo la dejó allí, como se deja la mano sobre una borda cuando el mar se pone feo, y así escucharon juntos, en la oscuridad que olía a polvo, cómo el hombre que le había enseñado a pescar a Samuel Flaherty le vendía al duque de Ashford, por una comisión, la misma red en la que había visto ahogarse a su amigo.
—…piénselo con la almohada, milord. Yo estaré en el Claridge’s hasta el viernes.
Y dele un abrazo a Sam de mi parte, que se me ha escapado sin co mer.
—La risa enorme, ya de pie, ya en despedida—.
Dígale que a ver si viene por Dublín, que lo tenemos abandonado.
Ese muchacho es lo mejor que ha dado Connemara, ¿lo sabía usted? Lo quiero como a un hijo.
La puerta del saloncito se cerró. Los pasos de Owen y del mayordomo se apagaron pasillo arriba. Un carruaje, abajo, recogió su carga de buen humor y se la llevó rodando hacia el Claridge’s.
Sebastian descorrió la cortina.
Quien salió de la alcoba no fue exactamente Samuel Flaherty.
Tenía su estatura y su ropa, pero la cara era de yeso húmedo, y los ojos grises miraban un punto situado aproximadamente en Connemara, treinta años atrás.
Sebastian empezó a decir algo —«Samuel…»—, pero se dio cuenta de que era mejor no decir nada. Trix no lo intentó siquiera.
Samuel cruzó el saloncito chino sin mirar a nadie, con un cuidado extraño, como si el suelo pudiera romperse o como si el roto fuera él mismo, y lo oyeron subir la escalera con un paso regular, demasiado regular, y cerrar la puerta de su cuarto sin dar el portazo que todos esperaban.
Aquel clic educado fue el sonido más triste que Trix había oído en su vida.
—Tenías razón —le dijo Sebastian en voz baja, mirando la escalera vacía.
—Sí —dijo Trix.
Y descubrió que la razón, en grandes cantidades, sabía exactamente igual que la culpa.
Samuel no bajó a cenar .
La mesa lo esperó con su plato puesto; Violet mantuvo la conversación a flote con heroísmo; Amelia observó las caras y no preguntó nada, que era su manera de preguntarlo todo.
A los postres, Trix dobló la servilleta, se levantó sin dar explicaciones y bajó a la cocina, donde Therese, que llevaba toda la tarde enterada de todo por los canales invisibles del servicio, ya tenía preparada una bandeja sin que nadie se la hubiera pedido: caldo, pan, queso de Somerset y una sola copa de vino.
—El queso es el mejor de la despensa —dijo Therese.
—Lo sé —contestó Trix, y cogió la bandeja.
Subió las escaleras con el corazón en los oídos.
Llamó a la puerta con los nudillos, dos golpes suaves, y no contestó nadie.
Llamó otra vez. Nada. Entonces hizo lo que una dama no debía hacer jamás y ella parecía condenada a hacer cada pocas semanas: abrió la puerta de la habitación de un hombre sin permiso.
Dentro no había ninguna luz encendida. El resplandor de las farolas de Mount Street entraba por la ventana sin cortinas y cortaba la oscuridad en franjas de un gris de ceniza, y tardó un segundo en encontrarlo, porque no estaba en la cama ni en el sillón ni junto a la ventana, sino en el suelo: sentado sobre la alfombra con la espalda contra el costado de la cama, las piernas dobladas, la cabeza apoyada hacia atrás en el colchón, y entre las rodillas, sostenida con las dos manos como se sostiene algo que pesa mucho más de lo que debe, una botella de whisky con el tapón todavía puesto.