Capítulo 30
El problema de los besos, concluyó Trix a las siete y cuarto de la mañana, con los ojos clavados en el dosel de su cama, era que no se podían devolver.
Un vestido equivocado se devolvía. Una inversión ruinosa se liquidaba, se asumía la pérdida y se anotaba la lección.
Hasta un compromiso matrimonial, bien manejado, admitía cancelación con daños razonables.
Pero un beso de madrugada, con un candil encendido y las defensas apagadas, no tenía casilla en ningún libro de cuentas: no era un activo, porque no podía venderse; no era un pasivo, porque nadie iba a reclamárselo; y, sin embargo, ahí estaba, ocupando espacio en el balance, devengando intereses cada noche a horas intempestivas.
Y el vals del día anterior no había ayudado. Aquella mano cerrándose sobre la suya. «Llevo catorce caballeros, princesa» .
Se dio la vuelta en la cama y hundió la cara en la almohada, furiosa consigo misma.
Porque los hechos —y Trix Sinclair se preciaba de no discutir jamás con los hechos— eran de una claridad ofensiva: ella estaba en Londres para desenredar la estafa que había arruinado a Samuel Flaherty, lograr que recuperase su fortuna y su tierra, y que aquel irlandés cabezota saliera de su casa, de su contrato de arrendamiento y de su vida, en ese orden, dejándola a ella exactamente donde quería estar: sola, rica y dueña de sí misma en Villa Encanto.
Ese era el plan.
Ese había sido siempre el plan.
Cada paso que daban hacia Jasper Black era un paso hacia la puerta por la que Samuel Flaherty desaparecería con sus baúles, su poesía anotada a lápiz y sus ojos grises, rumbo a Connemara, donde sería feliz y le escribiría, con suerte, dos cartas corteses al año.
—Eres una imbécil, Beatrix Sinclair —le informó a la almohada, que no la contradijo.
Llamaron a la puerta. Therese entró con el agua caliente y las noticias del día: el señor duque convocaba reunión en la biblioteca a las diez, había mandado que cancelaran todos sus planes de aquella mañana y parecía inquieto.
Trix apartó las mantas de golpe, agradecida.
Contra los pensamientos inoportunos, ningún remedio como una guerra.
A las diez en punto, la biblioteca de la mansión Ashford en Mayfair olía a café y a mapa desplegado.
Sebastian ocupaba su sillón de orejas con un cuaderno de notas; Cillian Magee, de pie junto a la ventana, vigilaba la calle por costumbre profesional; Trix se instaló en el sofá; Violet y Amelia habían salido temprano y se las esperaba para el almuerzo.
Samuel llegó el último, dio los buenos días al aire, a mitad de camino entre ella y la chimenea, y se quedó de pie, con los brazos cruzados, lo más lejos del sofá que permitía la acústica.
—Anoche ganamos y a la vez perdimos una batalla —abrió Sebastian, sin preámbulos—.
Sabemos que Jasper Black lleva tres años comprando tierras en Irlanda con dinero ajeno a través de Holcombe y de otros socios.
Pero perdimos el anonimato: ha reconocido la voz de Trix.
Todavía no sabe de qué. Cuando lo descubra, y creedme, lo hará, cerrará las escotillas, y todo lo que hoy es descuidado en esa organización pasará a ser hermético.
—Miró alrededor—. Tenemos semanas, quizá días.
Necesitamos llegar a sus socios antes de que Black llegue a la verdadera identidad de la señora Prescott.
—Los socios no van a presentarse por gusto —dijo Cillian desde la ventana.
El silencio que siguió fue de una cortesía insoportable, porque los cuatro sabían el nombre que nadie pronunciaba y los cuatro miraban a cualquier parte menos a Flaherty.
Fue el propio Samuel quien lo dijo.
—Owen. —La palabra le salió sin matices, sin inflexión, como sale una moneda de un puño apretado—. Queréis usar a Owen.
—Queremos escribirle —matizó Sebastian con suavidad—. Una carta tuya. Le cuentas, por ejemplo, que tengo entre manos una oportunidad de inversión en América, ferrocarriles del oeste, cifras grandes, y que necesito un hombre de confianza que la valore. No creo que dude en venir a Londres.
—Un cebo.
—Una oportunidad —corrigió Trix con cautela, y Samuel la miró por primera vez en toda la mañana—.
Si Owen Brogan es inocente, vendrá, escuchará a Sebastian, olfateará el negocio como cualquier hombre honrado y no habrá en su conducta nada que esconder.
La misma trampa que puede condenarlo es la única prueba que puede limpiar su reputación, Samuel —utilizó su nombre y él sintió un cosquilleo en el estómago—. Eso zanjará cualquier duda.
Su mandíbula se crispó.
—¿Y si se da cuenta de lo que hacemos? Owen no es estúpido.
—Si es inocente, comprenderá que buscas una explicación —intervino Sebastian—, igual que tú tendrás que perdonarnos a nosotros si no es culpable.
Samuel se acercó a la chimenea y estuvo un rato mirando el fuego. Trix conocía ya aquella espalda: la había visto irse de un salón dando un portazo y volver del Embankment con un plato vacío en las manos. Cuando se volvió, tenía el rostro serio.
—Tres condiciones. —Levantó un dedo—. La carta la escribo yo, con mis palabras; si huele a dictado, Owen lo notará a mil millas.
—Otro dedo—. Si es inocente, jamás sabrá lo que ha pasado en ese saloncito.
Jamás. —El tercero—. Y si es culpable… —Ahí la voz se le quedó un instante en seco, y lo resolvió con una brutalidad tranquila—, si es culpable, el primero en saberlo seré yo .
—Por eso mismo —dijo Sebastian— he pensado que Trix y tú podéis esconderos en el saloncito chino mientras Owen y yo nos entrevistamos. La cortina del fondo deja un hueco hasta la pared; caben dos personas y hay un canapé donde no crujen las tablas.
¿Por qué Trix y él? Iba a preguntarlo, pero algo lo detuvo. Cambió de rumbo.
—Tengo una condición más. —Samuel miró a la muchacha—. Si sale mal, si hay que salir de detrás de esa cortina, tú permanecerás oculta. No quiero verte envuelta en esto más de lo que ya estás.
Ella simplemente asintió.
Samuel escribió la carta esa misma tarde, en la biblioteca, y Trix fue testigo del dolor que le suponía poner en juego la honorabilidad de un amigo.
Samuel rompió el primer pliego a las tres líneas.
El segundo lo terminó, lo leyó entero y lo quemó en la chimenea sin dar explicaciones.
El tercero lo escribió despacio, de un tirón, con la letra inclinada, y cuando lo firmó se quedó mirando la tinta como si fuera de otro.
—¿Quieres leerla? —le preguntó a Trix.
—Sé que es perfecta.
Cillian se apartó entonces de la ventana, donde había pasado la tarde entera de centinela voluntario, y habló con una ligereza que a Trix, después, le parecería extraña.
—Yo no debería estar aquí cuando venga Brogan. Me ha visto en Dublín, haciendo preguntas. Si nos cruzamos en un pasillo, la función se acaba antes del primer acto. —Se encogió de hombros—. Desapareceré unos días. Tengo asuntos que atender de todos modos.
—Razonable —asintió Sebastian.
A Trix no le pareció tan lógico. Magee había estado presente en todas las ocasiones y quería desaparecer cuando más interesante se ponía el juego. Empezaba a dudar de él, y no tenía ni idea de por qué.
—La carta saldrá hoy mismo —concluyó Sebastian—. Si Owen pica el anzuelo, es posible que lo tengamos aquí en un par de días.
Esa noche, la casa se acostó temprano, agotada de estrategia.
Y fue mucho después de la medianoche cuando Therese, que no conseguía dormir y había bajado a la cocina a por un vaso de agua, se encontró la luz de una vela encendida y a Cillian Magee de pie junto a la mesa grande, metiendo una camisa doblada en un bolso de viaje pequeño.
Se quedaron mirándose. La cocina, a oscuras salvo por aquella vela, guardaba entre los dos su vieja geografía: la mesa por medio, el aparador a la izquierda.
—¿Adónde vas? —preguntó Therese en voz baja.
—A Dublín.
—¿Por qué?
—Porque tengo que terminar algo. —Cillian cerró el bolso con un gesto seco—. Vuelvo en cuatro días.
—Cuatro días. —Therese cruzó los brazos—. ¿Eso se lo has dicho a los señores?
—Les he dicho que desaparezco para no cruzarme con Brogan. Es verdad .
—Verdad —repitió ella—. ¿Por qué no te creo, Cillian?
Él la miró por encima de la vela. La llama le cortaba la cara en dos mitades, una de luz y otra de sombra, y por un momento pareció que iba a decir algo distinto de todo lo que decía siempre. No salió palabra alguna de su boca y Therese apartó la mirada.
—Cuando regrese —dijo desde la puerta de servicio—, te voy a contar una larga historia. Si después de oírla todavía desconfías, te prometo que no volverás a verme.
Y salió a la noche sin esperar respuesta.
Therese no volvió a la cama. Se quedó en la cocina hasta que la vela se consumió y el primer gris del alba se coló por encima de los visillos, oyendo, en algún momento impreciso, el golpe suave de la verja del patio.