Capítulo 29
Desde la noche del pan y el queso, Trix Sinclair y Samuel Flaherty habían perfeccionado una disciplina nueva y agotadora: la de no coincidir jamás en la misma habitación más de cuatro minutos, a menos que fuera imprescindible.
Era un arte sutil. Si ella entraba en la biblioteca, él descubría de pronto un interés impostergable por los establos.
Si él bajaba a desayunar a las ocho, ella desayunaba a las siete y media; si él se corregía y bajaba a las siete y media, ella descubría las virtudes del desayuno en su cuarto.
Se hablaban, eso sí, con una cortesía tan pulida que chirriaba: «señor Flaherty», «señorita Sinclair», «no faltaba más», «después de usted».
Nadie que los hubiera visto hacía unos días tuteándose, llamándola él a ella «princesa» y ella a él, simplemente, «Jed», no habría reconocido a aquellos dos diplomáticos que se cedían el paso en las puertas .
Y, sin embargo —Amelia lo tenía anotado en su cuaderno invisible con doble subrayado—, ninguno de los dos sabía dónde estaba el otro con menos de un segundo de retraso.
Era la paradoja más hermosa que había observado en años: dos personas organizando su vida entera alrededor de alguien a quien fingían no ver.
Ocho días llevaba aquello y, al octavo día, los Ashford dieron un baile.
Oficialmente, la duquesa de Ashford presentaba en sociedad a su querida amiga, la señorita Beatrix Sinclair, de Nueva York: trescientas invitaciones, orquesta de doce músicos, la vajilla buena y una lista de caballeros casaderos que Violet había confeccionado con el esmero de un general que dispone su artillería.
Extraoficialmente, la lista de invitados escondía un nombre subrayado en el despacho de Sebastian: el señor Jasper Black, un americano que, como ellas, pasaba una larga temporada en Londres.
Aquella era la verdadera intención de aquel baile, tal como la había resumido el duque con su flema habitual: «A los amigos hay que tenerlos cerca. A los enemigos, bajo las lámparas de araña, con una copa en la mano y hablando más de la cuenta».
—Recuérdame por qué he aceptado esto —murmuró Violet al pie de la escalinata, enguantada, peinada y armada con el vestido de seda gris perla que Addie había defendido contra dos alternativas más discretas.
—Porque somos el cebo más elegante de Londres en este momento —contestó Trix, radiante, colocándole bien un pliegue—. Sonríe. Ahí viene el primero .
El primero fue un vizconde con patillas de almirante.
El segundo, un heredero de Kent que hablaba de sus perros.
El tercero, un diplomático que había estado en Nueva York y se empeñó en demostrarlo.
Trix sonrió, bailó, respondió, dejó caer dos ocurrencias que al día siguiente se citarían en los salones londinenses, y ejecutó su papel de heredera americana con una perfección que habría enorgullecido a su madre.
Lo hizo todo, además, con un hilo invisible atado a la nuca.
Porque al otro lado del salón, junto a una columna, con el frac que le había prestado su amigo Sebastian y cara de estar contando las molduras del techo, Samuel Flaherty no se perdía un solo compás.
No se acercaba. No la sacaba a bailar. Se limitaba a existir en diagonal, con una copa intacta en la mano, y cada vez que un caballero se inclinaba hacia Trix, la mandíbula del irlandés ejecutaba un movimiento minúsculo que Amelia, desde su puesto de observación junto a las mimosas, había bautizado ya como «el crujido».
A su vez, cada vez que Trix giraba en un vals, sus ojos barrían la columna. Un barrido breve, minúsculo, que no pasaba desapercibido a su amiga.
—La señorita Sinclair se ha convertido en el alma de esta fiesta —le comentó a Amelia un caballero escocés entrado en años, de aspecto marcial, apareciendo a su lado con dos copas de champán—. Ese país suyo debe de ser fascinante, señorita Rourke .
Él y su esposa le habían sido presentados durante una visita a la Galería de Retratos, pues eran conocidos de Sebastian. Amelia aceptó la bebida.
—Milord, veo que sabe apreciar lo bueno.
—Defecto de familia. —El hombre miró alrededor y le hizo una seña a alguien por encima de las cabezas—. Y a propósito de familia: permítame. Ha venido conmigo mi sobrino, que acaba de bajar de las Tierras Altas y es buen amigo de lord Ashford.
El sobrino se acercó sin prisa, abriéndose paso entre la multitud como quien atraviesa un campo vacío.
—La señorita Amelia Rourke, de Nueva York. Mi sobrino, Ewan McGomery.
Era alto, moreno como muchos de los suyos, de unos veinticinco años, quizá, y llevaba el frac con la resignación de quien preferiría otra ropa y otro sitio. Una cicatriz fina le cruzaba la sien izquierda y se perdía en el nacimiento del pelo. Tenía los ojos de los McGomery, muy azules.
—Señorita Rourke. —Se inclinó.
—Señor McGomery.
Y ahí, donde cualquier caballero habría colocado un cumplido sobre la velada, el vestido o la travesía del Atlántico, Ewan McGomery únicamente le sostuvo la mirada un instante —un instante apenas más largo de lo debido, lo justo para que ella notara un calor absurdo en las orejas—, pareció buscar una frase, no encontrarla o descartarla, y optó por la retirada con una segunda inclinación.
—Disculpen. Creo que mi bisabuelo está a punto de explicarle al embajador austríaco cómo se gana una guerra .
Y se fue.
—Discúlpelo —dijo el caballero—. Enviudó hace tres años y desde entonces detesta la vida social —suspiró—. Lo he traído a Londres casi a rastras, aunque debo decirle que es la conversación más larga que le he visto mantener con una dama en todo este tiempo.
Habían sido dos frases. Amelia dio un sorbo a su copa y decidió que aquel caballero no merecía más atención que la prestada, aunque, curiosamente, en la siguiente media hora se descubrió indagando en qué punto del salón se encontraba.
En una de esas comprobaciones, él la estaba mirando. No apartó la vista de inmediato, ella tampoco. Fue un empate incómodo que ninguno supo entender, y ambos volvieron a sus respectivas conversaciones con idéntico e innecesario interés.
En su cuaderno invisible, Amelia se negó a anotar nada.
A las once, con el baile en plena ebullición, un lacayo anunció al señor Jasper Black.
Violet lo vio cruzar el salón y tuvo que reconocer que había mejorado con el paso del tiempo.
El Jasper de Nueva York, el pretendiente sonrojado que hablaba de codornices y le tenía miedo a la lluvia, había sido un muchacho de ojos incapaces de fijarse en nada.
Este parecía más espabilado, quizá más astuto.
El cabello entre rubio y encendido era el mismo; la torpeza había desaparecido, planchada bajo una capa de aplomo nuevo que a Violet le gustó todavía menos que la torpeza.
—Duquesa. —Se inclinó ante ella sin rastro de rencor, como si entre las dos familias no mediaran un chantaje, un baile con policías y un padre pudriéndose en prisión—. Está usted deslumbrante. Londres le sienta mejor que Newport, si me permite la osadía.
—Señor Black. —Violet, que llevaba toda la vida sonriendo a gente que detestaba, lo hizo de nuevo—. Cuánto tiempo.
—Todo el que mi padre pasó estropeándolo. —Lo dijo con ligereza—. Espero que sepa, duquesa, que no heredé sus pleitos. Solo sus periódicos, que ya es carga suficiente.
Saludó a Amelia y llegó por fin a Trix, que le tendió la mano con la sonrisa más frívola de su repertorio, la número tres, la de las regatas de Newport.
—Señorita Sinclair. —Jasper se demoró un instante sobre su mano—. Cuando supe que la nueva sensación de Londres era usted, no quise perdérmelo.
—Y yo que temía que solo me encontraría con caballeros ingleses hablando de perros —celebró Trix, agitando el abanico—. Señor Black, usted, que es un magnate de la prensa, ¿nos contará algo que nadie sepa?
Jasper le ofreció el brazo, dieron un paseo por el perímetro del salón, y durante veinte minutos Trix Sinclair ejecutó la obra completa: rio donde debía, abrió mucho los ojos donde convenía, confundió Irlanda con Escocia una vez —«¡son tan parecidos!
»— y dejó caer, entre dos frivolidades, que su padre andaba aburrido del acero y buscando «algo moderno» donde colocar dinero.
—Pues ha llegado usted al lugar indicado.
—Jasper bajó la voz hasta el tono de la confidencialidad—.
El porvenir, señorita Sinclair, no está en el acero ni en el algodón.
Está en la tierra. Tierra irlandesa, concretamente.
—Sonrisa—. Medio país está en manos de propietarios arruinados por las rentas impagadas; el otro medio, a punto.
Un inversor con liquidez y sin sentimentalismos puede comprar hoy a seis peniques lo que valdrá una libra en diez años. Nosotros lo estamos haciendo.
—¿Nosotros? —Trix parpadeó, encantadora—. ¿Tiene usted socios? Qué emocionante. Papá dice que los socios son como los matrimonios: caros y difíciles de disolver.
Jasper rio de veras.
—Los míos son discretos y rentables, que es más de lo que puede decirse de la mayoría de los esposos.
Un abogado de prestigio se ocupa del papeleo.
—Y ahí, en el vértice exacto entre la vanidad y la prudencia, se detuvo.
Trix sintió el freno como se siente un escalón en la oscuridad—.
Pero aburro a una dama con negocios. Imperdonable.
—Al contrario. En Nueva York las damas ya solo hablamos de dinero. Debería saberlo.
Él la miró entonces con algo nuevo, una atención distinta, y ladeó la cabeza.
—¿Sabe que su voz me resulta extrañamente familiar, señorita Sinclair? No me refiero a nuestros escasos encuentros en Nueva York. Es como si la hubiera escuchado recientemente.
El abanico de Trix no se detuvo.
—Eso me lo dicen a menudo. —Suspiró con un fastidio encantador—. Al parecer, todas las americanas sonamos igual bajo estas antiguas edificaciones: a dólares. —Y señaló con el abanico hacia la orquesta—. ¿No es maravilloso ese vals? Es de lo poco que envidio de Europa.
—Se lo cedo entero —dijo Jasper, recuperando la sonrisa—. Yo no bailo. En mi oficio conviene tener siempre las dos manos libres.
Cuando se despidió, Trix cruzó el salón hasta donde Sebastian conversaba con un almirante, aceptó la copa que le tendía Violet y dijo, sin dejar de sonreír a la concurrencia:
—Es él. La firma de Londres es Holcombe, la tierra es Irlanda y los socios existen. Lo lleva haciendo tres años y está tan orgulloso que casi me da los nombres. —Un sorbo—. Casi.
—Bien pescado —murmuró el duque.
—Hay algo más. —Trix bajó aún más la voz—. Ha reconocido mi voz. No sabe de qué, pero la ha reconocido. Tenemos menos tiempo del que creíamos.
Al otro lado del salón, Samuel Flaherty abandonó su columna por primera vez en toda la noche y echó a andar hacia ella con la determinación de un hombre que ha visto a Jasper Black pasearse veinte minutos con Trix Sinclair del brazo y ha agotado su reserva anual de prudencia. Llegó, se inclinó y le habló al oído.
—Señorita Sinclair. Creo que este baile me pertenece.
—No recuerdo habérselo concedido.
—Pago con valses las rentas atrasadas.
Y como una escena era lo último que convenía a la velada, Trix le puso la mano en el brazo y se dejó llevar. Bailaron sin hablar el primer minuto, demasiado ocupados en ignorar que era la primera vez que se tocaban desde aquella madrugada que ninguno de los dos había vuelto a mencionar.
—Sonríe usted con generosidad esta noche —dijo él al fin, mirándola por encima de la cabeza—. Y a mucha gente.
—Es un baile en mi honor. Las alternativas eran limitadas.
—El vizconde de las patillas parecía muy entretenido.
—Me estuvo explicando la cría del faisán. —Trix alzó la vista—. ¿Y usted qué hacía junto a esa columna, señor Flaherty? ¿Sostenerla?
—Contar. —La mano de Samuel se cerró un poco más sobre la suya—. Llevo catorce caballeros, princesa. Como pase de veinte, no respondo.
El vals, por suerte, terminó antes de que ella encontrara una réplica ocurrente con que contestar.
Fue entonces cuando Amelia se encontró, sin saber cómo, en un saloncito vecino a la gran sala de baile. Violet, siempre atenta a las modas, había instalado allí a una tarotista con turbante y acento indescifrable que leía las cartas a las damas entre risas y chillidos deliciosos.
Amelia no tenía intención de acercarse: el esoterismo de salón le parecía una tontería.
Se había refugiado junto a la puerta, por la parte exterior, solo para descansar de la multitud, cuando, a través de la cortina entreabierta, le llegó la voz de la mujer, que le echaba la suerte a una dama ya anciana, a media voz, mientras barajaba .
No pudo escuchar lo que le dijo, pero la mujer rio con deleite escandalizado mientras la tarotista le aseguraba que aquel amante que había aparecido en la tirada ya bebía los vientos por ella.
Amelia se apartó de manera apresurada y sin saber por qué.
El recuerdo le llegó como una brisa inesperada: doce años atrás, una tienda de pañuelos de colores en un jardín de Central Park, cuatro niñas con tirabuzones, un billete de cinco dólares que había sacado Violet de la faltriquera, y una mujer con olor a aguardiente volteando naipes sobre terciopelo negro.
El as de oro.
El tres de bastos.
Las risas.
Y las otras dos cartas, las últimas, que la memoria le devolvía en desorden, mezcladas con el miedo delicioso de estar haciendo algo prohibido y con la prisa por volver antes de que sus madres las echaran en falta.
Una de aquellas cartas había sido buena.
La otra, nefasta.
Sacudió la cabeza. Paparruchas, había dicho la propia pitonisa. Pero no había que ser muy ducha para darse cuenta: Violet era duquesa y dichosa. Clara esperaba un hijo del hombre que había cruzado un incendio por ella. Quedaban dos.
La desgraciada solo podía ser Trix o ella misma.
Buscó a su amiga con la mirada, instintivamente, y la encontró al otro extremo del salón, todavía encendida por el vals, fingiendo no mirar a Samuel Flaherty .
Se apartó de la concurrencia sin hacer ruido y fue hasta uno de los altos ventanales del fondo, donde la noche de Londres se extendía en tejados, humo y farolas de gas hasta perderse en un resplandor turbio. Necesitaba aire. Necesitaba respirar.
Apoyó los dedos enguantados en el cristal frío. A su espalda, la orquesta atacó otro vals; las risas subieron y bajaron como una marea educada.
Y entonces lo sintió.
No fue un pensamiento, porque los pensamientos se pueden discutir, y aquello no admitía réplica.
Fue una certeza física, antigua, instalada en algún lugar entre los omóplatos: la sensación inexplicable de que algo, en alguna parte, acababa de levantar la cabeza y había empezado a buscarla.
De que llevaba años —toda la vida, quizá— huyendo de aquello sin saberlo.