La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

El carruaje se detuvo ante la casa Ashford a media mañana de un jueves de febrero, bajo esa luz gris perla que Londres reservaba para los recién llegados, y antes de que el lacayo terminara de bajar la escalerilla ya se había abierto la puerta principal, ya había cruzado Trix el vestíbulo a una velocidad indigna de una dama y ya estaban las dos amigas abrazadas en mitad del mármol ajedrezado, entre baúles, sombrereras y un mayordomo que fingió admirablemente no ver nada.

—Déjame que te mire. —Amelia Rourke la sujetó por los hombros con los brazos extendidos, sin soltar siquiera el manguito de viaje—. Dios bendito, Beatrix Sinclair. ¿Qué te ha hecho esta ciudad?

—Mojarme, porque no para de llover.

—No me refiero a eso .

—Lo sé —dijo Trix, y la abrazó otra vez porque no había sido consciente de cuánto la había echado de menos.

Si había un par de ojos en el mundo capaces de leerla como un libro abierto en la página exacta, eran aquellos.

Violet sabía consolarla, Clara sabía hacerla reír, pero Amelia sabía verla, que era infinitamente más delicado.

Y Trix llevaba dos días con algo escrito en la cara que aún no estaba dispuesta a dejar leer a nadie, empezando por ella misma.

El abrazo duró hasta que Violet apareció reclamando el suyo.

A su alrededor, el vestíbulo de la casa Ashford era un pequeño caos de baúles, sombrereras y lacayos, y por la escalera de servicio subía un estrépito de faldas que solo podía significar una cosa: Prudence acababa de encontrarse con Therese.

El chillido que siguió —doble, simultáneo, nada propio de dos doncellas en casa de un duque— confirmó la teoría, y Violet, que al fin había podido dejar de abrazar a su amiga, ni se molestó en fingir que no lo había oído.

—En esta casa —proclamó la duquesa de Ashford— las amistades se celebran a gritos. Es la nueva etiqueta. Bienvenida a Londres, Amelia.

Amelia Rourke había salido de Boston nueve días atrás en un vapor de la Cunard, con su doncella Prudence, siete baúles y un propósito que a su madre le parecía una extravagancia impropia de una señorita casadera: la exposición de primavera de la Royal Academy, que abriría sus puertas el primer lunes de mayo.

Faltaban tres meses. «Nadie cruza un océano con tres meses de antelación para ver cuadros», había sentenciado la señora Rourke.

«Yo sí», había contestado su hija, y como Amelia discutía poco y cedía menos, allí estaba: en Mayfair, una mañana de febrero de 1883, con el cuaderno de apuntes que la acompañaba desde niña asomando por la boca del bolso de mano.

Lo del cuaderno era cosa sabida entre las cuatro amigas y jamás comentada fuera de ellas.

Amelia dibujaba. No paisajes, no bodegones, no las marinas decorosas que se esperaban de una joven con institutriz de francés: dibujaba a la gente.

Manos, nucas, maneras de sostener una taza.

Decía que las personas mienten con la boca y confiesan con los hombros, y a lo largo de veintidós años de amistad Trix no había logrado pillarla ni una sola vez en un error de lectura.

Razón de más para mantenerla lejos del salón amarillo a la hora del té.

No lo consiguió, naturalmente.

Pero antes fue el almuerzo, y con el almuerzo, las cartas de Boston, que Amelia traía en el fondo del bolso como quien transporta contrabando de primera calidad.

—De Clara —anunció, tendiendo un sobre grueso—. Me hizo jurar que no te adelantaría nada, así que voy a mirar hacia otro lado mientras lo abres.

Violet se inclinó sin disimulo sobre el hombro de Trix, y hasta Sebastian, que presidía la mesa con la ecuanimidad de costumbre, dejó el tenedor a medio camino.

Trix leyó dos líneas y soltó la carta para llevarse una mano a la boca.

—¡Clara está embarazada !

El alboroto que siguió habría escandalizado a media aristocracia británica. Violet aplaudió, Amelia sonrió como quien ya se sabe el final, y Sebastian pidió que se sirviera champán a una hora absolutamente indecente para ello.

—Sigue leyendo —indicó Amelia—. La posdata. La posdata es de Tom.

Trix buscó el final del pliego y leyó en voz alta:

«Les ruego que no den crédito a los rumores que puedan llegarles: ha sido cosa de Elliot, no mía.»

Sebastian, que se había educado en Eton con los gemelos Pinckerville y llevaba veinte años sin distinguirlos, estuvo a punto de atragantarse con el champán indecente. Violet tuvo que dejar la copa en la mesa.

—Tom Pinckerville haciendo bromas —dijo el duque, secándose los ojos con la servilleta—. El matrimonio es una institución asombrosa.

—Hay más —siguió Trix, recorriendo los pliegos—. Los Van Alen pasaron las navidades con ellos… la señora Van Alen ya está redecorando un cuarto para el niño en Nueva York, no le preguntéis cómo, porque el niño nacerá en Boston… y Phil…

Se detuvo un instante. Un instante minúsculo, un tropiezo de la vista más que de la voz.

—Phil, según Clara, ya se aburre soberanamente de la señorita Lennon —concluyó, con la misma entonación con que habría leído el precio del carbón—. Pobre señorita Lennon.

Y pasó a la carta de Violet sin más ceremonia.

Amelia no dijo nada. Pero mientras las demás comentaban el ajuar del futuro Pinckerville, sacó mentalmente su cuaderno y anotó lo que acababa de ver: que Trix había pronunciado el nombre que durante años la había hecho sangrar como quien nombra a un conocido lejano, sin ceja alzada, sin sonrisa hierática, sin ninguna de sus defensas de siempre.

No le había dolido. Ni siquiera le había interesado.

Y una herida así no se cierra sola, pensó Amelia; se cierra porque algo ha ocupado su lugar.

La confirmación llegó a la hora del té, con el salón amarillo, la luz de febrero y un irlandés.

Samuel Flaherty entró cuando ya estaban servidas las tazas, se disculpó por el retraso con una corrección impecable y fue presentado a la señorita Rourke, de Nueva York.

Amelia le dio la mano y obtuvo a cambio una inclinación de cabeza, dos frases corteses y la impresión inmediata de un hombre que ocupaba mucho espacio intentando ocupar poco.

Lo interesante no fue eso. Lo interesante fue la geometría.

Porque el señor Flaherty fue a sentarse al otro extremo del salón, en el sillón más alejado de Trix que permitía la habitación sin resultar descortés, y desde allí no la miró ni una sola vez.

Y Trix, por su parte, se entregó a la conversación con Violet con un entusiasmo levemente excesivo, el de una actriz que se sabe observada, y no miró ni una sola vez hacia el sillón del fondo.

Dos personas esforzándose tanto en no mirarse componían, a ojos de Amelia, el espectáculo más elocuente que había visto desde su llegada a Inglaterra.

Y luego estaba el azúcar.

Trix tomaba el té con una nube de leche y sin azúcar, salvo cuando estaba nerviosa, que se echaba media cucharadita como quien comete un pecado administrativo.

Cuando alargó la mano hacia el azucarero, este ya estaba en el aire: el señor Flaherty, desde el otro lado de la mesa baja, se lo tendía sin mirarla, enfrascado en algo que le decía Sebastian sobre los arrendamientos de Galway.

Ella lo cogió sin mirarlo a él. Ninguno de los dos pareció advertir la maniobra.

«Nadie cruza un salón con un azucarero para una mujer a la que no observa», escribió Amelia en su cuaderno invisible. «Salvo que lleve semanas sin hacer otra cosa que observarla».

Después del té, mientras Trix despachaba correspondencia y la casa se aflojaba en esa hora muerta que precede a vestirse para la cena, Amelia bajó a las cocinas con el pretexto de saludar como era debido a Therese, que la recibió con un abrazo y la sentó a la mesa grande con una porción de bizcocho que no admitía negociación.

Hablaron de Prudence, doncella de Amelia y una de las mejores amigas de Therese, que ya andaba escandalizando a la cocinera inglesa con su opinión sobre el té («agua teñida», había dictaminado).

Hablaron de Addie, de su embarazo, del apartamento sobre la sombrerería.

Hablaron de Sophie y su casita a orillas del Hudson.

Y hablaron, porque Therese la puso al día de la casa con la eficacia de un parte militar, de la investigación que ocupaba a los señores: los fraudes, el abogado Holcombe, un tal Jasper Black, y un investigador de Dublín llamado Cillian Magee que entraba y salía por la puerta de servicio con noticias, encargos y una sonrisa torcida .

—¿Y ese Cillian? —preguntó Amelia, con el tono ligero que reservaba para las preguntas importantes—. ¿Es de fiar?

Therese se tomó su tiempo. Cortó otra porción de bizcocho que nadie había pedido, la dejó en el plato de Amelia y contestó sin levantar la vista:

—Espero que sí, porque si no lo es será culpa mía.

—Entiendo.

—No —dijo Therese—. No lo entiende. Pero se lo agradezco igual.

Y Amelia, que efectivamente no lo entendía pero sabía reconocer un terreno vedado mejor que nadie, se comió el bizcocho y cambió de tema.

Aquella casa, concluyó, estaba llena de gente que no se miraba con muchísima atención.

La cena transcurrió sin incidentes, si no se contaban como incidentes las tres veces que el señor Flaherty y Trix coincidieron en empezar a hablar a la vez, con la subsiguiente retirada simultánea, el «usted primero», el «de ningún modo, faltaría más» y el silencio de los cuatro comensales restantes, que examinaban el techo con gran interés artístico.

Violet le dio a Amelia dos conversaciones enteras con los ojos.

Sebastian trinchó el faisán como si el faisán tuviera la culpa.

Y a las once y media de la noche, cuando la casa ya dormía, Amelia Rourke salió de su cuarto en camisón y chal, recorrió el pasillo de puntillas, abrió la puerta del dormitorio de Trix sin llamar —un privilegio pactado a los nueve años en Newport y jamás derogado— y se sentó en la cama de su amiga, que leía a la luz de un candil el mismo libro, observó, que llevaba todo el día sin avanzar de página.

—Podría haber estado dormida —dijo Trix.

—No duermes. —Amelia recogió las piernas sobre la colcha, exactamente igual que a los nueve años—. Tienes en el rostro el color del insomnio.

—Son días agotadores y…

—Trix. —La voz de Amelia era serena, casi dulce, y por eso mismo no dejaba escapatoria—. ¿Estás enamorada de Samuel Flaherty?

El candil chisporroteó. En el silencio se oyó, lejanísimo, un carruaje sobre el adoquinado de Mount Street.

Trix cerró el libro. Podría haber mentido; mentía admirablemente bien, llevaba toda la vida entrenándose en salones donde mentir era el segundo idioma. Pero era Amelia. De modo que hizo lo que hacen los Sinclair cuando no pueden pagar una deuda: renegociarla.

—¿Tú me has visto enamorada alguna vez?

—Sí —dijo Amelia—. Y no se parecía a esto.

Y por primera vez en su vida, Beatrix Sinclair, la de las preguntas correctas y los balances cuadrados, se quedó sin cifra que ofrecer.