Capítulo 27
Trix alzó la mirada de su libro, en el que apenas había logrado concentrarse, y miró hacia el reloj de la chimenea. Eran las dos de la madrugada y acababan de sonar dos golpes suaves y espaciados en su puerta.
Se quedó inmóvil, con el corazón desbocado, mirando hacia allá como si pudiera ver a través de la madera.
Lo cierto era que no hacía falta. En aquella mansión de Mayfair, aparte de su querida Therese, dormían un duque, una duquesa, once criados y un irlandés, y solo uno de ellos podía llamar a su puerta a una hora tan inconveniente. Se ajustó el chal sobre los hombros.
—¿Quién es? —preguntó, sintiendo que el corazón podría escapársele por la boca.
—Samuel. —Una pausa—. Sé la hora que es y lo impropio de mi comportamiento. Si me dices que me vaya, lo entenderé .
Trix miró alrededor. Estaba en camisón, con la trenza deshecha y la cama abierta, todo un campo de batalla de la intimidad que ningún hombre que no fuera un médico o un marido debía contemplar jamás.
Era consciente de lo que dictaban las normas y pensó en la tía Georgina, que había escondido una carta de amor dentro de un libro de poesía bajo la férrea mirada de su padre.
Se ciñó el chal sobre los hombros, se irguió contra el cabecero y tomó la decisión más escandalosa de su vida con la voz más serena de su repertorio.
—Adelante.
La puerta se abrió despacio. En el umbral, con el cabello revuelto por la lluvia y un plato vacío en la mano, apareció Samuel Flaherty, que se detuvo exactamente bajo el dintel, como si el marco fuera una frontera y necesitara un segundo salvoconducto para cruzarla.
La observó casi con dolor. La ligera tela del camisón, el cabello espeso y rubio cayéndole sobre un hombro, los labios entreabiertos y carnosos. Tragó saliva.
—El queso estaba muy bueno.
—El mayordomo me dijo que era de Somerset —contestó ella, porque era lo único que su cabeza fue capaz de fabricar—. Lo compran los jueves.
Samuel asintió, sin moverse de donde estaba.
—Dale las gracias de mi parte.
—Se las daré.
Se quedaron así, ella con el libro abierto en el regazo, él con su plato vacío, midiendo el silencio .
Media hora antes, Samuel había cerrado la puerta de la calle con la llave que le habían prestado los Ashford y había subido las escaleras con las botas en la mano, como un ladrón en casa ajena, que era exactamente lo que sentía que había sido toda la noche: un ladrón de paz para la señorita Sinclair.
Había caminado durante horas por el Embankment , río arriba y río abajo, viendo pasar las barcazas de carbón y odiando por turnos a Jasper Black por estar detrás de todo aquello, a Owen Brogan por haberlo puesto en aquel brete, a Trix Sinclair por sembrar la duda y, sobre todo y por encima de todos, a sí mismo.
Lo más cabal hubiera sido ahogar aquellas penas en alcohol, pero no había entrado en ninguna taberna porque había asuntos que un hombre debía solucionar estando sobrio.
Y hacía unos minutos, al llegar a su cuarto dispuesto a no dormir y a intentar olvidarse de todo, se lo había encontrado sobre la mesilla: un plato con pan y queso, cubierto con una servilleta, y una nota escrita con aquella letra elegante, con pocos adornos, que habría reconocido en mitad de una tormenta.
«No es bueno dormir con el estómago vacío».
No tenía firma, pero no hacía falta. Se había sentado en el borde de la cama y se lo había comido todo, despacio, con la nota apoyada contra el plato, sintiendo con cada bocado que se tragaba también su propio discurso del salón, palabra por palabra, y que ninguna le sabía tan amarga como merecía.
Ella se había preocupado por su bienestar.
Ella, a la que él había ofendido delante de todos, llamándola compradora de vidas ajenas .
Esa era la razón de que estuviera en ese preciso instante ante el umbral de su puerta, con el plato vacío como salvoconducto y sin la menor idea de qué decir.
—¿Puedo pasar? —preguntó al fin.
—En Nueva York sería muy impropio —dijo ella, sin moverse—. En Londres, un escándalo.
Samuel asintió.
—Puedo irme.
—No he dicho eso.
No pidió otra vez permiso. Entró y entornó la puerta.
La habitación olía a cera y a lavanda, y a la luz del candil todo parecía más pequeño y más cálido.
Aquella luz aportaba un tono dorado a la tez de Trix que tuvo que dejar de admirar porque no estaba seguro de poder controlarse ante su belleza.
Samuel se quedó de pie, a una distancia prudente, y dejó el plato sobre la cómoda.
—Has estado caminando bajo la lluvia —dijo ella.
—Por el Embankment . —Se pasó la mano por el pelo mojado—. Es un buen sitio para pensar. Está lleno de ingleses demasiado educados para molestarte y de gaviotas adormiladas a las que no les interesan tus asuntos.
—¿Y lo has logrado? ¿Pensar?
—Sí, aunque para un cabeza de chorlito como yo sea todo un reto. —Tomó aire—. Trix, lo que dije en la biblioteca…
—Fue cruel. —La muchacha se puso de pie y el chal se desplazó, dejando ver la curva de su cuello—. Lo de mis amigos al otro lado del océano estuvo especialmente logrado. Se nota que cuando te aplicas…
—Trix.
—… puedes llegar a ser un hombre muy elocuente.
—Trix. —La voz le salió ronca—. Déjame hacer esto. No tengo práctica y, si me interrumpes, no me saldrá como lo he ensayado.
Ella cerró la boca. Estaba nerviosa y a la vez excitada. Cruzó las manos y esperó, y Samuel comprendió que no iba a ponérselo más fácil, y que hacía bien.
—Perdóname. —Lo dijo mirándola a los ojos, sin adornos—.
Perdóname por el modo en que te he hablado, en que te he tratado.
Te ataqué a ti porque mi cabeza no soportaba aceptar que alguien en quien siempre he confiado pudiera llegar a traicionarme.
—Bajó la vista al plato vacío—. Owen me enseñó a nadar, a montar, a blasfemar en tres idiomas.
Si él me ha vendido, entonces mi vida entera está mal contada desde que tengo seis años, y eso, princesa, da mucho más miedo que la ruina a la que todo esto me ha llevado.
El silencio que siguió fue largo. Trix no iba a permitir que ningún otro hombre jugara con ella, pero también era consciente de que nunca antes le habían pedido disculpas de una manera tan sincera.
—¿Sabes cuál es tu problema, Jed? —dijo al fin, con suavidad—. Que eres un cabezota. Un cabezota monumental. Te llevaría al registro de la City y te inscribiría como monumento nacional británico, si no fueras irlandés .
—Dios no lo quiera.
—Pero yo tampoco estuve acertada. —Le tocaba a ella; las cuentas, en su mundo, se saldaban por ambas partes—. Te puse en un brete delante de todos, como si tu amigo de la niñez no fuera más que una cifra en un balance. Y ahora sé que no es así.
—No.
—Así que te propongo un acuerdo nuevo. —Trix respiró hondo—.
El último, espero, porque contigo he firmado ya más tratos que con la naviera Cunard.
—Alzó la barbilla—. Yo confiaré en ti. En tu criterio, en tu palabra y en las decisiones que tomes.
Y tú confiarás en mí. Contestarás a mis preguntas, aunque duelan, y serás consciente de que jamás las hago con intención de herir.
Si algún día Owen resulta inocente, yo misma le pediré disculpas por escrito. Y si resulta culpable…
—Si resulta culpable —dijo Samuel con calma—, quiero ser yo quien lo mire a los ojos cuando lo sepamos.
—Trato hecho.
Ella tendió la mano, con la solemnidad profesional de su trato anterior, esa mano enguantada de diciembre que sellaba acuerdos de casera. Solo que ahora no llevaba guante, y era de madrugada, y estaban solos.
Samuel miró la mano tendida. Después la miró a ella.
Y en lugar de estrechársela, la tomó con las suyas, con un cuidado desproporcionado, como se recoge un pájaro caído, y tiró de ella muy despacio, dándole todo el tiempo del mundo para retirarse.
Pero Trix no se retiró. Sus labios volvieron a entreabrirse, el chal cayó al suelo, dejando el busto al descubierto, la línea profunda entre sus pechos, la curva perfecta de su cuello.
—Esto no estaba en el acuerdo —susurró ella, nerviosa, quizá aterrada.
—Es una cláusula adicional.
—Habrá que consultarlo con un abogado.
—Que nos demande.
La besó. O ella lo besó a él; después ninguno habría sabido decirlo, y quizá esa era la única manera correcta de que ocurriera.
Fue un beso lento, sin urgencia, sin nada del asalto que Trix se había imaginado alguna vez —porque se lo había imaginado, de nada servía ya negárselo—, un beso que empezó siendo apenas un roce y fue asentándose como se asienta la nieve, capa sobre capa, hasta cubrirlo todo.
Samuel le sostenía el rostro con las dos manos, con aquellos dedos capaces de domar un caballo y que ahora temblaban ligeramente contra sus mejillas, y Trix pensó, en el último rincón de su cabeza donde todavía quedaba algo de cordura, que ninguna de las novelas que había leído la había preparado para una ternura como aquella.
Fue la caricia del aire frío en la piel, a través de la seda del camisón, lo que la devolvió al mundo.
Puso la palma de la mano en el robusto pecho de Samuel, sin brusquedad, y empujó apenas.
Él se apartó al instante. Un paso atrás, las manos abiertas, la respiración desordenada y una pregunta en los ojos que no llegó a formular.
—Es tarde —dijo ella. Tenía la voz irreconocible y no intentó disimularlo .
—Temprano, más bien.
—Peor aún.
Se miraron. Había mil cosas que decir y los dos supieron, con ese entendimiento nuevo que acababa de nacerles, que decir cualquiera de ellas sería estropearlo.
Samuel recogió el chal de la alfombra y se lo tendió. Después recuperó su plato vacío de la cómoda y fue hacia la puerta. Con la mano en el picaporte, se volvió a medias.
—Buenas noches, princesa.
Y esta vez la palabra no tenía ninguna connotación burlona.
—Buenas noches, Jed.
La puerta se cerró sin ruido. Trix se quedó de pie en mitad de su dormitorio, junto al candil consumiéndose, oyendo los pasos alejarse por el corredor hasta apagarse detrás de su propia puerta.
Se sentó en el borde de la cama. Despacio, casi con miedo, se llevó los dedos a los labios, que aún guardaban el calor y una vibración leve, como la de una copa después del brindis.
Pensó en la tía Georgina. En aquella pregunta que ella misma se había hecho días atrás, con el diario en el regazo, mientras Therese le probaba unas esmeraldas: si sería capaz de sortear las normas, de arrojarlo todo por la borda, de convertirse en una excluida por un hombre.
Aquella mañana se había respondido que no con una tranquilidad perfecta, pensando en Phil, y la respuesta le había durado exactamente lo que tardó en llegar aquella noche.
Porque en ese preciso momento, sentada en la cama deshecha, con los labios ardiendo y el corazón en desorden, Beatrix Sinclair, la mujer más sensata de Nueva York, la de las preguntas correctas y los balances cuadrados, conocía la nueva respuesta.
Y no pegó ojo en toda la noche.