La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

—¿Seguro que no ha pasado nada?

La pregunta de Samuel atravesó la biblioteca por encima de las copas de jerez, de la conversación de Sebastian con el señor Magee y de la risa de Violet, y la dejó clavada en mitad de la alfombra.

—No sé a qué te refieres —contestó Trix, que había entrado a saludar, como indicaba el decoro, antes de subir a cambiarse.

Samuel la señaló con el mentón.

—Llevas el mismo vestido de esta mañana.

—Me he retrasado más de lo esperado —le quitó importancia, mirando de soslayo a su amiga, que sabía que no era cierto.

Se hizo el silencio. Lo prudente sería que Samuel se callara, ella pudiera subir a cambiarse y todo siguiera como si nada, pero, por supuesto, eso no ocurrió .

—Bien —dijo él, apartando la mirada—. No haré entonces ningún comentario sobre el hecho de que pareces alterada, y menos aún sobre la preocupación que leo en tus ojos.

Cillian Magee los miraba a uno y a otro sin entender nada. Los Ashford, que empezaban a intuir lo que había entre aquellos dos, decidieron no intervenir.

Trix odiaba que Samuel la leyera así. Lo odiaba con la misma intensidad con que, en algún rincón inconfesable, le gustaba.

Había llegado a la casa de Mayfair cerca del crepúsculo, todavía con el pulso desbocado desde Lombard Street, y se había encontrado con que la velada se le había adelantado: el señor Magee había sido invitado a cenar —una gentileza de Violet, que encontraba al joven irlandés «interesantísimo» por razones que Trix sospechaba relacionadas con el rubor de Therese—, y todos la esperaban ya en la biblioteca.

No había tenido tiempo ni de cambiarse. Había ensayado en el carruaje una expresión serena, la había sostenido durante diez minutos enteros, y todo para que Samuel la desmontara con un solo vistazo.

—Está bien —cedió, y el silencio se hizo solo—. He ido a ver al señor Holcombe.

—¿Quién es Holcombe? —preguntó Violet.

—El abogado de William por eso pudimos derrotarlo.

Bastó con exhibir la verdad en un salón lleno de testigos.

Pero ¿qué tenemos ahora? Sociedades de inversión legalmente constituidas.

Ampliaciones de capital impecables sobre el papel.

Un abogado respetable firmándolo todo. —Se detuvo—.

Jasper no ha heredado el negocio de su padre.

Lo ha modernizado. Ya no roba con amenazas, roba con la legislación de su parte.

Trix, que los había dejado hablar, intervino.

—Hay algo más —dijo con la voz quebrada—. Holcombe mencionó a «sus socios». En plural, por lo que ese hombre no trabaja solo para Jasper. Hay otros, y debemos saber quiénes son.

Cillian dio un sorbo a su bebida.

—¿Y qué propone, señorita? —se interesó, curioso.

Ella lo dudó. Samuel no había abierto la boca, aunque los miraba a unos y a otros con el gesto de quien no tiene un buen día.

—Todavía no lo sé. —Se volvió hacia Violet—. Podríamos organizar un baile, algo sencillo, e invitar a Jasper.

—¡Trix! —se escandalizó esta .

—Es una idea excelente —la defendió—. A los hombres como él les pierde el deseo de ser admitidos donde los despreciaron. Vendría solo por dejarse ver a tu lado, Sebastian, junto a tu esposa…

—Trix —repitió el duque con paciencia infinita—, la última vez que sentamos a un Black cerca de una copa de champán, tuvo que sacarlo la policía.

—Exacto. La velada fue un éxito.

Fue el señor Magee quien devolvió la conversación a su cauce, con esa manera suya de hablar bajo que obligaba a los demás a callarse para oírlo.

—Yo puedo añadir otro cauce a este río de información, si me lo permiten.

—Todos se volvieron hacia él—. En Dublín, mi compañía lleva meses observando un movimiento peculiar: alguien está comprando tierras en el oeste de Irlanda.

Connemara, Mayo, Galway. Tierras de señores arruinados, a precio de saldo.

—Dejó pasar un instante—. Nadie compra tierra empobrecida, señores, a menos que sepa lo que hay debajo. O lo que piensan construir encima.

—Minas —dijo Sebastian.

—Minas, ferrocarril, industria. El oeste de Irlanda está lleno de esas tres cosas. Solo estorba un detalle: la tierra tiene dueños. —Magee giró lentamente su copa—. Aunque ese detalle, por lo visto, tiene arreglo.

El silencio que siguió fue denso. Sebastian fue atando las cuentas en voz alta, despacio, como quien no quiere equivocarse de nudo.

—Arruinar a terratenientes irlandeses con inversiones fraudulentas… esperar a que la deuda los ahogue… y comprarles las tierras por nada antes de revendérselas a la industria. —Miró a Samuel—. Jed. Tus tierras. Tú no eras una víctima cualquiera. Eras el objetivo.

Trix observó a Samuel. Llevaba un buen rato sin intervenir, cosa rara en él, de pie junto a la chimenea con los brazos cruzados, mientras en su rostro se libraba una batalla que ella empezaba a saber leer: la furia por delante y, detrás, agazapado, el dolor.

Porque había una pregunta que nadie estaba haciendo en voz alta y que llevaba media hora sentada en medio de la biblioteca.

Alguien había tenido que señalarlo. Alguien que conociera sus tierras, su generosidad, su confianza. Alguien que le escribiera cartas animándolo a invertir hasta la ropa que llevaba puesta por el bien de sus arrendatarios.

Trix eligió las palabras una a una, como quien pisa un río helado.

—Samuel… —no se atrevió a llamarlo Jed—.

La inversión en William si él alzaba la voz, ella no pensaba escucharlo sin más—. ¡Hago la pregunta que tú no quieres hacerte! ¡Alguien informó a Black, alguien que te conocía, y tú te niegas a mirar en la única dirección…!

—¡En la única dirección que a ti te resulta cómoda! ¡Es muy fácil desconfiar de los amigos de los demás cuando los propios están al otro lado del océano!

—Jed —intentó terciar Sebastian.

—¡No! —Samuel lo detuvo con la mano en alto, sin dejar de mirarla a ella—.

Llevas desde que llegaste inmiscuyéndote en lo que crees que es mejor para mí.

Mi casa, mi dinero, mis asuntos. Muy bien, princesa, es tu especialidad: comprarlo todo, ordenarlo todo.

Pero mis amigos no están ni a la venta ni en tu jurisdicción.

—Recogió su chaqueta del respaldo con un tirón—.

Owen Brogan vale más que todos los apellidos de este salón juntos. Incluido el mío.

—Jed, ¿adónde…?

La puerta de la biblioteca respondió por él. El portazo hizo tintinear las copas del aparador y, en algún lugar del piso de arriba, se oyó caer algo de porcelana.

Nadie se movió durante unos segundos. Fue Violet la primera en reaccionar: le hizo una seña al lacayo para que retirara un servicio de la mesa y se acercó a su amiga, que seguía de pie, muy erguida, con esa rigidez que en ella era lo más parecido a un temblor.

—Trix…

—Estoy perfectamente.

—Claro que sí —dijo Violet, y le tomó la mano de todos modos.

El señor Magee se despidió poco después con un tacto exquisito, asegurando que la cena había sido «de lo más instructiva», y Sebastian salió tras Samuel con la esperanza de alcanzarlo antes de que cruzara medio Londres.

Volvió una hora más tarde, solo, sacudiéndose la llovizna del abrigo, y negó con la cabeza.

La cena se sirvió y nadie la comió. Violet se empeñó en quedarse con ella en el saloncito hasta que Trix la convenció, cerca de la medianoche, de que no tenía sentido esperar entre dos a un hombre que no quería ser esperado.

Después dio alguna instrucción al mayordomo de los Ashford, así como una breve nota manuscrita, subió a su cuarto, dejó que Therese le pusiera el camisón, se envolvió en un chal, pero no se acostó.

Se sentó junto a la ventana que daba a la calle.

Había hecho la pregunta correcta, de eso estaba segura; llevaba toda la vida haciendo las preguntas correctas, era su talento y su condena.

Lo que no había calculado era que las preguntas correctas, a veces, se clavan en quien las escucha exactamente igual que las puñaladas.

El reloj del vestíbulo dio la una. Londres escupía una lluvia fina contra los cristales .

¿Por qué Samuel Flaherty no abandonaba su cabeza? ¿Por qué se había convertido en alguien tan especial? Tomó un libro, se sentó junto a la ventana, y esperó a que el sueño la venciera.