La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

—¿Y dice usted, señora Prescott, que dispone de doscientas mil libras?

—Doscientas treinta —lo corrigió Trix, muy en su papel, con un mohín de disculpa, como si la cifra exacta fuera una pequeña vulgaridad que no podía evitar—. Mi difunto esposo era un hombre muy ordenado.

Edmund Holcombe entrelazó los dedos sobre el escritorio. Era un hombre pequeño, pulcro, de esos que parecen haber nacido con las lentes puestas, y en aquel momento su mirada tenía el brillo inconfundible del pescador que siente tirar del sedal.

—Un patrimonio considerable —susurró— en manos de una dama tan joven.

—Y tan sola —suspiró ella, dejando que el medio velo del sombrero le acariciara el pómulo—. En Boston todos se creen con derecho a aconsejarme. Mi cuñado, mi pastor, hasta mi modista. Por eso he venido a Londres, señor Holcombe. Necesito a alguien que piense por mí.

Si la tía Georgina la estaba viendo desde el más allá, esperaba que al menos apreciara la interpretación, porque lo cierto era que ninguna señora Prescott de Boston había cruzado jamás el Atlántico.

Dos horas antes, Trix se había despedido de Violet en la puerta de una sombrerería de Bond Street, alegando que quería escribir algunas cartas, ya que estaban muy cerca de casa.

Cuando estuvo segura de que su amiga no sospechaba, había caminado dos calles en dirección contraria a la mansión Ashford y había tomado un cabriolé hacia la City con el corazón latiéndole en las muñecas.

No se lo había dicho a nadie. Ni a Violet, ni a Sebastian, ni mucho menos a Samuel, que le habría prohibido aquella visita con ese vozarrón suyo de conde arruinado y después habría insistido en acompañarla, arruinando de paso el plan entero.

Un caballero de seis pies con acento irlandés no pasaba desapercibido en ninguna parte. Una viuda americana con doscientas treinta mil libras, en cambio, era en la City lo más parecido a un cordero entrando por su propio pie en la carnicería. Solo había que dejar la puerta abierta.

Y la puerta se había abierto sola. Le había bastado enviar por la mañana una tarjeta con un nombre falso y un hotel elegante para que el despacho de Edmund Holcombe, en un segundo piso de Lombard Street con olor a tinta y a cera, la recibiera a media tarde sin más antesala que un pasante con manguitos.

Era el abogado de la compañía William participaciones sin derecho a voto ni a examinar los libros; y, al final, con toda probabilidad, una ampliación última y monstruosa, imposible de cubrir, que diluía al accionista hasta dejarlo en nada.

Sí, era el mismo mecanismo, pieza por pieza, que había triturado la fortuna de Samuel.

No hacía falta que los pozos existieran.

El negocio no estaba bajo la tierra de Irlanda: estaba sentado delante de ella, limpiándose las lentes con un pañuelo.

—¿Y yo podría visitar las minas? —preguntó con su mejor sonrisa—. Nunca he visto una mina. Debe de ser pintoresco .

Holcombe emitió una risita indulgente.

—Los pozos no son lugar para una dama. Pero le aseguro que nuestros socios supervisan personalmente cada operación.

—¿Sus socios?

Fue apenas un vaivén en la mirada del abogado, un parpadeo de más, la mano que subía a ajustar un nudo de pañuelo que no necesitaba ajuste.

—Los caballeros que respaldan estas inversiones —dijo— prefieren la discreción. Es gente de la mayor importancia, señora Prescott. De la mayor importancia.

Trix asintió despacio. Un testaferro que decía «nuestros socios» en plural y sudaba al decirlo. Samuel tenía razón: aquel hombre jamás mordería la mano que le daba de comer. Pero acababa de confirmarle que la mano existía, que era grande y que Holcombe le tenía más miedo que aprecio.

—Verá usted —dijo ella, abriendo su bolsito y fingiendo buscar algo, un gesto para ganar tiempo—, mi administrador de Boston insistirá en ver papeles. Es un hombre tedioso. ¿Podría llevarme algún prospecto de esa sociedad del carbón, con las condiciones de la ampliación?

—Naturalmente. —Holcombe ya escribía una nota con letra apretada—. Puedo tener preparada la documentación completa el jueves. Si me indica su hotel, yo mismo…

No llegó a terminar la frase.

La puerta interior del despacho —una puerta estrecha, disimulada en la boiserie , que Trix había tomado por un armario— se abrió sin que nadie hubiera llamado, y entró un caballero que no esperaba encontrar la habitación ocupada, aunque el contratiempo no pareció alterarlo en absoluto.

Era joven, no era muy alto ni mal parecido. Cabello entre rubio y encendido. Parecía nervioso, poco consistente. Sus ojos podrían llegar a ser bonitos si pudieran fijarse en un solo detalle y no recorrieran la sala de arriba abajo.

Trix ya había visto esos ojos con anterioridad y tuvo el acierto de bajarse el velo sobre el rostro e inclinar la cabeza para que no la reconociera.

Holcombe se puso de pie tan deprisa que la silla chirrió contra el entarimado.

—Señor Black, no esperaba…

—Ignoraba que estaba ocupado. —Le dedicó una inclinación de cabeza a la mujer que permanecía sentada, pero no la miró.

Black.

Jasper Black, el heredero de una dinastía que había alcanzado la fortuna gracias a la extorsión. Trix era consciente de cuánto se estaba jugando en aquel momento, incluso del peligro que supondría que Jasper la reconociera.

—Le presento a la señora Prescott, de Boston —dijo Holcombe, y a Trix no se le escapó que la voz del abogado había subido medio tono—. Está interesada en nuestras oportunidades de inversión. Señora Prescott, el señor Black, uno de nuestros… asociados.

Ella no se levantó, tampoco alzó la cabeza y logró cambiar el tono de su voz.

—Encantada —murmuró apenas.

Él parecía tener prisa. Le dedicó una inclinación de cabeza para salir al paso .

—¿Boston? —dijo—. Está usted muy lejos de casa, señora.

—Mi difunto esposo siempre quiso que conociera mundo.

—Trix recogió su bolsito y se alzó, consultando un pequeño reloj prendido de su pecho y teniendo cuidado de no alzar el rostro—.

Cielos, qué tarde. Señor Holcombe, ha sido usted encantador.

Espero esos papeles el jueves. No hace falta que me acompañen, conozco el camino.

—Pero señora Prescott, permítame al menos…

—El jueves —repitió ella, ya en la puerta, dándole la espalda.

Logró salir sin mirar al recién llegado, con el corazón tan acelerado que temía que se le detuviese en seco.

Bajó la escalera sin correr, porque las damas de Boston no corren, aunque cada peldaño le costaba un acto de voluntad.

Cruzó el portal, salió a Lombard Street, al aire gris y al estrépito de los carruajes, y solo cuando dobló la esquina se permitió detenerse un instante junto a un escaparate y apoyar la mano en el cristal.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza que le pareció que los transeúntes debían de oírlo.

Jasper. El hijo del pérfido Silas Black. ¿Qué tenía que ver con todo aquello?

Sintió un escalofrío. ¿Y si la había reconocido? ¿Y si albergaba dudas sobre la solvencia de la señora Prescott de Boston y decidía investigarla?

Tenía que regresar a casa y contarlo, aunque Violet la reprendiera, aunque Sebastian se enfadara .

En aquel momento solo pensaba en Samuel y en lo que su imprudencia podría costarle.