La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Mientras Therese terminaba de vestirla para la mañana, Trix leyó otra de las páginas del diario de tía Georgina.

Llegué a Nueva York hace seis meses. El escándalo no ha estallado porque mi padre me ha buscado un pretendiente. Un joven de buena posición y pocos recursos; mi familia pone el dinero y ellos, la honorabilidad. Lo detesto.

He logrado postergar el compromiso fingiendo una debilidad extrema.

He leído cuáles son los síntomas de la tuberculosis y me los he aprendido de memoria.

Si creen que lo voy a olvidar sin más, si piensan que lo que siente mi corazón se puede acallar con un matrimonio concertado, es que no me conocen.

Me ha escrito, tal y como me prometió. Tres cartas.

Todas han sido interceptadas por mi padre y quemadas delante de mí, sin darme la oportunidad de saber qué decía en ellas.

La cuarta llegó ayer, escondida en un libro de poesía que su único amigo en Nueva York me entregó por la calle, como si fuera un forajido .

Le he rogado, suplicado a mi doncella, que no diga nada y, mientras me dirigía a casa, el corazón era algo independiente a mí, que suplicaba sus palabras y se sentía a punto de estallar de amor. ¿Es esto posible? ¿Es posible lo que siento?

Aún he tenido que disimular toda la tarde, con el libro a un lado para que mi padre no sospeche, rogando porque no alargue la mano para ojear los poemas.

Cuando al fin he podido encerrarme en mis aposentos y romper el lacre…

Voy a contestarle. Voy a decirle que me reuniré con él si aún me espera.

—¿Esmeraldas o zafiros?

La voz de Therese la sacó de su ensimismamiento. Tardó en comprender a qué se refería. Asintió, señalando los pendientes más sencillos de los dos que le mostraba. El vestido de mañana era de un verde azulado, así que aquellas piedras eran la mejor elección.

La historia de amor de la tía abuela Georgina era mucho más apasionada de lo que había imaginado. ¿De verdad el amor era así de poderoso? Pensó en Phil, el hombre al que creía haber amado. ¿Sortearía ella las normas sociales tal y como decía querer hacer la tía Georgina por alguien como Phil?

Su respuesta fue que no. Él había decidido casarse con otra y ella había aceptado sin más. Era necesario un amor muy poderoso para arrojarlo todo por la borda y convertirse en una excluida social.

Dejó el diario a un lado, le dio las gracias a Therese y fue a reunirse con los demás para el desayuno.

Ella y Violet habían quedado para hacer algunas compras.

Sabía que Samuel y Sebastian irían a las carreras.

Un día completo sin tener que soportar a su inquilino no le vendría mal.

Además, tenía una cosa importante que hacer en cuanto Violet la dejara a solas y, en esa ocasión, él solo sería un impedimento con aquella arrogancia que le salía incluso por el cuello de la camisa.

En el comedor del jardín, el que usaban para desayunar, ya estaba todo preparado, pero los Ashford aún no habían bajado. Samuel, en cambio, leía el diario.

Qué ironía. Ella llevaba toda la mañana disfrutando de uno y ahora él se parapetaba tras otro. La diferencia era que el suyo hablaba de amor y el de Flaherty, un periódico económico, con toda seguridad, de dinero.

—Buenos días —saludó, ocupando su sitio.

La doble hoja de papel descendió lo justo para dejar ver unos ojos grises que la recorrieron sin prisa, desde las esmeraldas de los pendientes hasta el borde de la mesa, con esa insolencia suya que no pagaba aduanas.

—Vaya —dijo él—. Estás espléndida. ¿Esperas visita, princesa, o es que has decidido romper el corazón de algún caballero antes del mediodía?

Las mejillas de Trix enrojecieron pese a que luchó contra ello. Hizo un esfuerzo titánico para que él no notara cómo la impactaban sus palabras.

—No necesito joyas para seducir a un caballero. —Se sirvió té, haciéndose la mujer de mundo—. Las esmeraldas son porque hoy no tengo que verte más allá del desayuno —sonrió con malicia, usando ese tono informal con el que Samuel se empeñaba en tratarla—. Me apetecía celebrarlo .

El periódico volvió a subir, pero a Trix le pareció que se movía. Que se reía detrás, el muy canalla.

—¿Puede saberse qué hay hoy en la prensa que resulte más interesante que mi conversación?

—Todo —contestó él sin bajarlo—. La sección de esquelas, por ejemplo. Gente que ya descansa. Los envidio.

¿Esas tenían? Pues no sabía con quién estaba jugando.

—Dame la página. Quiero comprobar si apareces.

Esa vez sí: el diario descendió, doblado en dos con un golpe seco, y Samuel la miró con aquella media sonrisa que debería estar regulada por ley.

—Hoy estás especialmente afilada, princesa. ¿Has dormido mal?

—He dormido de maravilla. Es mi carácter natural cuando amanezco sabiendo que vas a pasarte el día en el hipódromo, lejos de casa.

— Nuestra casa está en Essex. Esta es de Sebastian.

Aquí somos ambos unos refugiados. —Alcanzó la tetera y, para su sorpresa, le rellenó la taza con una cortesía impecable, lo que en él siempre era el preludio de una impertinencia—.

Aunque reconozco que te sienta bien el papel de casera incluso en propiedad ajena. Hay mujeres que nacen para mandar.

—Y hombres que nacen para pagar el alquiler con retraso.

—Aún no te debo ni un penique .

—Aún —concedió ella, y mordió una tostada con la serenidad de un general que sabe que la batalla es larga.

Samuel se recostó en la silla, observándola de esa manera que a Trix le desataba aquel dichoso síntoma físico sin catalogar, a medio camino entre el escalofrío y las ganas de arrojarle la mermelada.

—¿Y qué harán las damas mientras los caballeros nos dedicamos al noble arte de ver a otros perder dinero? —se interesó él.

—Compras. Violet necesita guantes y yo necesito no verte.

—Dos necesidades muy femeninas.

—¿Y vosotros? ¿Vais a apostar?

—Sebastian, quizá. Yo no estoy en disposición de hacerlo. En mi estado actual de pobreza solemne, mirar es lo único que puedo permitirme.

—No sabía que la pobreza te hubiera vuelto contemplativo.

—Te sorprendería la cantidad de cosas que un hombre arruinado aprende a mirar sin poder permitírselas. —Lo dijo con los ojos clavados en ella, sin pestañear, y bebió de su taza.

Trix sintió que el rubor le trepaba por el cuello y lo combatió con la única arma disponible: la ceja Sinclair.

—Pues procura no encariñarte con ningún caballo. Dicen que los irlandeses tenéis debilidad por las causas perdidas.

—Al contrario. Tenemos buen ojo. —Dejó la taza en el plato con delicadeza—. Sabemos distinguir un purasangre a la primera. Lo difícil no es verlo. Lo difícil es que se deje montar .

Trix sintió que la mano le temblada. Su mente se empeñaba en lanzarle imágenes que tenían mucho que ver con aquel verbo: montar.

—Quizá el problema no sea el animal, sino que el jinete no esté a la altura.

—O que el animal cocee a todo el que se acerca con buenas intenciones.

—Las buenas intenciones —Trix removió el té con una parsimonia letal— se demuestran pagando el alquiler, señor Flaherty.

—Qué obsesión con el dinero. Y luego dicen de los americanos.

—Lo dicen los ingleses. Los irlandeses estáis demasiado ocupados perdiéndolo.

Samuel soltó una carcajada, breve y grave, de esas que apenas había escuchado en su inquilino y que a ella le gustaban mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer ante notario.

En ese momento se oyeron voces en la escalera. Violet entró la primera, con Sebastian detrás abrochándose un gemelo, y ambos se detuvieron un instante en el umbral, como si hubieran percibido en el aire el olor a pólvora reciente.

—¿Interrumpimos? —preguntó Violet, encantada de interrumpir.

—En absoluto —dijo Trix—. Jed y yo hablábamos de caballos.

El silencio que siguió tuvo una textura casi comestible.

Sebastian se quedó con el gemelo a medio abrochar.

Violet abrió unos ojos como platos y a continuación desplegó la sonrisa de quien lleva semanas esperando ese momento.

Therese, que entraba con otra tetera recién preparada, ejecutó la proeza de no derramar ni una gota mientras fingía ser sorda de nacimiento.

Samuel observaba a su casera de una manera difícil de identificar.

—Señorita Sinclair…

—¿Mermelada, Jed? —le ofreció ella, tendiéndole el platillo con una amabilidad exquisita, mientras remarcaba su apodo.

—Habíamos quedado en que…

—Tú habías quedado. Yo no recuerdo haber firmado nada. —Ladeó la cabeza.

Sebastian emitió un sonido extraño, algo entre la tos y el júbilo, y se apresuró a sentarse.

—A mí me parece de una lógica aplastante, Jed —dictaminó el duque, sirviéndose huevos con una felicidad indecente.

Samuel los miró a los dos, uno a uno, como un hombre que comprende que la plaza está perdida y solo le queda decidir con qué dignidad se rinde. Volvió a alzar el diario.

—Los americanos —masculló desde detrás del papel— no respetáis nada.

—Nada en absoluto —confirmó Trix, y se sirvió otra tostada con el apetito espléndido de quien acaba de ganar una guerra antes de las diez de la mañana.