Capítulo 23
La vivienda de Addie era un pequeño apartamento ubicado sobre una lujosa sombrerería, con la ventaja de encontrarse en el corazón de Mayfair.
Eran apenas dos piezas: un salón agradable que tenía la cocina en uno de los rincones y un dormitorio con un pequeño lavabo, todo un lujo en aquella ciudad. Addie lo tenía decorado con gusto, incluso cultivaba plantas aromáticas en el alféizar de la ventana por donde entraba la luz.
Addie era la doncella de Violet Harcourt, actual duquesa de Ashford, así como Therese lo era de Trix Sinclair, Sophie de Clara Van Alen y Prudence de Amelia Rourke.
Al poco de llegar a Londres se había casado con Donald Smith, un tipo tan atractivo como encantador, que estaba loco por ella.
Su marido estaría toda la semana fuera, así que Therese había pedido permiso a su señora para acompañarla cuando no fuera requerida en la mansión Ashford, incluso para dormir en el apartamento, ya que estaba a escasas dos manzanas de la mansión.
Desde la llegada de Trix y Therese a Londres, las dos amigas buscaban cualquier hueco para estar juntas, y no hacía mucho que la señorita Sinclair había recibido una carta desde Boston que le anunciaba que Amalia Rourke llegaría a la ciudad en breve para una rápida visita, por lo que Prudence, su otra amiga, vendría con ella.
El embarazo de Addie ya era evidente, pero no había querido escuchar de nuevo aquello de que se tomara unos meses libres para descansar.
¿Estaría loca? ¿Qué sería de la señora Ashford si ella no la cuidaba?
Milord era un marido atento, sí, pero no sabría cuándo aconsejarle un buen chal de lana en vez de uno de seda si la noche era demasiado fría, ni sabía ponerla ante la realidad de la vida como hacía ella.
Eso no podía dejarlo en manos de una doncella sustituta.
No, al menos, hasta que no tuviera más remedio.
A lo máximo que Addie estaba dispuesta era a tomarse unos meses de descanso cuando su hija naciera, y únicamente el tiempo preciso para destetarla.
—Donald te agradece que te quedes estas noches conmigo —le estaba diciendo Addie a su amiga Therese, ambas tomando una infusión antes de irse a la cama—. Aún cree que no sé valerme sola.
—Incauto —dijo su amiga con humor.
—Mejor que me crea una mujer desvalida. —Le guiñó un ojo—. Así tendré más oportunidades para salirme con la mía .
Ambas rieron. Si Therese era decidida, Addie era la más resuelta y quizá tuviera el carácter más abierto. Prudence decía que sería capaz de hablar hasta con una fachada de piedra si le viniera el caso.
Encontrarse de nuevo las dos era muy agradable, las tres si las noticias sobre la señorita Rourke eran ciertas. Podría decirse que Addie, Therese, Sophie y Prudence eran una familia y siempre lo serían.
Desde niñas se habían tenido las unas a las otras, y no había nada que les gustase más que reunirse.
—¿Crees que Prudence se habrá enamorado en Boston? —preguntó Addie con la vista perdida en las llamas de la chimenea.
—¿Prudence? —Therese puso los ojos en blanco—. Ha jurado ser inaccesible para los hombres. Dudo que ni siquiera les permita hablarle.
—¿Y tú?
La pregunta fue tan inesperada que su amiga parpadeó varias veces antes de contestar.
—¿Yo? ¿Qué?
—Tu corazón —le dijo lo evidente—. ¿No late por nadie?
Therese se reubicó en la silla. Su expresión se había puesto tensa, cosa que no pasó desapercibida a su amiga.
—¿Con la de problemas que tenemos en Villa Encanto? —dijo por respuesta—. Hay demasiado trabajo como para fijarse en un hombre de bien.
—O de mal.
El último comentario hizo que ambas rieran .
Lo cierto era que adoraba aquella vida que había construido Addie.
Donald era un hombre magnífico, la adoraba, e incluso sabía que estaban juntando para comprar una propiedad en el campo donde retirarse.
Aquel era un sueño para mujeres como ellas, que habían salido de la nada.
En cierto modo la envidiaba, pero de la mejor manera posible, ya que solo podía alegrarse de las cosas buenas que le sucedieran a Addie.
Dudó si decirlo, pero por algún motivo aquella conversación había colocado aquel nombre en su cabeza.
—Cillian está aquí.
Su amiga parpadeó, sin comprender.
—¿Quién es Cillian?
—Cillian Magee.
Aún tardó un poco en ver la luz en los ojos de Addie. Fue como cuando se prende un fósforo: primero un chispazo, después una llama tenue hasta que estallaba en un resplandor.
—¡Ese bribón! —exclamó su amiga.
Lo mismo había pensado ella cuando lo vio en la villa, vestido como si fuera todo un caballero. Tomó un sorbo de la infusión.
—Dice haberse reformado. Ahora es un agente de un fondo fiduciario.
No tenía muy claro qué era eso, pero así lo había definido él mismo. Addie soltó un suspiro y se acarició la barriga.
—Los ladrones y los mentirosos no se reforman, Therese, y Cillian era ambas cosas.
Aquel dicho era de su madre, y lo decía en referencia a su padre .
Era cierto. No conocía a uno solo de ellos que se hubiera convertido en un hombre de bien. Dudaba que ese fuera el caso de Cillian tanto como Addie. Prosiguió.
—Su compañía está relacionada con los problemas económicos del señor Flaherty, así que nos ha acompañado a Londres.
Addie dejó la taza a un lado y la miró fijamente.
—¿Quieres decir…? ¿Que está trabajando para Flaherty?
Therese se sintió incómoda.
—Algo parecido.
Ambas se quedaron mirándose.
Addie conocía bien a su amiga. Era una mujer de recursos. Si alguna de las cuatro debía tomar una decisión cabal, Therese era la más indicada para aconsejarla, por eso le extrañaba que tuviera dudas al respecto. Buscó las palabras con cuidado.
—¿Se lo has contado a la señorita Sinclair?
Therese apartó la mirada.
—No me atrevo. Demasiadas preocupaciones tiene ya mi señora.
Aquello hizo que Addie arrugara la frente.
—Si Cillian está cerca, es que se avecinan problemas, Therese.
Lo sabía. Claro que lo sabía, pero… ¿Y si se había reformado? ¿Y si era un hombre honesto? Tomó aire y lo soltó lentamente por la nariz.
—Si me equivoco, yo lidiaré con las consecuencias —eso ya lo había asumido—. Pero si no me equivoco y Cillian es ahora un buen hombre —miró a su amiga a los ojos—, no quiero ser yo quien destruya su porvenir por prejuicios del pasado.
Addie le mantuvo la mirada.
—¿Es solo por integridad? —le preguntó.
—¿Qué quieres decir?
Su amiga no cedió.
—Siempre te sentiste inclinada hacia él, Therese.
Esta se escandalizó.
—Era una niña.
No tanto. A aquella edad una de sus hermanas ya había sido madre. Decidió no presionarla más. Conocía a Therese, era inamovible. Si había tomado una decisión, no cambiaría de opinión hasta estar totalmente segura. Sonrió con malicia.
—¿Sigue igual de seductor?
Therese le quitó importancia.
—Apenas me he fijado.
Ambas volvieron a reír. Cillian era el muchacho más apuesto de los bajos fondos neoyorquinos y tenía aquel arrojo, aquella vocación al abismo que lo volvía irresistible.
Cuando volvieron a la calma, Addie la tomó de la mano.
—Therese, ten cuidado.
Esta asintió.
—Lo estoy vigilando de cerca.
—Por eso —insistió—. No te impliques demasiado. Solo somos doncellas. Nuestra labor está entre bambalinas, nunca en el escenario.
—¿Y tú me lo dices, que sueles ir de actriz principal?
Addie tuvo que sonreír. La había pillado .
—Solo te digo que te cuides.
—Lo haré —la tranquilizó dándole un beso en el envés de la mano—. Si Cillian viene con malas intenciones, no se saldrá con la suya.
—¿Y si viene con las mejores posibles?
Therese lo dudó. Al final pareció tomar una determinación.
—Le ayudaré en lo que pueda y después que se largue a Nueva York, seguro que le espera una vida fascinante.
Addie hizo lo posible por creerla. El plan parecía bastante cabal, pero conocía a su amiga, sabía lo que había sentido por aquel muchacho cuando ambos eran unos niños, y dudaba mucho que aquello fuera a salir con una Therese indemne.