Capítulo 22
Trix había rechazado acudir con los Ashford a una visita a Buckingham Palace, donde se serviría un chocolate caliente en la Picture Gallery. Habría tenido la oportunidad de conocer a alguna de las princesas reales y, si su salud se lo permitía, incluso podría ser presentada a la reina Victoria.
En cambio, allí estaba, en uno de los carruajes de Sebastian en dirección a Somerset House, el enorme complejo gubernamental donde había averiguado que se encontraba el Joint Stock Companies .
Sentado justo enfrente en la carroza, con su habitual mirada huraña, se encontraba Samuel. La idea le había parecido absurda desde que ella la deslizara la noche anterior, pero no podía de ninguna manera dejarla actuar en solitario, como Trix le había propuesto .
Se miraban de vez en cuando, pero, si eran descubiertos por el otro, apartaban los ojos y adquirían un aire condescendiente bastante cómico. En una de aquellas ocasiones, Trix no pudo evitar el comentario sobre el malogrado semblante de su acompañante.
—Parece que va usted al entierro de una tía abuela muy querida.
Él apretó los labios.
—Muy graciosa.
Ella se encogió de hombros.
—No le he pedido que me acompañe.
—No suelo dejar que desaprensivas caseras se metan en líos por ellas mismas.
La joven reprimió una sonrisa. Empezaba a comprender el sentido del humor de Samuel Flaherty y debía reconocer que le resultaba divertido. Eso sí, nunca, jamás se lo haría ver. Decidió atacar.
—Debería estarme agradecido, señor Flaherty.
Él gruñó algo ininteligible y, cuando la miró, parecía malhumorado.
—¿Dónde diablos ha dicho que vamos?
Trix no dudó en repetírselo.
—El Joint Stock Companies es el registro de las sociedades mercantiles de su país —su expresión indicaba que era lamentable que no lo supiera habiendo nacido en Gran Bretaña—.
Si queremos averiguar si esa compañía en la que usted invirtió incurrió en prácticas fraudulentas, debemos empezar entendiéndola: quiénes son sus accionistas, a qué ha dedicado sus recursos, quiénes la representan.
Todo debe estar ahí dentro. Justo en ese edificio .
Señaló por la ventana justo cuando el carruaje se detuvo, como si ella hubiera ensayado el momento exacto en que debía exponerlo. El cochero abrió la portezuela y le tendió la mano a la señorita Sinclair. Samuel bajó de un salto.
Permanecieron unos segundos en el Strand, admirando el imponente palacio que se alzaba ante ellos.
—¿Y nos dejarán consultar todos esos documentos sin más? —dudó Samuel.
Trix se ajustó el cuello de su elegante abrigo.
—Déjeme a mí.
Tuvieron que solicitar ayuda a un bedel hasta encontrar las oficinas de la Joint Stock . El edificio era enorme, constituido por varias construcciones que se retorcían y se transformaban, lo que lo convertía en el laberinto donde Teseo no se perdió gracias a la ayuda de Ariadna.
Al fin alcanzaron una puerta discreta y abatible, que estuvo a punto de golpear a Samuel cuando ella entró y se olvidó de sostenerla. Le pidió disculpas con una mirada y ambos avanzaron hasta el único mostrador.
Si se pudiera encontrar la personificación de un hombre huraño, ese era el individuo que se encontraba al otro lado. Delgado, alto, mirada torva, nariz aguileña y una expresión en el rostro que indicaba a quien quisiera leerla que no se lo iba a poner nada fácil, quisiera lo que quisiera.
Trix esbozó una de sus sonrisas más encantadoras, mientras Samuel permanecía discretamente apartado unos pasos .
—Es sorprendente el frío que puede llegar a hacer en Londres —soltó la muchacha con la intención de comenzar una conversación banal.
El hombre consultó su reloj de bolsillo.
—Estamos a punto de cerrar.
—Apenas son las diez de la mañana.
—Así es.
No empezaban bien. Al parecer, aquel trabajador no tenía la intención de ponérselo fácil. Miró hacia atrás para ver la expresión burlona de Samuel, pero no desistió.
Volvió a armarse con su sonrisa más deslumbrante y lo encaró de nuevo.
—El conde de Clancare y yo misma —sabía que los británicos eran muy impresionables ante los títulos nobiliarios— necesitamos consultar unos expedientes. Será rápido.
La mirada de su interlocutor no parecía sorprendida.
—No va a ser posible.
—¿Por qué?
—Ya se lo he dicho —cerró de un golpe el gran libro sobre el que estaba trabajando—. Esta oficina no puede estar abierta solo para el capricho de unos pocos.
Samuel no se alteró. Salvó la distancia que lo separaba del mostrador, puso sus grandes manos sobre la mesa, abiertas, abarcando una parte de su superficie, y echó el cuerpo hacia delante, tanto que su frente fruncida y su boca peligrosa quedaron a escasas pulgadas de los ahora asustados ojos de aquel hombre.
—No quisiera tener que insistir, caballero .
El hombre echó el cuerpo hacia atrás, lo que le dio un aspecto extraño.
—Esto es… esto es…
Samuel se acercó aún un poco más e hizo más grave el tono de su voz.
—Repito —hizo una pausa—. No me siento cómodo cuando tengo que insistir.
Pasaron un par de segundos hasta que el hombre se apartó, se estiró los puños de la camisa y se ajustó las lentes.
—¿Qué necesitan?
Trix, por supuesto, no habría dado un chelín porque aquellos modos bárbaros de Flaherty pudieran dar resultado…, pero se apresuró a acercarse al mostrador.
—El expediente completo de la sociedad William & Pike —expuso de corrido—. Lo que haya: el documento de constitución, el memorándum, los estatutos, el capital social registrado, los nombres de los accionistas. Cualquier cosa nos vendrá bien.
El hombre la miró con evidente desaprobación. Después al caballero, solo un instante, aún impresionado.
—Esperen en el salón azul —les indicó—. Se lo acercaré enseguida.
El «salón azul» era una habitación diminuta con una gran mesa en el centro que lo ocupaba casi todo y ninguna silla. Cuando quedaron a solas, Samuel la miró de arriba abajo, aunque intentando ocultar su admiración.
—¿Cómo sabe todas esas cosas?
Ella pasó un enguantado dedo por la superficie de la mesa. Al menos estaba limpia .
—Mi padre insistió en que no solo aprendiera piano y baile de salón, sino que también me formara en finanzas.
Se sintió admirado.
—Curiosa costumbre americana.
Ella se le encaró. Samuel sintió aquel vértigo que le acometía cada vez que aquellos ojos azules se le enfrentaban.
—No solo soy una excelente casera, señor Flaherty —contestó Trix con evidente sarcasmo—. También una mujer con nociones de economía.
Samuel no pudo contestar porque el responsable de la institución ya estaba allí, con una apretada carpeta sujeta con cintas negras entre las manos, que dejó sobre la mesa como si se tratase de una porcelana fina, tan frágil que el mero contacto con la superficie pudiera destruirla.
—Diez minutos —les advirtió—. Es lo máximo que puedo darles.
Ambos asintieron, aunque no estaban seguros de que aquel tiempo fuera suficiente.
En cuanto los dejó a solas, Trix desató las cintas y fue tomando los documentos uno a uno y disponiéndolos sobre la mesa según su naturaleza: documentos fundacionales a un lado, cuentas y balances a otro.
Cinco minutos más tarde, ante la asombrada mirada de Samuel, la naturaleza de aquella compañía de inversión se mostraba ante ellos y la señorita Sinclair parecía saber leer todos aquellos papeles incomprensibles y llenos de números .
—Bien —Trix se frotó las manos—. Por lo que tenemos delante, William & Pike es una sociedad creada para gestionar inversiones en carbón. A primera vista, todo parece correcto. No podría ser de otra forma, claro.
—¿Por qué?
Ella tuvo que explicar lo evidente.
—No habrían permitido su constitución.
Samuel se cruzó de brazos.
—Si ya lo suponía, ¿qué diablos hacemos aquí entonces?
La mirada de Trix era luminosa. Se notaba que disfrutaba con aquello.
—Lo que hacemos es enterarnos de quiénes están detrás de esta sociedad —alzó las cejas.
—¿Lo dicen esos papeles?
—Dicen algo más interesante —señaló un documento en concreto—. Apuntan a su representante legal. El señor Edmund Holcombe debe de ser un abogado de la City. Estas sociedades suelen tener un testaferro. El señor Holcombe cumple el perfil.
Samuel no pudo menos que admirarla, pese a que mostrar cualquier sentimiento hacia ella se le hacía un mundo.
—Sorprendente.
—Gracias.
Él chasqueó los labios.
—Ahora solo tenemos que presentarnos en su despacho y amenazarlo con romperle las piernas si no nos dice dónde está mi dinero.
Trix se le quedó mirando. Por un momento… hasta que vio una sombra de ironía en la mirada de Flaherty .
—Se burla de mí, ¿verdad?
Él le guiñó un ojo.
—No quiero parecer fanfarrón, princesa, pero con esta información no podemos hacer nada. Ningún abogado que se haya prestado a hacer lo que tú supones que han hecho…
—Desfalcarlo —apuntó ella con insidia.
—Ninguno de esos abogados —continuó Samuel— morderá la mano que le da de comer.
Debía convenir que su insolente huésped tenía toda la razón. Toda la razón si Trix Sinclair fuera la apocada damisela que él suponía, cosa que no era.
Se recogió el vuelo de la falda y se dirigió a la salida, no sin antes lanzarle una mirada altanera.
—Me parece que el ingenuo eres tú, y aún no conoces mis armas de mujer —disfrutó al ver su rostro de cejas fruncidas ante aquella cuestión—. Regresamos. Quizá aún me dé tiempo de conocer a esa reina tuya.
Y salió de la estancia, dejando a un hombre que no sabía si protestar enérgicamente o besarla hasta que le pidiera que parase.