Capítulo 21
Villa Encanto había sido un ajetreo toda la mañana.
Therese tenía elaborada una larga lista de todo lo que necesitaría su señora y, por más que Trix se empeñaba en decir que solo serían unos días, ella no permitiría que la señorita Sinclair estuviera fuera de lugar en cualquiera de las situaciones a las que podría exponerse.
Guantes, sombreros, tocados, vestidos para cualquier ocasión y calzado para todas las situaciones habían sido empaquetados.
El techo del carruaje donde viajaría Therese estaba ocupado en un noventa por ciento por el equipaje de su señora.
El espacio restante era para el pequeño baúl del señor Flaherty, que había mirado con desdén todo aquel aparataje antes de subirse en la otra carroza.
En esta viajaría con los Ashford y con la señorita Sinclair en un espacio demasiado reducido como para que el trayecto no le resultara especialmente largo.
Cuando él subió de una zancada, el resto ya estaba allí. Sebastian lo saludó con una palmada en el hombro, Violet con una amable sonrisa y Trix con una mirada de aparente indiferencia que duró apenas un instante antes de centrarse de nuevo en la conversación que mantenía con su amiga.
Todo el trayecto hacia Londres había sido un pequeño suplicio para él. Los Ashford se habían sentado enfrente, por lo que a Beatrix Sinclair la tenía justo al lado y, con cada bamboleo de la carroza, ambos se rozaban. Era como si ella cayera en sus brazos para ser apartada de repente.
A través del bonito vestido de viaje de la joven sentía su calor; la ligera brisa que entraba por la ventanilla lo envolvía en su perfume e incluso, en una ocasión, ella apoyó brevemente su mano sobre su muslo para no caer cuando la rueda de la carroza pasó sobre una piedra del camino.
Atravesar Londres y llegar a Mayfair fue a la vez un alivio y una tortura para él, pues cuando Trix bajó ayudada por la mano de Sebastian fue como si todo el calor de su cuerpo se hubiera disipado y estuviera condenado de por vida a un frío eterno.
—Es fabulosa —exclamó la joven norteamericana, extasiada ante la espléndida fachada que se alzaba ante ellos.
Violet le quitó importancia.
—No dirás lo mismo cuando descubras que no cuenta ni con calefacción, ni con baños individuales, ni con agua caliente. —Hizo una pausa—. Se me olvidaba —le guiñó el ojo—: tampoco hay ascensor .
Ambas entraron en la casa. El modo de vida en la Inglaterra victoriana distaba mucho de la modernidad y confortabilidad que imperaba en los Estados Unidos.
De la luz eléctrica que empezaba a instalarse en algunas mansiones de la Quinta Avenida ni siquiera habían oído hablar allí, por no hablar de algo tan básico como un armario empotrado.
Los caballeros las siguieron hasta el vestíbulo, tapizado de cuadros de los anteriores duques de Ashford, mientras los lacayos empezaban a descargar maletas y baúles.
—Therese —se dirigió Violet a la doncella de su amiga—, te he alojado en la antigua habitación de Sophie. Creo que te va a gustar.
Sophie vivía fuera de la casa desde que se había casado, y era una doncella suplente quien se encargaba de desvestir a su señora cuando esta llegaba tarde de algún evento social.
La muchacha se lo agradeció con una sonrisa.
—¿Vive muy lejos de aquí? —Trix se refería a Sophie.
—Apenas a dos manzanas.
—Pues creo que te mereces tomarte el día libre.
Therese reprimió una sonrisa de alegría.
—¿Y quién se encargará de usted? ¿De todo esto?
Su señora le quitó importancia.
—Alguien lo hará, no te preocupes. Y no regreses hasta que hayáis hablado de todo lo que tenéis atrasado.
Sin poder reprimir su satisfacción, aunque intentando aparentar que todo aquello le importunaba, Therese salió de la casa acompañada por un lacayo que Sebastian le asignó.
—Las habitaciones están preparadas tal y como ordenó la señora —dijo el mayordomo, que había estado dando instrucciones sobre dónde debía llevarse el equipaje.
—Insisto en que todo esto es muy molesto para vosotros —se quejó Trix.
—De ninguna manera. —Su amiga la tomó del brazo y ambas empezaron el ascenso por la escalera central—. Te he alojado en mi habitación preferida. En ella han dormido una reina y tres princesas reales. Ya sabes que estos británicos son devotos de su monarquía.
—Espero que sus fantasmas no sigan ahí.
—Los exorcizaremos en caso de que aparezcan.
Continuaron el ascenso mientras los caballeros charlaban en el vestíbulo.
Por algún motivo, Samuel se sintió incapaz de apartar la mirada de Trix mientras su elegante figura terminaba de subir y desaparecía en el giro de la escalera. Sebastian carraspeó.
—¿Me permites que te pregunte una cosa?
Su amigo lo miró con cierta reticencia.
—Mal asunto cuando me pides permiso si nunca lo has hecho.
—¿Hay algo entre la señorita Sinclair y tú?
La mirada de horror desfiguró las facciones del irlandés.
—¡Qué cosa tan absurda! Es solo una casera inoportuna —dijo, como si eso fuera una explicación—. Además, sabes que no es mi tipo .
Sebastian chasqueó los labios.
—Me alegro, porque me había parecido verte interesado.
—Tonterías.
—Quizá porque no has dejado de observarla.
Gruñó.
—Hay que conocer al enemigo.
—Y se te ha puesto esa cara.
Esta vez lo miró con tanta curiosidad como cuidado.
—¿Qué cara?
—Como si la muerte hubiese venido a tomar el té contigo, ya sabes. —Lo alentó con la mano—. La que te aparece cuando una mujer te vuelve loco.
Samuel frunció el entrecejo.
—Ninguna mujer me ha vuelto loco jamás.
—Por eso lo digo.
Y, tras guiñarle un ojo, Sebastian también subió por la escalera, dejando a un Samuel pensativo mientras el mayordomo le indicaba cuál era su habitación.