Capítulo 20
El día no podía haber sido más perfecto, pese a que Trix y Samuel apenas habían intercambiado algunas palabras, las justas y necesarias para no ser considerados inaceptables.
Sin embargo, las miradas iban y venían. En una ocasión, cuando la joven norteamericana se giró en busca de su copa, se cruzó con la mirada de su inquilino clavada en ella.
No supo qué vio en esos ojos, pero le desató un escalofrío que aún sentía sobre la piel, como si aquellas pupilas la hubieran estado desnudando, acariciando, poseyendo…
Sacudió la cabeza. Sí, el día no podía haber sido más perfecto.
Los Ashford se habían quedado a almorzar; en la sobremesa habían jugado a las cartas y recordado los viejos tiempos.
Violet había contado cómo Trix y Amelia decidieron asistir de incógnito a un baile de gala de los Rourke vestidas de criadas.
Tendrían doce o trece años y, cuando fueron descubiertas, se las castigó obligándolas a llevar el mismo aburrido vestido gris durante dos meses completos, como antídoto contra la coquetería que ya apuntaban.
Sebastian, por su parte, también les narró una aventura de cuando eran apenas unos niños y estudiaban en Eton.
Elliot Pinckerville y Sebastian habían afanado una garrafa de ponche de la rectoría y se la habían ventilado entre los cuatro íntimos.
No los pillaron, no, pero el castigo fue un terrible dolor de cabeza y un mal cuerpo indefinible que los acompañó durante toda la jornada.
Trix se preguntó cómo habría sido el señor Flaherty con aquella edad. ¿Tendría aquella apostura arrogante? ¿Luciría ya los signos de aquel cuerpo magnífico?
Sacudió la cabeza de nuevo para darse cuenta de que la cena se les echaba encima, por lo que convenció a los Ashford de que pasaran la noche en Villa Encanto y partieran al día siguiente.
Sí, la cena había sido una delicia, con los platos sencillos que preparaba la señora Beckett y los buenos vinos que habían descubierto en la bodega.
En un momento dado y de acuerdo con Violet, pidieron a Therese que las acompañara en la sobremesa, y esta les contó su infancia en Five Points, el barrio más terrible de Nueva York, y cómo se habían conocido de niñas ella, Sophie, Addie y Prudence, cuatro amigas íntimas que tenían la suerte de servir a otras cuatro: Trix, Violet, Clara y Amelia.
Tras las últimas copas de champán, los caballeros se retiraron a la sala de billar, pues sí, había una en Villa Encanto, y Trix y Violet se acomodaron una junto a otra en el cómodo sofá frente a la chimenea del salón, mientras Therese se excusaba y se marchaba a sus habitaciones.
Un tronco crujió, devorado por el fuego, y solo entonces, tras un largo día juntas, Violet se atrevió a hacerle la pregunta.
—¿Cómo llevas el asunto de Phil?
Phil. Phil. Phil. Desde niña estaba segura de que amaba a Phil Van Alen, que no solo era el hermano de una de sus mejores amigas, sino que llegó a convertirse en su amante.
Para una dama de su educación aquello era escandaloso, pero habían sabido llevarlo en secreto y en su fuero interno Trix estaba tan convencida de que compartirían la vida juntos cuando él le pidiera matrimonio que…
Eso nunca había sucedido. Phil se había comprometido con otra mujer, había hecho pública la fecha de su boda y la había abandonado, abandonado, sí, sin ningún escrúpulo.
Trix logró sonreír.
—A veces me acuerdo de él —su voz sonó triste—. Antes solo aparecían en mi mente los malos recuerdos: las disputas, las veces que nos dejábamos de hablar por niñerías, el día en que su madre anunció el compromiso con la señorita Lennon. —Bajó la mirada—. Fue doloroso. Muy doloroso.
—Lo llevaste muy bien.
—¿Eso crees? —No estaba tan segura—. Pensé que me moriría, que ese dolor no era soportable .
—Eres fuerte. —Le apretó la mano con afecto—. Quizá la más dura de las cuatro. Puedes con eso y con todo.
Era agradable escucharlo, pero estaba segura de que no era cierto.
—Me sobreestimas, Violet. Todavía me pregunto si venir aquí no ha sido una especie de huida porque no me creo capaz de respirar el mismo aire que Phil.
Su amiga la encaró.
—De ser así, ¿qué pasaría?
Lo había pensado muchas veces y le aterraba convertirse en una mujer que viviera de las migajas que un hombre quisiera darle. ¿Era eso acaso una vida soportable? Un breve suspiro se le escapó de entre los labios.
—¿Y si, cuando vuelva a Nueva York y nos encontremos de nuevo, soy incapaz de mantener las distancias?
Lo había dicho mirando a Violet a los ojos, con el corazón abierto y el alma todavía en carne viva. Esta le mantuvo la mirada.
—¿Aún lo amas?
Otro suspiro. Los ojos fijos en las llamas vacilantes de la chimenea.
—No, creo que no lo amo, pero dicen que quien prueba el opio no puede dejar de hacerlo. ¿Y si Phil es eso para mí?
Violet buscó una manera de sacarla de aquellos pensamientos.
—Tienes una villa encantadora, a Therese a tu lado y un problema con tu inquilino que te mantendrá ocupada varios meses. Además —sonrió—, ya estoy aquí. Hasta Londres hay una hora en tren. Solo tienes que venir a verme si flaqueas.
Sí, era cierto. Violet ya estaba en Inglaterra. Si la necesitaba… Su cabeza, misteriosamente, se llenó de nuevo de Samuel Flaherty. Parpadeó sorprendida por aquel hallazgo y miró a su amiga.
—¿Sabes que el señor Flaherty ha sido víctima de un posible fraude?
Violet asintió.
—Algo me ha contado Sebastian, pero tanto mi marido como ese inquilino tuyo no son demasiado expresivos cuando se trata de sus asuntos.
—Hemos llegado a un trato. Yo lo ayudaré a desentrañar ese fraude, y, si todo sale como espero, él recuperará su fortuna y se buscará otro lugar donde vivir.
A Violet le pareció un excelente acuerdo.
—Eres buena en ese tipo de cosas. Te recuerdo cuando estuvieron a punto de estafar a Amelia con aquello de una obra de caridad.
Así había sido. Unas supuestas Hermanas de la Caridad habían convencido a la joven para que les entregara una cantidad, teóricamente para los necesitados.
Trix vio algo sospechoso en ellas, emprendió una investigación y, antes de que el talón firmado por su amiga Amelia pasara a manos de las mujeres, pudo probar que en verdad eran unas carteristas que habían encontrado una manera más cómoda de ganarse la vida.
Violet suspiró.
—De todas formas, hay muchos caballeros que se matarían por ti en Londres. —Apoyó la cabeza en su hombro, como cuando eran niñas y vivían en sus confortables mansiones de Manhattan—. Puedo organizar un inocente baile que…
—Te aseguro que lo último que deseo es un pretendiente —no la dejó Trix terminar.
Violet la miró a los ojos, con una sonrisa impresa en los labios.
—¿Nada de hombres apuestos rogándote un baile?
—No en los próximos años —dijo, tajante—, aunque ello me lleve a convertirme en una solterona como la tía Georgina.
Rieron y ambas contemplaron el fuego. Era agradable estar juntas. Ninguna de las dos había sido consciente de cuánto se habían echado de menos.
—Pronto tendré que ir a Londres —expuso Trix—. Tengo que empezar a buscar información sobre esa compañía, William & Pike. Quiero pedirle al señor Magee que nos acompañe.
Habían hablado de él en la sobremesa y juraría que Therese se había mostrado un tanto tensa cuando le pidieron su parecer sobre el joven.
Los ojos de Violet brillaron.
—Pues venid tú y el señor Flaherty mañana a Londres con nosotros.
Allí está la sede de esa compañía —su entusiasmo no admitía réplica—.
Sebastian y yo podemos ayudaros. Y sería una buena idea telegrafiar a los Pinckerville.
Thomas aún está de luna de miel, pero Elliot quizá pueda hacer un hueco y pasar unos días con nosotros.
No era una mala idea. Los Ashford tenían una magnífica propiedad en la ciudad y unos días fuera de la casa les vendrían bien a todos .
Inmediatamente pensó en Samuel Flaherty. ¿O en adelante debía llamarlo Jed? De nuevo aquel dichoso escalofrío. ¿Cómo sería estar juntos más tiempo del que habían compartido nunca pese a vivir bajo el mismo techo?