La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Therese alzó la cabeza. Su oído era casi un sexto sentido, capaz de percibir ondas sonoras inexistentes para los demás.

—¿Eso es un carruaje? —preguntó.

Trix aguzó el oído.

—Es posible —tuvo que convenir—, y me extraña, porque no esperamos visita.

Ambas estaban en la salita de costura, donde los débiles rayos de sol de aquella fría mañana de invierno entraban por los cristales e iluminaban la estancia.

Trix, leyendo. Therese, bordando un pañuelo con las iniciales de su señora.

Se pusieron de pie y husmearon por la ventana.

¿Sería una visita para Samuel Flaherty? No se trataba del señor Magee, ya que las dos veces que las había visitado lo había hecho o andando o a caballo. «¿Un acreedor?», pensó Trix .

Se miraron y no fueron necesarias palabras, ya que ambas se sujetaron el vuelo de las faldas y salieron para saldar su curiosidad.

Allí ya estaban el mozo de cuadras, a la espera de atender los caballos, y el viejo mayordomo, que miraba impasible cómo se aproximaba la carroza.

—¿Esperamos a alguien, señor Colchester? —preguntó Trix, por si este tuviera información.

—A menos que sea el día del juicio final y ahí venga montada una corte de ángeles celestiales, me temo que no, señora —respondió con su laconismo habitual.

Se trataba de un tiro de cuatro caballos, lo que indicaba que su visitante era alguien importante. ¿El señor Russell, quizás? No podía ser, porque le había dejado claro que si lo requería sería ella quien iría a buscarlo o le mandaría recado.

La berlina, de un acabado negro lustroso muy elegante, se detuvo ante ellas, aunque tampoco pudieron saciar su curiosidad porque las cortinillas estaban cerradas hasta que Trix desentrañó el escudo de armas que lucía la portezuela y sus cejas se alzaron al instante.

—¡No puede ser! —exclamó.

Pero en ese mismo instante, uno de los palafreneros saltó del pescante y abrió la puerta para que Violet Harcourt, flamante duquesa de Ashford, casi saltara de la carroza con una sonrisa espléndida en el rostro.

—¿Cómo…? ¿Cómo…? ¿Cómo…?

Trix estaba sin palabras. Sabía que su amiga Violet no se encontraba en Londres y no la esperaba hasta dos semanas después. La última vez que habían estado juntas había sido en Nueva York, en la boda de Clara, y la echaba tanto de menos que…

Al fin salió de su perplejidad y con las mismas ganas se tiró en brazos de su amiga.

La unión fue estrecha. Se contemplaron, se volvieron a abrazar e incluso giraron como una peonza ante la desaprobación del señor Colchester mientras Therese disimulaba la lágrima de alegría que se le acababa de desbordar.

—Te esperaba dentro de dos semanas —pudo decir Trix cuando al fin ambas estuvieron satisfechas.

Su amiga señaló hacia la carroza, de la que ya descendía su marido.

—No aguantaba más tiempo sin verte y a Sebastian no le ha importado adelantar el regreso.

Trix suspiró, su boca formó un puchero y volvió a abrazar a su amiga.

—Al fin algo empieza a ir bien.

—Déjame que te vea. —Violet la tomó por una mano y la hizo girar sobre sí misma—. Tienes muy buen aspecto. Mejor que nunca, diría yo.

—Pues no hay argumento alguno que lo explique —suspiró la aludida.

Sebastian llegó en ese momento junto a ellas y miró a ambas mujeres, satisfecho. Ver a Violet feliz era su mayor aliciente, y ya había aprendido que, aparte de sus caricias, lo que más complacía a su maravillosa esposa era ver a sus amigas de la infancia.

—Vaya, vaya, vaya —exclamó—. Te has convertido en toda una granjera .

Mientras Violet fue a saludar a Therese, Trix le dio un ligero abrazo a Sebastian. Se habían conocido en Newport, en los fastos de la boda de la pareja que congregó a lo más granado de Nueva York. Se apreciaban y ambos tenían un objetivo común: que Violet fuera feliz.

Trix miró con arrobo a Violet mientras esta estrechaba en sus brazos a su doncella.

—Ha sido toda una sorpresa veros aquí.

—Violet tenía demasiadas ganas de verte. No podíamos hacer otra cosa. —Miró alrededor con una ceja alzada—. Tu casa tiene buen aspecto.

—No te burles. Necesita todo tipo de reparaciones.

—Te mandaré a unos hombres de confianza desde Wesmoor —era el nombre de su hacienda ancestral como duque de pleno derecho—. Ellos repararán los tejados.

—Y las ventanas.

—Y veo que es necesario apuntalar aquel muro.

En ese momento Violet se acercó de nuevo a ellos dos y tomó a su amiga por la cintura, descansando el rostro en su hombro.

—¿Qué puede ser más agradable que vivir aquí y dejar atrás la asfixiante vida social de Nueva York?

Desde que llegara a Villa Encanto, Trix no había contado nada en sus cartas sobre la existencia de Samuel Flaherty.

Estaba convencida de que aquel «pequeño incidente» lo lograría solventar por sí misma sin necesidad de ayuda.

De hecho, si se lo contara a su padre, ya lo tendría allí con una legión de abogados metiendo las narices.

Por eso, quizá, ni siquiera se lo había contado a sus amigas, con las que se carteaba a menudo y de quienes recibía telegramas todas las semanas. Arrugó la nariz.

—No he querido explicar nada, pero hay —cómo decirlo— un pequeño problema.

—¿Un problema? —Violet se preocupó de inmediato, justo lo que ella había querido evitar.

Trix tomó aire.

—Tengo un inquilino.

Ya estaba dicho. Desde ese momento se olvidaría de él, rogaría porque Samuel Flaherty no hiciera acto de presencia, disfrutaría de Violet y Sebastian y, cuando se marcharan, seguiría con su plan para quitárselo de encima.

—¿Un inquilino? —preguntó el marido de su amiga.

—Un hombre terriblemente desagradable con el que debo convivir.

Violet parpadeó, algo confundida.

—¿No hay manera de convencerlo de que busque otro refugio?

—Aparte de maleducado, gruñón e impertinente —enumeró—, es testarudo.

Sebastian alzó las cejas. Violet miró a su amiga.

—¿Y quién es ese caballero tan desafortunado?

Trix iba a contestar cuando un gruñido y algunas maldiciones provenientes de las cuadras hicieron que todos miraran hacia allí .

Por el portón acababa de aparecer la imponente figura de Samuel Flaherty.

En mangas de camisa, por supuesto. Aquel hombre no parecía tener conocimiento alguno del decoro.

Se dirigía hacia ellos, maldiciendo en voz baja.

Trix sintió que le flaqueaban las piernas.

Rogó porque tuviera un buen día, o porque estuviera muy ocupado y se marchara de inmediato, pero Sebastian parecía muy interesado y lo miraba de una manera que resultaba alarmante.

—¿Qué demonios…? —exclamó el joven duque.

Violet le puso una mano en el antebrazo.

—Mejor que no lo alteres —le rogó a su esposo—. Creo que puede ser violento.

Pero Sebastian ya se dirigía hacia el inquilino, y lo que había en sus ojos no era precisamente disgusto.

—Jed, hijo de…, ¿qué demonios haces aquí?

Ambas amigas se miraron, perplejas. ¿Lo había llamado Jed? ¿Se conocían los dos hombres?

Samuel se detuvo un instante. Su rostro malencarado se iluminó cuando lo reconoció.

—¿Qué haces tú en mi casa? Maldito hijo de un perro del infierno.

Se fundieron en un abrazo y se palmaron mutuamente la espalda en un incomprensible gesto muy masculino.

Intercambiaron carcajadas, comentarios un tanto malsonantes, y cuando se encaminaron con los brazos sobre los hombros hacia donde estaban las dos mujeres, parecían la más viva imagen de la camaradería.

Sebastian se dirigió directamente a Trix .

—¿Por qué no me habías dicho que Jed se alojaba en la villa?

La muchacha parecía perpleja.

—¿Os conocéis?

—¿Que si nos conocemos? —Volvieron a palmearse la espalda—. Este irlandés sin modales es Jedidiah Samuel Flaherty, conde de Clancare, amigo mío y de los gemelos Pinckerville desde Eton. De toda la vida.

Ambas muchachas parecían perplejas, pero Samuel solo tenía ojos para Trix. La señaló con un gesto muy poco elegante de barbilla.

—¿Y de qué conoces tú a la señorita Sinclair? —se lo preguntó a su amigo, no a ella.

Sebastian tomó a Violet por la cintura.

—Ella y mi mujer son como uña y carne. Como tú y yo.

Trix lo miraba entre enfadada y sorprendida.

—Así que Jed —se atrevió a musitar.

Samuel se encogió de hombros. Parecía disfrutar enormemente cuando sentía que, de alguna manera, la sorprendía.

—No me preguntaste cómo me llamaba, princesa. —Le guiñó un ojo y Trix rogó porque Violet no se hubiera percatado de la manera en que la llamaba.

Sebastian parecía feliz.

—Para mí es Jed, solo Jed —dijo el duque.

—Para ti, señorita Sinclair —le clavó la mirada de aquella forma que la hacía estremecer—, sigo siendo el señor Flaherty.