La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Trix aguzó el oído. ¿Había escuchado crujir el suelo de madera del pasillo? Por supuesto que no. Eran las dos de la madrugada, la casa estaba silenciosa y ella era la única que tenía insomnio.

Dejó a un lado la novela que estaba leyendo y permaneció un rato mirando al vacío, intentando ordenar sus pensamientos.

La habitación estaba caldeada con el fuego de la chimenea.

Fuera, el tiempo era desapacible, con vientos que silbaban al meterse en los recovecos y una lluvia fina y fría que helaba el alma.

Después de su pacto con el señor Flaherty, no había vuelto a verlo en todo el día, nada extraño, pues el caballero parecía tener un don especial para esquivarla.

Eso no implicaba que no pensara en él. Todo lo contrario.

Por algún motivo extraño e inexplicable, cada vez le resultaba más difícil no imaginarlo, sobre todo en noches gélidas y tórridas como aquella.

Aún recordaba el calor de su abrigo cuando se lo cedió a la entrada, muy parecido a un abrazo.

¿ Cómo sería cobijarse contra su pecho, sentirse a salvo con el calor reconfortante de su cuerpo, perderse en aquel aroma masculino, picante…

? Sacudió la cabeza. ¿En qué locura estaba pensando?

Estaba allí para escribir una novela y para olvidarse de la perfidia de los hombres, nada más.

Recostó la cabeza en el respaldo de la cama, en la que estaba sentada.

La trama de su futura novela la tenía más o menos clara: una joven de la buena sociedad neoyorquina era engañada por un caballero apuesto y respetable y, cuando creía que este le pediría matrimonio como broche del amor que sentían, lo que hizo fue ultrajarla casándose con otra.

¿Se parecía demasiado a su propia vida? ¿Iba a contar lo que ella misma había pasado con Phil Van Alen? Soltó un suspiro. El calor a su alrededor era agradable, tanto que apartó las mantas y se aflojó el lazo del camisón.

De repente, recordó algo. Sus cejas Sinclair se fruncieron. Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó el diario de la tía abuela Georgina. Lo contempló unos segundos antes de abrirlo.

Seguía sintiendo cierto pudor cada vez que se enfrascaba en su lectura. La mayoría eran confesiones íntimas, personales, que quizá era ella la primera en leerlas y la única, aparte de su redactora.

Debía de haber sido escrito hacía muchos años.

Posiblemente, durante una estancia juvenil de la tía en Londres, en aquella casa, que al parecer era propiedad de su familia.

De ser así, aquel diario debió de haber sido escrito alrededor de la década de 1810, la misma en que Jane Austen escribía sus maravillosas historias usando un seudónimo para que nadie supiera quién era.

Suspiró. De lo que estaba casi segura, al echar un vistazo general a todas las páginas del manuscrito, era de que lo que contaba sucedió durante un verano y terminó cuando el otoño empezó a despuntar.

«Un amor de verano», lo llamaría su madre, mujer de mentalidad abierta, que toleraba aquellas fantasías siempre que no fueran más allá de miradas, cartas decentes y algún encuentro, siempre en presencia de las personas adecuadas que certificaran su decoro.

Había leído entre sus páginas algo relativo a mirlos que migraban desde Estados Unidos hasta Irlanda, pero, hasta donde ella sabía, ese tipo de aves no tenían esa costumbre, por lo que había supuesto que se trataba de un mensaje en clave, quizá para no consignar por escrito algunas experiencias o sentimientos demasiado privados.

Hasta entonces, sabía que la tía abuela Georgina había pasado un verano en aquella casa, posiblemente junto con sus padres, y que se había enamorado perdidamente de un joven irlandés.

Por supuesto que no se consignaban el nombre ni el apellido del amado, pero la pasión que su tía llegó a sentir por él era tan incendiaria que abrasaba cada hoja de papel y permanecía intacta a través de todo aquel tiempo.

Buscó la página por la que iba leyendo. No era fácil descifrar la letra apretada y minúscula, pero resultaba reconfortante enfrentarse a aquel amor que las palabras escritas habían vuelto eterno .

Mi padre nos ha descubierto. Ha aparecido antes de tiempo, sin avisar, y ha presenciado cómo me tomaba de la mano y se la llevaba a los labios mientras seguíamos con la lección de piano en la sala de música.

No diré lo que pasó después, porque ni siquiera estas páginas merecen escucharlo.

Mañana embarcamos para Nueva York. Él se queda.

Lloramos como si no fuéramos a volvernos a ver. Tenía razón en lo de los mirlos.

Trix cerró los ojos. Por un instante, sintió el mismo dolor que parecía haber roto a su tía, como un hacha que te parte en dos. De nuevo, su mente se llenó de Samuel Flaherty y otro suspiro escapó de entre sus labios, pero este era distinto, más profundo, más cálido, más íntimo.

Sin pretenderlo, su mano bajó lentamente por su vientre, buscó sus muslos e indagó debajo del camisón.

Y, mientras tenía que morderse los labios para soportar el placer que empezaba a recorrerla a oleadas, la imagen de su incómodo inquilino, sin camisa, muy cerca de ella y mirándola de aquella manera feroz, se acababa de convertir en el faro que la guiaba.

Justo en aquel momento, en el exterior de su habitación, Samuel permaneció unos segundos más ante la puerta cerrada de la muchacha, con la yema de los dedos rozando levemente la madera.

Durante todo aquel día no había sido capaz de dejar de pensar en ella y, aunque era muy consciente de que un caballero jamás llamaría a la puerta de una dama entrada la madrugada, había sentido la necesidad de tenerla cerca, de respirar su mismo aire.

Meneó la cabeza a un lado y a otro. Aquello era una locura, una maldita locura. Y mientras se alejaba intentando no delatarse con los crujidos del suelo de madera, llegó a la determinación de que tenía que sacarse a la señorita Sinclair de la cabeza.