Capítulo 17
Samuel estaba terminando de vestirse cuando alguien llamó a la puerta. Gruñó. Le había insistido al señor Colchester que no quería saber nada del servicio, que lo ignoraran, que lo evitaran, como si no existiera.
—¿Quién diablos anda ahí? —preguntó de manera poco amable.
La respuesta no se hizo esperar.
—Soy la señorita Sinclair. Necesito hablar con usted. ¿Está presentable?
Una mueca de difícil interpretación apareció en su rostro.
—Adelante.
De inmediato, la puerta se abrió y Trix apareció en el vano con una expresión decidida que duró el tiempo justo de mirarlo.
—¡Tápese! —exclamó la muchacha .
Samuel no se dio prisa. Se había puesto los pantalones y las botas de montar, pero la camisa aún descansaba sobre el respaldo de una silla. La tomó, pero se demoró todo lo posible en encasquetársela, disfrutando de la manera en que su maldita casera se escandalizaba.
—No seas mojigata, princesa —intentó cohibirla—. Ya me has visto con menos ropa que esta.
Si lo primero que había hecho Trix al entrar había sido girarse sobre sus talones para evitar la contemplación del cuerpo masculino, aquel insulto le dio las fuerzas suficientes para encararlo.
Con los puños apretados y las mejillas encendidas, lo miró.
Debía reconocer que Samuel Flaherty era un magnífico ejemplar de hombre.
Robusto, fuerte, con la piel ligeramente tostada, quizá porque se paseaba de manera tan impropia para un caballero bajo el sol, y con una ligera capa de vello oscuro y de aspecto suave que se agrupaba en el centro de sus fuertes pectorales y bajaba por su vientre como…
Tragó saliva y se enfadó con ella misma.
—¿Eso es estar presentable? —lo acusó.
—Para mí sí. —Dejó de mirarla y, con evidente gozo por haberla escandalizado, se abotonó la camisa y buscó su chaleco—. ¿Pasa algo?
Ella sorbió por la nariz. No, ese hombre horrible no iba a imponerse por mucho que lo intentara. Estiró el cuello y esbozó una sonrisa fría.
—Venía a proponerle un trato.
La expresión de él cambió. Apareció una sombra de cuidado.
Por muy bonita y deseable que fuera, no dejaba de ser su contrincante, su enemiga de alguna manera.
Se cruzó de brazos y Trix no pudo evitar fijarse en cómo aumentaba el tamaño de sus bíceps.
Samuel dio un paso hacia ella, deteniéndose excesivamente cerca.
—¿Si te beso te marcharás?
Algo incómodo y a la vez delicioso se alojó en el estómago de Trix, pero logró que no se reflejara en su semblante.
—¿Se cree gracioso? —Su ceja Sinclair lo fulminó—. ¿Ocurrente con ese tipo de comentarios?
Samuel se encogió de hombros.
—Intento escandalizarte para que te sientas incómoda y me dejes en paz.
—Pues ya ve que no surte efecto.
La señaló con la barbilla, en un gesto muy poco galante.
—¿Qué trato es ese?
Trix estaba nerviosa. Nunca antes había tenido que enfrentarse a una situación como aquella, y mucho menos a un hombre como Flaherty, pero logró aparentar una calma que no sentía. Dominó el tono de su voz.
—Yo le ayudo a recuperar su patrimonio y usted se marcha de aquí.
Se hizo el silencio. La mirada del hombre estaba cargada de incredulidad.
—No estoy para bromas.
—Puedo hacerlo.
—¿Una jovencita mimada que solo sabe del mundo que hay multitud de sombreros para comprar?
Ella soltó el aire por la nariz y su bonita frente se frunció .
—Una mujer preparada que sabe de finanzas, de negocios y tiene el dinero y los contactos para acceder a lugares donde a usted, en sus circunstancias, le estaría vedado.
Samuel debía reconocer que estaba impresionado, pero jamás lo haría delante de ella. Ladeó la cabeza y la miró con curiosidad creciente.
—¿Intentas jugar conmigo?
O entonces o nunca. Trix lo soltó de un tirón.
—Sé lo de esa sociedad de inversión, William & Pike.
El impacto fue visible en el semblante del irlandés, que se crispó de inmediato.
—¿Cómo diablos…?
—El baúl que hay en el desván.
—¿Has fisgado en mis cosas?
—No sabía que eran suyas —se defendió—. Además, lo que hay en esta casa se supone que me pertenece. ¿Quiere que siga?
Sostuvieron la mirada. Curiosamente, Samuel solo pensaba en las ganas que tenía de besarla. Podía deberse al tiempo que hacía que no estaba con una mujer. La alentó.
—Sé que no te callarás, aunque te lo pida.
Trix se mostró decidida.
—Usted compró un gran número de participaciones de esa sociedad, excesivo si me permite decírselo, y la carta de su amigo, el señor Owen Brogan, que he encontrado en el baúl, claramente lo incitaba a ello.
—Era un negocio seguro y sin riesgos —adujo de bastante mal humor .
—Además, lo instó a endeudarse para comprar más acciones.
—En un mes dupliqué lo invertido. ¿Cómo no hacerlo?
Una ligera expresión de suficiencia apareció en el rostro de Trix, pero logró desdibujarla antes de que él la interpretara.
—Ese es el patrón clásico de una estafa, señor Flaherty. Ofrecer beneficios para sacar a la víctima hasta el último penique.
Que lo llamara víctima no le gustó en absoluto.
—¿Me estás diciendo que soy un estúpido?
—Le digo que es posible que lo hayan estafado —le aclaró—, como a mucha gente inteligente, inocente y que piensa en el bien de los demás.
De nuevo sostuvieron la mirada. Sabía que no debía fiarse de ella, de nadie. Sin embargo…
Dio otro paso hasta colocarse tan cerca de Trix que esta quedó inundada del olor masculino, ese que le provocaba un estremecimiento inexplicable.
—¿Y qué propones? —le dijo, acercando su rostro al de ella, su boca, su cuerpo.
Trix sabía que no debía retroceder o perdería su hasta entonces posición predominante.
—Primero, el acuerdo. —La voz no le tembló, menos mal—. Si logro restituirle su capital, ¿se marchará de Villa Encanto?
Él la miró de arriba abajo. Para Trix fue como si sus grandes y fuertes manos la acariciaran.
—No pierdo nada por intentarlo —gruñó.
Sofocada, estaba sofocada, y pese al frío de diciembre no le vendría mal un baño de agua fría, pero nada en ella podía decir que ese era el sentimiento que la embargaba. Es más, alargó la mano para estrecharla de la manera más profesional posible.
—Entonces tenemos un trato, señor Flaherty.
Él miró su mano inerte y la cubrió de inmediato con la suya.
El calor le quemó el guante, traspasó los dedos y le inflamó la piel.
Así que, cuando él aceptó, Trix agradeció poder salir de aquella habitación donde le había faltado el aliento, y tuvo que detenerse en el pasillo, pegar la espalda a la pared mientras intentaba controlar la respiración y el extraño escalofrío que le trepaba por la piel.