La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Durante el resto de la semana, Trix tuvo la impresión de que el señor Flaherty la esquivaba. Rara vez se cruzaban en la casa y, cuando lo hacían, él se limitaba a saludarla de manera recia, seca, con una brevísima inclinación de cabeza, para seguir adelante sin apenas mirarla.

En vez de sentirse aliviada, por alguna extraña razón, aquel distanciamiento la ponía furiosa, y una vez que se cruzaron en el pueblo cercano ella se lo quedó mirando mientras él se alejaba hasta perderse en la distancia, pese a que era un comportamiento altamente reprobable en una señorita.

Para sacar de su mente al maldito Samuel Flaherty, Trix había decidido redecorar algunas de las estancias de la villa.

No estaba en sus planes ir aún a Londres, donde seguro que encontraría espléndidas tiendas de mobiliario y objetos de decoración, así que se conformó con cambiar algunas piezas de sitio, dar un aire nuevo a las cortinas y mandar tapizar un par de sofás de excelente hechura.

—En el desván se guardan algunos muebles que quizá sean de su agrado, señora —le había dicho el señor Colchester con su voz lacónica, desprovista de interés.

Así que allí estaban, ella y Therese, armadas ambas con candiles de queroseno y un pañuelo en la boca para librarse de todo aquel polvo.

—Sería necesario ventilarlo —comentó Trix ante la imagen tenebrosa del desván—. No quiero ni pensar en las alimañas que deben esconderse en las sombras.

—¿Arañas?

—Ratas.

Therese no dijo nada, pero se estremeció.

El desván era una larga galería que ocupaba toda la planta baja de una de las alas de la villa.

El techo estaba soportado por vigas de madera desnudas y se iluminaba, por decirlo de alguna manera, con ventanucos dispersos que tenían los cristales tan cubiertos de polvo que convertían la luz en algo gris y correoso.

Trix giró sobre sí misma para iluminar alrededor.

Había muchos muebles, tal y como le había dicho el señor Colchester, la mayoría de ellos cubiertos por viejas sábanas.

Vio una cómoda que, una vez encerada, encajaría muy bien en la sala de costura y un espejo de marco dorado muy pasado de moda que daría un aire suntuoso al comedor.

Pasearon arriba y abajo, teniendo cuidado de que el bajo de sus vestidos no se ensuciara con todo aquel polvo antiguo.

Tanto una como otra iban proponiendo piezas, evaluaban su estado, calculaban su tamaño y las anotaban o descartaban según conviniera.

Era necesario hacer una lista detallada para que los lacayos las bajaran con sumo cuidado al jardín posterior, donde deberían ser bruñidas o enceradas.

—¿Y ese baúl? —propuso Therese.

Se refería a una pieza grande, más bien fea y muy antigua, de madera recubierta de roído terciopelo rojo y con herrajes oscuros que le daban un encantador aire añejo. Había un escudo de armas grabado a fuego con dos espadas cruzadas bajo el yelmo y dos ramas de brezo a modo de corona de laurel.

—Podría encajar bien en el recibidor —estuvo Trix de acuerdo—, bajo el espejo.

Fue hasta él y, para su sorpresa, no estaba cerrado.

Cuando alzó la tapa, una ligera nube de polvo las envolvió, obligándolas a apretar los pañuelos contra su rostro.

Cuando esta se disipó, Trix pudo apreciar que estaba lleno de documentos, algunos antiguos, desordenados aquí y allá como si hubieran sido guardados con prisa.

—Voy a indagar en aquella parte del desván —le dijo Therese—. Sería estupendo si encontráramos una pianola.

Cuando se quedó a solas, Trix no pudo evitar inclinarse y tomar entre sus manos algunos de aquellos papeles y pergaminos. Los examinó con cuidado y no tuvo que leer demasiado para darse cuenta de que aquel baúl pertenecía al señor Flaherty.

El apellido estaba en casi todos los documentos y, para su sorpresa, se vinculaba con un título ancestral, el condado de Clancare, ubicado precisamente en la demarcación de Connemara, de donde el señor Flaherty le había dicho que provenía su familia.

Sintió cierto pudor al fisgar en algo que no le pertenecía, pero la curiosidad se impuso y, mientras Therese seguía con la inspección, ella se dedicó a leer a fondo todo aquel material, dejando a un lado los documentos más interesantes y apilando en el suelo los que carecían de interés.

Había de todo: mandatos, cartas de abogados, diligencias reales, incluso algunos estaban escritos en gaélico o en latín, los más antiguos, por lo que lamentó no conocer ninguna de las dos lenguas, pero comprendió que los Flaherty eran una familia ancestral.

Una hora más tarde, Trix se incorporó con una expresión extraña en el rostro y se quedó mirando el rayo de luz mortecino que atravesaba una ventana.

Therese no había dejado de parlotear desde el fondo de la estancia, donde seguía descubriendo cuadros, alfombras y consolas para decorar la casa, pero ella no la escuchaba.

Había descubierto muchas cosas con aquellas lecturas, pero, sobre todo, había comprendido que aquel «irlandés sin modales» era un conde que lo había perdido todo por una operación que olía a podrido y que estaba fielmente descrita en aquellos papeles…

, y quizá ella pudiera sacar partido de todo aquello.