La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Samuel cerró los ojos y contuvo la respiración. Así solía calmarse y, aquella noche, tras la inesperada cena, era algo que necesitaba hacer.

Era consciente del espectáculo que acababa de montar abandonando precipitadamente la mesa, pero aún le resultaba doloroso recordar todo lo que había pasado, todas las desgracias que su incompetencia había provocado en personas que dependían de él, que confiaban en él.

Allí, en la terraza de la villa que se asomaba a un pequeño arroyo, pese al frío de un anochecer de invierno, empezaba a recuperar la calma.

Beatrix Sinclair. ¿Por qué aquella endemoniada mujer no salía de su cabeza?

Estaba claro que le había robado la tranquilidad llenando la casa de criados, del perfume de las flores frescas que aparecían allí donde mirase, del exquisito cuidado con que todo se conducía en su casa desde que ella había hecho acto de presencia.

Pero había algo más. Ella misma. La mujer que no pedía permiso, la que se empeñaba en tomar sus propias decisiones, la que parecía capaz de sobreponerse a cualquier dificultad por muy lamentable que fuera.

Y su belleza.

Sí, después estaba el asunto de su belleza.

Uno de sus mejores amigos insistía en que a Samuel le gustaban las mujeres que él denominaba «raciales».

Mujeres de ojos negros, cabello de ala de cuervo, piel tostada.

Sin embargo, se había descubierto embelesado mirando sin ser visto a la señorita Sinclair a través de una ventana mientras ella paseaba por aquel mismo lugar donde él estaba.

Una joven delicada, de expresivos ojos claros, cabello con un matiz dorado y piel muy blanca.

Su padre diría que le habían lanzado un hechizo. Su madre, que un arreglo maligno. Él estaba convencido de que Trix Sinclair había aparecido en su vida en un momento en que no le quedaba nada y su mente se empeñaba en agarrarse a cualquier…

—Lamento lo que ha pasado ahí dentro.

La voz femenina lo hizo volverse en aquella dirección.

Allí estaba la señorita Sinclair, con las mejillas sonrosadas por el frío y una falsa inocencia en el rostro que lo tenía embrujado.

Samuel sintió cierta incomodidad en el estómago.

Era una manifestación física de algo a lo que se negaba a poner nombre, pero que estaba estrechamente relacionado con el deseo. Tragó saliva y apartó la mirada.

—Soy yo el que debe disculparse .

Ella se colocó a su lado. El cielo ya era apenas una sombra roja entre las nubes, en el horizonte.

Permanecieron callados, uno junto a otro, apoyados en la bella balaustrada de piedras que, hasta la llegada de la mujer, no era más que un derribo cubierto de malas hierbas.

Hasta él llegó el perfume de Trix. Dos días antes se había descubierto olfateando el espacio del salón buscándolo, como un podenco en busca de una presa.

Nardos y hojas de naranjo. Una combinación audaz, muy adecuada para una mujer como ella.

Fue Trix la que habló y él agradeció que le permitiera salir de aquel embrujo.

—No conozco Irlanda. Estuve en Londres y en París hace algunos años, pero a eso se reduce todo mi mundo.  Y esta pequeña casa.

Samuel alzó una ceja y señaló la villa.

—¿Pequeña?

Trix sonrió. Lo cierto era que Villa Encanto era una propiedad considerable, pero para una rica heredera norteamericana…

—Créame —le contestó—, de donde vengo pasaría desapercibida.

Una ráfaga de aire helado le azotó el rostro y ella se cubrió con los brazos para darse calor. Samuel, en cambio, parecía ensimismado, con la vista perdida al frente, en aquella mancha roja, ya casi violácea, que se difuminaba en el horizonte.

—La casa donde nací no era mucho mayor que esta —le confesó—. Había pertenecido a mis abuelos y estos la habían heredado de los suyos.

Después de la precipitada salida de Samuel del comedor, habían seguido hablando unos minutos. Cillian había sido discreto, pero, a petición de Therese, había contado quizá más de lo que en principio hubiera parecido adecuado. Trix se anduvo con tiento.

—El señor Magee me ha dicho que proviene usted de Connemara.

Él la miró. Ella dudó si la reprendería, pero en aquellos ojos no había nada de eso. Lo que leyó en ellos la hizo tragar saliva y apartar la mirada.

—Nuestras tierras están muy al oeste —de nuevo su mirada perdida—, donde el océano se rompe. Parece el fin del mundo, pero es mi hogar —hizo una pausa. Después se giró para encararla de frente—. Hemos empezado con mal pie.

Trix sintió que el corazón empezaba a palpitar deprisa. Estaban solos allí fuera, el frío era cada vez más denso, pero había un calor anidado en su corazón que parecía mantenerla a salvo. Logró sonreír.

—Yo venía a alejarme del mundo y he descubierto que tengo un inquilino.

Él hizo un gesto con la boca parecido a una sonrisa.

—Y yo quería lamerme mis heridas en soledad y resulta que tengo una casera y no es nonagenaria.

Otra vez aquella mirada sostenida entre ambos. Trix recordó las palabras del señor Magee. Un buen amigo de Samuel lo había metido en un negocio que había resultado turbio. Quizá para escapar de aquella sensación de estar perdida entre las pupilas intensas del hombre, volvió a hablar.

—Le entiendo, señor Flaherty. Yo también he sido traicionada por alguien en quien confiaba —se refería a Phil Van Alen, una historia que estuvo a punto de perderla para siempre—. Es difícil reponerse.

De nuevo el rostro de Samuel se ensombreció.

—No ha podido ser cosa de Owen. Él y yo nos conocemos desde que era un niño. Alguien lo engañó, seguro. Alguien se aprovechó de su buena voluntad.

—¿Lo ha denunciado? A quien haya engañado a usted y a su amigo.

—No hay nada que hacer. El señor Magee intenta encontrar algún resquicio, pero ya le he dicho que es tiempo perdido.

Así era, eso mismo le había advertido el joven irlandés que había cenado con ellas.

Otra duda la asaltó. Si Samuel Flaherty era un devoto ciudadano irlandés…

, ¿por qué había alquilado una casa a las afueras de Londres?

No quiso quedarse con la duda y quizá no se diera otra vez la oportunidad de inquirirlo.

—¿Puedo preguntarle cómo encontró esta casa tan lejos de Irlanda?

Él pareció salir de sus pensamientos. La miró casi sin verla.

—Alguien se la alquiló a mi tío abuelo hace décadas con ciertos derechos sobre ella. No sé mucho más.

¿Hacía décadas? ¿Qué tipo de contrato era ese? ¿Por qué la tía abuela Georgina habría hecho algo así? Un nuevo viento helado hizo que Trix se estremeciera.

—Hace frío .

Él no lo dudó. Se censuró por no haberse dado cuenta antes. Se quitó el recio gabán y se lo puso sobre los hombros a la muchacha.

—Abríguese.

Ahí estaba de nuevo el olor, el calor masculino, como un abrazo que logró que Trix se estremeciera. Intentó que su voz sonara firme.

—¿Y-y usted?

Él le guiñó un ojo.

—Soy irlandés.

Sostuvieron la mirada. Una idea absurda acudió a la mente de Trix Sinclair. ¿Cómo sería un beso del señor Flaherty? ¿A qué sabría? ¿Qué sensaciones despertaría en su piel? Sintió cómo se ruborizaba solo de pensarlo. ¿Estaba perdiendo el juicio? Instintivamente dio un paso atrás.

—Ya es hora de retirarme.

Él simplemente asintió.

—Ten dulces sueños, princesa.

Esta vez Trix no lo amonestó por llamarla así. Atravesó el jardín a toda prisa, envuelta en el calor, en el olor de Samuel Flaherty, y, mientras aquella noche Therese la ayudaba a desvestirse, recordó algo que había leído a vuela pluma en el diario de la tía Georgina.

Lo cogió, pasó las páginas leyendo transversalmente hasta encontrar la frase exacta.

Hoy él me ha dicho que su tierra está en Connemara y que un día mis mirlos americanos llegarán a ese cabo del oeste donde el océano se rompe …

Lo leyó un par de veces más. ¿Quién había sido el irlandés de quien había escrito la tía abuela Georgina? ¿Y por qué la casualidad había puesto bajo su mismo techo a un compatriota suyo?