Capítulo 14
Aquella noche, cuando Samuel regresó a casa, lo sorprendió que un solícito señor Colchester lo estuviera esperando.
Lo había dejado claro. Aceptaba con regañadientes que la villa estuviera ocupada por todos aquellos criados con los que tropezaba a cada paso, pero exigía que no lo molestaran. Así que, al ver el rostro expectante del mayordomo, no tuvo más remedio que hablarle.
—¿La señorita Sinclair ha decidido regresar a Nueva York y usted viene a darme la buena nueva? —dijo con todo el cinismo.
El señor Colchester tardó en comprender que aquello era solo una broma; el extraño sentido del humor del caballero se le escapaba por completo. Le dedicó una discreta inclinación de cabeza .
—La señora me ha pedido que le avisara en cuanto apareciera —hizo una pausa—. Lo esperan en el comedor.
La nariz de Samuel se arrugó sin él proponérselo.
—¿Cómo que me esperan?
Pero el mayordomo ya se había dado la vuelta y se dirigía hacia la zona noble de la casa con el paso contundente que usaba para todo.
Samuel dejó el gabán. Lo más razonable era retirarse a sus habitaciones, beberse una botella de whiskey e intentar quitarse de la cabeza a esa maldita señorita Sinclair que últimamente parecía habérsele metido entre ceja y ceja, pero no lo hizo.
Con la frente fruncida y los labios apretados, atravesó el vestíbulo y, cuando entró en el comedor…
—¿Qué diablos…?
No terminó el improperio porque la visión que tenía ante sí era, cuanto menos, inesperada.
Debía reconocer que Trix Sinclair estaba espectacular.
Estaba sentada a la mesa con un bonito vestido de noche negro, con un escote que le llevó a hacer un esfuerzo para no asomarse a él.
A su derecha se sentaba Therese, su doncella, algo muy inusual en una cena formal en Inglaterra, y, a su izquierda…
—He querido invitar a cenar al señor Magee —le anunció su casera lo que era evidente—. Estaba segura de que sería una sorpresa muy satisfactoria para ti.
Aquello tenía toda la apariencia de una encerrona y lo más cabal era volver sobre sus pasos y escapar de allí, pero había algo en la sonrisa de Trix …
—Así que una cena —murmuró Samuel.
—Y le he pedido a Therese que nos acompañe —palmeó la mano de su doncella sobre la mesa, que parecía ligeramente incómoda—. Espero que no te moleste.
Un lacayo ya apartaba su silla, así que no tuvo más remedio que tomar asiento. Tenerla de frente le permitiría, al menos, dejarle claro cuánto le incomodaban sus frívolas decisiones y hasta qué punto su presencia allí era inaceptable.
—Señor Magee, disculpe si mi reacción ha sido un tanto brusca al verlo —taladró a Trix con la mirada—. Como ve, mi casera se desvive por complacerme.
La última palabra tenía un matiz que hizo que un cosquilleo incómodo atravesara la espalda de la aludida, pero se sobrepuso de inmediato.
—Estábamos hablando de la Ley de Tierras de Irlanda que se promulgó el año pasado.
El rostro de Samuel se endureció de inmediato.
—¿Y qué piensa usted al respecto? —le preguntó directamente a su casera.
El señor Magee le había explicado que la ley perseguía tres cosas: una renta justa fijada por tribunales agrarios, no solo por el capricho del terrateniente; cierta seguridad de permanencia mientras se pagara la renta, y que el arrendatario pudiera vender su derecho sobre la explotación a otro inquilino.
Trix se encogió de hombros.
—Me parece que puede ayudar a crear un mundo más justo. En mi país se trabaja en una ley sobre seguridad laboral que …
—Pues debe saber que es insuficiente —no la dejó terminar—.
Con esa medida no se soluciona el problema, solo se cambian las reglas del juego y los agricultores, los que trabajan los cultivos, siguen siendo los perjudicados.
La mitad de las tierras de Irlanda pertenecen a personas que ni siquiera habitan en la isla.
Therese tenía apretada la servilleta en una mano, mientras que Cillian no apartaba la vista del plato. Estaba claro que la tensión en la mesa solo había hecho que comenzar. Trix intentó reconducir la conversación, ya que aquello no empezaba como había esperado.
—Entiendo que debe afectarle muy directamente si tiene una posición tan formada al respecto.
Aunque Cillian se percató de que el tratamiento de respeto entre ambos iba y venía, no se atrevió a decir nada.
—He trabajado toda mi vida para que los agricultores que arrendaban las tierras que heredé de mi padre vivieran con la mayor dignidad posible —arremetió Samuel—.
Si no conoces sus nombres y apellidos, si no sabes si sus hijos pasan hambre o sus mayores tienen necesidades, si no eres consciente de sus problemas porque vives a miles de millas de distancia…
, ¿para qué sirve una ley más que para calmar las revueltas sociales?
La mirada de Samuel no solo era dura, también estaba cargada de dolor. La joven norteamericana intentó calmarlo.
—Solo intentaba entender el funcionamiento de su país .
—Pues será mejor que se meta en sus cosas —se puso de pie—. Y ahora, si me disculpa, voy a tomar el aire porque se me ha quitado el apetito.
Arrojando la servilleta sobre la mesa, Samuel abandonó el comedor sin molestarse en mirar atrás. Therese miraba alternativamente a su señora y a su viejo amigo de la infancia. Trix parecía preocupada, como si por primera vez fuera consciente de dónde se había metido.
—Es un asunto delicado para alguien como él —lo excusó el irlandés.
A Trix se le escapó un suspiro.
—He intentado ser amable.
Therese, que no había abierto la boca, se dirigió a su antiguo amigo.
—¿Cuáles son las circunstancias del señor Flaherty?
Este la miró a una y a otra.
—¿No se las ha contado?
La doncella no iba a ceder.
—Pero usted lo hará, ¿verdad?
El joven parecía indeciso. La privacidad con sus clientes era vital para su empresa, pero también era cierto que Therese no lo había delatado y que la señorita Sinclair no parecía una amenaza.
Se desajustó la corbata antes de hablar.
—Tras unos años de pésimas cosechas, desesperado, el señor Flaherty decidió hacer algunas inversiones con idea de poder sostener la economía de sus arrendatarios —hizo una mueca con la boca—.
Hubo un buen amigo de por medio. Las inversiones se hundieron en bolsa y el señor Flaherty lo ha perdido todo —volvió a mirarlas.
Trix parecía desolada—. Para él es doloroso, pero lo que lo tortura es que sus arrendatarios, esas familias de las que ha hablado, han sido desahuciadas y en sus tierras se proyecta la apertura de una mina de carbón.
Ambas mujeres intercambiaron una mirada. Therese era consciente de que antes o después debía contarle a su señora quién era en verdad Cillian Magee, pero aquel no era el momento.
—¿Y qué tiene usted que ver con todo esto, señor Magee? —preguntó Trix.
Cillian se estiró en la silla. Aquello no estaba resultando cómodo para él.
—El señor Flaherty ha contratado a mi compañía para revisar esa transacción y buscar defectos formales. Si podemos probar que hubo algún tipo de fraude, quizá el señor Flaherty pueda recuperar lo que invirtió.
Trix se recostó sobre el respaldo. De repente, muchas de sus preguntas habían encontrado una respuesta.
—Y por eso vive aquí, en mi casa —musitó.
—Cuando se quedó sin nada, solo había un viejo contrato de alquiler —el joven bajó la mirada al plato—. Es lo único que le queda.