Capítulo 13
Trix no tardó en darse cuenta de que algo había cambiado en el ánimo de su doncella.
—¿Te encuentras bien?
Therese pareció salir de su arrobamiento, por lo que el cepillo con el que estaba arreglándole el cabello cayó al suelo.
—Por supuesto, señorita.
Mientras lo recogía, Trix la observó. La conocía bien. Era de carácter alegre, no se guardaba opinión alguna y pocas veces permanecía callada. Cuando su doncella volvió a trabajar sobre su peinado, no pudo evitar interrogarla.
—Hoy no canturreas una de tus canciones.
Tampoco has discutido conmigo sobre qué vestido de mañana es el más adecuado —de hecho, había aceptado sin rechistar lo primero que Trix le había propuesto—.
Y me atrevería a añadir que es la primera vez desde que llegamos a la villa que no haces un comentario mordaz sobre el señor Flaherty.
Therese se dio cuenta de que no podía guardar por más tiempo la visita de Cillian sin que su señora sospechara.
Tampoco podía contarle todo lo que sabía de él.
¿Y si de verdad el joven se había reformado?
¿Y si se había convertido en un hombre de provecho?
Lanzar una verdad antigua sobre él crearía un inevitable prejuicio de la señorita Sinclair sobre él, y no sería justo.
Tampoco era justo ocultárselo todo. Decidió buscar un punto medio.
—Ha venido un hombre —carraspeó, incómoda—. Una visita para su arrendatario.
Trix se volvió de inmediato hacia ella.
—¿Tan temprano?
—Extraño, ¿verdad?
Desde que se mudaran, no recordaba que nadie hubiera querido visitar a su inquilino, cosa, por otro lado, muy conveniente porque… ¿quién soportaría a un hombre así? Se acarició la barbilla.
—¿Y has podido enterarte de la naturaleza de esa visita? Porque doy por hecho que has hablado con él.
Therese se sentía fatal no diciéndole toda la verdad, pero no quería perjudicar a alguien que en el pasado formó parte de su vida, casi de su familia. La pobreza, la miseria, crea lealtades que son difíciles de borrar. Volvió a aclararse la garganta.
—El visitante dice trabajar para la Anglo-Irish Land Trust. ¿Le suena?
Trix no tuvo que hacer demasiado esfuerzo.
Desde pequeña, su padre la había aficionado a la prensa financiera y una de sus aficiones era repasar cada día las cotizaciones en bolsa.
Sabía que aquella compañía se encargaba de gestionar grandes fortunas en forma de fondos para que los beneficiarios solo tuvieran que preocuparse por recibir sus beneficios. Se quedó pensativa.
—¿Por qué el agente de un fondo fiduciario querría visitar a nuestro malogrado inquilino?
Therese se encogió de hombros pese a no entenderla del todo.
—Eso mismo me preguntaba yo.
Trix se puso de pie como impulsada por un resorte. A Therese apenas le dio tiempo a sujetarle el último rizo con una horquilla.
—¿Están reunidos en este momento? —le preguntó a su doncella.
—El señor Colchester los ha hecho pasar a la biblioteca.
—Pues creo que ha llegado el momento de hacer una aparición estelar.
Trix se echó una última ojeada en el espejo. El vestido de mañana era perfecto, blanco y angelical, el disfraz más oportuno para asemejarse a una mujer de la que no había nada que temer.
Con paso decidido bajó las escaleras. El señor Colchester se le acercó para despachar los asuntos del día con respecto a la organización de la casa, pero ella lo aplazó con una sonrisa. La biblioteca era su destino y nada debía distraerla de su cometido.
Antes de entrar ensayó una sonrisa inocente, tomó aire y solo entonces giró el pomo y se plantó de la manera más casual en el interior de la estancia.
En efecto, allí estaban los dos hombres .
Samuel, junto a la ventana. Un rayo del apagado sol de aquel día le impactaba en el rostro y lo hacía especialmente atractivo. Ella sintió el maldito escalofrío que empezaba a ser insidioso cada vez que se lo cruzaba, y se fijó en el otro hombre.
Le agradó de inmediato. Cabello oscuro, casi negro, y azules ojos irlandeses. Incluso había cierto aire de truhan que conocía bien de las calles de Nueva York, donde la colonia irlandesa era cada vez mayor.
Se llevó una mano inocentemente al pecho.
—Vaya, ignoraba que tuviéramos visita.
—Tengo visita —aclaró Samuel de inmediato—, así que, si es tan amable.
Le señaló la puerta por la que acababa de entrar, pero ella lo ignoró.
—¿Ahora nos tratamos con formalismos? —La daga fue casi quirúrgica, pero no esperó a ver qué efecto causaba en el señor Flaherty, sino que se dirigió al recién llegado—. Señorita Beatrix Sinclair —se presentó—. ¿Y usted es?
El hombre parecía tan incómodo como curioso. Tardó en contestar.
—Cillian Magee, para servirla.
Samuel ya se había colocado ambas manos sobre las caderas, algo que ella había aprendido a leer como problemas. Lo ignoró y se hizo la escandalizada.
—Querido, veo que ni le has ofrecido un té a nuestro invitado —lo tuteó como él hacía con ella—. Discúlpelo. Este descuido es algo raro en nuestro detallista señor Flaherty .
—No es necesario… —intentó Cillian evitar cualquier disputa, pero ella no lo dejó terminar.
—¿Viene usted desde Londres?
—Desde Dublín.
—Eso son muchas millas —miró a Samuel con una sonrisa de complicidad que solo encontró crudeza al otro lado—. Mi querido señor Flaherty es de allí. Al menos eso dice su apellido y su acento. Supongo que el asunto que le trae debe ser importante.
Flaherty ya no lo soportaba más. Dio un par de pasos para interponerse entre su alcahueta casera y el recién llegado.
—Y en absoluto de tu incumbencia.
Trix sonrió, lo que lo enfureció aún más.
—Al fin volvemos a nuestra familiaridad. Reconozco que la echaba de menos —logró esquivarlo para atender de nuevo al señor Magee—. Me hablaba usted de su trabajo.
El joven parecía no entender muy bien qué pasaba entre ellos dos, pero era evidente que había cierta tensión. Intentó no dar demasiados detalles, pero tampoco ser tan descortés como para no responder a la dama.
—Defiendo los intereses de mi compañía ante posibles fraudes.
Trix volvió a llevarse teatralmente una mano al pecho.
—Insinúa usted que mi inquilino…
—Por supuesto que no —se apresuró Cillian a aclarar—. Precisamente vengo a garantizar que sus acciones no fueron malvendidas .
Antes de que Trix continuara con aquel indecente interrogatorio, Samuel volvió a interponerse.
—¿Nos disculpa un momento, señor Magee? Acabo de recordar que tengo que comentar algo importante con mi casera.
Ella no dijo lo contrario. Tenía curiosidad por saber qué quería decirle.
El joven irlandés hizo una reverencia.
—Por supuesto.
Y salió de la estancia teniendo la prudencia de cerrar la puerta a sus espaldas.
Aún tintineaba en el aire el ruido del picaporte cuando Samuel la fulminó con la mirada.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
Trix se cruzó de brazos. Lo cierto era que la imponente presencia de Flaherty seguía causándole ciertos síntomas físicos que aún no había logrado reconocer, pero también era cierto que había aprendido a parecer inaccesible.
—Solo intento cumplir con las más elementales normas de conducta como dueña de esta casa —aclaró con sorna.
Se mantuvieron la mirada. Los ojos grises de Samuel estaban especialmente luminosos aquella mañana, pero Trix logró no ser la primera en apartarse.
El firme dedo de su inquilino la señaló. No, la acusó.
—Te prohíbo que te metas en mis asuntos.
La ceja Sinclair se alzó de inmediato.
—¿Tus asuntos? —Un gemido de arrogancia salió de su boca—. Lo que afecte a tu hacienda me incumbe —lo señaló de la misma manera que él había hecho con ella—. Soy una casera estricta y no aceptaría un retraso en el pago del alquiler. —Se ajustó el vuelo del vestido—. Así que acciones.
Lo soltó de la manera más casual, pero él ya la miraba con una expresión de incredulidad difícil de disimular.
—¿Crees que por un par de parpadeos y una sonrisa bonita me vas a sacar información?
Ella se encogió de hombros.
—Al menos puedo intentarlo.
De nuevo se miraron. Él avanzó solo dos pasos, pero ya estaba tan encima de ella que sintió el latido de su corazón, el calor que desprendía el fornido cuerpo masculino y su olor. Sobre todo, su olor, a cuero, a madera, a tierra mojada. Intentó que él no se percatara de cómo se sofocaba.
—Te advierto una cosa, princesa —bajó la cabeza hasta que sus miradas estuvieron a apenas una pulgada. Y sus labios—. Hasta ahora he sido paciente, pero, si te inmiscuyes en mis asuntos, vas a conocer una parte de mí que no te va a gustar.
Luchando contra aquel cosquilleo en su bajo vientre, Trix logró parecer indignada.
—Nada de ti me gusta —volvió a tutearlo—, y no vuelvas a llamarme princesa.
Él se apartó y se dirigió hacia la puerta.
—Y ahora daré un paseo por el campo con el señor Magee —la abrió con tanta fuerza que estuvo a punto de salirse de sus goznes—. Que tengas un buen día, princesa.
Ella fue a protestar. Lo hizo, incluso, pero el portazo fue tan severo que ni siquiera escuchó su voz, aunque sí fue consciente de cómo se le había acelerado el corazón.