Capítulo 12
Pese a que cada día hacía más frío, Therese no desistía de su ritual mañanero: el gallinero, revisar que todo marchaba en la cocina, inspeccionar que las chimeneas de la casa estuvieran encendidas para que se caldeara el ambiente y leer un poco antes de subir a despertar a su señora, pero esa mañana un par de golpes en la puerta principal hizo que alzara la cabeza, sorprendida.
¿Quién podía venir a visitarlas a aquella hora de la mañana?
Miró el hueco de la escalera. La señorita Sinclair aún estaría dormida y el señor Flaherty no bajaría hasta bien entrada la jornada.
En las cocinas el ajetreo diario estaba a plena marcha, pero ese día el señor Colchester se retrasaría en llegar por un asunto familiar.
¿Sería él? Desistió antes de terminar de preguntárselo, ya que no solo entraría sin llamar, sino que lo haría por la puerta trasera, la de servicio .
Otro par de golpes, más enérgicos esta vez, le indicó que era mejor salir de dudas. Se puso de pie, se alisó la negra falda de doncella y fue ella misma a abrir.
Al hacerlo, una bocanada de aire helado se coló en el interior. Therese se ajustó la toca de lana con la que se cubría los hombros y solo entonces dedicó toda su atención al hombre que tenía ante ella.
Era guapo, de eso no cabía duda alguna. También irlandés.
Cabello negro, ojos azules de una intensidad que llegaba a ser casi insoportable, muy buen aspecto y de excelente apostura.
Vestía de tweed , en un color marrón muy propio de abogados o letrados.
Un maletín de piel en una mano. Sombrero, que se quitó en cuanto ella estuvo delante.
La miraba con curiosidad. Dio un paso hacia atrás para observar la fachada y le clavó de nuevo esos ojos penetrantes.
—Debo haberme equivocado. Pensaba que esto era Villa Encanto.
Therese no podía apartar la mirada de él. Había algo en su fisonomía, en su forma de moverse, en aquel rictus de su boca… Parpadeó para no parecer estúpida.
—Lo es, señor —intentó no parecer sorprendida—. ¿Puedo saber el motivo de su visita?
El hombre la miraba con curiosidad. ¿Era un caballero? No lo parecía. Había algo en su forma de moverse, de comportarse…
—Busco al señor Samuel Flaherty —dijo al fin—. ¿Es usted su esposa?
—Por los clavos de Cristo que no lo soy —se le escapó, pero logró recomponer el aspecto de una joven respetable—. Soy la doncella de la señorita Sinclair.
El hombre parecía un tanto sorprendido, como si todo aquello escapara a la información de que disponía.
—Me temo que no sé de quién me habla.
—La dueña de la villa.
Las cejas del visitante se alzaron sorprendidas.
—¿Aún vive? Según los documentos debe tener…
—Por supuesto que no vive —aclaró ella el malentendido—. La señorita Sinclair es su sobrina nieta y su heredera.
Therese se sentía incapaz de apartar la mirada de aquel hombre. Había algo en él que despertaba su instinto de supervivencia, como un recuerdo lejano, difuso, que se negaba a materializarse.
El hombre se masajeó un hombro con la mano libre mientras un escalofrío le recorría visiblemente la espalda.
—Hace un frío gélido.
Solo entonces Therese comprendió que estaba incumpliendo las mínimas normas de cortesía.
—Pase. —Se retiró apresuradamente de la puerta e intentó parecer distante—. Mandaré a un lacayo para que avise al señor Flaherty de su llegada. ¿Su nombre es…?
Él agradeció el calor del hogar y empezó a desabrocharse el abrigo.
—Magee, Cillian Magee.
Therese se lo quedó mirando. Parpadeó. Lo miró otra vez de arriba abajo y volvió a parpadear .
—¡Diantres!
Una exclamación como aquella en boca de una sofisticada doncella hizo que el recién llegado diera un paso atrás.
—¿Disculpe?
Therese se puso ambas manos en las caderas.
—Ya decía que no me eras extraño —cualquier fórmula de cortesía desapareció de su vocabulario—. ¿Cómo diablos has terminado en Inglaterra?
La mirada de desconcierto del visitante era todo un poema. Volvió a abrocharse el abrigo, como si temiera estar ante una loca peligrosa.
—Señorita. —Se aclaró la garganta—. Me temo que no la entiendo.
—¿Señorita? —Soltó un «¡Ja!» muy poco elegante—. Antes me llamabas Therese, a secas, incluso con cierta sorna.
El hombre miraba alternativamente a la puerta y a la mujer que tenía delante. Si cuando le había abierto lo primero que pensó fue que era muy bonita, en ese momento no tenía dudas de que era muy peligrosa.
—No tengo la más remota idea de qué me está hablando, señorita —logró articular—, y empiezo a sentirme incómodo.
—Cillian Magee —dijo ella con la cabeza inclinada a un lado—, el carterista más hábil de Five Points.
Aquella apreciación, muy poco elegante, por cierto, sí logró cierta transformación en el rostro demudado del hombre. Achinó los ojos y la miró de frente. La estudió detenidamente: cabello oscuro, ojos ambarinos, una sonrisa pícara fácil de identificar, algunas pecas en las mejillas…
—¿Therese? —preguntó, incrédulo—. ¿Therese Royer?
Ella al fin sonrió y entonces sí apareció la imagen de aquella niña que correteaba con las botas raídas en los charcos sucios de su mismo barrio.
—¿Desde cuándo no nos vemos?
—Tú… tú —tartamudeó, muy sorprendido— debías tener diez o doce años. Yo quizá quince. ¿Qué diablos haces aquí? Esto es una mansión.
Therese suspiró. Cillian era un buen amigo de uno de sus hermanos.
Se habían criado juntos pese a la diferencia de edad.
De niño era temerario, bastante territorial, pero muy fiel a los suyos.
No era raro verlo sangrando por la nariz a causa de una pelea que jamás rehuía o corriendo porque la policía iba tras él.
Therese lo miró a los ojos. Eran igual de azules que entonces.
—Sería largo contar cómo llegué a ser doncella de la señorita Sinclair, pero salí del arroyo y ahora soy una chica respetable.
El joven asintió. Parecía tan sorprendido como satisfecho.
—Vaya, eso es una buena noticia.
—¿Y tú? ¿De qué diablos conoces a ese Flaherty?
Él volvió a carraspear y se ajustó la corbata.
—Trabajo para la Anglo-Irish Land Trust. Hay asuntos que debo tratar con él.
La mirada de Therese volvió a ser inquisitiva.
—¿Me estás diciendo que te has reformado?
—Así es .
Su mirada cambió a incrédula.
—Cillian, un carterista de manos tan largas como las tuyas nunca se reforma.
¿Se habían sonrojado las mejillas del joven?
—Pues te equivocas —le contestó, decidido.
La llegada de una de las criadas interrumpió la conversación. Therese se estiró para adoptar de nuevo su aire rígido y respetable. Cillian hizo un tanto de lo mismo.
—La señorita Sinclair la requiere —la informó la criada en voz baja, lanzando una mirada reprobatoria al desconocido.
No era conveniente seguir hablando. Habría que dar demasiadas explicaciones si alguien preguntaba de qué se conocían. Therese decidió comportarse como se esperaba de ella. Esbozó una sonrisa que no significaba nada y señaló al visitante.
—Acompañe al caballero a la biblioteca y avise al señor Flaherty de que tiene visita. —Le hizo una leve reverencia—. Ahora debo dejarle, señor Magee.
Él la correspondió. Había una sonrisa en sus labios que ella recordaba muy bien.
—Espero volver a verla.
—Seguro que sí.
Therese lo vio alejarse acompañado de la joven criada. De niña había estado locamente enamorada de aquel muchacho. Uno de esos amores sin sentido, porque nadie daba un chelín por que un jovenzuelo como aquel llegara a los veinte años sin que lo hubieran matado en una pelea callejera.
¿Cómo era posible que se hubiera reformado? Ningún hombre de Five Points escapaba de allí, a menos que apuntara alto y pasara de ser un carterista a un ladrón de guante blanco. ¿Ese era el caso de Cillian?
Decidió dos cosas aquella mañana: que lo vigilaría de cerca si empezaba a frecuentar la casa, y que en adelante dormiría con un cuchillo debajo de la almohada.