La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Aunque el día estaba frío, nada hacía presagiar que llovería, por lo que Trix había decidido dar un largo paseo caminando hasta el poblado más cercano, Halstead, y encargar algunas provisiones.

Therese, por supuesto, se preparó para acompañarla, pero su señora le pidió que se quedara: la casa aún necesitaba de su supervisión, pese a que tanto el trabajo del señor Colchester como el de la señora Beckett eran excelentes.

La joven doncella gruñó, le avisó de lo inconveniente de aparecer sola en la localidad, ya que Inglaterra no era tan relajada en sus normas sociales como Estados Unidos, y le advirtió de que tuviera cuidado con la lluvia, ya que en aquel país aparecía sin esperarla.

Trix la tranquilizó. Estaba acostumbrada a caminar por Central Park, necesitaba aire libre y su buen mayordomo le había dicho que los caminos eran seguros y en poco más de media hora estaría enfilando la calle principal de Halstead .

Se puso un vestido abrigado, una capellina y un sombrero de rafia y tomó el camino que llevaba directo a la localidad.

El paseo no pudo ser más agradable. Pese a ser principios de invierno, el día estaba claro y el paisaje tenía un verde rabioso que le dio la paz que esperaba.

La falta de ella la achacaba a Samuel Flaherty.

Gruñía cada vez que se cruzaban, sus deplorables maneras siempre estaban presentes y, en las pocas ocasiones en que habían compartido una estancia más tiempo del necesario, por ejemplo, la sala de lectura, ella habría jurado que él la miraba mientras creía que Trix no se daba cuenta, lo que era del todo inquietante.

Después estaba lo de los sueños. Le había pasado en tres ocasiones y en todas ella se había despertado muy alterada.

En todos ellos, él avanzaba decidido por el pasillo de la planta superior, así, desnudo como la primera vez que lo vio, la empotraba contra la pared y la besaba.

La experiencia no podía ser más espantosa: los fuertes músculos del hombre, la calidez de su piel, la turgencia de los labios masculinos cuando le devoraban sin contemplaciones la boca, los gemidos salvajes que escapaban entre sus labios.

Algo terrible, maléfico, pero que, sin embargo, la hacía despertarse en medio de la noche gimiendo, con una mano perdida entre su camisón, empapada de sudor y con el corazón acelerado.

Ni siquiera con Phil había sentido algo así. La presencia del señor Flaherty era perturbadora y debía encontrar la manera de deshacerse de él .

Tal y como le había indicado su mayordomo, llegó al poblado antes de lo que esperaba. Era tan pintoresco como agradable. Bonitas casas de ladrillo rojizo, tejados a dos aguas y muchas plantas trepando por las fachadas.

Sintió el corazón henchido y todos aquellos presentimientos se le fueron de la cabeza.

Necesitaba comprar manteles, servilletas y sábanas de la mejor calidad.

Había escrito a casa solicitándole a su madre que la proveyera de todo aquello, pues ella sabría qué comprar y qué no pensando siempre en lo mejor, pero antes de un mes no llegaría el pedido y no pensaba seguir durmiendo entre aquellas sábanas raídas ni comer sobre manteles que estaban agujereados por los ratones.

Un par de viandantes la saludaron cortésmente quitándose el sombrero.

Parecía gente amable, sencilla. Le gustó.

A una mujer con la que se cruzó pudo preguntarle por unos almacenes y esta le indicó los únicos que había en el pueblo, donde se podían adquirir desde garbanzos a potes de salazón.

Se encaminó hasta ellos, un poco más arriba, en la calle principal, y, cuando entró, sintió que aquel lugar encajaba con la idea romántica que tenía desde antes de partir de Nueva York.

No era grande, pero estaba atiborrado de todo tipo de productos, la mayoría de ellos expuestos y sin dejar hueco a un solo trozo de pared.

El olor a productos manufacturados era delicioso y la mujer que atendía el mostrador pareció gratamente sorprendida al ver a una nueva clienta .

Trix le entregó la lista. Especificó que todo debía ser de la mejor calidad y decidió añadir algunas velas perfumadas, un par de guantes para Therese y un cálido manguito para la señora Beckett.

—¿Pueden enviarlo a casa cuando esté listo? —preguntó Trix antes de marcharse. La tendera parecía encantada y no era para menos.

—Por supuesto, señorita. ¿Dónde se hospeda?

—En Villa Encanto, es una propiedad…

No la dejó terminar.

—¿Donde el señor Flaherty?

La forma de decirlo indicaba que no era una alabanza.

—Así es.

—No quiero parecer indiscreta —dijo con la mayor indiscreción—, pero ese caballero no es alguien con quien debiera codearse alguien de su educación.

Trix se sintió molesta por el comentario.

—Le agradezco su observación. Es mi inquilino y no puedo…

—¿Es usted la nueva propietaria?

En aquel pueblo eran directos, desde luego.

—Así es.

—¿Pariente de la señorita Schermerhorn?

Le sorprendió que supiera aquel dato.

—Era mi tía abuela. ¿Llegó a conocerla? No teníamos ni idea de que existía esta propiedad o de que ella hubiera estado alguna vez en Inglaterra.

La mujer la miraba con una curiosidad mal disimulada .

—Yo no llegué a conocerla. Ella vivió allí de joven, pero dejó una profunda huella entre nosotros. Mi madre era su cocinera —apretó los labios—. Tenga cuidado con Flaherty.

Trix no preguntó nada más. La mujer parecía haberse cerrado en banda y parte del encanto con que la había recibido se había diluido.

De regreso a casa no pudo dejar de pensar en Samuel Flaherty. Estaba claro que no solo era un insolente con ella, sino que su fama había traspasado las fronteras de Villa Encanto. Pediría al señor Russell que acelerara el papeleo costara lo que costara y…

Un rayo seguido de inmediato por un trueno rompió sus pensamientos. Miró hacia el cielo. El azul de hacía un instante era entonces un gris oscuro, casi negro.

—¡Cielos! —exclamó, y aceleró el paso. Pero la tromba de agua comenzó mucho antes de que llegara a la finca, con pesados goterones que en nada se convirtieron en una cortina de agua que hacía imposible ver un metro más allá.

Trix no se detuvo. El vestido pesaba un quintal y la capellina se le pegaba a los brazos, a los hombros, haciéndola perder el equilibrio.

Se subió la falda tanto como pudo para que no se le enredara entre las piernas.

Estaba echada a perder, manchada de fango y tan mojada que parecía estar arrastrando una de las piedras con que estaban hechas las pirámides de Egipto.

Metros antes de llegar a la verja de acceso, una voz la detuvo.

—Cogerás una pulmonía .

Se giró hacia aquella dirección para ver acercarse a Samuel a grandes zancadas, con el cabello empapado.

Lo cierto era que no mentía. Estaba tiritando, el frío se había incrementado y no había una sola pulgada de su cuerpo que no estuviera arrecida.

Cuando llegó hasta ella, Samuel se quitó su largo gabán encerado y se lo colocó sobre los hombros.

—Aunque sean unos pocos metros hasta la casa, empezarás a entrar en calor.

Ella tragó saliva. Una sensación muy agradable la envolvió cuando la prenda le cubrió los hombros, la espalda, los muslos, y el olor que ya había inspirado otras veces lo envolvió todo.

Allí estaban: a cuero, a tierra, a hierbas maceradas en coñac.

Un escalofrío le recorrió la espalda, y, cuando los largos dedos de Samuel trastearon con la abotonadura para cerrar el abrigo en torno a su cuerpo, estos rozaron ligeramente su piel, y Trix se asustó por la manera en que esta reaccionó.

Se lo quedó mirando. Él parecía ser inmune a todo aquel aguacero y muy eficaz con los botones del abrigo. La lluvia le sentaba bien. El cabello mojado le daba un aire salvaje y la oscuridad hacía que sus ojos grises parecieran más peligrosos.

En un momento dado, él pareció darse cuenta de que estaba siendo observado, la miró, sus cejas se fruncieron y se apartó de ella como si se acabara de quemar .

—Ahora será mejor que te aligeres. —Abrió la pesada verja de hierro como si no pesase—. Cámbiate y toma algo caliente o mañana amanecerás con fiebre.

Fiebre. ¿Acaso no la sentía ya atravesando su cuerpo?

Sin más, él fue hasta la casa y desapareció por la parte de atrás.

En la puerta ya la esperaba el señor Colchester, que, en cuanto Trix entró, la envolvió en una manta.

—Estaba a punto de mandar el carruaje para recogerla.

Trix se lo agradeció, soportó el rapapolvos de Therese y subió a su cuarto a quitarse la ropa mientras esta le preparaba un baño caliente.

Más tarde, envuelta en una gruesa bata de lana, se dio cuenta de que no podía dejar de pensar en Samuel Flaherty. Gruñó. Tenía que resolver aquello cuanto antes y, para distraerse, recordó el cuaderno escrito por tía Georgina, que había olvidado desde que lo encontrara.

Estaba en un cajón de su mesilla. Lo tomó y siguió leyendo por donde lo había dejado:

Hoy él me ha tocado la mano por descuido y los dos hemos pretendido que no ha pasado nada. Las palabras que no decimos pesan más que las que decimos…

Una sola frase y no pudo seguir leyendo. ¿Sería impúdico atisbar en sentimientos tan profundos de su difunta tía abuela? Se quedó mirando el techo y, de nuevo, la imagen de Samuel Flaherty empapado de lluvia lo ocupó todo.