La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Therese, con cuidado, apartó a las gallinas y eligió los dos huevos más perfectos. Los examinó a contraluz y los colocó en su cesta. Después abandonó el gallinero y emprendió el camino a la villa.

Se había propuesto cuidar de su señora y una buena alimentación era vital para tal objetivo.

La explanada exterior del caserón aún necesitaba trabajo, pero ya no tenía nada que ver con el espectáculo de abandono que encontraron a su llegada.

La maleza había sido arrancada, los caminos adecentados, la tierra removida y abonada, y en algunas partes ya se habían plantado arbustos que en la próxima primavera lucirían en todo su esplendor.

Por el camino vio acercarse de lejos uno de los carros que traía a los obreros desde el pueblo cercano, así que no tardaría mucho en que aquella calma matinal se perdiera entre las voces de los trabajadores y el ruido de la construcción .

Se sujetó el vuelo de la falda y entró en la casa por la puerta de la cocina.

—Buenos días, señora Beckett —saludó a la cocinera, que estaba inclinada sobre la gran mesa de madera dando forma a unos panecillos.

La buena mujer, un tanto arisca, pero de buen temperamento, se sorprendió al verla, como cada mañana.

—¿A qué hora se ha despertado usted? Madruga más que el gallo.

Therese sonrió. Al otro lado de la cocina trajinaba la joven pinche, pelando verduras para los platos del día.

—Me gusta despertarme con el sol. —Colocó los dos huevos sobre la larga mesa—. Uno revuelto y el otro pasado por agua. La señorita Sinclair desayunará a las nueve.

Fue a salir de la cocina, pero la cocinera la detuvo.

—Aún no hemos hablado del otro asunto.

Therese ladeó la boca, como cada vez que tocaban aquel tema.

—El señor Flaherty.

La cocinera se limpió las manos en el paño que le colgaba de la cintura.

—Aparece cuando menos se le espera, mete la cuchara en mis cacerolas y tiene la malsana costumbre de sentarse ahí, en esa silla, con las piernas sobre la mesa, a leer los diarios atrasados.

La señora Beckett no era la única que le había trasladado quejas sobre el rudo comportamiento del inquilino.

El mozo de cuadras se quejaba de que el señor Flaherty se sentía el dueño de los establos y no lo dejaba trabajar; las criadas, de que aparecía de improviso y no tenía consideración si ellas estaban limpiando una alfombra o quitando la ceniza de la chimenea.

Incluso el señor Colchester, que era la prudencia personificada, había hecho un comentario sobre los horarios tempestuosos del «señor», como lo llamaba.

Therese logró sonreír.

—Hablaré con la señorita Sinclair a ver qué se puede hacer.

Sabía que cualquier intento iba a ser infructuoso.

La relación entre su señora y el inquilino no podía ser más tensa.

La mayoría de las veces evitaban cruzarse.

Cuando lo hacían, rayaban apenas los mínimos requerimientos de la cortesía con un «buenos días» rápido y en voz baja y apenas una inclinación de cabeza.

Sin embargo, había algo en la manera en que aquel hombre miraba a la señorita Sinclair, en la forma en que su señora lo analizaba con sus preciosos ojos azules…

Paparruchas. Ahí estaba de nuevo Therese con la cabeza llena de ideas románticas que no existían, que solo ella apreciaba y que no le servirían para nada nuevo.

Miró el reloj de la chimenea. Aún tenía media hora antes de subir a preparar a su señora, así que aprovechó para sentarse junto a la chimenea encendida del gabinete y redactar las cartas que aquella tarde se llevaría el correo junto con las que la señorita Sinclair despacharía a Nueva York.

La primera estaba dirigida a Addie, una de las cuatro amigas inseparables que se habían criado en uno de los peores suburbios de Manhattan. Addie seguía al servicio de lady Ashford, Violet Harcourt de soltera y ennoblecida desde que se había casado con el apuesto duque.

La suerte le había sonreído a su amiga. Había encontrado a un hombre maravilloso que le había pedido matrimonio y de quien ya esperaba su primer hijo. Por suerte, Addie estaría pronto en Londres y podrían reencontrarse después de varios meses sin verla.

La segunda carta fue para Sophie. Era la doncella de lady Pinckerville, Clara Van Alen antes de casarse.

Sophie y Matthew acababan de contraer matrimonio y, mientras su señora recorría los Estados Unidos del brazo de su flamante marido, a ellos dos les habían cedido una casita encantadora a orillas del Hudson, donde estaban pasando unos días de ensueño.

Por último, le escribió a Prudence. Estaba en Boston con la señorita Amelia Rourke, a quien asistía como doncella.

Prudence era la más ocurrente de las cuatro y tenía un temperamento chispeante.

La echaba enormemente de menos, ya que los Sinclair y los Rourke vivían cerca y ambas pasaban mucho tiempo juntas.

Al menos la pronta llegada de Addie la aliviaría de aquella nostalgia que sentía por sus buenas amigas.

Volvió a mirar el reloj. Era la hora. Seguramente la señorita Sinclair ya estaba despierta, remoloneando en la cama. Aquella mañana le sugeriría el vestido verde con pasamanería más oscura. Le sentaba bien y abrigaba en un día que se preveía frío.

Suspiró .

¿Quién le iba a decir que alguna vez conocería el Viejo Mundo? Se alisó el vuelo de la falda y emprendió el camino de ascenso por la escalera, sin imaginar siquiera lo que se le avecinaba.