Capítulo 9
Cuando regresaron de Londres, Trix tuvo que admitir que la eficacia del señor Colchester, su nuevo mayordomo, estaba más que probada. El férreo criado había sido avisado de que el carruaje de la señora se aproximaba y las esperaba a ella y a Therese en la explanada delantera de la villa.
—Vaya, parece que todo empieza a marchar —aprobó Trix mientras agradecía la mano del mozo para bajar del carruaje.
El mayordomo, un hombre de mediana edad con más aspecto de rudo campesino que de sofisticado encargado de una mansión, señaló alrededor.
—He seguido sus indicaciones al pie de la letra, señora. Los trabajadores tendrán listos los jardines delantero y trasero en una semana. Habrá que esperar al menos hasta la primavera para verlos florecer, pero serán practicables .
—¿En el interior de la villa también se avanza?
—Por supuesto, señora —asintió—. Albañiles, carpinteros, cristaleros, bruñidores y plomeros trabajan duro desde primerísima hora de la mañana.
He dado órdenes de que no intervengan en sus habitaciones hasta que otras dos de la planta alta estén listas.
Entonces usted y la señorita Therese podrán trasladarse sin tener que soportar la incomodidad de las obras.
Trix estaba encantada. Therese, fascinada.
El ajetreo alrededor era incansable, con hombres entrando y saliendo de la villa, alfombras colgando aquí y allá para ser desempolvadas, sin contar el ruido de los golpes, los aserrados y las voces que lo inundaban todo.
Para ella era como el canto de los pájaros, porque significaba que pronto su casa volvería a todo su esplendor.
Avanzaron hasta la casa mientras el mozo se llevaba la carroza para ser desenganchada.
—¿Ha habido algún incidente? —preguntó Trix al señor Colchester.
Este carraspeó.
—El incidente viene directo hacia nosotros, señora.
Aunque tardó en entender lo que quería decirle, solo tuvo que girar la cabeza para ver a Samuel Flaherty dirigirse hacia ellas con largas zancadas, puños apretados y una expresión en el rostro muy lejos de ser amigable.
—Esto tiene que terminar cuanto antes —le expuso, deteniéndose demasiado cerca de ella .
Trix intentó no inmutarse, aunque la presencia de aquel hombre era bastante intimidante.
—Yo correré con los gastos, no se preocupe.
—¿Que no me preocupe? —Su rostro colérico señaló la villa—. Hay una decena de hombres en mi casa dando porrazos.
—Mi casa, señor.
—Mientras el contrato siga vigente, me temo que no es suya.
Mantuvieron la mirada. El señor Colchester parecía impasible.
Therese, curiosa. Nunca había visto a su señora así, tan…
tan… tan viva. Era como si su carácter elegante y melifluo, el que lucía en Nueva York, se hubiera curtido en los últimos días gracias a la presencia de aquel atractivo ser despreciable.
Trix apretó los puños con suficiente cautela como para que él no se diera cuenta.
—Son reformas necesarias —expuso con toda la calma de que fue capaz—. En ese contrato que no he visto seguro que especifica que la propiedad tiene la obligación de mantener el inmueble en buen estado.
—Y de no volver loco al inquilino.
De nuevo, un reto de miradas. Los ojos grises de Samuel parecían taladrarla. Trix debía reconocer que aquel hombre le imponía. Jamás se había tenido que enfrentar a alguien así, pero estaba allí para aprender y, al parecer, el destino le había hecho empezar por un hueso duro de roer. Logró sonreír.
—Hemos empezado con mal pie .
—Correcto. —Samuel se cruzó de brazos, pero al menos dio un paso atrás—. Y podría solucionarse si tú y esa doncella tuya hicierais el equipaje y os marchabais.
Trix se envaró.
—Eso no va a suceder, así que vaya acostumbrándose a tener una dama en casa. —Parpadeó de manera teatral—. ¿Me dijo que sabía lo que era una dama? Puedo prestarle libros de cortesía para niños. Quizá así lo entienda.
Un bufido escapó de la nariz de Samuel. Apretó los puños. La miró de manera aún más amenazadora y volvió a señalar la casa.
—La biblioteca —recalcó—. Que a ninguno de esos bestias se le ocurra entrar en la biblioteca, o se las tendrán que ver conmigo.
Sin más, se dirigió con las mismas largas zancadas con las que había llegado en dirección al establo.
—¿No quiere tomar el té con nosotras? —le apuntilló Trix—. Es de Fortnum & Mason. Dicen que es excelente.
No se volvió, aunque escupió a un lado. Algo en exceso vulgar delante de una dama.
—Prefiero beber agua de las alcantarillas de Westminster.
Lo perdieron de vista y solo entonces Trix se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. El mayordomo no pudo reprimir un comentario.
—El señor tiene un temperamento colérico.
—Huevos hinchados, diría mi madre —afinó Therese la apreciación .
El viaje a Londres había sido agotador y exento de buenas noticias, pero aquella conversación no les iba a amargar el día. Mientras regresaban, habían decidido tomar el té juntas y nadie se lo iba a impedir. Trix emprendió el camino al interior.
—Pide que nos lo preparen —le rogó a Therese—. Antes quiero hacer una cosa.
—¿Quiere que la desvista para ponerse algo más cómoda?
—Quiero ver qué hay en esa biblioteca a la que tanto aprecio tiene nuestro amable huésped.
Mientras Therese se alejaba con una sonrisa en los labios, dándole algunas instrucciones al señor Colchester, Trix esquivó todos los obstáculos hasta llegar a la biblioteca: cubos, tablones, muebles fuera de sitio y barriles de pintura, entre otros.
Ya había visitado la biblioteca. Le había parecido una de las pocas estancias cuidadas de la casa, pero tenía curiosidad por saber por qué el bruto tenía tanto interés en que los trabajadores no entrasen en ella.
¿Tendría allí su copia del contrato de alquiler?
¿Armas? ¿Algún otro secreto inconfesable?
Sin saber por qué, miró alrededor antes de adentrarse tras la puerta de madera clara. En efecto, era una estancia muy agradable, con un amplio sofá chéster en un lateral, chimenea y cada pared tapizada por estanterías cuajadas de libros.
No había nada pecaminoso, al menos a simple vista, aunque los secretos solían ponerse a buen recaudo.
Paseó la mirada por las estanterías. Una de ellas le llamó la atención, ya que rompía el orden casi simétrico de las otras baldas, como si fuera usada a menudo y albergara los libros de más reciente lectura.
Fue hasta allí y paseó la mirada por los lomos. Una de sus cejas Sinclair se alzó.
Había algunos ejemplares de poesía irlandesa, obras de Moore y Mangan, un volumen de Wordsworth, tratados de derecho, manuales de agronomía y tres novelas de sir Walter Scott.
Tomó una de estas últimas. Al abrirla, se alzó la otra ceja.
Tenía anotaciones a lápiz escritas con un trazo firme, masculino, muy similar al temperamento que se apreciaba en Samuel Flaherty.
Sin saber por qué, paseó la yema de su dedo por aquellos trazos y sintió un escalofrío.
Lo devolvió al lugar del que lo había sacado y se escabulló con la misma discreción, sin poder dejar de pensar que quizá su testarudo inquilino no fuera tan salvaje como aparentaba.