Capítulo 8
El abogado terminó de leer la copia del testamento que Trix había entregado a Samuel y la dejó sobre la mesa.
—Indudablemente la joven dice la verdad.
—Eso ya lo suponía —arremetió Samuel—. Lo que quiero saber es si ese documento le da autoridad para desalojarme.
El hombre carraspeó.
—Teniendo en cuenta que no he visto su contrato de alquiler…
—Ya le he dicho que está en un viejo baúl y en un altillo irlandés —lo interrumpió—. Ha estado siempre en casa de mis padres. Nadie sabe cómo llegó ahí, pero le aseguro que me autoriza a habitar la casa tanto tiempo como necesite.
Todo aquello parecía demasiado para el buen abogado local; aun así, no descompuso el gesto .
—¿Hay posibilidades de mandar a buscar ese contrato?
Samuel apretó los labios.
—No.
—¿Está inscrito en algún registro que podamos consultar?
Se cruzó de brazos.
—Lo dudo.
El hombre entrecruzó los dedos y lo miró por encima de sus lentes.
—Entiendo.
Aquello era bastante irregular. Conocía al caballero, como todo el mundo de los alrededores, y sabía de su reputación de ser un joven intratable.
Mejor no sacarlo de quicio. Hablaban cosas horribles de él.
Así que, cuando Samuel se acercó peligrosamente hasta colocar las dos manos sobre la mesa del abogado, este dio un inesperado respingo y alzó las manos para protegerse.
—No quiero que lo entienda —dijo su cliente—. Quiero que busque una forma de deshacerme de esa mujer entrometida.
A pesar de que llevaban un buen rato con la consulta, acababan de regresar al punto de inicio. Pero el buen abogado no perdió la compostura. Se recolocó las lentes, se ajustó el nudo del pañuelo y estiró los puños de su camisa.
—Como creo haber dicho varias veces —se aclaró la garganta—, ni a usted ni a la señorita Sinclair les interesaría iniciar un proceso judicial.
Sin que podamos ver ese contrato estamos hablando de conjeturas.
De la misma forma, la ley reconoce la propiedad de la señorita Sinclair, pero no le da derecho a desahuciar a un inquilino que tiene un contrato vigente.
¿Ella sabe que usted no tiene acceso a ese documento?
—¡Claro que no!
El hombre asintió.
—¿Y sabe quién es usted? —volvió a carraspear—. Me refiero a quién es realmente.
Samuel volvió a cruzarse de brazos.
—No veo qué interés puede tener saberlo.
El hombre se puso de pie. No quería volver a empezar otra vez.
—En ese caso, señor Flaherty, lo mejor que puedo recomendarle es que logre usted una entente con su casera, que se lleven bien, que hagan sus días agradables. ¿Acaso hay algo peor que tener al enemigo en casa?
Lejos de allí, en un lujoso despacho de Victoria Street, en Londres, Beatrix Sinclair llevaba un buen rato sentada con el honorable James Russell Lowell, representante oficial de los Estados Unidos ante la corte británica, a quien Violet le había recomendado antes de emprender el viaje para tratar cualquier asunto desagradable y…
¿había algo más desagradable que Samuel Flaherty?
—Pero soy la dueña de la villa —argumentó Trix ante las reticencias del señor Russell.
—En teoría —repuso su abogado.
Trix y Therese intercambiaron una mirada. La primera replicó:
—Explíquese .
El señor Russell volvió a armarse de paciencia. Todo aquello le recordaba demasiado a los acontecimientos sufridos cuando la señorita Violet Harcourt llegó a Londres. Carraspeó.
—El testamento debe ser refrendado ante la justicia británica —les expuso—, lo que implica que no haya otros herederos que reclamen el mismo bien, que no haya errores de forma y que se certifique que la muerte de la señorita Schermerhorn fue natural.
Después será necesario alzar la escritura de transmisión, pagar las tasas, hacer el registro de la propiedad…
Todo eso si no hay problemas por el camino.
Trix se recostó sobre el asiento. Aquello parecía inacabable. Se había puesto ligeramente pálida.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando, señor Russell?
El caballero ladeó la cabeza mientras hacía los cálculos.
—Con su capital y sus contactos se puede acelerar bastante.
A Trix se le escapó un suspiro de alivio.
—Al fin una buena noticia.
—En dos, tres años, a lo sumo, Villa Encanto será suya de pleno derecho y podrá rescindir unilateralmente el contrato con ese caballero.
—Inquilino —lo corrigió Therese.
—Inquilino —repitió Russell.
Aquella era una noticia terrible. ¡Tres años! ¿Cómo iba a esperar tres años?
Se llevó una mano a las sienes, que empezaban a palpitarle. Tomó aire y logró serenarse.
—¿Y qué voy a hacer hasta entonces?
El abogado se inclinó cortésmente hacia ella .
—¿Me permite una sugerencia?
—Por supuesto.
Sus cejas se fruncieron.
—Contésteme antes a una pregunta. ¿Se ha comportado ese hombre de alguna manera poco… decorosa? ¿Inadecuada? ¿Irrespetuosa?
La boca de Trix hizo una mueca.
—Es un ser abominable. ¿Contesta eso a sus preguntas?
Ella lo había repetido hasta la extenuación. De hecho, cuando había llegado, en vez de exponerle el problema, pasó varios minutos contándole las villanías de aquel sujeto.
Russell dio por terminada la reunión.
—En ese caso —se puso de pie—, y quedándole a usted clara mi oposición a que pernocte bajo el mismo techo que ese individuo…
—Therese está conmigo. Mi reputación está intacta.
También habían hablado de aquello. No solo era cuestión de que su supuesta villa tuviera un inquilino, sino que era del todo inconveniente que una señorita de buena familia durmiera bajo el mismo techo de un desconocido.
¿Y si alguien se enteraba? ¿Y si la noticia llegaba a Nueva York?
Pero Trix había argumentado que su reputación no podía ser afectada porque Therese no se separaría de ella en ningún momento.
Russell continuó.
—En ese caso, como le decía, intente sobrellevarlo. Sea amable, comprensiva. Evite las disputas y, sobre todo, que el señor Flaherty no descubra que aún no se ha liquidado la herencia. ¿Me ha entendido?
Trix asintió. Todas aquellas recomendaciones eran impracticables con un hombre como aquel, pero ese individuo no se saldría con la suya. Palabra de Sinclair.