La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿Qué diablos pasa aquí y por qué no se ha largado aún?

El hombre horrible estaba allí, de pie en medio del salón, con las piernas abiertas, las manos más abajo de las caderas y una mirada demasiado hosca en el rostro.

Llevaba la fusta entre los dedos y no se había quitado las fangosas botas de montar, por lo que un reguero de barro indicaba los pasos que había dado desde el establo hasta el salón principal. Trix no se inmutó.

—Necesitamos personal.

—Lo que necesito es que os marchéis cuanto antes.

La vetusta sala estaba llena de gente. Therese, con su eficiencia habitual, había ido al poblado más cercano, había hecho correr el rumor de que en Villa Encanto necesitaban criados y justo en ese instante estaban entrevistando a los candidatos para cubrir, al menos, los puestos imprescindibles: un mayordomo, cocinera y pinche, mozo de cuadra, tres criadas y dos lacayos.

Era poco, muy poco, pero Trix estaba dispuesta a vivir en la mayor de las carencias a cambio de habitar la villa que le correspondía por herencia.

La joven norteamericana le hizo un gesto a Therese para que siguiera con la selección de personal mientras ella, con una expresión de fastidio mal disimulada, se dirigió hacia su insoportable huésped.

—¿Podemos hablar a solas?

Él, con el mismo gesto huraño que parecía impreso en su rostro, la miró de arriba abajo con expresión de pocos amigos.

—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.

Que volviera a tratarla con aquella familiaridad la fastidió, pero no le dio el placer de que lo viera.

—Me temo que sí —contestó—. Y es urgente.

No le dio alternativa. Se recogió el vuelo del vestido y avanzó por uno de los salones, donde dos muchachas acabadas de contratar ya desempolvaban las tapicerías y empezaban a enrollar las alfombras para sacarlas al exterior y darles un buen vapuleo.

Él frunció aún más el ceño, si eso era posible, pero al fin la siguió hasta la última estancia, la biblioteca, donde, una vez ambos dentro, Trix cerró la puerta para que los previsibles gritos no llegaran hasta el exterior.

—¿Qué le parece si nos presentamos? —Le tendió una mano—. Señorita Beatrix Sinclair.

Él la miró, inerte en el aire, pero no hizo por estrecharla. En cambio, señaló la puerta .

—¿Qué hace toda esa gente ahí fuera?

Ella bajó la mano. La educación de aquel ser era inexistente.

—Necesitamos personal —contestó, sin inmutarse.

—Esta casa ha funcionado perfectamente desde que estoy aquí con una mujer que viene del pueblo dos veces por semana.

—Mis requerimientos y los suyos no son los mismos, señor…

Se lo quedó mirando. Lo cierto era que los ojos grises de aquel espécimen masculino de rudos modales eran muy agradables. Lástima que fuera un bruto. El hombre también le mantuvo la mirada, un tiempo en que ninguno de los dos cedió. Él al fin habló.

—Samuel Flaherty. —Su boca hizo una mueca burlona—. Puedes llamarme señor Flaherty.

Trix consiguió contenerse.

—Lo celebro —contestó con agudeza—, porque no me gusta que me tutee un desconocido.

Él volvió a la carga.

—No podéis quedaros aquí. La casa es mía mientras el contrato de alquiler esté en vigor.

—Contrato que no he visto y del que usted me pide que me fíe de su existencia.

Él alzó las manos al cielo, como si aquella criatura deliciosa y testaruda que tenía delante lo sacara de quicio.

—Tampoco he visto yo tu rimbombante testamento —la acusó .

Pero Trix ya lo esperaba. Buscó la faltriquera de su falda y extrajo un documento firmado y sellado que le tendió.

—Aquí tiene una copia validada ante notario.

Él se la quedó mirando. Parecía haber comprendido que la rival que tenía delante era más astuta de lo que había supuesto en una mujer remilgada que solo se preocupaba de su atuendo y su comodidad. Apretó los labios.

—Como comprenderás, no llevo encima una copia de mi contrato de alquiler.

Trix sintió que había ganado la primera partida. Su espalda se relajó y una tenue sonrisa apareció en sus labios.

—Le propongo lo siguiente, señor Flaherty. —Él frunció aún más las cejas—. Mientras se resuelve este pequeño inconveniente, ambos conviviremos en la casa siguiendo unas mínimas directrices de conducta.

La cabeza ladeada de Samuel indicaba que no se fiaba nada de aquella mujer. Se cruzó de brazos.

—Estoy deseando oírlas —rugió al fin.

Trix había conseguido llegar a donde quería. Necesitaba paz en la casa mientras buscaba la asesoría necesaria y, con un bruto como aquel, era mejor tenerlo calmado que en su contra. Las yemas de sus dedos tamborilearon sobre la tela de su vestido.

—Usted, señor —lo miró entonces ella de arriba abajo—, vestirá con decoro y se abstendrá de prescindir de manera tan holgada de su ropa.

—No fui yo quien entró en los aposentos de un caballero sin llamar .

Trix prefirió no hacer un comentario sobre el uso indebido de la palabra «caballero» y prosiguió.

—Nuestras habitaciones particulares serán nuestros espacios privados. El resto lo compartiremos, siguiendo las más estrictas normas de cortesía —lo miró con arrogancia—. ¿Sabe lo que es la cortesía?

Esta vez la mirada de Samuel mostró cierta curiosidad.

—Así que tienes sentido del humor.

—Aunque usted disfrutará de las ventajas de una casa con servicio —prosiguió Trix sin darle pie a su comentario—, no quiero atosigarlo, así que los criados y lacayos solo nos atenderán a Therese y a mí.

Gruñó.

—No veo inconveniente.

—No entrará en la casa con botas de montar.

Él pareció muy ofendido.

—Me niego.

—Y se ajustará usted a la más mínima norma de decoro en cuanto a vestimenta.

Samuel se miró la ropa. Botas, pantalones y una camisa. ¿Qué se esperaba de la vida en el campo? ¿Acaso quería que vistiera con levita, condecoraciones y un sombrero militar?

—¿Qué le pasa a mi ropa?

Ella indicó lo obvio.

—Está usted ante una dama. —Una de sus cejas Sinclair se alzó—. ¿Sabe lo que es una dama?

Ambos se mantuvieron la mirada. Así que aquello era una guerra.

Quizá aquella mujer tuviera dinero y papeles, pero él poseía astucia y experiencia de vida.

Antes que después, Beatrix Sinclair abandonaría aquella casa, saldría de su vida y lo dejaría tranquilo, lamiéndose sus heridas.

¿Quién quería una mujer cerca por muy bonita y apetecible que fuera?

Samuel le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.

—Haz lo que te dé la gana mientras puedas —le advirtió—, pero hablaré con mi abogado para que te eche de aquí cuanto antes y, créeme —la miró un instante, de arriba abajo—, seré feliz cuando vea esa bonita cara tuya largarse por donde ha venido, princesa.

El rostro de Trix se incendió.

—Ni se le ocurra volver a llamarme así.

Él volvió a bufar.

—Ten un buen día. —Hizo una pausa dramática—. Princesa.

Y salió dando un portazo, mientras la joven entendía que aquello iba a ser más complicado de lo que había llegado a pensar.