Capítulo 6
Sorprendentemente, Trix no recordaba desde cuándo no dormía tan bien.
Cuando aquel hombre horrible las dejó, ella y Therese eligieron el dormitorio más apartado, uno que se situaba justo al otro lado de la planta alta. Era pequeño, aunque el colchón de borra era confortable.
Decidieron dormir las dos juntas. Si aquel ser primitivo intentaba atacarlas de noche, sería más fácil defenderse, aunque Therese atrancó la puerta con una silla. Decidieron permanecer la noche en vela. Sus vidas estaban en peligro y…
Therese se quedó dormida antes de que su cabeza rozara la almohada.
Trix había aguzado el oído. La imagen de aquel hombre desnudo, con el agua recorriendo su pie, lenta, despacio, penetrantemente cálida, fue lo último que iluminó su mente antes de que, segundos más tarde, se le cerraran los ojos y su respiración se calmara.
Fue el cacareo de un gallo el que las despertó .
—¿Ha intentado forzarnos? —dijo su doncella, soliviantada, sentándose en la cama como impulsada por un resorte.
Trix miró la puerta. La silla seguía en el mismo lugar.
—Creo que ni siquiera ha intentado entrar.
Ambas se miraron. Aquello no podía quedar así y tenían por delante todo un día para poner las cosas claras con señor «salgan de aquí ahora mismo».
Mientras Therese bajaba a por el equipaje más pequeño, donde estaban las cosas de diario, y una jofaina de agua, Trix se asomó a la ventana a tiempo de ver a su inquilino alejarse de la villa montado a caballo.
Apenas vio su espalda, pero un ligero escalofrío la recorrió.
No sabía su nombre, no tenía ni idea de cuáles eran sus circunstancias, pero tenía claro que ese bestia debía marcharse de allí.
Aquella casa era suya, la había heredado, iba a empezar de nuevo y no podía aceptar que un individuo primitivo y maleducado estropeara sus planes.
Abrió la ventana de par en par. La luz de la mañana les desveló lo que les esperaba: polvo y el arañazo que marca en las superficies el paso del tiempo. Nada que no se mitigara con agua y jabón y mucha paciencia.
Cuando Therese regresó, al fin pudo asearse y ponerse un vestido de mañana cómodo y poco adornado. Les quedaba mucho trabajo por delante, algo a lo que no temía.
—¿Por dónde empezamos? —le preguntó su doncella .
Ella no lo dudó.
—Eligiendo las mejores habitaciones, por supuesto —le guiñó un ojo—. Debemos evaluar el estado de la villa, contratar criadas, lacayos, algunos mozos, cocineras, pinches y un mayordomo.
Therese asintió.
—¿No sería mejor buscar albañiles y plomeros?
No era mala idea.
—Iremos por partes —dio una palmada al aire—. Primero, inspección, ahora que ese hombre espantoso no está en la casa. Después, ya veremos cuáles son los pasos por seguir.
Por lo pronto, quería ver ese contrato de alquiler y mandarlo a un buen bufete de abogados. Seguro que habría algún resquicio que le permitiera echarlo de su casa.
Decidió no pensar más en él y comenzar a recorrer la villa.
La mañana se había levantado fría, pero soleada.
Recorrieron cada una de las habitaciones de la planta superior.
Seis en total, todas amplias y abiertas ya fuera a la parte delantera o trasera de la casa.
El ritual era siempre el mismo: Therese descorría las cortinas, se formaba una nube de polvo.
Tosían. Trix abría las ventanas y ambas echaban una ojeada alrededor para evaluar las necesidades de la estancia.
Los cimientos eran excelentes. Los techos no parecían en mal estado. El mobiliario era de muy buena calidad y las tapicerías y entelados de las paredes eran de la mejor seda, aunque de colores y motivos anticuados .
Trix había llevado consigo una libreta y un crayón y anotaba minuciosamente todo lo que era necesario acometer, ya fuera reparar el parqué, sustituir las alfombras, reemplazar las colgaduras de las camas o pintar de nuevo los techos.
En la primera planta lo supervisaron todo, menos la habitación en la que había aparecido aquel hombre desnudo. Ambas llegaron a la conclusión de que eran sus aposentos y por nada del mundo volverían a infiltrarse en ellos.
Una vez terminado, y con varias hojas de la libreta garabateadas, Trix se acarició la barbilla.
—¿Y el baño?
Therese miró alrededor. Era cierto. No habían dado con él.
En las grandes mansiones de Maddison las habitaciones principales y las de invitados tenían su propio baño.
Violet ya le había advertido que aquella modernidad estaba lejos de encontrarse en la vieja Inglaterra, pero aquella villa debía tener, al menos, uno.
Recorrieron de nuevo ambos pasillos para volver al hueco de la escalera. Nada. La frente de Trix se frunció y anotó la carencia en su libreta.
Tocó el turno de las estancias inferiores. La entrada era un espacio decente con una gran chimenea. A derecha e izquierda se abrían sendos salones y otros dos más allá, dando todos a la fachada principal.
De nuevo los inspeccionaron con cuidado.
Allí el mobiliario era aún mejor, pero también más antiguo.
Trix decidió no deshacerse de nada. Formaban parte de la historia de aquella villa y quería conservarlos, al menos por un tiempo.
En la última estancia el sol entraba a raudales y decidió que allí montaría su sala de estar.
La que hacía de comedor había que remodelarla.
Era demasiado pesada, sobria, casi más una capilla mortuoria que una estancia para disfrutar con los amigos.
La parte de servicio daba al «jardín» trasero.
Allí los jardineros deberían emplearse a fondo para arrancar maleza y adecentarlo.
Trix lo anotó y decidió modernizar algunas cosas.
La cocina podría tener cien años. Necesitaban hornos modernos, calefacción para que los sirvientes estuvieran confortables y ampliar la despensa.
La otra parte de la casa estaba llena de sorpresas.
Había una biblioteca sorprendentemente bien abastecida. Trix encontró algunas novelas que no debían de tener más de dos o tres años desde su publicación. Todos los clásicos, por supuesto, y mucha literatura financiera.
Una sala de música con un piano la entusiasmó, pero cuando se sentó a tocarlo, aparte de que la nube de polvo casi la asfixia, dos de cada tres teclas estaban desafinadas.
La última estancia estaba cerrada con llave.
Trix y Therese se miraron. La doncella rebuscó en el manojo de llaves que les había entregado el albacea de la tía, introdujo varias en la cerradura hasta que una hizo girar el picaporte.
—¡Bravo! —exclamó Trix, y no se lo pensaron antes de entrar .
Cuando Therese descorrió las cortinas, descubrieron que se trataba de un agradable gabinete privado, decorado con gusto femenino en tonos rosados y cuyo centro lo ocupaba una bonita mesa de despacho de estilo rococó. La joven norteamericana miró alrededor.
—¿Sería el gabinete de la tía Georgina?
Therese no tenía ni idea, pero era evidente que había pertenecido a una mujer.
Había un sofacito muy coqueto, un par de sillas, todas tapizadas en un rosa empolvado, y cuadros galantes en las paredes. El entelado era de flores y sobre la repisa de la chimenea había una bonita colección de porcelanas.
Mientras su doncella husmeaba, Trix se centró en la mesa escritorio. Tenía una magnífica escribanía de plata, pero poco más. Abrió uno de los dos cajoncitos. Papel amarilleado por el paso del tiempo y carboncillos envueltos en tela.
Intentó abrir el segundo, pero se resistió.
—¿Crees que tendremos una llave para este? —le preguntó a su doncella.
Therese no lo dudó. Introdujo en la cerradura varias de las llaves más pequeñas y, un rato después, al fin cedió. Cuando lo abrieron, ambas otearon el interior con evidente interés, pero la decepción fue inmediata.
Allí dentro solo había una especie de libreta bastante corriente y muy amarilleada por el paso del tiempo.
—¿Esperábamos encontrar algún tesoro? —se burló la doncella.
Trix sonrió .
—Más bien la confirmación de que podemos darle una patada en el trasero a ese hombre espantoso.
Ambas rieron y Trix tomó la libreta entre sus manos.
Cuando la abrió, alzó las cejas al ver que estaba escrita con una letra bonita y apretada, indiscutiblemente femenina.
—Parece un diario.
Fue a la primera página y la leyó.
Mi padre me ha prohibido escribir su nombre. Esta es la primera mañana que despierto en Villa Encanto y la primera en que sé que estoy enamorada.
Algo desconocido le atenazó la garganta.
¿Qué era aquello? ¿Quién era esa mujer que escribía de manera tan directa?
Pero no necesitó indagar. Una página después ella misma firmaba: Georgina Sinclair Schermerhorn, en una época en que aún no había repudiado el apellido familiar.
Decidió guardarlo para leerlo con calma.