La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Ambas salieron de aquella habitación infernal de forma tan precipitada que casi terminan rodando por las escaleras, pero al menos pudieron cerrar la puerta con un golpe seco.

—¿Qué… qué ha sido eso? —musitó Trix llevándose una mano al pecho, porque aquella imagen parecía habérsele grabado en la cabeza.

—Un hombre desnudo —aclaró Therese, por si fuera necesario—. Y muy bien provisto, por cierto.

Trix boqueó, se abanicó con ambas manos, volvió a boquear y miró a su doncella.

—¿Qué… qué hace ese individuo aquí?

Therese había llegado a una conclusión.

—Quizá sea un vagabundo que se ha colado en la villa.

Trix apretó los puños. Nadie le había dicho que aquello sería fácil, y si su primera tarea como dueña y señora de Villa Encanto era poner de patitas en la calle a un maleante, no tendría remilgos en hacerlo.

—Pues hay que echarlo —dijo, tajante—. Como sea.

Miró alrededor. Necesitaba un arma. ¿Por qué no había atendido a las sugerencias de su padre y había comprado un revólver? Dos mujeres solas en medio de la nada, y un vagabundo acechando desnudo… Sintió un estremecimiento.

Justo en ese momento la puerta de la habitación se abrió y el desconocido apareció ante ellas.

Trix se dio la vuelta de inmediato. Era una dama.

Jamás antes había visto un comportamiento similar, a diferencia de Therese, que, al haberse criado en un cuartucho con cinco hermanos varones, estaba acostumbrada a la desenvoltura de los hombres a mostrarse ligeros de ropa.

—Está vestido —le anunció su doncella.

Solo entonces se volvió hacia él, dispuesta a luchar.

«Vestido» era un eufemismo bastante pobre para el aspecto que presentaba aquel individuo.

Se había puesto una camisa que se había mojado al contacto con su piel y se pegaba a los músculos de los brazos y la espalda.

El pantalón de montar había corrido la misma suerte.

Ni siquiera había tenido la decencia de ponerse zapatos, así que estaba allí, plantado ante ellas, con los brazos cruzados, el desaliñado cabello mojado, descalzo y mirándolas de una manera muy poco amigable.

—¿Quiénes son ustedes y cómo han entrado?

Trix pensó que le daría una apoplejía. ¿Cómo se podía ser tan descarado ?

—Esas explicaciones las tendrá que dar usted.

El individuo la miró de arriba abajo sin desencajar la expresión de hartazgo. Sin más, comenzó a caminar en dirección a la escalera.

—Lárguense —les ordenó—. Y deprisa.

Trix miró a su doncella y Therese a su señora, y ambas se sujetaron las faldas para ir detrás de él.

—¿Cómo se atreve? —arremetió la joven americana, que apenas podía seguir el ritmo de aquel hombre horrible.

Él no disminuyó el paso. Tampoco se dignó a mirarla.

—Si no se larga de inmediato —la amenazó—, yo mismo me la cargaré al hombro y la pondré de patitas en la calle.

La boca de Trix se abrió sin ella pretenderlo. ¡Jamás la habían tratado así! ¿Qué se había creído ese hombre espantoso? Aceleró el paso hasta colocarse delante de él, impidiéndole que avanzara.

—Es usted un grosero.

El desconocido volvió a mirarla de arriba abajo y una expresión que ella no supo desentrañar apareció en sus ojos. Pero dudó un solo instante, el tiempo que él tardó en sortearla y continuar camino de las cocinas.

—No amenazo en vano —volvió a decirle.

Había esperado que la vida le pondría delante personas poco agradables, rufianes incluso, pero lo que Trix jamás hubiera sospechado era que existieran hombres tan poco caballerosos, con una educación tan execrable y esa falta de decoro con una señora .

Volvió a adelantarlo, aunque con evidente esfuerzo, ya que él no solo era rápido, sino grande. Se plantó delante y lo señaló con un dedo.

—Soy la dueña de esta casa.

Él ladeó la cabeza. Volvió a mirarla de arriba abajo como si fuera una yegua que necesitara montar, y chasqueó los labios.

—Pues lleva usted muy bien los noventa años.

Tardó en comprender sus palabras, el tiempo que él aprovechó para esquivarla y avanzar. ¿Noventa años? La estaba confundiendo con la tía Georgina. Bufó y lo siguió hasta que él entró en la desordenada cocina y empezó a buscar alrededor.

—Esa es mi tía abuela, la señorita Schermerhorn —se sintió en la necesidad de aclararlo—, pero… ¿por qué le estoy dando explicaciones?

Él señaló la puerta que daba al «jardín» trasero, sin mirarla.

—Largo.

Pero Trix no se movió de donde estaba y Therese no tuvo más remedio que ponerse al lado de su señora.

—Deténgase. Se lo ordeno.

Esta vez el desconocido sí detuvo la búsqueda, se giró hacia ella y la encaró.

Trix tragó saliva. Era alto y fuerte. Malencarado, pero innegablemente atractivo.

Ojos grises, cabello oscuro, mirada torva.

Lástima que fuera solo un gañán, porque en los salones de Newport, aseado como un caballero, incluso sería seductor.

—Necesito una copa y me duele la cabeza —contestó él, perdiendo de inmediato el interés—. ¿ Podría irse de una maldita vez? Ya he tenido suficiente paciencia con las dos.

Ella golpeó el suelo con un pie.

—Señor como se llame —volvió a señalarlo con el dedo muy tieso—. Yo soy la dueña de esta casa y es usted quien tiene que marcharse. Y cuanto antes, mejor.

Una de las cejas del hombre se alzó. La miró por primera vez con cierto interés.

—La dueña.

—Así es.

—Y yo soy el inquilino.

Fueron entonces las de Trix las que se fruncieron.

—Aquí no hay ningún inquilino.

Él se encogió de hombros.

—Tengo un contrato.

—Y yo un testamento —alzó la voz.

Al fin encontró la botella. Cogió un vaso que no parecía muy limpio, se sirvió dos dedos de licor y se sentó cómodamente en la desvencijada silla de madera, poniendo los pies cruzados sobre la mesa. ¿Podría haber un ser humano sobre la tierra con peor educación?

Dio un trago y la miró con una expresión que ella no supo si era burlona o decidida.

—Puedo quedarme el tiempo que quiera —dijo el desconocido—. Lo deja bien claro mi contrato —señaló una vez más la puerta—, así que largo.

Ellas se miraron entre sí. La lluvia no había parado y la oscuridad empezaba a cernirse sobre el horizonte. Trix se cruzó de brazos. Empezaba a flaquear .

—Está anocheciendo —exclamó—. Somos dos mujeres indefensas.

—Me importa un bledo.

Volvió a golpear el suelo con su zapato.

—No pienso marcharme.

Él se terminó la copa de un trago.

—Bien.

—Bien —repitió ella.

Hubo un momento de silencio. Ninguno movió ficha. Trix no fue capaz de callarse.

—¿No piensa recoger sus cosas?

—Claro que no —se puso de pie, se desperezó y se rascó la cabeza—. Arriba hay habitaciones. Elijan la que quieran.

Trix estaba escandalizada.

Habitaciones.

Arriba.

Un hombre.

Dos mujeres solas.

Se llevó una mano al pecho.

—Pero… pero… pero… ¿con usted aquí?

Él se le acercó. Olía a jabón y a cuero.

—Princesa —le dijo sin ningún respeto, con aquella voz profunda, varonil—, o duermes en la cama o sobre el heno del granero. Tú eliges.

Y sin más las dejó solas, mientras él desaparecía por la puerta del fondo.