Capítulo 4
La lluvia arreciaba, pero no era un inconveniente para que el ánimo dentro del carruaje fuera festivo. Mejor dicho, carruajes, ya que en la carroza que marchaba delante viajaban Trix y Therese, y en los dos carromatos abarrotados, todo su equipaje.
Dos días antes habían llegado a puerto sanas y salvas.
Pese a que el señor Harcourt, padre de Violet, se había empeñado en avisar al representante oficial de los Estados Unidos ante la corte británica, el señor James Russell Lowell, Trix se había negado.
Quería hacer aquello por sus propios recursos.
Así que tuvo que contratar a un par de mozos que llevaran todo su equipaje desde las bodegas del barco al tren que las llevó a Londres, y a otros más que las trasladaran a los carromatos con los que habían partido directamente hacia Essex.
No había avisado a Violet porque sabía que no estaba en Inglaterra.
Regresaría pronto y habían prometido verse.
Aun así, la experiencia no podía ser más excitante y, a pesar de que el cielo amenazaba con desplomarse de agua, ambas muchachas se sentían incapaces de apartar la mirada de la ventanilla, por donde de un momento a otro verían aparecer Villa Encanto.
Trix había soñado con aquel momento. Tía Georgina, pese a no conocerla, era una mujer exquisita en sus gustos —aunque terrible en su carácter—, por lo que no le cabían dudas de que la mansión campestre de tan curioso nombre respondería a sus exigencias de confort y sofisticación.
Posiblemente tendría que cambiar algunos muebles y alfombras, pero…
—Creo que es… es…
La voz de Therese la sacó de sus ensoñaciones.
Miró por la ventanilla.
A poco más de una milla se alzaba un edificio vetusto.
Alzarse era una palabra presuntuosa para describirlo, ya que parecía a punto de derrumbarse.
Aunque de estilo tudor, la maleza que crecía en su fachada hacía difícil distinguirlo.
Parte del ala izquierda parecía en ruinas y el jardín…
mejor dicho, el descampado delantero necesitaba urgentemente de varias peonadas de trabajo.
Trix parpadeó.
—No puede ser esa.
Sacó la cabeza por la ventanilla pese a la lluvia y gritó para hacerse oír por el cochero.
—¿Estamos aún muy lejos? —preguntó.
—Es esa edificación que tenemos delante, señorita .
Ambas se miraron. Therese intentó esbozar una sonrisa mientras Trix intentaba sobreponerse a la impresión.
Quizá el nombre, Villa Encanto, le había dado una idea equivocada. Pero no quiso desanimarse. En el Viejo Mundo las grandes mansiones tenían cientos de años y muy posiblemente su lamentable aspecto exterior no se asemejara al fastuoso interior que seguro encontrarían una vez llegaran.
Con el corazón inquieto aguardaron hasta que la carroza se detuvo delante de la puerta principal.
Tenerla cerca no había mejorado su impresión, más bien lo contrario, pero su férrea determinación a no angustiarse funcionó y, cuando ambas mujeres bajaron de un salto del carruaje, amparándose bajo el paraguas que había desplegado el cochero, una sonrisa un tanto extraña conformaba sus labios.
Mientras Therese les daba indicaciones a los mozos para que descargaran el equipaje con el máximo cuidado y lo dejaran a salvo de la lluvia bajo el quejumbroso tejado de lo que parecía un invernadero, Trix analizó la fachada.
En tiempos debió ser deslumbrante. Dos pisos de piedra amarilla con ventanas flamantemente góticas.
Había un pequeño porche donde las malas hierbas campaban a sus anchas.
La hiedra que subía por la fachada hubiera resultado encantadora si no diera un poco de miedo, y el aspecto de la carpintería…
era urgente repararla; si no, el agua y el mal tiempo arruinarían el parqué.
Tomó aire. No había atravesado tantas millas marítimas para desmoronarse por el aspecto exterior de su flamante propiedad.
Se giró hacia Therese con el pecho henchido .
—¿Vamos?
—Vamos —contestó esta intentando mantener el mismo entusiasmo.
La llave que le había dado el albacea de su tía se resistió hasta que por fin cedió. La gran puerta de madera, que necesitaba ser lijada y barnizada, gimió en sus bisagras, pero al fin dio paso al interior.
Las cortinas estaban echadas, por lo que reinaba la penumbra.
Therese no lo dudó. Fue hasta una de ellas y la descorrió con energía, dejando que un mortecino rayo de luz lo iluminara todo.
El espectáculo era más desolador de lo que habían esperado.
Había una grieta en el suelo que atravesaba medio recibidor. El polvo se acumulaba sobre la superficie de los escasos muebles y el primer escalón de una heroica escalera que tuvo en el pasado sus buenos tiempos no existía.
—Es… pintoresca, señorita —murmuró Therese, guardándose sus verdaderas impresiones.
Había dos opciones: decir a los mozos que volvieran a cargar los carros y regresar a Nueva York o apechugar con una decisión con la que nadie había estado de acuerdo. Trix no lo dudó.
—Es un desastre, Therese, pero es mi casa.
Sin más, avanzó para echar una ojeada alrededor.
La planta baja era una sucesión de estancias, espléndidas en el pasado y en lamentable estado en el presente.
Había pocos muebles, aunque la sombra en el tapizado de las paredes indicaba que habían estado allí.
¿Los habían vendido, robado? Ya lo solucionaría.
El entarimado no estaba en sus mejores momentos.
Las recibió crujiendo y Therese tuvo que saltar en un momento dado porque estaba segura de que el suelo cedería y ella terminaría con los huesos rotos en un lóbrego sótano.
Nada las hizo desistir. En la parte trasera, la que daba a otro «jardín», estaba la parte de servicio: cocinas, lavandería, bodega y un almacén.
Therese se acercó al hogar y puso una mano en la pieza metálica sobre la que se colocarían los pucheros.
—Está tibia.
Trix parpadeó.
—¿Habrá guardeses? —se preguntó—. De ser así, he de hablar seriamente con ellos. El estado en que la mantienen es inaceptable.
Se recogió el vuelo de la falda para no llenarla de polvo y telarañas y continuó con la inspección, anotando mentalmente todo lo que había que hacer, tanto que se sentía desfallecer.
Bordeando el escalón roto subieron a la primera planta. Allí el caos parecía un poco menos intenso. Un pasillo a la izquierda y otro a la derecha. Varias puertas cerradas. Abrió la primera.
Un dormitorio. Las sábanas estaban revueltas y Trix frunció las cejas. Aquellos guardeses eran descuidados, muy descuidados. No solo tendría una seria conversación con ellos, sino que valoraría seriamente si podrían seguir ocupando su puesto.
Abrió otra de las puertas, seguida de cerca por Therese, que a esas alturas ya se había dado cuenta de que aquello era poco más que una ruina .
Y allí estaba él.
El hombre.
Completamente desnudo.
Como su madre lo trajo al mundo.
Metido en una tina mientras se echaba agua por la cabeza.
Trix gritó.
Therese gritó.
Él se giró para entender qué era aquel alboroto, hasta encararlas de frente.
Aquello…
Aquello…
Trix sintió cómo sus mejillas le ardían.
El hombre las miró a ambas, con cara de pocos amigos.
—¿Quiénes diablos son ustedes?