Capítulo 3
Pese a ser un camarote de lujo en el mejor trasatlántico de la compañía, la tormenta que se cernía sobre ellas no tenía contemplaciones.
Habían zarpado hacía seis días desde North River, los muelles de la Guion Line en el Hudson, en el mismo buque que usó su amiga Violet para viajar a Inglaterra. El capitán del SS Alaska había recibido a Trix Sinclair como merecía la hija del mayor accionista de la compañía.
El camarote no solo tenía dormitorio, vestidor, salón de recibir, gabinete y comedor privado, sino que contaba con una bonita terraza abierta al océano donde poder disfrutar de los atardeceres degustando una copa de champán.
Otra enorme ola chocó con el casco y el barco osciló de izquierda a derecha, haciendo que el tintero se deslizara peligrosamente por la superficie del escritorio .
Trix lo alcanzó antes de que hubiera un estropicio, miró al exterior justo cuando estallaba un trueno y decidió seguir escribiendo.
Entre sus objetivos estaba terminar una novela, y aquel viaje era el mejor momento para empezarla.
Su pasión eran las historias góticas, así que su heroína viviría encerrada en un lúgubre castillo a manos de un temible villano, y sería un joven cazador quien debía salvarla.
Pero, después de lo de Phil, había decidido que no necesitaba para nada al cazador, y que su heroína se escaparía por sus propios medios, daría muerte al tirano y se proclamaría dueña de aquellas tierras.
Releyó lo que tenía escrito. Era terriblemente malo, así que arrugó el papel, lo arrojó a la papelera y, sujetándose aquí y allí para evitar precipitarse contra el piso, logró alcanzar el sofacito del gabinete en el momento justo en que Therese entraba en el camarote.
—¿Resistirá el barco o terminaremos en el fondo del mar? —preguntó su doncella, haciendo malabares para no terminar por los suelos.
Trix tenía buen estómago para la navegación. A su familia pertenecían los más grandes armadores del país, de ahí que en la buena sociedad alguien dijera que ella era una princesa de acero.
Aun así, debía reconocer que aquella tormenta era aterradora.
—Estos navíos están construidos para enfrentarse a tormentas aún peores que esta —dijo más para calmar a su doncella que porque lo creyera .
Otra acometida hizo que el barco ascendiera hasta la cresta y cayera pesadamente navegando sobre la ola, lo que hizo que ambas tuvieran que sujetarse con fuerza a lo más cercano.
Therese se apretó el estómago. Los mareos del primer día habían pasado, pero había veces que estaba segura de que echaría por la boca la primera leche que le dio su madre.
—Permítame, señorita, que lo dude. —Señaló hacia la puerta del camarote que acababa de franquear—. En tercera clase la mayoría de los pasajeros ya están rezando a sus dioses.
—¿Has vuelto a bajar?
—Le prometí a uno de esos niños que le llevaría un pastel de crema. Siempre cumplo mis promesas, señorita.
Therese tenía su propio camarote en primera clase, como todas las doncellas de las grandes damas que viajaban en el SS Alaska . Era pequeño, una sola estancia, pero ventilado y con un ojo de buey que daba a la cubierta principal.
Sin embargo, los pasajeros de tercera…
Los había descubierto atisbando desde la cubierta inferior las grandezas que apenas podían vislumbrar tres plantas más arriba. La mayoría de ellos eran pobres inmigrantes que volvían a sus casas tras el fracaso de una aventura fallida. Therese no podía quedarse con los brazos cruzados sin más.
Había aprendido a evitar a los guardias que vigilaban que nadie subiera o bajara de una cubierta a otra.
Sentía una especial ternura por los niños.
Desde que tenía uso de razón, tenía devoción por ser madre, algo que posiblemente nunca sucedería.
¿ Quién iba a desposarse con una doncella que solo vivía para servir a su señora?
Sus amigas habían tenido suerte. Eran cuatro y se habían criado juntas en los peores suburbios de Five Points.
Addie se había casado con Donald, una especie de policía encantador.
Sophie, con Matthew, un joven trabajador de la banca Van Alen.
Ella y Prudence seguían solteras, y todo indicaba que sería su destino.
Desde que embarcaron, bajaba a diario a las cubiertas inferiores.
Llevaba dulces que afanaba del bufé de comidas con la aquiescencia de su señora, pequeños regalos e incluso limonadas.
Aquello la hacía feliz y Trix había aprendido a no reprenderla por ello.
Siempre que tuviera cuidado. Su señora la miró con preocupación.
—Therese, el capitán dice que ahí abajo es peligroso.
La muchacha bufó.
—Porque no se ha parado a mirar a los ojos a esos niños. Tienen la vida por delante y no será grata para ellos. Cualquier cosa que los alivie les vendrá bien.
Trix se sintió mal por haberla reprendido.
—Tienes razón. Me he criado en un mundo rodeado de murallas de cristal.
Otro vaivén hizo que ambas se agarraran con fuerza. Therese, a una de las lámparas de gas atornilladas a la pared. Trix, al brazo del sofá, lo que no evitó que casi volara por el aire. Su doncella miró hacia el exterior.
—¿Habrá botes suficientes si… ?
—Ni lo pienses. —Solo por nombrarlo ya era un mal augurio—. Estoy segura de que llegaremos a puerto sanas y salvas.
Su doncella asintió.
—Y con toda una nueva vida por delante.
Trix suspiró.
—Sin viejas alcahuetas que lleven la crónica de la virtud de cualquiera de nosotras.
—Ni carteristas que intenten robarnos los cuartos a las doncellas.
—Ni una familia demasiado preocupada por nuestro porvenir.
Therese asintió.
—Ni madres que se gastan todo nuestro salario.
La suya solo acudía a verla para pedirle dinero.
—Ni hombres —dijo Trix.
—Ni hombres —corroboró Therese.
Ambas estallaron en carcajadas. Aunque no sabía los detalles, su doncella había sido testigo de su enfermiza relación con Phil Van Alen, y lo que más había agradecido al cielo era que se hubiera terminado para siempre.
Trix se recostó en el sillón. A veces le llegaban las dudas. ¿Era aquello un error? ¿Estaba tirando la vida por la borda?
—¿Crees que lo conseguiremos, Therese?
Su doncella la miró llena de firmeza.
—En una villa encantadora lejos de la gran ciudad. ¿Qué caballero tendría interés en acercarse?
Y era cierto. Estarían a salvo de hombres y de alcahuetas .
—Tienes razón.
Parecía que la tormenta empezaba a pasar. Se puso de pie para alcanzar el escritorio.
—Será mejor que intente escribir.
Therese se soltó del aplique de la pared.
—Y yo a repasar las mangas de uno de sus vestidos.
Ambas volvieron a lo suyo. Por delante tenían un mundo incierto, cargado de retos, pero algo era seguro: su única preocupación sería escribir aquella novela, nada más, y olvidarse de Phil Van Alen y de cualquier hombre que hubiera por los alrededores.