Capítulo 2
Aquella noche, el parloteo en la mesa de los Sinclair era incesante.
El cabeza de familia ya sospechaba que la tía abuela Georgina les tendría preparada una jugarreta.
Aquella mujer retorcida nunca había hecho nada sin una intención aviesa y convocar a sus únicos tres sobrinos junto con sus familias no iba a ser menos.
Lo que no esperaba era que dejara todo su legado a una absurda asociación, incluida la casa familiar en Washington Square.
Su esposa ya contaba con ello. Las pocas veces que se había cruzado con su tía abuela política, esta se había mostrado tajante: sus sobrinos eran unos inútiles, sus cónyuges, unos desgraciados, y la ralea de hijos que había nacido de tan insana unión —entre los que estaba Trix—, una abominación del infierno.
Cornelius, el mayor de los dos hijos de la familia, alzó la copa .
—Brindemos por tía Georgina —propuso—. Hay que ser una Sinclair de los pies a la cabeza para dejar una fortuna a un puñado de pájaros negros.
La proposición no fue secundada por ningún miembro de la familia, aunque puso en evidencia que Trix parecía ausente y llevaba un buen rato con la mirada fija en su plato, mientras el tenedor pinchaba aquí y allá sin tomar ninguna pieza.
—¿Te encuentras bien, querida? —le preguntó su madre, que se había percatado de su mutismo.
Ella alzó la mirada, pero tardó unos instantes en responder.
—¿Perdón? —Su mente procesó entonces la pregunta—. Sí, por supuesto. Ha sido un día lleno de emociones.
El señor Sinclair dio un sorbo del excelente vino y se limpió los labios con la servilleta.
—Mañana mismo hablaré con un buen amigo que tiene intereses en Europa. Quizá saques un buen precio por esa villa. No creo que sea difícil venderla. Con lo que ganes, puedes…
Trix tragó saliva antes de interrumpirlo.
—Me la voy a quedar, padre.
Se hizo el silencio.
Su hermano Cornelius alzó una ceja. Su madre detuvo el vuelo de la cuchara en el aire y la miró como si estuviera aquejada de una rara enfermedad. Su padre parpadeó varias veces.
—¿Una casa al otro lado del océano? —preguntó sin comprender—. ¿Para qué la quieres ?
—Es una idea absurda, querida —la expresión de su madre daba a entender que creía que aquello era una broma—. Puedes mantenerla por un tiempo. Una finca en Reino Unido da brillo a una dote, por supuesto, pero deshazte de ella antes de que llegue el próximo otoño.
Trix apretó la servilleta en la mano y los nudillos se le pusieron blancos, pero logró mantener la calma.
—Voy a pasar allí una temporada.
Sus padres intercambiaron una mirada preocupada.
—No lo dices en serio, ¿verdad? —dijo él.
Trix sabía que aquello era del todo inusual en una señorita. ¿Pero acaso los Sinclair no habían sido siempre la familia extravagante de la alta sociedad neoyorquina? Dejó la servilleta sobre la mesa.
—Un cambio de aires me vendrá bien.
Su padre se puso serio.
—Trix, eres una joven dama. Las damas jóvenes no necesitan cambios de aire, necesitan esposos.
—Además —su madre tenía algo que añadir—, ninguna de tus amigas puede acompañarte. Clara está de luna de miel, Violet ni siquiera sé por dónde andará en estos momentos y Amelia no volverá de Boston hasta el verano. No sería…
—Iré sola —intentó sonreír, calmarlos, pero no lo consiguió—. Bueno, con Therese, si quiere acompañarme.
—¡Sola! —exclamó su madre.
—¿Sola? —preguntó su padre .
Su hermano, que parecía tan encantado como sorprendido con todo aquello, intervino.
—No me importaría pasar una temporada cerca de Londres.
Ella lo miró, tajante.
—Sola, Cornelius.
De nuevo se hizo el silencio. Las miradas torvas entre el matrimonio Sinclair eran continuas. Era cierto que el cabeza de familia era de ideas vanguardistas y siempre había apostado por una educación para las mujeres, pero aquello parecía habérsele ido de las manos. Refunfuñó.
—Esto es muy inusual y, aunque creo en una educación liberal y en que las mujeres deben tener cierta autonomía…
—No me pasará nada, padre —logró dulcificar la voz—. Sé cuidarme, y una villa encantadora a pocas millas de Londres solo puede ser un lugar respetable.
Su madre soltó un suspiro. Había perdido el apetito.
—Dirán que eres una de esas solteras que huye al extranjero para tapar una falta.
—¿Nos ha importado a los Sinclair alguna vez lo que digan de nosotros? —se defendió.
—No, pero…
No dejó terminar a su padre. Sabía que la conversación entraría en bucle para no salir de él.
Conocía a sus progenitores. Refunfuñarían, esgrimirían argumentos, pero al final la dejarían salirse con la suya.
Se puso de pie. Su padre y su hermano la imitaron, pues era inadmisible permanecer sentados cuando una dama no lo estaba .
—¿Os importa si me retiro a mis habitaciones? —pidió Trix—. Ha sido un día demasiado intenso.
Su padre le mantuvo la mirada, pero al final asintió.
—Descansa, querida.
—Quizá la almohada te haga entrar en razón —puso su madre la última palabra.
Ya en su habitación, mientras Therese la ayudaba a desvestirse, se la quedó mirando. La tenía como doncella desde hacía unos años y debía reconocer que habían congeniado muy bien.
—¿Sigues teniendo contacto con Sophie y con Addie? —le preguntó a la muchacha. Eran las doncellas de sus amigas Clara y Violet.
Esta detuvo el vuelo del cepillo con el que desenredaba su cabello.
—No pasa una semana sin que nos escribamos, señorita.
Dudó cómo decírselo. El viaje la asustaba tanto como la excitaba.
—¿Y si tú y yo también tuviéramos una aventura? ¿Y si nos fuéramos una temporada a Inglaterra?
La muchacha abrió mucho la boca. Parecía impactada con la noticia.
—¿Lo dice en serio?
Trix no podía obligarla. Nunca lo haría.
—Entenderé que no quieras venir. Seguirás en la casa hasta mi vuelta, por supuesto, y…
—¡Claro que sí! —exclamó Therese, casi gritó—. Es una gran noticia.
Estuvieron charlando hasta que Trix tuvo el cabello cepillado y estuvo enfundada en su delicado camisón.
Todo era tan fascinante como confuso. Aquella misma mañana se había despertado pensando en Phil, el mismo hombre que le había prometido que siempre estarían juntos y que se casaría en breve con otra mujer.
¿Es que nunca iba a desaparecer de su mente?
¿Jamás olvidaría lo que una vez llegaron a ser?
Miró hacia su mesita de noche. El último cajón estaba cerrado con llave y esta, escondida en el fondo de su joyero.
La buscó hasta encontrarla. Cuando lo abrió, allí estaban todas las cartas que Phil le había escrito a lo largo de los años, atadas con una cinta roja, el color del amor.
Las tomó con cuidado, como si quemaran. Fue hasta la chimenea y se sentó delante, en la alfombra.
Aspiró su aroma. Lavanda y clavo. Un perfume que le confeccionaban al joven Van Alen en un costoso establecimiento de París. Cerró los ojos. Algunas escenas volaron ante ellos, como cuadros imprecisos de lo que había sido su vida, aquel amor prohibido.
Después arrojó las cartas al fuego.
Un dolor sordo anidó en su pecho, pero no hizo por rescatarlas. Y mientras las llamas devoraban furiosas el caro papel, se preguntó si lo que hubo entre ella y Phil fue alguna vez amor, o solo un espejismo.