Capítulo 1
Hay tres decisiones que una mujer joven y acaudalada debe tomar con respecto a los hombres: mantenerlos alejados, ser firme ante su incómoda verborrea y, sobre todo, no sucumbir a su mortífero encanto.
Aquella mañana, pese al frío, los Sinclair habían llegado puntuales al lujoso despacho del señor Bronson, en Wall Street.
Estaban todos: el tío Lion con su esposa y sus dos hijas, la tía Catherine con su segundo marido —un caballero del que nadie recordaba el apellido y al que ella trataba como a un mueble necesario— y, por supuesto, el padre de Trix, a quien acompañaban ella misma, su madre y Cornelius II, el mayor de los dos hermanos.
El ambiente tenía la gravedad apropiada: voces quedas, miradas apagadas, algún pañuelo en la mano de las damas y rigurosa ropa oscura, como debía ser.
Si uno no supiera que estaban allí por un testamento, podría haberse pensado que velaban al difunto, aunque la tía abuela llevaba tres semanas bajo tierra y a ninguno de los presentes se le había escapado una sola lágrima.
La secretaria del señor Bronson pasó, nerviosa, una bandeja con pastas que nadie tomó y se retiró a un rincón discreto de la estancia.
Tener allí a todos los Sinclair, una de las familias más ricas de la ciudad, era todo un acontecimiento que después podría contar a sus amigas, aunque para entonces ya habría añadido detalles que jamás sucedieron.
El abogado, sentado tras la mesa de su despacho, se ajustó los binoculares y miró a la audiencia con esa expresión de afligida solemnidad que los letrados de su especie reservaban para las herencias cuantiosas.
—Lo primero, quiero darles el pésame por tan terrible pérdida. La señorita Schermerhorn era un dechado de virtud, un pilar para este país, un ejemplo para todos nosotros.
La señora Sinclair y su marido intercambiaron una mirada.
El resto de los miembros de la familia hizo algo parecido, como si todos compartieran un secreto que nadie iba a pronunciar en voz alta.
No era para menos: la última vez que la tía abuela Georgina había escrito a la familia fue para comunicarles que consideraba a los Sinclair «una estirpe de mentecatos con más dinero que sentido común», lo cual, si bien resultaba ofensivo, no dejaba de tener cierto fundamento .
Trix no la había conocido, como ninguno de los jóvenes Sinclair.
Georgina se había retirado a Portland hacía muchos años y jamás había regresado a Nueva York, una ciudad de la que decía que era un lodazal infecto de suciedad y malas maneras.
Y también estaba lo de su carácter, claro.
Se contaba que había disparado con un rifle a un vecino que tuvo la osadía de podar un árbol que hacía sombra a sus rosales, y que consideraba la Navidad una invención de los comerciantes para arruinar a la gente decente.
Nadie se había atrevido a visitarla y los pocos que lo intentaron regresaron con historias que quitaban el sueño.
El abogado se aclaró la garganta y prosiguió, lo que todos agradecieron.
—No quiero entretenerlos más de lo debido, así que pasaré a leer las disposiciones.
Movimientos inquietos en las sillas. Sonrisas vacías en los asistentes. El tío Lion se inclinó ligeramente hacia delante, como un perro de caza que hubiera olfateado una perdiz.
—Las propiedades de la querida señorita Schermerhorn son muchas y variadas, por lo que, en vez de leerlas, le he pedido a mi secretaria que mecanografíe una lista y le entregue una copia a cada familia.
Así lo hizo la muchacha, saliendo del oscuro rincón y distribuyendo tres copias: una para el padre de Trix, las otras para su tío y su tía. Trix observó cómo las manos de sus tíos Lion y Catherine se lanzaron sobre el papel con una avidez que resultaba indecorosa para la ocasión .
En efecto, la lista era larga. Había casas, tierras, naves industriales, aparte de participaciones en empresas, bonos bancarios y demás activos financieros.
Tía Georgina no solo había sido «especial», sino receptora de los capitales de muchas ramas de la familia que ya no existían.
Un milagro, habida cuenta de que se le conocían dos únicas pasiones: los rosales y el odio al género humano.
El señor Bronson volvió a carraspear.
—Podría hacer una lectura minuciosa de su testamento —al parecer no tenía ganas de trabajar más de lo necesario—, pero creo que será más cómodo para todos ir al grano, ya que las disposiciones son claras.
Hubo intercambio de miradas, sonrisas gélidas, hasta que todos asintieron con esa generosidad que se le dispensa a quien está a punto de repartir una fortuna.
El buen abogado fue pasando hojas hasta encontrar el párrafo que le interesaba.
Trix lo observó sin demasiado interés. Lo cierto era que todo aquello no iba con ella.
Su tía abuela era una desconocida con la que jamás había tenido vínculo alguno, sus padres sabrían resolverlo con pericia y ella detestaba a los abogados, un sentimiento que, si las historias que se contaban de tía Georgina eran ciertas, ambas compartirían.
¿Por qué, entonces, la vieja se había empeñado en que estuvieran todos y cada uno de los miembros de la familia en la lectura?
El señor Bronson encontró el punto que buscaba. Tomó un poco de agua y leyó sin levantar la vista del papel .
—Decreto que todas mis propiedades y bienes, así como mi capital y mis joyas, pasen en su totalidad —hizo una pausa dramática que enervó a todos los presentes—, pasen a manos —repitió— de la Asociación para la Conservación del Mirlo Americano.
El tío Lion se puso de pie y su pitillera de plata cayó con estruendo al suelo.
La tía Catherine sufrió un vahído y su marido tuvo que sostenerla.
Las dos hijas del tío Lion se miraron con una expresión que iba del horror al cálculo en menos de un segundo, y Cornelius alzó una ceja y su boca conformó un gesto burlón.
Los padres de Trix no dijeron nada. Ya lo habían supuesto.
El humor de tía Georgina era retorcido y siempre había tratado con desdén a la parte Sinclair de la sangre que le corría por las venas.
Lo que no habían supuesto era que fuese capaz de legar una fortuna de semejante calibre a unos pájaros. Literalmente.
—Eso no puede ser posible —masculló el tío Lion, que ya había recogido la pitillera del suelo y la apretaba como si fuera el cuello de alguien.
—Me temo que lo es.
—Pero me prometió la casa de Newport —intervino tía Catherine, a quien su marido aún sostenía por el codo.
—No hay ninguna indicación al respecto en el testamento, señora.
—Pero… ¿Y los campos de cultivo de Maine? ¿Y la casa de nuestros abuelos en Washington Square ?
—Todo ha ido a parar a manos del mirlo… quiero decir, de la Asociación —se ajustó el ralo cabello blanco para parecer grave—, pero, si me permiten concluir…
—¿Hay más? —preguntaron casi al unísono, y en la voz de ambos hermanos había algo que se parecía más a la amenaza que a la curiosidad.
—Queda una última disposición por leer.
De nuevo se miraron entre ellos. La señora Sinclair ya sospechaba que la tía de su esposo jugaría con ellos incluso una vez muerta.
Lo que no había sospechado era que fuese tan retorcida.
Se preguntó si aquella mujer horrible habría disfrutado imaginando aquel momento mientras redactaba el testamento, y la respuesta era que casi con toda seguridad sí.
El abogado se bebió hasta la última gota del vaso de agua, que su secretaria retiró de la mesa con la eficiencia de una mano invisible.
—La última disposición hace una excepción en el legado que deja a esa Asociación.
Se trata de una propiedad en el condado de Essex, en Inglaterra, que tiene por nombre…
—se ajustó las gafas, como si le costara trabajo leerlo—, tiene por nombre Villa Encanto —lo releyó, quizá para asegurarse de que no estaba sufriendo alucinaciones—. Sí, es ese.
Todos se miraron. Ignoraban que la vieja dama tuviera propiedades fuera de un país del que se suponía que nunca había salido. O al menos eso creían, porque con tía Georgina nada podía darse por sentado.
Tía Catherine alzó una de sus elegantes cejas Sinclair, un gesto hereditario que las mujeres de la familia habían perfeccionado a lo largo de generaciones.
—¿Y pretende que esa supuesta propiedad nos la repartamos entre los tres hermanos?
El abogado apretó los labios antes de hablar.
—En absoluto —miró a Trix—. Se la ha dejado a la señorita Beatrix Sinclair, que con la lectura de este testamento pasa a ser su dueña de pleno derecho.
Todos la miraron. El tío Lion con incredulidad, tía Catherine con una indignación que parecía haber duplicado la del vahído, sus primas con envidia mal disimulada y su hermano Cornelius con manifiesta sorpresa.
Trix no entendió de inmediato lo que acababa de escuchar. Se llevó una mano al pecho y sintió el latido acelerado bajo los dedos.
—¿A mí?
El abogado asintió.
—Eso me temo.
Trix miró a su padre, que parecía tan desconcertado como ella. A su madre, que simplemente se encogió de hombros. A su hermano, que no podía parar de sonreír.
—¿Y por qué a mí? —insistió, porque era una pregunta razonable que se hiciera alguien que acababa de heredar una casa de una desconocida que odiaba a toda la familia.
Tía Catherine se ajustó la estola de piel de marta al cuello con un gesto que destilaba más veneno que elegancia.
—No te fíes —le recomendó—. Esa arpía no hacía nada sin un objetivo maligno. Si te ha dejado esa casa, es porque quiere hacerte algún daño incluso desde la tumba.
El tío Lion se cruzó de brazos, aún de pie.
—O quizá la casa se esté cayendo a pedazos y ha decidido que sea esta familia la que pague la demolición.
—Eso sería propio de ella —convino tía Catherine.
Su padre le apretó la mano.
—Puedes venderla —le dijo con esa calma que lo caracterizaba—. Ahora mismo hay muy buenas opciones de inversión en el sector ferroviario y…
Pero Trix no lo escuchaba. Su vida en los últimos meses había sido gris, de tonos ceniza.
Desde que Phil la había abandonado sin una sola palabra de disculpa, todo parecía haber perdido interés para ella.
Las fiestas, los bailes, hasta las deliciosas tardes con sus amigas se habían convertido en ejercicios de disimulo en los que sonreía sin ganas y respondía sin escuchar.
Una casa. Una propiedad que no dependía de su padre ni de otro hombre.
Sonrió sin darse cuenta, lo que hizo que tía Catherine frunciera los labios y el tío Lion la mirara como si acabara de perder el juicio.
¿Y si lo dejaba todo y empezaba de nuevo en un lugar donde nadie la conocía? Y lo que era más importante, donde no había ningún hombre que la molestara o del que ella pudiera llegar a enamorarse.