La princesa de acero (The Dollar Princesses 3)
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Once años antes…
La anciana dama permaneció inmóvil, medio oculta entre las sombras, mientras las dos mujeres pasaban ante ella. Una tomó la dirección del gran salón, donde aún continuaba la fiesta en aquella mansión cercana a Central Park. La otra se encaminó hacia el área de servicio.
A la primera la conocía bien. ¿Quién no sabía de Caroline Astor, que ya empezaba a ser la estrella refulgente de la alta sociedad neoyorquina? De la segunda solo había oído hablar.
La casualidad había querido que escuchase aquella conversación entre las dos que debería haber sido privada.
Buscaba un lugar tranquilo donde descansar unos minutos antes de regresar a la fiesta cuando casi se topó con ellas, y era tan inusual que la señora Astor se dirigiese a una mujer de tan baja categoría que la curiosidad le había dictado quedarse muy quieta, callada, y empaparse de cada palabra.
Cuando la señora Astor desapareció, se recogió la falda, rogó porque sus ajados huesos no le fallasen y, con paso apresurado, fue tras la otra mujer, a la que alcanzó antes de que entrase en el área de servicio.
—Señora Perkins —la llamó.
Esta se detuvo en seco, se giró y vio a la anciana dama que se acercaba a ella con un paso más vivo del que correspondería a su edad.
—Señorita —le aclaró, cosa que no había hecho con la señora Astor hacía apenas un instante.
Sofronia Perkins era su verdadero nombre y como se la conocía en los bajos fondos de Five Points.
En el mundo de las mansiones y de las grandes fortunas había adoptado otro: madame Margot, la pitonisa de moda, la tarotista de feria que amenizaba las veladas leyendo el futuro en los naipes para divertimento de los ricos de la ciudad.
A la anciana dama aquello le importaba un bledo. Pero la conversación que había escuchado…
—¿Puedo hablar con usted?
La mujer se ajustó la chaquetilla de vivos colores, demasiado vivos.
—Tengo prisa.
—Será solo un momento.
La tarotista lo dudó, pero desairar a una de aquellas damas podría ser peligroso. No pudo evitar una mirada de fastidio.
—Mi tiempo cuesta dinero.
La dama no se dio por enterada.
—Sin habérmelo propuesto acabo de escuchar la conversación que ha mantenido con la señora Astor.
Las cejas de la pitonisa se alzaron y miró a aquella elegante mujer de arriba abajo con evidente descaro .
—Pensaba que eso no era propio de grandes señoras.
La anciana no se ofendió. Peores insinuaciones le habían hecho en su larga vida. Tampoco desistió.
—Se ha referido usted a lo de… las niñas.
¡Vaya! Parecía que todo el mundo estaba interesado en aquella estúpida tirada.
Había sido una nadería. Cuatro niñas caprichosas le habían pedido que les echase la suerte y ella se la había echado.
¿Que le habían prohibido expresamente leer el tarot a los menores?
Sí. ¿Que se había ganado cinco dólares a cambio? También.
—Como le he dicho a la señora —y solo le faltó escupir sobre la alfombra—, son paparruchas. Yo solo interpreto un papel.
La dama la miró con curiosidad. Conocía bien lo que sucedía en aquella ciudad, una urbe que amaba tanto como detestaba. No se movió un ápice ante las palabras de la pitonisa.
—No es eso lo que tengo entendido sobre usted. Dicen que suele acertar en sus buenaventuras.
Sofronia gruñó.
—Pues eso son paparruchas.
La dama continuó.
—Como le decía, ha echado usted la suerte a cuatro jovencitas…
—Me vi obligada a ello —se defendió—. Y si quiere denunciarme…
La anciana alzó una mano, tranquilizadora.
—No haré nada de eso, no se preocupe. Solo quiero saber el nombre de la que usted ha dicho que será tan desgraciada .
Un escalofrío recorrió la espalda de Sofronia Perkins solo de recordarlo. Cuatro tiradas. Tres de ellas fabulosas, pero la cuarta niña… pobrecita. El diez de espadas. Tendría un destino terrible, sobre todo en el amor.
—¿Acaso no lo ha oído cuando se lo he soltado a la señora? —gruñó pese a que quien tenía delante era toda una dama.
Esta no se inmutó.
—Me temo que no la he escuchado.
—¿También tiene usted interés en los padres de esas criaturas?
La mirada de la mujer se opacó.
—Lo mío es personal.
Por un instante pareció que la tarotista lo meditaba, pero su boca se tensó y sus ojos brillaron con temor.
—Pues lo siento. Lo he olvidado.
La anciana se atrevió a alargar la mano y posarla sobre su antebrazo.
—Es importante.
Sofronia la miró un instante, como si fuera de frágil cristal, antes de apartarse con un movimiento brusco.
—¿Sabe lo que es importante? —sus ojos turbios la atravesaron—. No mezclarse con los de arriba. Con gente como ustedes. Los pobres siempre salimos perdiendo. Y ahora, si me disculpa.
Y sin más abandonó la mansión por la puerta de servicio, dejando a la dama tan ofuscada que necesitó sentarse antes de volver a la velada y aparentar que no había escuchado nada .
Pero lo había escuchado todo. O casi todo.
Y, mientras observaba el alegre vaivén de los invitados al otro lado de las puertas del salón, una certeza se le clavó en el pecho como una astilla: en aquella misma fiesta, riendo y dando vueltas con sus lazos de raso, había una niña condenada al peor de los destinos.
Y ella era la única que, aparte de la señora Astor y de aquella tarotista de Five Points, lo sabía.