La nuera Capítulo 24. Cosecha de 1998
97%

Capítulo 24. Cosecha de 1998

—Y como acreedora —sigue Hélène—, concedo a esta casa seis meses de prórroga de la deuda. Hasta que un juez diga quién es dueño de qué.

El notario vuelve a guardar la escritura en la cartera. No ha llegado a pasar de la primera página.

Victoria se levanta. No sabe dónde poner las manos. Se toca las perlas. Se alisa el vestido. Apoya los dedos en el respaldo de la silla, buscando algo que no se vaya.

Yo abro el bolso.

Saco algo blanco, doblado en un cuadrado perfecto, y lo dejo sobre el mantel, delante de ella. Lavado, almidonado, planchado. La eme dorada hacia arriba. Una sombra de mosto en el borde que no ha querido irse.

—Te dije que lo iba a cuidar mucho —le digo—. Te lo devuelvo.

Desde los barrotes del ventanuco, treinta caras miran el delantal. Nadie se ríe. Hace un mes, en el banquete, se reían doscientas.

Victoria lo mira mucho rato. Luego sale de la sala de barricas sin coger nada. Ni el delantal, ni el bolso, ni la pluma que ha dejado junto al vaso. Sube la escalera de piedra sola, peldaño a peldaño, con una mano en la roca húmeda de la pared.

Nadie la sigue.

Busco a Álvaro con la mirada. Ya no está a mi lado. Está en la puerta, poniéndose otra vez los guantes de la vendimia. Arriba, en el patio, la cuadrilla lo espera.

—Queda la última fila —le dice a Anselmo.

Y se va sin mirarme.

* * *

La sala se vacía como una iglesia después de un funeral.

El notario se despide de Hélène con un apretón de manos y una inclinación de cabeza que a mí no me dedica. Lasa sale el último, con la carpeta bajo el brazo, sin mirar a nadie. En la escalera se para un momento, de espaldas, y creo que va a decir algo. No lo dice.

Desde el ventanuco se ve un trozo del patio.

Hay un coche blanco aparcado junto al pozo, con el motor en marcha.

Dentro, al volante, una mujer rubia con gafas de sol espera a su padre, aunque está nublado.

Cuando él entra, Cristina le pone la mano en la nuca un segundo, sin mirarlo.

Luego arranca antes de que cierre la puerta.

Remedios sigue sentada en su silla, con el bolso en el regazo. Nadie le ha dicho que ya se puede levantar.

Voy hasta ella y me agacho a su lado.

—Ya está, Remedios. Ya te puedes levantar.

—Ya lo sé, niña. —No se mueve—. Es que no me sostienen las piernas.

Me siento en la silla de al lado. Le cojo la mano, la del agua caliente, y nos quedamos así un rato, las dos mirando la barrica de los calzos, sin decir nada.

Hélène recoge sus papeles. Antes de cerrar la carpeta me tiende la mano por encima de la mesa.

—Su jefe me dijo que usted lee los balances mejor que nadie —dice—. No me dijeron que también lee a las personas.

—A las personas no las leo. Las apunto.

Se ríe. Es una risa breve, francesa, que no esperaba de ella.

—Entonces apunte esto, madame Ibarra. Yo no compro casas con fantasmas. Pero las vigilo. —Se pone las gafas en la cabeza—. Dentro de seis meses vuelvo a mirar esta.

Cierra la carpeta. Ya de pie, se acuerda de algo.

—Ah. Con la deuda, su jefe me vendió también un aval. Personal, de madame Montalbán. —Se ajusta el pañuelo—. Una casa en Logroño, en la calle Portales, con un escudo sobre la puerta. Si en seis meses no se paga, también veremos de quién es esa.

La casa de su padre. La que puso sobre la mesa para ganar treinta días.

Lo apunto. Y esta vez subrayo.

* * *

Cuando subo la escalera de piedra, la casa está en silencio.

Cruzo el pasillo hacia el patio. Al pasar por delante de la cocina veo que la puerta está entornada y que hay luz dentro.

Victoria está sentada a la mesa de pino. La grande. La de las madrugadas de 1999.

Está sola, con las manos apoyadas en la madera gastada.

Se ha quitado las perlas y las tiene delante, enroscadas igual que una serpiente dormida.

Al lado hay una agenda de tapas de piel granate, cerrada, con un bolígrafo encima.

Y al otro lado, doblado en su cuadrado perfecto, el delantal: alguien se lo ha subido de la sala de barricas.

No lo ha tocado. Mira la pared de azulejos blancos.

Me paro en la puerta. No entro.

Ella no se vuelve.

—Aquí era donde lo hacía —dice al cabo de un rato, con una voz plana, sin adornos, que no parece la suya—.

De madrugada. Mi padre me dijo que si Tomás no vendía, nos quedábamos en la calle.

Que Gonzalo era débil y que alguien tenía que hacer algo.

Yo tenía treinta y cinco años y dos hijos pequeños.

—Pasa la palma de la mano por la madera, alisando un mantel que no está—.

Tardé once noches en que me saliera igual.

—Mi padre se estrelló en la curva del Ebro la noche que lo supo.

—Lo sé. —Cierra los ojos—. Llevo veintisiete años sin entrar en esta cocina después de las diez.

No pide perdón. Yo tampoco lo espero.

—Tu madre no lloró en el juicio —dice después, todavía de espaldas—. Ni cuando me reí. Me acuerdo de que me dio rabia. —Abre los ojos—. Tú tampoco lloras.

—Lloro, Victoria. Pero no donde me ves.

Me quedo un momento más en la puerta, mirando a esa mujer sentada a la mesa donde copió el nombre de mi padre once noches seguidas. Tiene las manos quietas. Demasiado quietas. Como las de Lasa esta mañana.

Lo apunto. «Lunes 5, 11:40. Victoria. Manos quietas. La agenda.»

La agenda de la que esta mañana sacó a mi madre.

* * *

Subo al despacho de Gonzalo.

Nadie ha entrado desde el funeral. Huele a cuero, a polvo y, muy lejos, a la manzanilla de aquella noche. La lámpara verde está apagada. Las carpetas que Victoria tiró al suelo siguen apiladas en una esquina, recogidas de cualquier manera.

Detrás del sillón cuelga la foto torcida: la bodega recién construida, los álamos sin hojas, un hombre joven con traje delante de la puerta. Del otro, solo un hombro; donde debería estar el resto, cartón blanco.

La descuelgo. Le doy la vuelta y suelto las grapas del marco con la uña.

De la caja de lata saco la otra mitad. La que tiene mis ojos.

La pongo en el hueco. No encaja del todo: el corte de las tijeras no fue recto, y entre los dos hombros queda una raya fina de luz, del ancho de un hilo. Me da igual. Cierro las grapas. Le doy la vuelta.

Dos hombres jóvenes delante de una bodega recién construida, con años de raya blanca entre los dos.

La cuelgo derecha.

Me siento un momento en su sillón de cuero, el que tiene la forma de un hombre cansado. Desde aquí se ve la viña vieja por la ventana, con la cuadrilla doblada sobre la última fila de la entrada y un sombrero de paja que se mueve entre las cepas.

Ahora sé lo que miraba él desde esta ventana. No a nosotros. A lo que faltaba.

* * *

A la una, en el patio, me suena el móvil. Marta Salas.

—La jueza de Haro ha admitido la demanda esta mañana —dice, sin saludar—. Y ha acordado la medida cautelar: prohibido vender. Tu mitad ya no se puede vender, Lucía. Ni a los franceses ni a nadie.

Me siento en el poyo de piedra que hay junto a la puerta. Las piernas me deciden antes que yo.

—¿Y ahora?

—Ahora empieza el juicio de verdad. —La oigo quitarse las gafas—. Va a ser largo. Meses, como poco. Ellos tienen dinero para abogados y tú tienes una caja de galletas.

—Tengo tiempo.

—Ya lo sé. Por eso te he cogido el caso.

Al colgar veo un mensaje de Julián, de hace una hora.

«Hélène me lo ha contado todo. Si algún día quieres volver, tu mesa sigue ahí.»

Años he trabajado para ese hombre. Me enseñó a mirar una empresa como se mira a un enfermo: buscando lo que no te cuenta. El sábado me suspendió por teléfono. El lunes vendió lo que yo había construido al noventa y cinco por ciento.

Lo leo una vez.

Lo borro.

* * *

Bea sale de la bodega y se sienta a mi lado en el poyo, al sol. Enciende un cigarrillo. Ya no lleva el traje azul: se ha puesto unos vaqueros y una sudadera vieja con el escudo de una universidad de Madrid.

Tarda en hablar.

—¿Y ahora qué somos? —Suelta el humo hacia las viñas—. ¿Socias?

—Eso lo dirá un juez. Pero sí. Eso parece.

—Qué asco.

—Bienvenida a la familia.

Casi se ríe. Se le escapa por la nariz, con el humo.

—Odio el campo, ¿sabes? Lo he odiado siempre. El barro, las moscas, madrugar en septiembre. —Mira la colilla—. Pero los números se me dan bien. Y tú lees un balance mejor que nadie que yo conozca.

No es una disculpa. En Bea es lo más parecido a una.

—Los franceses te ofrecieron ser consejera.

—Ya no. —Aplasta el cigarrillo en el poyo, junto a su zapatilla—. Hélène me ha dicho en la escalera que no contrata a gente que iba a firmar lo que le ponían delante. —Se encoge de hombros—. Tiene gracia, ¿no? En esta familia es lo único que sabíamos hacer.

Se levanta. Se sacude los vaqueros.

—Mi hermano está en la viña vieja —dice, sin mirarme—. Lleva media hora dando vueltas a la misma cepa. Por si te interesa.

Da dos pasos hacia la casa y se vuelve.

—Mamá ha subido a su cuarto con la agenda granate. Ha echado la llave. —Se mete las manos en los bolsillos de la sudadera—. No sé por qué te lo cuento.

Yo sí lo sé. Lo apunto.

* * *

Al atardecer, la viña vieja está dorada.

La vendimia ha terminado. En el patio, la cuadrilla canta alrededor de una hoguera de sarmientos y Remedios reparte chorizo asado desde la puerta de su cocina.

Ha vuelto con su mandil azul, el que dejó doblado en la mesa de pino, pero esta tarde no sirve: esta tarde se sienta.

Anselmo le ha guardado el mejor sitio junto al fuego, en una silla de enea, y Julio le ha echado una manta por las rodillas.

Al pasar junto a la hoguera saco la libreta negra. La abro por las páginas de la cuenta: las dos columnas, la de Victoria y la mía, con su letra pequeña y sus fechas. Un delantal. Una casa con escudo. «Al servicio.» Un empleado.

No sumo. Arranco las hojas, una a una, y las echo al fuego. Se encogen, se ponen negras por los bordes y suben en pavesas con el humo de los sarmientos.

Anselmo me mira hacerlo. No pregunta. Remedios, desde su silla de enea, levanta la barbilla hacia el camino de la viña.

—Ve, niña —dice—. Que se enfría.

Bajo sola por el camino de tierra. Huele a humo, a uva pisada, a tierra que ha bebido.

Álvaro me espera al pie de la cepa del abuelo, la de la corteza como un puño. Lleva la gorra del sábado, la que le di por la ventanilla, todavía con la marca del barro. En una mano tiene dos copas. En la otra, una botella.

La del noventa y ocho. La que dejé tumbada en su almohada la tarde que me echaron.

—Mi padre dijo que la abrieras cuando supieras por qué —dice.

—Ya lo sé.

—Yo también. Desde esta mañana. —Le da la vuelta a la botella—. También dejó escrito que no era para beber.

—Para beber antes de tiempo. Ya no es antes.

Descorcha con una navaja. El corcho, viejo y seco, se parte por la mitad.

Sirve de todos modos, con trocitos de corcho flotando.

El vino de veintiocho años sale oscuro, casi negro, con un borde color teja.

Huele a bodega cerrada y a algo más. Algo dulce que no sé nombrar.

A lo mejor es solo el recuerdo de un vaso de mosto en una cocina, a los cinco años, con el vestido manchado.

Me da una copa. Nuestros dedos se tocan en el cristal. Ninguno de los dos aparta la mano. Ninguno de los dos la mueve.

—No sé si te perdono —dice.

—Yo tampoco sé si me perdono.

—Me mentiste todos los días. En la cama. En esta viña. —Mira el vino, no a mí—. Y todos los días me decías la verdad sobre lo único que me importaba.

—¿Qué?

—Que no te ibas a ir. —Le tiembla un poco la copa—. Hasta cuando te echaron me llamaste para decírmelo.

Chocamos las copas. Bebemos. El vino está casi muerto, cansado, sin fuerza.

Y aun así sabe a algo.

Dejo la copa en el muro de piedra. Él me coge la mano. Yo intento soltarla poco a poco, para darle una salida. Para que no tenga que decidir hoy.

No me la suelta.

—Dime una cosa que no estuviera en el plan —dice.

Lo pienso. Me sale enseguida.

—La uva. La del murete, el domingo después de la boda. Me la pusiste en la boca y se me olvidó para qué había venido. Diez segundos, pero se me olvidó.

Se ríe por la nariz, sin querer, como se ríe Bea.

—Mi padre me dijo que cuidara de la viña vieja. Y de ella. —Mira la cepa, la corteza gris, la tierra removida al pie—. Llevo dos semanas pensando que eran dos cosas.

No le pregunto si ya no lo piensa.

—Yo también te mentí —dice de pronto.

Lo miro.

—No con palabras. Con no preguntar. —Se pasa la mano libre por la cara—.

Sabía que mi madre escribía su nombre en todos los márgenes.

Sabía que mi padre no se sentaba nunca en esa silla.

Sabía que había un nicho que no se abría.

Treinta y seis años viéndolo, y no pregunté nada, porque en mi casa no se pregunta.

Tú viniste a preguntar. A lo mejor por eso me enamoré de ti antes de saber por qué.

—Álvaro…

—Déjame acabar, que si no, no lo digo. —Me aprieta la mano—. No sé si te perdono lo de la feria. Pero sé que no quiero pasarme los próximos treinta años sin saber dónde estás. Y eso, en este pueblo, se parece bastante a perdonar.

Me río. Me sale con lágrimas, sin poder parar ninguna de las dos cosas.

—Perdóname —le digo. Lo digo entero, sin adornarlo—. Por la feria. Por el sí de Haro, cuando me pediste que nos lo dijéramos todo. Por cada noche que te dejé dormir sin saber con quién dormías. Perdóname, Álvaro.

No me contesta con palabras. Me pasa el pulgar por la mejilla, por donde corre lo que no paro.

—Empecemos otra vez —le digo—. Por el principio. Sin carpeta.

Me suelta la mano. Me la vuelve a tender, formal, como detrás del mostrador de la feria.

—Álvaro Montalbán. Enólogo. Hablo demasiado de barricas.

—Lucía Ibarra Soler. —Se la estrecho—. Los dos apellidos.

—Encantado, Lucía Ibarra Soler. —No me la suelta—. En noviembre hay que podar la viña vieja. Media hora mirando cada cepa, ¿te acuerdas? Y yo solo no llego.

—¿Me estás ofreciendo trabajo?

—Te estoy ofreciendo unas tijeras. Lo demás ya lo iremos viendo.

Tira de mi mano. Me besa. Sabe a vino viejo y a humo de sarmiento, y dura lo bastante para que en el patio alguien silbe, y otro aplauda, y Bea grite desde la puerta algo que no entiendo y que hace reír a toda la cuadrilla.

—Esta noche no te vuelves a Briones —dice contra mi boca.

No es una pregunta. Y esta vez no le contesto con una frase preparada. Le contesto que no.

Abajo, en el patio, alguien empieza una jota. Desafina. Todos se ríen y la siguen cantando igual.

Levanto la botella con la mano libre y miro la etiqueta a contraluz, contra el último sol de la tarde, que enciende las letras doradas.

SOLER Y MONTALBÁN.

Esta casa vuelve a llevar la firma de los dos.