La nuera Epílogo
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Epílogo

Esa noche, Victoria Garay no baja a cenar.

Desde su habitación oye la hoguera del patio, las palmas, una jota desafinada que todos corean igual. Oye la risa de Bea, que no oía desde hace años. Oye a Remedios, que ha vuelto. Y oye, una vez, muy cerca de la ventana, la voz de su hijo diciendo el nombre de esa mujer.

Corre las cortinas.

Se sienta al tocador. Se quita los pendientes, uno y otro, y los deja en el platillo de plata donde los deja desde hace cuarenta años. Las perlas no. Las perlas se han quedado abajo, en la mesa de la cocina. No piensa bajar a por ellas hasta mañana.

Abre la agenda de piel granate por el final.

Entre la última hoja y la tapa no hay nada. Veintitrés años ha estado ahí ese papel, doblado en tres, y ahora lo lleva la niña en el bolsillo. Queda la marca en la piel de la tapa: un rectángulo más claro, igual que los huecos del álbum de 1998.

Se mira en el espejo. El moño está otra vez perfecto. Las manos, quietas.

A su marido, a sus hijos y a esa mujer les ha dicho que lo supo el viernes de la silla. Mintió.

Lo supo en mayo. La novia de su hijo se llamaba Ibarra, y en esta agenda, entre la última hoja y la tapa, había una Pilar Ibarra de Logroño. Le bastaron dos llamadas para saber el resto: una madre que fregaba escaleras, una hija que se fue a estudiar a Madrid y que ahora trabajaba en un fondo.

Por eso el delantal. No fue una broma. Fue un aviso, delante de doscientos testigos: sé quién eres y sé cuál es tu sitio.

La niña lo entendió. Y se lo ató a la cintura.

Coge el teléfono fijo de la mesilla, el de la rueda, que nadie más usa.

Marca un número de Bilbao sin mirar la agenda.

Suena cuatro veces. Al otro lado contesta una voz de hombre, grave, con el acento de la ría y la paciencia de quien lleva veinticinco años pagando las cuentas de su hermana pequeña.

—Victoria. Es casi medianoche.

—Lo sé.

Un silencio. Al otro lado se oye un reloj de pared.

—Ha salido mal —dice él. No es una pregunta.

—Ha salido como ha salido. —Victoria cierra la agenda vacía—. La deuda la tiene ahora una francesa. Y con la deuda, el aval. La casa de papá, Fernando. Portales.

Al otro lado, el reloj sigue sonando.

—¿Y el papel de 2003?

—Lo tiene la niña.

Su hermano tarda en contestar. Nunca contesta hasta que sabe cuánto cuesta.

—Ese papel lo pagué yo —dice al fin—. Veinte mil euros, por el despacho de Íñigo. Me debes algo más que una casa, Victoria.

—Escúchame bien, porque no te lo voy a repetir.

Abajo, en el patio, la jota se acaba entre aplausos.

—Fernando. Necesito que me compres una deuda.