La nuera Capítulo 23. La firma #3
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Capítulo 23. La firma #3

Una tarde de primavera. Mi madre volviendo de Logroño con los ojos rojos. Un sobre de un banco que no era el nuestro, semanas en su bolso, y un día ya no.

Veinte mil euros.

Se me cierra la garganta. Mi madre firmó. Mi madre, la de las escaleras, la del abogado de oficio, la que me dijo en La Paz «tú lees los papeles». Firmó un papel que me dejaba fuera a mí, con diez años, y no me lo contó nunca.

—Tu madre te vendió, querida —dice Victoria, muy suave—. Por veinte mil euros. Lo siento mucho.

Nadie respira.

Abro la boca y no sale nada. En un mes entero en esta casa no me ha pasado nunca: no tengo la frase preparada. Me tiembla la mano encima del mantel y no la escondo.

Hélène me mira. El notario me mira. Álvaro, a mi lado, da medio paso hacia la mesa y se para.

Me acuerdo de Marta. De una tarde de tercero, en la biblioteca de la facultad, con los apuntes de Civil abiertos y un examen al día siguiente.

«Patria potestad. Lo que los padres no pueden hacer con lo que es de sus hijos.

» Marta lo subrayaba con fosforito verde, y yo me reía de ella porque subrayaba todo.

—Una madre no puede renunciar a lo que es de su hija menor —digo. La voz me sale rota, pero sale—. No sin permiso de un juez. —Miro al notario—. ¿Verdad?

El notario se ajusta las gafas del cordón. Mira el papel por las dos caras.

—Para renunciar a derechos de un hijo menor hace falta autorización judicial —dice, con su voz de leer escrituras—. Aquí no consta ninguna. En lo que toca a la hija, esta renuncia no vale.

Victoria no se mueve.

—Y hay otra cosa —sigo. Ya no me tiembla la mano—. Si en 2003 esa mitad era suya, Victoria, ¿por qué pagó veinte mil euros para que mi madre no reclamara? —Pongo el dedo sobre el papel—. Esto no es su mejor carta. Es la prueba de que ya lo sabía.

Bea se tapa la boca con la mano.

Victoria y yo nos miramos por encima del mantel, por encima de los cuatro montones de papel. Ella sabe que yo he perdido algo hace un minuto. Yo sé que ella acaba de perderlo todo.

Recojo el papel de mi madre. Lo doblo por sus pliegues viejos y me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta, junto al sobre de seda.

Nadie me lo impide.

* * *

Me levanto. No pido permiso a nadie. Voy hasta el rincón de la barrica vieja, la de los dos calzos, y apoyo la mano abierta en la tapa, encima de la «T».

La madera está fría.

Mi madre tenía treinta y tantos años, una niña de diez, un piso con goteras en Logroño y unas deudas que no eran suyas.

Le pusieron veinte mil euros encima de una mesa, en el despacho del mismo hombre que había llevado el contrato falso, y firmó.

No me lo contó nunca. Se lo calló hasta en La Paz, con cuarenta kilos y la carta en el bolso.

No sé si la perdono. Sé que yo, con diez años encima de la mesa y la nevera vacía, habría firmado lo mismo. Y luego me habría callado toda la vida, de vergüenza, igual que ella.

Me quedo así un rato, con la mano en la «T», respirando. Nadie me dice nada. Hélène no ha cerrado la carpeta. Me espera.

Cuando vuelvo a la mesa, Álvaro me aparta la silla. No dice nada. Me la aparta y ya.

* * *

—Queda una cosa, madame Ibarra —dice Hélène—.

Una sola. —Se quita las gafas—. Madame Montalbán me dijo en mi primera visita que su padre era un empleado.

Un enólogo que se fue enseguida. Si lo era, no hay socio que reclame, y yo compro una bodega con un pleito, pero sin fantasma.

Si era socio, me levanto. —Mira a Victoria, luego a mí—.

Las firmas las ha visto un notario. Pero quiero saber si alguien vivo lo vio trabajar aquí como dueño. No como empleado.

Saco el móvil por debajo del mantel. Escribo una sola palabra y se la mando a Julio.

«Ahora.»

Arriba, en el patio, empiezan las voces. Llegan por el ventanuco enrejado, primero sueltas, luego juntas. Se oyen botas en la grava. Luego, una sombra tapa la luz gris de los barrotes: alguien se ha agachado al otro lado, a la altura del suelo del patio.

Es Anselmo. Tiene la boina en la mano y la cara pegada a los hierros.

—Perdonen que hable desde aquí arriba —dice, mirando al notario, con la voz que se usa para llamar a la cuadrilla de una punta a otra de la viña—.

Abajo no cabemos. Me han dicho que aquí se pregunta quién fundó esta bodega.

Yo planté con don Tomás la viña de la entrada, la que estamos acabando ahora, en la primavera del noventa y ocho.

Con estas manos. Él firmaba los jornales.

Él decidía cuándo se vendimiaba. Él no era ningún empleado.

Aquí antes había dos jefes, señora. Todo el pueblo lo sabe.

—Todo el pueblo —repite alguien detrás de él, en el patio.

Por los barrotes asoman más caras. Sombreros de paja, gorras de propaganda, la cara redonda de una de las mujeres de Ecuador, los ojos de Julio. Treinta cabezas que asienten sin bajar.

Hélène Delorme mira el ventanuco un buen rato. Luego cierra su carpeta. Se pone de pie. Mira a Victoria, luego a mí, y habla en castellano, sin prisa, para que la entienda todo el mundo, hasta el último temporero del patio.

—Maison Delorme se retira de la compra.