Capítulo 23. La firma #2
—Íñigo. —Lo dice muy bajo, con todo el cariño de cuarenta años—. Piensa en Cristina. En su despacho. En lo que va a quedar de tu apellido en esta ribera cuando salgas de aquí.
Lasa la mira. Luego se quita las gafas, las dobla y las deja encima de su carpeta.
—El contrato de 1999 es bueno —dice—. Yo estaba delante cuando se firmó.
No lo dice alto. No hace falta.
Se me hiela el estómago. Remedios cierra los ojos. El notario, que había vuelto a tapar la pluma, la destapa otra vez con un clic pequeño.
—Ya lo ha oído, madame —dice Victoria, con la voz de las comidas de los domingos—. Una criada despedida y una nuera con un fondo de Madrid detrás. Contra el abogado que redactó el contrato.
Hélène me mira por encima de las gafas. Espera. No me ayuda: me da un minuto, que es otra cosa.
Y yo no tengo nada.
El jueves, en su despacho, Lasa me dijo que no iba a mentir.
Me lo dijo él, con la copa delante, y yo me lo creí.
He montado esta mañana entera sobre la palabra de un hombre que lleva toda la vida obedeciendo a esta mujer.
Ese era el error, y lo he visto demasiado tarde: lo apunté en la libreta como un dato y era una esperanza.
Hélène abre su carpeta. El notario gira la primera página de la escritura.
—Si nadie tiene nada más que añadir…
Miro la puerta de la escalera de visitas. Me queda una carta, y no es mía. La dejé el jueves debajo de un limpiaparabrisas.
La puerta no se mueve.
El notario lee en voz alta la primera línea: el nombre de la sociedad, la fecha, la comparecencia. Victoria sonríe al notario.
Y la puerta se abre.
* * *
Es Cristina.
Sin maquillar, con el abrigo abierto y una carpeta de cartón contra el pecho, igual que la vi el jueves en la escalera de mármol. Se queda en el umbral. Mira a su padre.
—Papá.
Lasa no se vuelve. Se le ponen blancos los nudillos sobre la carpeta.
—Llevo dos días en tu despacho —dice Cristina—.
Con la persiana bajada, como tú. —Baja los dos escalones y deja la carpeta sobre el mantel, delante del notario—.
Los extractos de la cuenta de clientes. Un ingreso cada enero desde 2001, de un banco de Bilbao.
Concepto: «Asesoramiento Montalbán». Veinticinco eneros.
—Cristina, cariño… —empieza Victoria.
—A mí no me llame cariño, Victoria. —No la mira—. Me lo contó él el jueves por la noche, después de que se fuera la señora Ibarra. Con el coñac. Lo de la ese cerrada. —Se le quiebra la voz, solo un poco—. Papá. No mientas por mí. No me hace falta un despacho que se pague así.
Lasa se vuelve por fin. Mira a su hija mucho rato.
Le dejé cinco palabras debajo del limpiaparabrisas: «Tu padre no puede solo». No sabía si iba a venir. No lo sabía nadie. Ni yo.
* * *
Íñigo Lasa se pone las gafas. Pone las dos manos sobre el mantel, abiertas, palmas abajo, a la vista de todos.
No le tiemblan.
Es lo primero que veo. Lo apunto sin libreta. «Lunes 5, 10:12. Lasa. Manos quietas.»
—El contrato de 1999 es falso —dice—. Lo de antes no era verdad.
Lo supe el mismo día que lo tuve en las manos, y lo digo ahora ante notario.
El padre de la señora me pagó para que llevara ese contrato a Gonzalo como bueno, y yo lo llevé.
Llevo años cobrando de esta casa por aquel papel.
—Mira a Victoria—. Se acabó, Victoria. Lo siento.
—Íñigo.
—Lo siento —repite. Y cierra su carpeta.
Victoria mira alrededor de la mesa buscando a alguien. Al notario, que ha vuelto a tapar la pluma. A Hélène, que toma notas en una libreta pequeña. A Bea, que se mira las manos.
A su hijo, que sigue en el marco de la puerta.
* * *
Álvaro se despega del marco.
Saca del bolsillo trasero una hoja doblada en cuatro: la última página de la confesión de su padre, impresa desde la foto del viernes. Tiene los ojos de no haber dormido y huele a tabaco desde aquí.
Esto no estaba en mi libreta.
Cruza la sala y se para a mi lado. No me toca. Solo se queda ahí, de pie, a mi lado, mirando a su madre.
Ha elegido lado. Y no me lo ha dicho a mí primero. Se lo dice a ella.
—«La mitad de esta casa es de Lucía Ibarra Soler» —lee en voz alta, sin prisa—. «Lo fue siempre de su padre. Pido perdón a los dos.» —Baja la hoja—. Lo escribió papá. Cinco días antes de morirse.
—Hijo…
—Yo no pongo mi nombre en esa escritura, mamá. —Deja la hoja sobre el mantel, delante del notario—. Y Bea tampoco.
—Beatriz. —Victoria ni le mira a él; mira a su hija—. Es tu parte. Burdeos. Lo tuyo, lo único que es tuyo.
Bea levanta la vista. Tarda un segundo. Mira a su madre, luego a mí, luego la jarra de agua.
—Lo mío no lo quiero con esto encima —dice—. Yo tampoco firmo.
Victoria se queda sola en su cabecera. Se le ve la edad: en el cuello, en los tendones de la mano que sujeta las perlas, en la boca, que se le ha quedado entreabierta sin una frase dentro.
* * *
Pero Victoria no se ha quedado sin frases. Se ha quedado sin aire, que no es lo mismo.
Lo recupera. Abre el bolso por segunda vez y saca una agenda de tapas de piel granate. La abre por el final. Entre la última hoja y la tapa hay un papel doblado en tres, amarillento, con los pliegues gastados de abrirse y cerrarse.
Lo despliega sobre el mantel. Lo empuja hacia Hélène con dos dedos.
—Ya que hablamos de papeles —dice, y la voz le vuelve entera—.
Marzo de 2003. Despacho de Íñigo Lasa, en Haro.
Firmado delante de él. Pilar Ibarra, la madre de esta señora, renuncia a cualquier reclamación sobre Bodegas Montalbán.
En su nombre y en el de su hija menor. —Me mira a mí, por fin—.
A cambio de veinte mil euros. Que cobró.
Hélène se pone las gafas y lee. Bea se inclina para mirar el papel por encima del hombro de la francesa. El notario alarga la mano y Hélène se lo pasa.
Yo no lo leo. No me hace falta.