Capítulo 23. La firma
El domingo por la noche lavo el delantal.
Lo hago en la pila de piedra del patio de Briones, a la luz de la bombilla del porche, con una pastilla de jabón de sosa que me da Tere.
El agua está helada. Las manchas de mosto no salen: se han metido en el algodón como el vino en un mantel de hilo.
Froto la tela contra la piedra una y otra vez, con los nudillos, hasta que se me ponen rojos.
Froto la eme dorada con un cepillo de uñas, con cuidado de no romper el bordado.
Tere sale con una chaqueta sobre los hombros y me mira desde la puerta.
—Eso con agua fría no sale, hija. Espera.
Vuelve con una cazuela de agua hirviendo, la vacía en la pila y le echa un puñado de sal gorda y un chorro de vinagre. El agua se pone turbia. Dejo el delantal en remojo media hora, sentada en el poyo, mirando las estrellas sobre el tejado de enfrente.
Cuando lo saco, las manchas se han ido. Casi todas. Queda una, muy pálida, en el borde de abajo, la sombra de un dedo.
La dejo así.
* * *
A medianoche no duermo. Estoy en la ventana del cuarto de la nieta, con la luz apagada, cuando una furgoneta sube la calle.
Va muy lenta. Se para delante de la puerta verde, con el motor en marcha y los faros encendidos sobre el empedrado mojado. No baja nadie. Desde aquí arriba solo le veo un brazo apoyado en la ventanilla bajada, y la brasa de un cigarrillo que él no fuma nunca.
Un minuto. Lo cuento en el reloj del móvil. Uno y medio.
Pongo la mano en el cristal. No abro.
La furgoneta arranca y sigue calle abajo, hacia el puente, y la brasa se pierde en la curva.
Me quedo con la mano pegada al cristal frío hasta que se me borra la marca de vaho alrededor de los dedos.
* * *
Por la mañana almidono el delantal y lo plancho en la mesa de la cocina, sobre una manta doblada, con una plancha de hierro que pesa como un ladrillo. Lo doblo en un cuadrado perfecto, con la eme hacia arriba, y lo meto en el bolso junto a la llave de latón.
Remedios me ve hacerlo todo sin decir una palabra. Se ha puesto el abrigo gris del funeral y un broche pequeño de azabache en la solapa. Al final me arregla el cuello de la camisa con las dos manos, como a una niña el primer día de colegio.
—Ya estás —dice.
A las nueve y diez, Julio nos recoge en la furgoneta. Huele a tabaco. No digo nada.
En el camino, por la carretera de la ribera, le enseño el móvil.
—Cuando te llegue un mensaje mío con una sola palabra…
—Lo sé, señora. —No aparta los ojos de la carretera—. Lo sé desde el jueves. Están todos en la última fila de la entrada desde las seis. Con el cesto.
Remedios, a mi lado, aprieta el bolso contra el pecho y reza algo sin voz.
* * *
Diez minutos, ha dicho Hélène. Arriba sigue sonando el secador.
La sala de barricas es la primera bóveda del calado, la que da a la entrada de las visitas; un ventanuco alto, enrejado, se abre al nivel del patio y deja entrar una luz gris y el ruido de la grava.
Han puesto la mesa larga en el centro, con un mantel blanco.
A mitad de la bóveda, apartada en su rincón sobre dos calzos, sigue la barrica vieja de los aros oxidados.
Abro la caja de lata y pongo los cuatro montones sobre el mantel, en fila, como en la cocina de Briones. El contrato de 1998. Las facturas con la letra de mi padre. La copia de 1999. La confesión de Gonzalo.
Encima del primero dejo el sobre de seda.
No digo nada. Los papeles hablan mejor solos; eso me lo enseñó Julián, aunque él lo decía de las cifras.
Hélène se pone unas gafas de lectura de montura metálica y lo lee todo en silencio.
Compara la te de una factura con la te del contrato, acercando las dos hojas hasta casi juntarlas.
La ese abierta con la ese cerrada. Lee los cuatro folios de Gonzalo dos veces.
La segunda vez se detiene mucho rato en la última frase.
Luego abre el sobre de seda. Desdobla la hoja cuadriculada por sus pliegues gastados. Cinco líneas.
—«Si me pasa algo, que Lucía lo sepa» —lee en voz baja, con su acento. Levanta la vista—. ¿Usted es Lucía?
—Sí.
Me mira un momento por encima de las gafas. Dobla la carta con más cuidado del que esperaba y la devuelve al sobre.
—Allí —le digo, y le señalo la barrica de los calzos—. Mire la tapa.
Hélène se levanta y va. Se inclina sobre la madera con las gafas puestas. Pasa un dedo por las letras grabadas a navaja, «T. S. — G. M. 1998», como se pasa un dedo por una firma para saber si es de verdad.
Vuelve. Saca el móvil y llama a Burdeos. Habla en francés, rápido y bajo. Entiendo tres palabras.
«Nullité.» «Colchagua.» «Non.»
Cuelga. Se quita las gafas.
—¿Y los testigos?
—Una está fuera, en el patio, esperando. El otro bajará con la familia.
—¿Y cómo sabe usted que va a hablar?
—Porque se lo van a preguntar delante de un notario —le digo—. Usted, antes de abrir la escritura. Pida oír al ama de llaves y al abogado de la casa.
Hélène me mira con la cabeza un poco ladeada.
—¿Me está diciendo cómo llevar mi compra, madame?
—Le estoy diciendo cómo no perderla dos veces.
Mira el reloj de la pared. Las diez menos veinte. Han pasado once minutos.
No me echa.
Se pone a ordenar sus notas y yo me quedo quieta, con las manos debajo del mantel. Me bailan las rodillas. Las sujeto con las dos palmas, fuerte, hasta que paran. Cuento las barricas de la pared de enfrente. Veintidós.
Arriba, el secador se calla.
* * *
A las diez en punto bajan todos.
Primero, el notario de Haro, un hombre calvo y menudo con una cartera de piel negra y las gafas colgadas de un cordón.
Después, Íñigo Lasa, gris, con su carpeta de siempre.
Bea, con traje de chaqueta azul y el pelo recogido.
Y Victoria, la última: vestido azul marino, las perlas de su madre, el moño perfecto, el maquillaje perfecto.
Ni rastro del sábado. Ni de una puerta de Briones bajo la lluvia, ni del pelo chorreando.
Y detrás de todos, sin bajar el último escalón, Álvaro. Con la ropa de la vendimia y las manos moradas hasta las muñecas. Se queda apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No me mira. No mira a nadie. El notario le hace un gesto para que se siente; él niega con la cabeza.
Victoria se para en seco al verme sentada a la mesa.
—¿Qué hace esta mujer aquí?
—Está aquí porque yo la he invitado —dice Hélène, sin levantarse—. Desde el lunes pasado, madame, soy la acreedora de esta casa. Puedo invitar a quien quiera.
Victoria se sienta en la cabecera, frente a mí. Le sonríe al notario. Luego, sin dejar de sonreír, me habla bajo, para que solo la oiga yo.
—El sábado te hice una pregunta.
—Y te dije que te contestaría aquí. —Pongo la mano sobre la tapa de la caja de lata—. Esta es mi respuesta.
La sonrisa no se le mueve. Lo que se le mueve es la mano: va hasta las perlas y se queda allí.
El notario abre su cartera y saca la escritura de compraventa: cuarenta páginas grapadas, el precio en la primera, sesenta millones. La deja sobre el mantel y destapa su pluma.
—Antes de empezar —dice Hélène—, quiero oír a dos personas. El ama de llaves de la casa. Y el abogado de la familia.
Me levanto. Voy hasta la puerta de la escalera de visitas y la abro.
—Remedios.
* * *
Remedios entra en la sala de barricas con su abrigo gris y el bolso agarrado con las dos manos contra el pecho. Se sienta donde le indica el notario, junto a Hélène. Se le mueven un poco los labios.
Y habla.
Cuenta la primavera del noventa y nueve.
La luz de la cocina de madrugada. La mesa grande.
El papel de la oficina y el papel fino encima.
La pluma negra. La letra de un hombre copiada una vez y otra y otra por la señora de la casa, hasta que le salía igual.
La mañana del funeral de don Tomás, cuando la señora le mandó quemar en la chimenea un taco de papeles de calco.
—No los quemé todos —dice—. Uno se salvó. Está en Briones, en casa de mi hermana, y en una esquina lleva el nombre de la señora. La abogada de Madrid ya tiene una foto.
Hace una pausa. Mira al notario, no a Victoria.
—Hace veintisiete años una mujer me pidió esto mismo en el mercado de Haro, con una niña de la mano. Le juré que no había visto nada. —Le cuesta tragar—. La niña es esta. Hoy le digo que sí.
Victoria ni se inmuta.
—Es una criada resentida —dice, muy tranquila—. La he despedido.
—Se fue ella, mamá —dice Bea.
Victoria se vuelve hacia su hija como si le hubiera dado una bofetada.
Bea no aparta la mirada. La que fuma en los escalones, la que nunca ha estado en ningún bando más que en el suyo, acaba de elegir uno.
* * *
Victoria tarda tres segundos en recomponerse. Los cuento.
Luego abre su bolso, saca una carpeta azul y la desliza por el mantel hasta Hélène, sin prisa, la última carta de la noche.
—Ya que estamos oyendo a gente —dice—, oiga esto, madame.
Rey Capital. El fondo que compró nuestra deuda en marzo.
Y su analista sénior en Madrid: Lucía Ibarra Soler.
Firma los correos con tres letras. —Golpea la carpeta con una uña—.
Se casó con mi hijo para quedarse con esta casa.
Eso, en España, tiene un nombre. Y mi abogado lo va a escribir en una denuncia esta misma tarde.
El notario me mira por encima de las gafas. Es la primera vez que me mira.
Yo ya sabía que iba a sacar esa carpeta. Cristina se la mandó a Bea hace nueve días; Victoria no tira nunca una carta que todavía puede jugar. Llevo nueve días preparando la respuesta.
—Es verdad —digo—. Compré su deuda. Con mi nombre y mis dos apellidos en el expediente, a la vista de cualquiera que quisiera leerlo. —Pongo la mano sobre el contrato de 1998—. Usted escondió el de mi padre todos estos años.
Victoria abre la boca.
—Lo de la deuda ya lo sé, madame —dice Hélène, sin mirar la carpeta—. Me lo contó usted misma el sábado, por teléfono. Y el lunes me la vendió su jefe. —Aparta la carpeta azul con el dorso de la mano, hasta el borde de la mesa—. Lo que no sabía es lo otro. Siga, por favor. La segunda persona.
Victoria se vuelve hacia Lasa antes de que pueda abrir la boca.