Capítulo 22. Diez minutos #2
—Devuélvaselo a Victoria —le digo—. Y dígale que la cifra la ha puesto una señora que friega escaleras. Cero.
Lasa me mira mucho rato. Algo se le mueve en la cara, cerca de la boca. Podría ser una sonrisa, si le quedara práctica.
—El lunes, a las diez —sigo—. En la bodega.
Gira la copa sobre la mesa sin levantarla.
—Y otra cosa. —Se vuelve a poner las gafas—. Su segundo apellido lo leí. En la separación de bienes, en julio. Soler. Me temblaba tanto la mano que tuve que firmar la diligencia dos veces.
—¿Y no se lo dijo a nadie?
—A nadie. Ni a Victoria. —Mira la persiana bajada—. Es lo único que he hecho bien en todo este tiempo. Callarme una vez a favor de alguien.
—Si me preguntan el lunes, no voy a mentir —dice—. Ya no tengo edad para eso.
—Le van a preguntar. De eso me encargo yo.
En la calle, el coche blanco de Cristina sigue aparcado en doble fila, con las luces de emergencia puestas. Arranco una hoja de la libreta, escribo cinco palabras y la dejo doblada debajo del limpiaparabrisas.
No sé si servirá de algo. No sé ni si la leerá antes de que se la lleve el viento.
* * *
El jueves a las once de la noche, un coche gris para delante de la puerta verde. Bea no toca el claxon. Me escribe un mensaje desde dentro: «Baja. No voy a entrar en casa de la hermana de la criada».
Bajo. Me siento en el asiento del copiloto. El coche huele a tabaco y a un perfume caro que no le pega. Tiene la radio apagada y las manos en el volante, aunque el motor está parado.
—Lo del domingo de las perlas —empiezo—. Lo siento, Bea. Te lo dije de noche, en un pasillo. Te lo digo ahora.
—Ya me lo dijiste.
—Te lo digo otra vez. Me equivoqué contigo delante de tu padre. Y tu padre se murió tres días después.
Bea se queda mirando el parabrisas. Una polilla da golpes contra el cristal, por fuera, buscando la luz de la farola.
—Mi madre me ha ofrecido Burdeos —dice—. Consejera en Delorme, piso en Chartrons, sueldo en euros de los de verdad. Si el lunes firmo. —Saca un cigarrillo y no lo enciende—. Treinta y nueve años esperando a que alguien de esta familia me ofrezca algo que no sea un recado.
—¿Y vas a firmar?
—No lo sé. Por eso he venido. —Se vuelve hacia mí—. Para ver si tú sabes algo que yo no.
Lo pienso. Podría enseñarle los cuatro folios de su padre. Podría enseñarle el calco con el nombre de su madre en una esquina. Sería lo eficaz. Sería lo que habría hecho hace un mes.
Saco de la cartera la mitad de la foto, la que estaba en la caja de lata. Se la doy.
Bea la mira a la luz de la farola. Un hombre joven, con barba, sonriendo delante de una bodega recién construida.
—Este señor me subía a hombros —dice, muy bajo—. En la vendimia. A mí y a mi hermano, por turnos. Yo era la mayor, así que me tocaba primero. —Le pasa el pulgar por el borde cortado—. Creíamos que era un primo de papá.
—Era su socio.
—Ya. —Me devuelve la foto—. Se parece a ti cuando te enfadas.
No me dice qué va a hacer el lunes. Enciende por fin el cigarrillo, baja la ventanilla y espera a que yo me baje.
Cuando arranca, saca la mano por la ventanilla y la levanta un momento. No sé si es un adiós o un «ya veremos».
* * *
El viernes, a última hora, una furgoneta sucia de mosto aparca delante de la casa de Briones.
Álvaro baja. Barba de una semana. La misma camisa de la vendimia, con las mangas manchadas.
Remedios lo ha llamado. No me lo ha dicho.
Se sienta en la cocina, frente a mí, sin quitarse la chaqueta. No me mira. Mira el hule. Le doy los cuatro folios de su padre. Los lee dos veces. La segunda, con la mano sobre la boca. Antes de devolvérmelos, le hace una foto a la última hoja con el móvil.
—Mi madre —dice al fin.
No es una pregunta.
—Oí tu mensaje —dice después, todavía mirando el hule—. El del buzón.
—¿Y?
—Lo he oído muchas veces. En el coche. En el depósito, de madrugada. —Se frota los ojos con el pulgar y el índice—. No sé qué hacer contigo, Lucía. No sé si puedo. Me mentiste desde el primer día.
—Lo sé.
—Pero ahora sé lo que hizo ella. Y lo que calló él. —Se levanta. Se para en la puerta de la cocina, de espaldas, con una mano en el marco—. El lunes voy a estar en esa firma. No sé todavía de qué lado.
Quiero levantarme. Quiero cogerle la mano que tiene en el marco. No lo hago.
—La botella estaba en mi almohada —dice, sin volverse.
—Era de los dos.
Se queda un segundo más. La mano, en el marco, se le cierra.
Esta vez me levanto.
No le toco la mano. Me pongo detrás de él, muy cerca, sin rozarlo, y apoyo la frente entre sus omóplatos, en la camisa sucia de mosto. Huele a depósito, a sudor de tres días, a él. Noto cómo se le para la respiración.
No se vuelve. No se aparta.
Nos quedamos así, en la puerta de una cocina de Briones, con Tere fingiendo que friega al fondo y el grifo abierto para no oír. Medio minuto. Un minuto. Él sube una mano hacia atrás, a ciegas, y me la apoya en la cadera. Solo eso. La deja ahí, pesada, caliente, sin apretar.
—El lunes —dice, muy bajo.
—El lunes.
Retira la mano. Se va. Oigo la furgoneta arrancar y alejarse por la calle de piedra, y me quedo con la frente apoyada en el marco, donde estaba su espalda, hasta que Tere cierra el grifo.
* * *
El sábado no como.
A las nueve de la noche tengo los cuatro montones otra vez sobre el hule y la libreta abierta al lado.
Lo he escrito todo: el orden, los minutos, quién habla después de quién.
Las nueve y media, Hélène. Las diez, los demás.
Remedios. Lasa. Julio, en el patio, con el móvil en la mano. La palabra que le voy a mandar.
Lo leo por décima vez y me sudan las manos encima del papel.
—Come algo, niña.
—Si sale mal, Remedios, no me queda nada. Ni trabajo, ni marido, ni casa. —Lo digo en voz alta y suena peor—. Y a ti te he quitado la tuya.
Remedios se sienta enfrente. Me quita el bolígrafo de los dedos y lo deja encima de la libreta, cerrada.
—Yo ya me quedé sin nada una vez, cuando murió mi marido. Se sobrevive. —Me pone delante un plato de sopa—. Lo que no se sobrevive es callarse. Eso te va comiendo por dentro hasta que no queda nada que salvar.
Se levanta a por pan. De espaldas, en el fregadero, lo dice.
—El lunes hablo.
* * *
A las once vuelve a llover. Alguien llama a la puerta con los nudillos. Tres golpes secos.
Abre Remedios. Se queda quieta en el umbral.
Es Victoria.
Sola, sin paraguas, con el abrigo empapado y las perlas pegadas al cuello mojado. Parece más baja. Más vieja. El moño plateado se le ha deshecho y el pelo le cae sobre la cara en mechones oscuros de agua. Nunca la he visto despeinada.
No entra. Me busca por encima del hombro de Remedios y me encuentra al fondo, en la cocina, de pie junto a la mesa.
—Íñigo me lo ha contado todo —dice—. Lo de la caja. Lo que escribió Gonzalo. —Se le quiebra algo en la cara—. Y esta tarde Álvaro ha entrado en la cocina, se ha sentado enfrente de mí y me ha preguntado si fui yo. Nada más. Si fui yo. No le he contestado. Se ha ido sin cenar.
Da un paso. Remedios no se aparta.
—Te doy la mitad —dice Victoria—. Lo que era de tu padre. El lunes mismo, ante notario. Sin juicios, sin periódicos, sin que nadie sepa nada. Tu mitad para ti. —Le falla la voz—. Y tú me das esos papeles. Y nadie sabe nunca lo que pasó en mi cocina.
La lluvia suena en el tejado como un tambor. Remedios se vuelve a mirarme.
Es exactamente lo que vine a buscar hace catorce meses. Lo que era de mi padre. En una bandeja de plata.
Solo tengo que callarme.
—El lunes a las diez —le digo—. En la bodega. Allí te contesto.