La nuera Capítulo 22. Diez minutos
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Capítulo 22. Diez minutos

—Con esto se pide la nulidad del contrato del noventa y nueve —dice Marta Salas, y pone la mano abierta encima de mis fotocopias—.

Y la acción no caduca. Dirán que lo han tenido veintisiete años y que ya es suyo; eso lo discutimos en el juicio.

Un contrato con un nombre falsificado no ha existido nunca, jurídicamente hablando.

Es martes. Estamos en una cafetería del Espolón de Logroño, en un velador de mármol junto a la cristalera, con los plátanos del paseo goteando fuera.

Remedios, a mi lado, muy tiesa, con las manos sobre el bolso y un cortado que no ha tocado.

Hemos venido en el autobús de línea de las nueve, el que para en todos los pueblos de la ribera.

Marta ha salido de Madrid a las seis de la mañana. Compartimos apuntes de Mercantil en la facultad. Tiene el pelo más corto que entonces, una cartera de piel llena de pósits y la costumbre de quitarse las gafas cuando algo le parece serio. Se las ha quitado hace diez minutos.

—Presento hoy mismo la demanda en el juzgado de Haro —sigue— y pido una medida cautelar: que se prohíba vender las participaciones y la bodega mientras dure el pleito.

Como medida urgente, sin oír a la otra parte, porque hay una venta el lunes.

Si la jueza la acuerda, nadie puede vender esa mitad mientras dure el pleito.

—¿Cuándo?

—Si la jueza ve la prisa, en días. Si no la ve, después del lunes. —Me mira por encima de la taza—. El lunes a las diez llegas tarde, Lucía.

—Entonces tendré que estar allí.

—Allí no tienes ningún derecho a hablar. No eres parte de esa venta.

—No voy a hablar yo.

Marta se vuelve a poner las gafas. Me conoce desde los dieciocho años. Sabe cuándo no merece la pena preguntar.

—Los originales, en tu bolso hasta el juicio. No se los des a nadie. Ni a mí. —Recoge las fotocopias y las mete en la cartera—. Y una cosa más. Un papel, por bueno que sea, es un papel. ¿Hay alguien que viera algo? ¿Alguien vivo?

Miro a Remedios.

Remedios se mira las manos.

* * *

En el autobús de vuelta saco del bolso la tarjeta de Hélène Delorme. La misma cartulina gruesa, con el nombre en gris y, en el reverso, un móvil de Burdeos escrito a mano con tinta negra.

Lo escribió ella misma en la escalinata, el día del café, antes de dármela. El sábado marqué tres números y me arrepentí.

Llamo. Contesta al tercer tono.

—Madame Montalbán me llamó el sábado —dice, antes de que me presente—. Me dijo que es usted una estafadora. Y el fondo de su jefe me vendió ayer una deuda en la que usted, según parece, tenía mucho interés.

—Todo eso es verdad. Y no es lo importante.

Silencio. El autobús cruza el puente sobre el Ebro. Abajo, el río baja crecido por la tormenta del sábado.

—Lea otra vez el registro mercantil de 1998 —le digo—.

Y acuérdese de Colchagua. Del antiguo socio que apareció en Chile una semana antes de firmar, con sus papeles debajo del brazo.

Usted se levantó de aquella mesa. Aquí le va a pasar lo mismo.

Pero el lunes, con el notario delante y su firma ya puesta.

—¿Por qué debería creerla?

—No me crea. Lea.

Hélène tarda en contestar.

—¿Tiene testigos?

—Dos —le digo.

No tengo ninguno.

—¿Qué me está ofreciendo?

—Diez minutos. El lunes a las nueve y media, antes de que llegue nadie.

Otro silencio, más largo. Oigo una cucharilla al otro lado, contra una taza.

—A las nueve y media —dice al fin—. Diez minutos. Ni uno más.

Cuelga. Remedios me ha oído decir «dos». No me mira. Mira por la ventanilla las viñas ya vendimiadas, peladas, con las hojas poniéndose rojas.

* * *

El miércoles por la noche, después de cenar, le pregunto a Remedios lo que llevo dos días dándole vueltas.

—El día que me dijiste el nombre, en la cocina, me contaste que quemaste los calcos. La mañana del entierro. —Dejo la cuchara en el plato—. Lo dijiste muy deprisa, mirando el horno.

Remedios se pone blanca. Tere deja de recoger los platos.

—¿Los quemaste todos, Remedios?

No contesta. Se levanta, va a su habitación y vuelve con una Biblia.

Un libro gordo, de tapas de cartón forradas de tela negra, con el lomo despegado y una cinta morada que ya no marca nada. Se la regalaron en su primera comunión, en 1967. La abre por la mitad, por el libro de Job, donde las páginas están más gastadas.

Entre dos hojas, doblado, hay un papel fino, casi transparente, de color gris azulado.

Un papel de calco.

Lo acerco a la bombilla.

Al trasluz se ven líneas. Muchas, unas encima de otras, apretadas, repasadas hasta dejar el papel brillante.

Un nombre repetido quince, veinte veces, cada una un poco mejor que la anterior.

Tomás Soler. Tomás Soler. Tomás Soler. Las primeras torpes, con la te demasiado grande.

Las últimas, casi iguales a las del contrato de 1999.

Y abajo, en una esquina, pequeña, una sola vez, otra firma distinta. Rápida, segura, practicada durante toda una vida.

Victoria Garay.

—La mañana del entierro de tu padre me mandó quemar los calcos que había en el cajón de la cocina —dice Remedios—. Era un taco así. Los quemé, como me dijo. Pero este se quedó pegado al fondo del cajón, y cuando lo vi ya se había apagado el fuego.

—¿Por qué lo guardaste?

—No lo sé. —Se encoge de hombros, y luego se corrige—. Sí lo sé. Lo metí aquí porque era el único sitio de mi casa donde no mira nadie.

Le pido que lo vuelva a doblar y lo guarde donde estaba. Le hago una foto antes, al trasluz.

Después me siento frente a ella.

—Marta me preguntó ayer si alguien vio algo. Alguien vivo.

—Ya lo oí.

—Y yo le he dicho a la francesa que tengo dos testigos.

—También lo oí. —Cierra la Biblia y le pone encima las dos manos—. Si hablo, a mi Julio lo echan. Tiene cuarenta años y no sabe hacer otra cosa que vino. Y en esta ribera, si te echan los Montalbán, no te coge nadie.

—Lo sé.

—Hace veintisiete años tu madre me pidió esto mismo. —Se le quiebra la voz, pero sigue—. En el mercado de Haro, un jueves, contigo de la mano. Y le dije que no había visto nada. Me fui con la compra a medias.

La puerta de la calle se abre. Es Julio, con una barra de pan bajo el brazo y la ropa de la bodega. Viene todas las noches a cenar con su madre. Se queda quieto en el pasillo; lo ha oído.

Deja el pan en la mesa, encima del hule, al lado de la Biblia.

—Hable usted, madre —dice—. De vendimiar sé en cualquier sitio.

Remedios lo mira. Luego me mira a mí.

No dice que sí. Pero esa noche le mando la foto del calco a Marta.

Contesta a las dos de la madrugada. Una sola palabra, en mayúsculas.

«GUÁRDALO.»

* * *

El jueves por la mañana busco a Anselmo.

Lo encuentro donde me ha dicho Tere: en el bar de la plaza, en la mesa del fondo, jugando al mus con tres viejos de boina. Es día de descanso en la vendimia por la lluvia. Me ve entrar y deja las cartas bocabajo.

—La señora de la muñeca —dice.

Me siento en una silla que me arrima uno de los viejos. Les pido a los cuatro un vino. Se lo cuento a Anselmo en voz baja, con lo justo: el lunes, a las diez, en la bodega, delante de un notario y de una francesa, alguien va a volver a llamar empleado a mi padre.

Anselmo se rasca la barbilla. Tiene las uñas negras de mosto hasta la raíz.

—Eso ya lo dijo una vez delante de mí —dice—. En el noventa y nueve. A la cuadrilla. Que el señor Soler se había ido y que no se le nombrara.

—¿Y lo nombrasteis?

—En la viña, todos los días. En la casa, nunca. —Le da un sorbo al vino—. ¿Qué quiere que hagamos?

—Lo que se ha hecho siempre. El último cesto de la vendimia. El lunes a las diez y cuarto, en la sala de barricas. Cuando os avise Julio.

Anselmo mira a sus compañeros. Los tres viejos han dejado de fingir que no escuchan.

—Nos queda la última fila de la entrada —dice uno—. La que plantó él.

—Pues se deja para el lunes —dice Anselmo—. Y se vendimia temprano.

Recoge sus cartas. Antes de mirarlas, me señala con ellas.

—Treinta personas, señora. Con las tijeras puestas. Luego no me diga que no le avisé.

* * *

El jueves por la tarde voy a Haro, al despacho de Íñigo Lasa.

En la escalera de mármol me cruzo con Cristina. Baja con una caja de cartón en los brazos, llena de carpetas, con el abrigo abierto y sin maquillar. Se para dos peldaños por encima de mí.

—Mi padre no recibe —dice.

—A mí sí.

Me mira. Sin sonreír y sin desprecio. Cansada.

—Lleva dos días sin subir la persiana —dice—. No come. No coge el teléfono. —Cambia la caja de brazo—. Si vienes a hundirlo, ya está hundido.

—Vengo a darle una salida.

Cristina se lo piensa. Luego se aparta contra la pared para dejarme pasar.

Arriba, la secretaria se ha ido. Cruzo la antesala y empujo la puerta del despacho sin llamar. Lasa está solo, detrás de la mesa de caoba, con la persiana bajada y una copa de coñac delante que no ha tocado. Por las rendijas entra la última luz de la tarde, naranja, en rayas sobre la madera.

Dejo delante de él la tercera hoja de la confesión de Gonzalo. La que lleva su nombre.

Se ajusta las gafas. Lee.

Le tiembla la mano como aquel primer martes, en la comida, cuando Victoria nombró el noventa y nueve y la jarra golpeó el vaso. Como en la lectura del testamento. Como siempre.

Esta vez no la esconde debajo de la mesa.

—Yo lo sabía —dice—. Desde el primer día. Lo supe al ver la ese cerrada. Tu padre nunca cerraba las eses. Nunca. —Se quita las gafas—. El padre de Victoria me pagó este despacho. Estas paredes. Esta mesa. Y yo tenía una hija pequeña y ninguna prisa por ser honrado.

—Fue usted quien llamó a mi jefe el sábado.

—Me lo pidió Victoria. —Cierra los ojos—. Y la obedecí. Como siempre.

—¿Qué le dijo al oído en mi boda? En la barra.

Abre los ojos. Mira la copa.

—Que no bebiera —dice—. Que cuando bebo, hablo. —Empuja la copa un centímetro hacia mí con la punta de un dedo—. Llevo dos días mirándola.

Abre un cajón. Saca un papel azul claro doblado por la mitad y lo deja junto a la hoja de Gonzalo.

El cheque en blanco. Con la firma redonda de Victoria abajo a la derecha.

—Lo encontró el lunes la mujer que nos friega la escalera, debajo de la maceta. Me lo subió. —Lo dice sin entender todavía—. No lo ha cobrado.