La nuera Capítulo 21. La ese cerrada
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Capítulo 21. La ese cerrada

Al amanecer del domingo tengo todo lo que había en la caja extendido sobre el hule de la cocina de Briones.

No he dormido. He ido sacando los papeles uno a uno, alisándolos con la palma, y los he ordenado bajo la bombilla en cuatro montones. Fuera canta un gallo. En la chimenea quedan brasas de anoche.

El segundo son cartas, albaranes y facturas de aquel año escritos a mano por mi padre.

Un pedido de corcho a Portugal. Un presupuesto de barricas.

Una nota a un proveedor de botellas reclamando un envío con una sola palabra subrayada dos veces: «urgente».

La letra inclinada y rápida de la carta que me dio mi madre, multiplicada por veinte.

El cuarto son cuatro folios con la letra de Gonzalo, temblona, de los últimos días.

Encima de todo, la media foto. La he dejado boca arriba, apoyada contra el azucarero, para que me mire mientras trabajo.

* * *

Pongo la hoja de 1999 al lado de una factura de mi padre, bajo la luz. Remedios baja en bata, con las gafas de cerca en la mano, y se sienta junto a mí sin preguntar nada. Se ha hecho un café con leche que no se toma.

En la factura, la te mayúscula de Tomás tiene un gancho abajo, como un anzuelo. La ese de Soler se le escapa hacia arriba sin cerrarse, con prisa por llegar a la letra siguiente.

La firma de 1999 es perfecta. Demasiado perfecta.

Letras redondas, de colegio de monjas, de caligrafía aprendida.

La te no tiene gancho: tiene un lazo. Y la ese está cerrada, bien cerradita, como se cierra una ese cuando alguien la ha copiado cien veces sobre papel de calco y ya no sabe dejarla abierta.

—Es la letra de la señora —dice Remedios—. Cuando se esfuerza.

La firma verdadera de mi padre y la falsa, una al lado de la otra, sobre un hule de flores. Veintisiete años separadas.

Hoy vuelven a estar juntas.

Paso el dedo por la ese abierta de la factura. Mi padre tenía prisa hasta para firmar. Nunca terminaba nada del todo.

Igual que se fue.

* * *

Los cuatro folios tienen fecha del viernes dieciocho de septiembre. El día después de la silla.

«Yo, Gonzalo Montalbán Ruiz, en pleno uso de mis facultades y sabiendo que me queda poco tiempo, declaro lo siguiente.»

Remedios me pide que los lea en voz alta. Dice que ella no sabe leer la letra de don Gonzalo cuando tiembla, y es mentira: lo que no quiere es leerla ella.

Leo.

Que en abril de 1999 Íñigo Lasa le llevó a la oficina un contrato por el que Tomás Soler le vendía su mitad a cambio de que él asumiera las deudas.

Que la letra de su socio no era la de su socio, y que él lo vio.

Que no preguntó. Que su esposa, Victoria Garay, se lo confesó años después, una noche de Navidad, con demasiado cava, y que él ya lo sospechaba.

Que su suegro, el padre de Victoria, había pagado a Lasa.

Que después del entierro de Tomás, Victoria le pidió que quemara el contrato de sociedad de 1998, el bueno, y él le dijo que ya estaba hecho.

Que no lo quemó. Que calló por la bodega, por sus hijos y por cobardía.

Que cada año, por San Juan, iba solo a la curva del Ebro y se quedaba un rato en el arcén, sin bajarse del coche.

A mitad de la tercera hoja aparece el nombre de Lasa, con su segundo apellido y todo, y Remedios cierra los ojos. A mí se me quiebra la voz. Paro. Bebo agua de su vaso. Sigo.

La última frase está subrayada dos veces.

«La mitad de esta casa es de Lucía Ibarra Soler. Lo fue siempre de su padre. Pido perdón a los dos.»

Remedios se levanta, va al fregadero y se queda allí, de espaldas, con las manos en el borde de piedra.

En la puerta de la cocina, Tere, en camisón, con una rebeca por encima, ha oído la última frase. Se santigua. No entra. Se vuelve a la escalera sin hacer ruido, y oigo crujir cada peldaño hasta arriba.

Yo doblo los folios uno sobre otro. Catorce meses buscando esta prueba, y ahora la tengo en las manos.

Y lo único que quiero es que Álvaro esté sentado al otro lado del hule.

* * *

A las ocho de la mañana me suena el móvil. Es el fijo de los Montalbán. Lo sé antes de descolgar: nadie más en el mundo llama desde un fijo a las ocho de un domingo.

—Te voy a decir una cosa una sola vez —dice Victoria, sin saludar, con la voz descansada de quien ha dormido ocho horas—.

Las perlas de mi madre siguen teniendo una denuncia escrita en el cajón de Íñigo.

Sin firmar. Si el lunes cinco sigues en esta ribera, la firmo.

Una nuera echada de casa por ladrona, con un fondo de Madrid detrás.

Imagínate lo bonito que queda en el periódico de Logroño.

—Las perlas las puso Cristina. Lo vio media casa.

—Media casa trabaja para mí, querida. Y la otra media se está muriendo o se ha ido.

Cuelga.

Remedios ha salido de su cuarto con la bata puesta y el pelo suelto. Lo ha oído todo; en esta casa las paredes son de adobe, pero el teléfono suena alto.

—No la va a firmar —dice.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si la firma, yo declaro. Y ella lo sabe. —Se ata la bata—. Ha llamado para que no duermas, niña. Es lo que hace. Ve a desayunar.

* * *

A media mañana, una furgoneta de la bodega para delante de la puerta verde. No es Julio. Es él.

No baja. Toca el claxon una vez, corto, y espera.

Salgo con la chaqueta de Tere sobre los hombros. Él no apaga el motor. Me mira por la ventanilla abierta con la cara de alguien que ha dormido dentro de un coche.

—No vengo a perdonarte —dice—. Vengo a preguntarte una sola cosa. Y quiero que me la contestes sin pensar.

—Pregunta.

—¿Me quisiste alguna vez, o fue todo la carpeta?

No pienso. No me da tiempo.

—Te quise el martes de los espaguetis. Antes de saber que iba a tener que elegir. Y te sigo queriendo ahora, con la carpeta y sin ella.

Me mira. Le salta un músculo de la mandíbula.

—Eso no arregla nada —dice.

—Ya lo sé.

—Pero quería oírlo. —Mete la marcha—. Tengo la uva del jueves en los depósitos. Si se me pica, la pierdo.

Se va. La furgoneta dobla la esquina de la iglesia y se pierde.

Tere, que lo ha visto todo desde la ventana, no dice nada. Me pone delante un café con leche y una magdalena, y me aprieta el hombro al pasar.

* * *

Cuando sale el sol, Remedios corta pan del día anterior, lo tuesta en la plancha de la cocina de leña y lo deja en un plato delante de mí. Al lado pone un tarro.

Mermelada de albaricoque. Casera, con la tapa forrada de un cuadrado de tela de cuadros y una etiqueta escrita a mano: «Septiembre».

—La traje en la bolsa —dice—. Debajo de la caja. La hice este mes, con los albaricoques del patio de la casa. Ya sabía para quién.

—¿Cómo sabías que me gusta?

Remedios se sienta. Por fin se bebe el café con leche, frío ya, de un trago.

—Porque en aquella vendimia no querías otra cosa. Te la comías a cucharadas, sin pan, sentada en la mesa grande. —Se le tuerce un poco la boca—. Tu padre decía que le ibas a salir cara.

Unto la tostada. Me la como entera, despacio, mirando la media foto contra el azucarero.

Tenía razón mi padre. Le he salido cara a todo el mundo.

* * *

Por la tarde salgo a andar. Necesito aire.

Antes de bajar al río paso por la plaza.

Tere me ha dicho dónde ponían el tablado en las fiestas de la Asunción: contra la pared del ayuntamiento, entre el balcón y la fuente.

Hoy no hay nada. Cuatro coches aparcados, una fuente de piedra con un caño que gotea y un hombre muy viejo en un banco, con boina y bastón, que me mira pasar sin disimulo.

Me paro donde estaría el tablado. Justo delante de la fuente.

Intento oírlo. Una jota, desafinada, cantada por un hombre de barba de dos días a una mujer que se pone colorada. No oigo nada. Oigo el caño. No sé cómo era su voz; mi madre no guardó ninguna cinta, o no me la enseñó.

—Usted es de fuera —dice el viejo del banco.

—No del todo.

Asiente como si eso fuera una respuesta completa, y vuelve a mirar la fuente.

Bajo por las calles empinadas de Briones hasta el río, cruzo el puente viejo de piedra y sigo por el camino de la ribera, con las manos en los bolsillos de un chaquetón prestado que huele a naftalina.

Llamo a Nuria desde la orilla.

Nos conocemos desde los quince, en un instituto de Madrid. Yo llevaba un año allí y todavía decía «majo» y «de muerte», y nadie se sentaba conmigo en el comedor. Ella se sentó. Fue también la que tardó veinte minutos en abrocharme los botones del vestido de novia sin saber para qué me casaba.

—Te he llamado diez veces —dice nada más descolgar—. ¡Diez! Álvaro me ha mandado un mensaje rarísimo preguntándome si yo sabía algo.

—¿Qué te ha preguntado?

—«¿Tú lo sabías?» Así, sin más. A las tres de la mañana. —Oigo que se sienta—. Le he dicho que no sé de qué me habla. Y no lo sé. Cuéntamelo.

Se lo cuento. No todo, pero casi. Mi padre, la deuda, la carta, la lluvia del sábado, la caja de lata. Nuria me escucha sin interrumpir, cosa rara en ella.

Al final se queda callada un rato.

—¿Y tú cómo estás? No me cuentes lo de los papeles. Tú.

Miro el río. Baja crecido y marrón, arrastrando ramas.

—Llevo catorce meses pensando en lo que iba a sentir el día que tuviera la prueba en la mano, Nuria. Y ahora la tengo encima de un hule, en la cocina de una señora de Briones. Y solo pienso en la cara de Álvaro cuando le dije lo de la feria.

—Porque le quieres.

—Porque le quiero. Y porque le mentí.

—Las dos cosas a la vez —dice—. Bienvenida al mundo de los adultos, cariño.

—Le he dejado un mensaje en el buzón. Ayer, antes de salir.

—¿Y?

—Nada.

—Dale tiempo. —Lo dice muy seria, para ser ella—. Los buenos tardan más en perdonar, Lucía. Porque se lo habían creído todo.

Me río. Una risa corta y rota que se me convierte en otra cosa a mitad de camino. Me siento en una piedra de la orilla y lloro con el móvil pegado a la oreja, mientras Nuria, al otro lado, no dice nada y me deja llorar.

Cuando paro, me sueno con un pañuelo de papel que encuentro en el bolsillo del chaquetón, doblado, de la dueña.

—Mi madre quería que creciera sin odiar a nadie —le digo—. Me lo pidió en el hospital.

—¿Y?

—Que me ha salido regular.

—Te ha salido de miedo, Lucía. —Se le quiebra la voz a ella también—. Odias fatal. Se te nota que no tienes práctica.

Me río otra vez. Esta vez la risa me llega entera, hasta el final.

* * *

Esa noche, con Tere ya acostada, fotografío cada hoja con el móvil. Las cuarenta y tantas. Por las dos caras, sobre el hule, con la bombilla bien encima para que no salgan sombras. Lo hago como en la oficina: numero las fotos, las meto en una carpeta y la nombro con la fecha.

Después busco en la agenda un nombre que no marco desde hace dos años.

Marta Salas, la única de la facultad con la que sigo hablando. Tiene despacho en Madrid y la costumbre de no contestar nunca al primer tono.

Le mando las fotos. Debajo escribo una sola línea: «Firma falsificada en 1999. Venta de la bodega el lunes 5. ¿Llego?».

Contesta a los cuatro minutos.

«El martes estoy en Logroño. No toques nada. No hables con nadie.»

Meto los cuatro montones en la caja, por orden, y pongo la tapa. Me la subo al cuarto de la nieta y la dejo en la mesilla, a un palmo de la almohada.

A la una pasa un coche muy lento por la calle. Los faros barren el techo de lado a lado. Me incorporo. El motor no se para. Se aleja cuesta abajo, hacia el puente.

No era él. Me vuelvo a tumbar con el corazón en la garganta, como una cría.

* * *

El lunes, a las ocho y media, llamo yo a Julián.

No me lo coge. Llamo al fijo del despacho, a la planta once. Me contesta Ana, su secretaria, la que me guardaba los cruasanes de los viernes.

—Lucía. —Baja la voz—. No me dejan pasarte con él. Está fuera toda la mañana.

—¿Dónde?

—En una notaría. —Un silencio—. Yo no te he dicho nada.

Cuelga. Me quedo con el móvil en la mano en mitad de la cocina, con la caja de lata delante y el pan sin tostar.

Sé lo que está pasando ahora mismo en una notaría de Madrid. Y no puedo hacer nada más que mirar el reloj de la pared de Tere, que va cuatro minutos adelantado.

A las nueve y cuarto me suena el móvil. Una videollamada. Julián.

Ha salido a la acera para llamarme. Tiene detrás un portal de piedra con una placa dorada de notaría, una calle de Madrid con taxis blancos y un cielo gris de lunes. Corbata azul. Las gafas de montura fina. Se le ve tranquilo, recién afeitado, con el abrigo abierto.

—Te lo dije el primer día, Lucía. A mí me da igual quién pague.

—Sonríe con la boca cerrada—. Esta mañana he vendido la deuda de los Montalbán a Maison Delorme.

Al noventa y cinco por ciento. Hélène ha pagado sin pestañear.

Más de siete millones y medio de beneficio para el fondo.

Y el conflicto de intereses, resuelto: ya no es asunto nuestro.

—Julián, tengo pruebas de que el contrato de 1999…

—No me lo cuentes.

—Es una firma falsificada. La tengo delante. La…

—Que no me lo cuentes. —Levanta una mano hacia la cámara, la palma abierta, como para un taxi—. Si me lo cuentas, tengo que contárselo a la compradora. Lo que yo no sé, no lo vendo. Lo que tú no me has dicho, Hélène no me lo puede reclamar.

Me quedo mirando la pantalla. Llevo años aprendiendo de este hombre. Hoy me acaba de dar la última lección.

—Le has vendido una deuda con un pleito dentro.

—Le he vendido una deuda con una nuera dentro. Lo de la nuera se lo he dicho: por eso me ha pagado el noventa y cinco y no el cien. —Se encoge de hombros—. Lo demás es cosa tuya. Y suya, ahora.

—Te he hecho ganar siete millones y medio.

—Y yo te he enseñado a no encariñarte. —Se quita las gafas, las limpia con la corbata, se las vuelve a poner—. Estamos en paz. Por cierto: Hélène me ha preguntado por ti. Quería saber si eras buena.

—¿Y qué le has dicho?

—La verdad. Que lees los balances mejor que nadie que yo haya contratado. —Se inclina hacia la cámara—. Lástima que no sepas leer a la gente igual. Tu indemnización te la manda recursos humanos. Suerte, Lucía.

La pantalla se queda negra.

Remedios está en la puerta de la cocina, con un delantal de Tere puesto. Lo ha oído todo. No dice nada. Viene hasta mi silla, me pone una mano en el hombro, pesada y caliente, y me la deja ahí.

Me quedo mirando la pantalla. Me veo la cara reflejada en el cristal: el pelo sin peinar, el chándal azul de una niña de Briones, los ojos hinchados de la orilla del río.

La deuda de treinta millones. Mi arma. Lo único que me hacía intocable en aquella casa. Ahora es de los franceses. Delorme tiene la deuda, y el lunes que viene tendrá también la bodega.

Ya no tengo dinero con el que pelear.

Solo una caja de lata.