Capítulo 20. La caja de galletas
—Remedios —dice Victoria—. Llevas treinta y cinco años en esta casa.
—Treinta y cinco años y medio. —Remedios se cuelga la bolsa del hombro—. Y veintisiete callándome lo que vi en su cocina. Ya está bien.
Victoria abre la boca. No sale nada.
—Si sales por esa puerta —consigue decir al fin—, no vuelves a entrar.
—El mandil se lo he dejado en la mesa de la cocina, señora. Doblado. —Remedios se abrocha el último botón del abrigo—. Ya lo sabe usted dónde está la cocina. Aunque no baje de noche.
A Victoria se le va la sangre de la cara.
—¿Y la pensión de mi marido? ¿Has pensado en eso?
—Me la dejó él. No usted.
Por primera vez en treinta y cinco años y medio, la criada le ha hablado de pie.
Remedios baja la escalinata, abre el paraguas sobre mi cabeza y agarra la maleta con la mano que le queda libre.
—Vamos, niña. Que te vas a coger algo.
Detrás de nosotras, la puerta de los Montalbán se cierra sin ruido.
Nadie da un portazo. Es peor.
* * *
Julio nos espera al pie de la escalinata con la furgoneta en marcha y las luces encendidas. Lleva un rato esperando: tiene el cristal empañado y la radio apagada. Carga la maleta y la bolsa de su madre detrás, entre cajas vacías de vendimia, y nos abre las puertas sin decir nada.
Vamos a Briones, a diez minutos por la carretera de la ribera.
Por el cristal de atrás veo cómo se apagan una a una las luces de la finca entre la lluvia, hasta que solo queda la del porche, y luego tampoco.
Los limpiaparabrisas no dan abasto. Remedios va delante, con el paraguas cerrado entre las rodillas, mirando la lluvia.
Yo detrás, con el pelo chorreando sobre el abrigo y el bolso apretado contra el pecho.
En una curva, Julio me busca por el retrovisor.
—Don Gonzalo me dijo que si pasaba esto, la llevara a casa de mi tía —dice—. El martes, cuando lo subí a la cama.
Me quedo mirando su nuca.
—¿Qué más te dijo?
—Que no la dejara en ninguna estación de autobuses. —Pone el intermitente para nadie—. Que si usted se empeñaba en irse a Madrid, la llevara yo hasta Madrid.
—Lo había previsto todo —digo, y no me doy cuenta de que lo digo en voz alta hasta que lo oigo—. Hasta la lluvia.
—Lo de la lluvia no, señora —dice Julio—. Eso ha sido cosa de Dios.
Remedios le da un manotazo en el brazo sin volverse. Es casi una risa. La única que oigo en todo el día.
* * *
Tere nos abre antes de que llamemos. Es más baja que su hermana y más ancha, con un delantal de flores y una toquilla negra sobre los hombros. Mira a Remedios. Mira la bolsa atada con un cordel. Mira la maleta y me mira a mí.
—Ya era hora —le dice a su hermana.
Se abrazan en el umbral, bajo la lluvia, sin decir nada más, mientras Julio espera con la maleta en la mano y el agua chorreándole de la gorra. Después la deja en el pasillo, le da un beso a su madre en la frente y se va: mañana a las siete hay vendimia, haya quien haya en la casa.
La casa es de pueblo, de dos plantas, de piedra y adobe, con la puerta pintada de verde y un banco de madera al lado.
La cocina tiene el techo bajo, con vigas oscuras, y huele a leña y a cocido.
La hermana de Remedios se llama Tere y tiene las mismas manos que mi madre: rojas, cuarteadas, de agua fría.
No hace preguntas. Me da una toalla, ropa seca de su nieta y unas zapatillas de lana, y me manda arriba a cambiarme.
El cuarto de la nieta tiene una cama estrecha con una colcha de ganchillo, un póster de un grupo que no conozco y un crucifijo de madera encima del cabecero.
En la estantería hay trofeos de fútbol sala y una foto de comunión.
Me quito la ropa mojada y me pongo un chándal azul que me queda corto de mangas.
En el espejo del armario hay una mujer de treinta y tres años vestida de adolescente, con el pelo pegado a la cabeza y los labios morados de frío. Hace un mes llevaba un vestido de crepé con una fila de botones forrados a la espalda.
Abro el bolso para ver si se ha mojado la carta. El sobre de seda tiene una mancha de agua en una esquina; la hoja de dentro está seca, doblada en cuatro por sus pliegues de siempre.
Me siento en la cama. Los muelles crujen. Por la ventana se oye el agua bajar por la calle empinada, hacia el río.
No sé cuánto tiempo estoy así. Hasta que Tere grita desde abajo que se enfría el caldo.
Me lo tomo junto a la chimenea, envuelta en una manta, mientras ella se sienta enfrente con unas agujas de punto en el regazo y me mira un rato largo. Tiene la misma forma de mirar que su hermana: sin prisa, por capas, hasta el fondo.
—Yo conocí a tu padre —dice—. No mucho. Venía a las fiestas de Briones, a las de la Asunción, con tu madre del brazo.
Bailaba fatal. Pisaba a todo el mundo y se reía.
—Las agujas empiezan a moverse—. Una vez se subió al tablado de los músicos y pidió una jota para su mujer.
La cantó él, desafinando. Tu madre se puso colorada como un pimiento.
Dejo el tazón en la piedra de la chimenea.
—Mi madre nunca me lo contó.
—A lo mejor le dolía. Hay cosas que duelen más cuanto más bonitas son.
—Cuenta los puntos con la punta del dedo—.
Cuando murió, aquí se dijeron muchas cosas.
Que si bebía. Que si iba a ciegas por la carretera.
Yo nunca me lo creí. Un hombre que le canta jotas a su mujer delante de todo el pueblo no se mata por un papel.
—No se mató. Fue un accidente.
—Ya lo sé, hija. —Levanta la vista de las agujas—. Pero el papel tuvo la culpa.
Remedios, que está en el fregadero aclarando los tazones, deja de mover las manos.
—Tere.
—Ni Tere ni nada. —Tere no se vuelve hacia ella; me habla a mí—.
En el noventa y nueve, en verano, tu madre preguntó por el pueblo quién trabajaba en casa de los Montalbán.
Mi hermana vino aquí esa noche sin poder hablar.
Le dije: o lo cuentas o te vienes a vivir conmigo.
—Las agujas vuelven a moverse—. No hizo ni una cosa ni la otra. Hasta hoy.
Remedios cierra el grifo. Se seca las manos en un trapo, despacio, sin volverse.
—Hasta hoy —repite.
Abro el bolso. Saco la foto de carné y se la tiendo por encima del fuego.
Tere deja las agujas. Se pone las gafas, que le cuelgan de un cordón sobre el pecho. Sostiene la foto con dos dedos, lejos, y luego cerca.
—Ese es. —Se ríe por la nariz—. Con esa barba no le dejaban entrar en la iglesia. El cura le decía que parecía un gitano y él le contestaba que los gitanos bailaban mejor.
Me devuelve la foto. Antes de soltarla le pasa el pulgar por la cara al hombre del fotomatón, como se le quita una pestaña a un niño.
—Guárdala bien —dice—. Que de ese hombre ya no quedan muchas.
* * *
Cuando Tere se acuesta, Remedios se sienta frente a mí a la mesa de la cocina, cubierta con un hule de flores. Ha puesto dos vasos de agua y no ha bebido del suyo.
—Anoche bajaste al nicho y lo encontraste vacío —dice—. Lo sé porque esta mañana, antes de que se levantara nadie, bajé y vi el polvo removido delante de la reja. Pensaste que alguien se te había adelantado.
—No fue Victoria —le digo, antes de que siga.
Remedios levanta la vista.
—Victoria no tiene llave de ese nicho —sigo—.
Y si lo hubiera vaciado ella, habría quemado lo que había dentro y no se habría molestado en volver a colocar las botellas.
Alguien sacó cuarenta y dos botellas y las puso otra vez en su sitio, una a una.
Eso no lo hace una persona sola, y menos un hombre que no sube una escalera sin pararse.
—Pongo las manos sobre el hule—. Y Julio me ha dicho en la furgoneta que don Gonzalo le dejó dicho adónde traerme si me echaban. Aquí. A tu casa.
Se queda muy quieta.
—La tienes tú, Remedios. Lo que había en el nicho. Te lo dio él.
Tarda en contestar. Cuando lo hace, casi sonríe, con los ojos llenos.
—Eres igual que tu padre. Él también sumaba de cabeza lo que los demás no querían ver.
—Cruza las manos sobre el hule—. La noche que te sentó en la silla, don Gonzalo te pidió que le dejaras arreglarlo a su manera.
Al día siguiente me pidió mi llave, la del hilo rojo.
Bajó al calado de madrugada con Julio, agarrado a la barandilla.
Julio sacó las botellas una a una, le dio la caja del fondo y las volvió a colocar en su sitio.
Luego don Gonzalo me llamó al despacho. Me dio la caja y me dijo: «Si no llego al notario, se la das a la niña el día que la echen de casa. Porque la van a echar».
—En el coche me dijo «la siete». El martes. Que lo que era de mi padre estaba donde lo dejaron los dos.
—Con lo que le daban en el hospital ya mezclaba los días. —Remedios se seca los ojos con el dorso de la mano—. Para él, la caja seguía allí abajo, donde la escondieron el primer año. A lo mejor quería que lo estuviera.
Me quedo mirando el hule. Las flores, rojas y amarillas, gastadas en el sitio donde se apoyan los codos.
Una semana buscando lo que llevaba encima esta mujer. Desde el viernes de la silla.
—Te he visto pasar a mi lado con el llavero colgando de la cintura —le digo— mientras yo sacaba cuarenta y dos botellas de madrugada.
—Y yo te he visto a ti. —No aparta los ojos—. ¿Te crees que no me ha dolido? Te he visto bajar con la linterna y no he podido ni dormir.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—Porque él me dijo cuándo. —Lo dice muy simple, sin defenderse—. Me lo hizo jurar por mi Julio, con la mano encima de la colcha. «Si se la das antes, hace una locura antes de tiempo. Que la francesa esté ya sentada a la mesa.» Yo no sé de leyes, niña. Pero sé de esperar.
—Me dejaste buscar sola. De madrugada. Con una linterna.
—Te dejé buscar. —Le tiembla la barbilla—. Sola no. Estaba en lo alto de la escalera, cada noche, hasta que subías. Y esta vez he hecho lo que me han dicho bien hecho, aunque me haya costado tu cara de esta noche.
* * *
A las once suena el móvil. Julián.
—Me ha llamado Íñigo Lasa esta tarde —dice, con una voz que no le conozco, fría, separando las sílabas—.
La boda ya la sabía. Lo que no sabía es que mi analista se metió en la familia para quedarse con la bodega.
Que lo tienen todo documentado y que van a denunciar al fondo por conflicto de intereses.
—Julián, déjame que te explique.
—Me has usado, Lucía. Has usado mi dinero para una venganza personal.
—Tu dinero ha comprado al setenta una deuda que vale el cien. —Me levanto de la mesa. Remedios me mira desde su silla—. Te he hecho ganar nueve millones con una venganza personal. Ninguno de tus analistas te ha hecho ganar tanto con la cabeza fría.
—Eso no te lo discuto. —Oigo cómo se quita las gafas; conozco ese ruido de tantas reuniones—. Lo que te discuto es que me lo ocultaras.
—Tú sabías con quién me casaba. Me felicitaste la noche de la boda. «Por partida doble.»
Un silencio corto. Le oigo sonreír. Sé cómo sonríe cuando gana una mano: con la boca cerrada.
—¿Tienes ese mensaje?
No contesto.
—No lo tienes. Lo borraste esa misma noche. Lo borras todo, Lucía, siempre; te lo enseñé yo. —Se pone otra vez las gafas—. Estás suspendida desde este momento. Mañana te cortan el correo y el móvil de la empresa. Y el lunes voy a hacer lo que tengo que hacer para proteger al fondo.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que haría cualquiera. Cobrar. —Una pausa—. Ah. Lasa me ha mandado una foto. Para que me haga una idea, dice.
El móvil vibra contra mi oreja. Lo aparto y miro la pantalla.
Una foto tomada desde un camino de tierra, con el zum al máximo: una mujer entre cepas, con un delantal blanco manchado de mosto y una eme bordada en el bolsillo.
Yo. El día que Victoria y Cristina bajaron en el coche blanco a verme vendimiar.
—Mi mejor analista —dice Julián—. Con delantal.
—Ese delantal me lo regaló la mujer de tu deudor delante de doscientas personas —le digo—. Apúntaselo en la cuenta, Julián. Tú que cobras todo.
Cuelga.
Me quedo de pie en una cocina de pueblo, a las once de la noche, con el pelo todavía húmedo y una toalla sobre los hombros. Sin trabajo, sin marido, sin casa.
Faltan nueve días para el lunes cinco.
Hago la cuenta como la haría en la oficina: activos, pasivos. En la columna de pasivos no cabe nada más.
En la de activos, de momento, hay una mujer de sesenta y seis años con los ojos rojos.
Saco la libreta y escribo, porque no sé hacer otra cosa. «Sábado 26, 23:04. Julián. Suspendida.» La letra me sale torcida, cuesta abajo.
Miro el móvil. Ninguna llamada de Álvaro. Ningún mensaje. No sé si ha oído el del buzón; no sé si lo va a oír.
A las doce menos veinte vibra encima del hule. Su nombre en la pantalla.
Descuelgo. No dice nada. Se oye su respiración y, detrás, un motor parado y la lluvia contra un techo de chapa. Está dentro de un coche.
—¿Dónde estás? —le pregunto.
Tarda en contestar.
—Delante de la puerta de mi casa. Sin entrar. —Le oigo tragar—. ¿Y tú?
—En Briones. En casa de la hermana de Remedios.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho Julio. —Un silencio largo—. Solo quería saber si estabas en un sitio con techo.
—Estoy en un sitio con techo.
—Vale.
Cuelga. Me quedo con el móvil caliente en la mano, mirando la pantalla negra, oyendo todavía la lluvia de su coche dentro de la cabeza.
No me ha perdonado. Pero ha llamado.
Me asomo a la ventana de la cocina. La calle baja empinada hacia el río, con el agua corriendo por el centro del empedrado. Al fondo, por encima de los tejados, la torre de la iglesia de Briones, sin luz.
A diez minutos de aquí, en una cama que ya no es la mía, hay una botella tumbada encima de una almohada. No sé si la ha visto. No sé si ha vuelto.
* * *
Remedios sube a su cuarto. Oigo sus pasos en las tablas del techo, el chirrido de un cajón, la bolsa de viaje abriéndose. Baja con un bulto envuelto en un paño de cocina de cuadros rojos. Lo deja sobre el hule. Lo desenvuelve con cuidado, pliegue a pliegue.
Es una caja de lata. De las de galletas antiguas, azul, con el dibujo desvaído de un molino holandés en la tapa y los bordes oxidados.
Huele a óxido. Al hueco de la roca.
—Ábrela tú —dice—. Es tuya.
Remedios no mira la caja. Me mira las manos.
Pongo las manos encima de la tapa. Están frías, y la lata, más. No la abro todavía. Me quedo así, con las palmas apoyadas, sintiendo debajo el borde abollado de una esquina.
Catorce meses. Una boda. Un delantal.
Levanto la tapa. Cruje.
Dentro hay papeles doblados, amarillentos, atados con una goma elástica que se deshace en cuanto la toco. Y encima de todo, boca abajo, un trozo de fotografía con los bordes cortados a tijera.
Le doy la vuelta.
Un hombre joven sonríe delante de la puerta de una bodega recién construida.
Tiene mis ojos.