Capítulo 19. La maleta en la escalinata
A mediodía, desde el cuarto, oigo a Victoria hablar por teléfono en el vestíbulo.
He dejado la puerta abierta. No porque ella me lo haya pedido: porque quiero oírla.
Lo hace en voz alta, para que llegue a todos los rincones de la casa. Y en francés: un francés de colegio de monjas, lento, con las erres arrastradas.
— Madame Delorme, je suis désolée de vous déranger un samedi. Hemos descubierto algo muy grave. Mi nuera… la señora que le sirvió el café… trabaja para el fondo que tiene nuestra deuda. Se casó con mi hijo para quedarse con la bodega. Una impostora, madame. Una estafadora.
Una pausa larga. Victoria escucha.
— Oui, oui. El lunes cinco, a las diez, como estaba previsto. Nada cambia.
Cuelga. Sube la escalera. Se para delante de mi puerta abierta, en el umbral, sin entrar. Me mira sentada en el borde de la cama. No dice nada. Solo se queda ahí, respirando, lo bastante cerca para que yo sepa que ha ganado esta también.
Luego se va.
Tengo la tarjeta de Hélène Delorme entre los dedos. Papel grueso, letras grises en relieve. Le doy vueltas, una y otra vez, hasta que se me queda la esquina blanda.
Me la dio a mí. No a ella.
Podría llamarla ahora. Contarle mi versión antes de que se le enfríe la de Victoria. Marco los tres primeros números del móvil que viene en la tarjeta y paro.
¿Qué le digo? ¿Que mi padre no firmó? Tengo cinco líneas en una hoja de libreta cuadriculada. Mi madre también las tenía, y en Logroño le dijeron que eso no era nada. Sin un papel en la mano, mi voz es la de una estafadora defendiéndose.
Borro los números.
Todavía no sé si esta tarjeta vale algo.
* * *
A las dos nadie me llama para comer.
A las dos y media, Remedios sube con una bandeja. Un plato de lentejas, un trozo de pan, un vaso de agua y una manzana. La deja sobre la cómoda sin preguntar.
—Come.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre. —Me pone la cuchara en la mano y me cierra los dedos alrededor—. Come, que no sabes cuándo vas a volver a comer caliente.
La miro.
—¿Qué sabes?
—Que la señora ha llamado a Julio al despacho después de colgar. —Se seca las manos en el mandil, aunque las tiene secas—. Y que Julio ha salido con la cara de cuando se le muere un perro.
Como. Tres cucharadas, cuatro. Saben a laurel y a pimentón, a la cocina de abajo, a una casa donde alguien se ha acordado de que existo. Remedios no se va hasta que el plato está a la mitad.
En la puerta se para. Mira la botella de la mesilla, la que tiene la etiqueta contra la pared. Mira el sofá deshecho.
—El chico ha cogido el todoterreno a las dos menos cuarto —dice—. No ha dicho adónde.
* * *
A las cuatro salgo a buscarlo de todos modos.
Bajo hasta la viña vieja con un paraguas que no abro. El cielo se ha puesto del color del plomo y el aire huele a polvo mojado antes de la lluvia. No hay nadie entre las cepas; la cuadrilla trabaja hoy en la otra ladera. Se oyen voces a lo lejos y el motor de un tractor.
Al pie de la cepa más vieja, la del abuelo, encuentro su gorra de la vendimia, tirada en el barro. Está fría.
—¡Álvaro!
Solo me contesta un mirlo, que sale volando de entre las hojas.
Lo llamo al móvil. Suena cinco veces y salta el buzón. Su voz grabada, alegre, de otro mes: «Soy Álvaro, ahora no puedo, deja un mensaje». Cuelgo antes de la señal.
Bajo hasta los depósitos. Julio está subido a una escalera, removiendo el mosto con una pala larga. Me ve en la puerta y se baja.
—Se ha ido por la carretera del río —dice, sin que le pregunte—. Hacia Haro, o hacia más allá. Iba solo.
—¿Te ha dicho algo?
—Que no le esperáramos a cenar. —Julio se quita los guantes. Tiene los ojos de su madre, y la misma manera de no decir lo que sabe—. Señora Lucía. Lo de esta tarde… Yo no lo he elegido.
—¿Qué es lo de esta tarde, Julio?
No me contesta. Se vuelve a poner los guantes y sube otra vez a la escalera. Desde abajo le veo los brazos, la pala entrando y saliendo del mosto con un ritmo de remo. No vuelve a mirarme.
Vuelvo a la viña vieja. Me quedo un rato allí, con la gorra en las manos. Pienso en todas las veces que me trajo aquí, en enero, en marzo, en junio, para enseñarme cómo cambian las cepas con las estaciones. En que nadie en el mundo sabe tanto de estas plantas como él.
En que, si las cosas salen como yo quiero, la mitad de estas cepas será mía, y él tendrá que pedirme permiso para podarlas.
Esa idea me daba fuerzas hace un mes. Hoy me da náuseas.
Me siento en el murete. Caen las primeras gotas, gordas, separadas, que hacen un ruido seco al pegar en las hojas.
Lo que no llegó esta mañana en el cuarto llega ahora. Sin avisar, con la lluvia. Lloro con la gorra de mi marido en el regazo, doblada sobre mí misma, con la boca abierta y sin ruido, hasta que me duele el estómago. Nadie me ve. Para eso he venido hasta aquí.
Cuando paro, tengo el pelo pegado a la cara y las manos llenas de barro.
Me levanto para irme y oigo el motor antes de verlo. El todoterreno sube por el camino de tierra a poca velocidad, con los limpiaparabrisas al máximo, y frena a mi altura. No apaga el motor. No baja. Baja la ventanilla.
Tiene el pelo mojado, la cara gris y los ojos de no haber parado de conducir.
—Me he dejado la gorra.
Se la tiendo por la ventanilla. No la coge enseguida. Me mira la cara.
—¿Has llorado?
—Llueve.
—No me mientas más, Lucía. Ni con la lluvia.
El agua me corre por el cuello, por dentro de la camisa. Él tiene la mano en el volante, apretada.
—He estado en la curva —dice—. La de tu padre. Una hora, en el arcén, con el motor apagado. Quería ver qué se ve desde ahí.
—¿Y qué se ve?
—Nada. Unos chopos y un guardarraíl abollado. —Se le tuerce la boca—. Me he pasado treinta y seis años sin saber que había un sitio así a cuatro kilómetros de mi casa.
—Álvaro, déjame que…
—Mi madre dice que te vas a ir. Que lo tenías todo calculado, hasta la salida. Que las de tu clase siempre tienen la maleta hecha.
—Tu madre no sabe nada de mí.
—Ni yo. —Coge por fin la gorra—. Ese es el problema.
Doy un paso hacia la puerta del coche. Él sube la ventanilla hasta la mitad.
—Ahora no —dice—. Si me quedo, te digo algo que no se puede retirar. Y ya tenemos bastantes cosas así entre los dos.
Arranca. Las ruedas patinan un momento en el barro y luego agarran. Lo veo bajar por el camino hasta que la lluvia se lo come.
Vuelvo a la casa con la lluvia ya en serio.
* * *
A las cinco, Bea llama a la puerta del cuarto. No espera a que conteste. Entra con el pelo mojado y se queda de pie junto a la cómoda, mirando el plato de lentejas a medias.
—Mamá ha llamado a la francesa.
—Lo he oído. Lo ha oído toda la casa.
—¿Tienes algo? —Lo pregunta con la voz de reclamar una factura que no aparece—. Un papel. Una prueba. Algo que no sea una carta de tu padre.
—¿Cómo sabes lo de la carta?
—Porque lo has dicho esta mañana, Lucía. Cinco líneas y un anillo. —Se cruza de brazos—. Con una carta no se para una venta de sesenta millones. Lo sabes tú mejor que yo.
—Lo sé.
—El lunes firmo. —Lo dice mirando por la ventana, hacia la viña—. Es mi parte. Es lo único mío que hay en esta casa que no ha elegido mi madre.
—Lo sé, Bea.
—Pues si tienes algo, enséñamelo antes del lunes. —Se vuelve hacia la puerta—. A mí. No a ella.
Sale sin cerrar. La oigo bajar la escalera de dos en dos.
No tengo nada que enseñarle. Un hueco vacío en una pared de roca, con una marca en el polvo.
Aun así, abro la libreta por una página limpia. «Sábado 26, 17:05. Bea. A mí, no a ella.»
El móvil vibra encima de la colcha. Nuria. Es la tercera vez desde mediodía. Lo dejo sonar hasta que se calla.
* * *
A las seis menos cuarto paso por la cocina. Remedios está sentada a la mesa de pino, sola, con la luz apagada. Se ha quitado el mandil azul y lo está doblando en cuatro, con mucho cuidado, alisando cada pliegue con la palma. Lo deja en el centro de la mesa.
No me ve. O hace que no me ve.
Sigo por el pasillo sin entender lo que acabo de ver.
* * *
A las seis, Victoria entra en el comedor, donde estoy sola, mirando la lluvia por la ventana.
Trae en la mano los folios de Bea. Los deja sobre la mesa de nogal y los alinea golpeándolos contra la madera, por un lado y por otro, hasta que no sobresale ni una hoja.
—Fuera de mi casa —dice.
No grita. No le hace falta.
—Esta casa es de tus hijos, Victoria. Lo ha dicho el testamento.
—Y el usufructo es mío. Lo ha dicho el mismo testamento. —Sonríe—. Lee la letra pequeña, querida. Tú que lees tan bien.
Es la primera vez que me gana una mano con mis propias armas.
Lo pongo también. En la otra columna.
—Quiero la llave de tu cuarto —sigue—. Y la del nicho.
Saco del bolsillo del pantalón la llave del dormitorio. Hierro, larga, gemela de todas las del primer piso. La dejo sobre los folios.
—La del nicho no.
—Esa llave abre una reja de mi casa…
—Esa llave me la dejó tu marido. Lo leyó tu abogado delante de ti, delante de tus hijos y delante de una vitrina que temblaba de lo que te reías. —No subo la voz—. Si la quieres, pídesela a un juez.
Victoria me mira un rato largo. Luego asiente, despacio.
—Muy bien. Quédatela. Ya veremos qué abre en una casa donde no vas a poder entrar. —Coge la llave del cuarto y la guarda en el bolsillo de la chaqueta—. Si mañana te veo en la finca, llamo a la Guardia Civil. Y esta vez no me va a hacer falta esconder unas perlas en tu bolso.
—¿Y Álvaro?
—Mi hijo ha visto hoy quién eres. —Se da la vuelta hacia la puerta—. Cuando vuelva, no vas a estar. Te lo agradecerá.
—Me voy, Victoria. —Se para con la mano en el picaporte—. Pero el lunes a las diez vas a necesitar dos firmas que no son la tuya. Y ninguna de las dos es la mía.
No se vuelve. Se le tensa la espalda debajo de la chaqueta, un segundo. Después abre la puerta y sale.
* * *
A las siete llueve como no ha llovido en todo septiembre. Una lluvia gruesa, de tormenta, que rebota en la grava del patio y baja por los canalones con ruido de río.
Julio sube al cuarto con cara de funeral y empieza a meter mi ropa en la maleta de ruedas, la que traje de Madrid hace un mes. Le digo que lo hago yo. Me dice que no, que se lo ha mandado la señora, y que por lo menos así lo hace con cuidado.
Lo hace con cuidado. Dobla cada camisa en tres, igual que debe de doblarlas su madre.
Yo meto en el bolso lo mío. La carta en su sobre de seda. La foto de carné. La llave de latón y la nota de Gonzalo. La libreta negra, con la página rota. Y el delantal, doblado en un rincón, todavía con la mancha de mosto de la primera vendimia.
Todo lo que tengo de verdad en esta casa cabe en un bolso.
Me queda la botella.
La cojo de la mesilla. Pesa en la mano. Es mía: lo dice un testamento, lo ha leído un abogado. Para que la abra cuando sepa por qué.
La dejo encima de la almohada de Álvaro, tumbada, con la etiqueta hacia arriba. «SOLER Y MONTALBÁN.» No escribo nada al lado.
Julio la ve. No dice nada. Cierra la maleta y baja la escalera con ella en brazos, sin usar las ruedas, para que no golpee los peldaños.
—No se preocupe por el camino, señora —me dice desde el rellano, sin volverse—. Yo sé adónde hay que ir.
No le pregunto qué quiere decir. No me queda sitio para una pregunta más.
* * *
Bajo detrás de él. En el vestíbulo están Victoria, de pie junto a la consola de mármol, con los brazos cruzados, y Bea, apoyada en la pared, fumando dentro de casa.
Álvaro no está. No ha vuelto.
Me pongo el abrigo. Saco el móvil. Lo llamo otra vez, delante de ellas.
Cinco tonos. «Soy Álvaro, ahora no puedo, deja un mensaje.» La señal.
—Te prometí una cosa —le digo al buzón—.
En nuestro cuarto, la noche antes de los franceses.
Que si algún día me iba, te lo diría antes.
No después. —Victoria levanta la barbilla.
Bea deja de fumar—. No me voy, Álvaro. Me echan.
Pero te lo digo antes. Por si sirve de algo que por una vez cumpla lo que te dije.
Cuelgo. En la última frase se me ha roto la voz. Lo han oído las dos. Me da igual.
—¿Has terminado? —pregunta Victoria.
—Sí.
Bea mira el suelo. La ceniza del cigarrillo se le cae en la alfombra y no la sacude.
—Mamá —dice—. Está lloviendo.
—Ya lo veo.
—El delantal te lo puedes llevar —me dice Victoria—. Es tuyo.
—Ya lo sé. —Abro el bolso y le enseño la tela blanca, doblada en su rincón—. Lo llevo encima desde el primer día.
Bea apaga el cigarrillo en el cenicero de plata de la consola, el que no ha usado nadie nunca.
—Lucía.
Me vuelvo.
Abre la boca. La cierra. Mira a su madre de reojo.
—Nada —dice—. Vete.
* * *
Salgo.
La lluvia me empapa en tres segundos: el pelo, la camisa, los zapatos. La maleta está en el último escalón, con el agua corriéndole por encima como por una piedra en un arroyo.
Bajo la escalinata. Agarro el asa. Una de las ruedas se atasca en la grava y tengo que tirar con las dos manos, inclinada, con el agua entrándome por el cuello del abrigo. Me vuelvo una vez.
Arriba, en el segundo piso, la ventana del despacho está a oscuras. Hace un mes había un hombre detrás de ese cristal, apoyado en el marco, mirando cómo su hijo me besaba en la viña.
Ahora no me mira nadie desde ninguna ventana.
La nuera del delantal, echada de casa bajo la lluvia, con la maleta de Madrid. Victoria lo ha conseguido. Desde el banquete, era lo único que quería.
La puerta empieza a cerrarse.
Y de pronto se para. Alguien la sujeta desde dentro.
Es Remedios.
Lleva su abrigo gris, el del funeral, y un paraguas negro de hombre. A sus pies, en el suelo del vestíbulo, hay una bolsa de viaje de tela, vieja, abultada, con las asas atadas con un cordel.
Victoria se vuelve hacia ella como si hubiera oído un disparo.
—¿Adónde vas tú?
Remedios coge su bolsa.
—Con la niña, señora.