La nuera Capítulo 18. Tres letras
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Capítulo 18. Tres letras

Bea entra en el comedor a las nueve y media con un fajo de folios impresos y los deja caer sobre la mesa, delante del plato de su hermano. Encima de las tostadas.

—Léelo. Mira cómo acaban los correos del fondo.

Álvaro coge el primero.

Yo estoy sentada enfrente y reconozco el membrete antes que nadie. Es mi correo. El requerimiento de pago que Lasa leyó en voz alta en esta misma mesa dos días después de la boda.

Al pie, tres letras.

Dejo la taza en el platillo sin hacer ruido.

Anoche, a las cuatro, devolví las cuarenta y dos botellas a su nicho y escribí en la libreta cómo iba a empezar: «La carta.

Luego, la feria. Luego, todo». A las nueve, cuando se despertó en el sofá, le dije que después del desayuno bajáramos a la viña vieja, que allí se lo contaba.

Me dijo que vale y me dio un beso en la frente, el primero desde el funeral.

He llegado tarde a mi propia confesión. Por media hora.

—L. I. S. —dice Bea, de pie, con los brazos cruzados—. El tal Lis que nos escribía. Lucía Ibarra Soler. Lo vi anoche, con la botella encima de la mesa. Soler, como la etiqueta. Soler, como tu segundo apellido, el que nadie lee.

Deja otro folio encima del primero. Una página web de empresa, impresa en color.

—Rey Capital. El fondo que compró la deuda de papá en primavera.

Y esto es tu perfil de LinkedIn: «Analista sénior, Rey Capital, Madrid».

Lucía Ibarra Soler. Me lo ha mandado Cristina esta mañana, desde el despacho de su padre.

Le bastó con juntar las tres letras de los correos, el nombre de tu citación y un buscador.

—Me mira—. Y antes de que digas nada: ya te dije que te vi bajar al calado con Remedios.

Por si me lo negabas, a la mañana siguiente estaba tu huella descalza en el polvo del último escalón. Me callé porque me daba igual.

Se sienta.

—Ya no me da igual. —Me mira sin parpadear—. Me llamaste cómplice delante de mi padre, con el collar todavía en la mano de Remedios. Esa noche no dormí. Me puse a buscar quién eras. Y Cristina me ahorró la mitad del trabajo.

Ahí está. No ha sido Victoria, ni Cristina, ni la casualidad. He sido yo, una tarde de domingo, con la boca más rápida que la cabeza.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Porque si lo que pone aquí es lo que creo, en esta casa hay alguien que se va a quedar sin nada, y no sé todavía quién. —Me mira la mano, el anillo—. Y porque a mí también me has mentido. Aunque te dé igual.

* * *

Álvaro no mira los folios. Me mira a mí.

—¿Es verdad?

Tengo la mentira preparada desde hace catorce meses, pulida como una piedra de río. Una coincidencia. Un expediente que me tocó por reparto. Un apellido corriente, de miles de personas.

No la uso.

—Sí.

—¿Quién es Soler?

La misma pregunta que me hizo ayer en el calado, con la botella en la mano. Entonces le contesté la mitad.

—Mi padre. Tomás Soler Garrido. El otro nombre de la etiqueta.

Bea descruza los brazos.

—Fundó esta bodega con el tuyo en 1998 —sigo—. En 1999 apareció un contrato por el que le vendía su mitad. Con su firma. Él no lo firmó nunca. Esa misma noche se estrelló con el coche en la curva del Ebro.

—¿Y quién lo firmó, entonces?

No contesto enseguida. Tengo el nombre en la boca desde el viernes de la silla. Lo tengo dicho por Remedios, en esa cocina, a las seis de la mañana. Lo que no tengo todavía es un papel que lo demuestre.

—No te voy a dar un nombre sin pruebas —le digo—. Bastante te he dado ya sin ellas.

Pero se me van los ojos. Un segundo. Por encima de su hombro, hacia la puerta.

Álvaro se vuelve a mirar qué miro.

Su madre está en el marco, con una mano en la madera. No se mueve. No se va. Le sostiene la mirada a su hijo con la cara lisa, sin una arruga.

Álvaro vuelve a mirarme a mí. Ha tardado un segundo de más.

—¿Y tu madre?

—Denunció. Tres años de juzgado con un abogado de oficio, sin dinero. Lo archivaron. Después fregó escaleras el resto de su vida. —Trago saliva—. Me dejó una carta de cinco líneas y un anillo.

—Una denuncia en Logroño. —Bea habla sola, mirando la mesa—.

Yo tendría catorce o quince años. Mamá volvió un día de Logroño con un traje negro y un vestido nuevo para mí, de una tienda de la calle Portales.

Dijo que había ganado una cosa. —Levanta la vista hacia la puerta y la baja enseguida—.

Me lo puse para la comunión de una prima.

Nadie dice nada. Victoria, en el marco, tampoco.

Álvaro mira el anillo de mi mano derecha. En la fuente de piedra, el día de la vendimia, me preguntó si era de mi madre y le dije que sí. No le dije quién se lo había regalado a ella.

—¿Y la deuda?

—La compré yo. En marzo. Para tener algo con lo que pelear.

No adorno nada. No pido perdón. Lo miro a los ojos todo el rato. Es la primera vez que lo cuento en voz alta, de corrido, y me sorprende lo poco que ocupa. Veintisiete años caben en cinco minutos.

—Con el dinero del fondo. —Bea ya ha sacado el móvil y hace la cuenta en la calculadora, por costumbre—. Treinta millones al setenta son veintiuno. Si mamá paga el cinco, vuestro fondo gana nueve. —Me mira—. ¿Y tú?

—Yo no gano nada si paga.

—Claro. Tú no quieres que pague. Tú quieres la mitad. —Deja el móvil bocabajo sobre el mantel—. La mitad de lo que es mío.

—La mitad que era de mi padre, Bea.

—Que ahora es mía. —No lo dice con rabia. Lo dice como lee una cláusula en una reunión, para que conste en el acta—. Lo apunto, Lucía. Tú no eres la única que apunta.

Victoria sigue en la puerta. No interrumpe. Se toca las perlas, una por una, contándolas.

Hace mucho que no se daba un gusto así.

* * *

—¿Mi padre lo sabía? —pregunta Álvaro.

—Desde mayo. Desde la pedida.

Lo encaja como se encaja un golpe en el estómago: se le doblan los hombros hacia delante un centímetro y se le va el aire.

—Por eso la silla.

—Por eso la silla.

—Por eso la llave. Y el testamento de junio. Y «cuida de ella». —Se ríe, una risa corta y espantosa—. Mi padre se estaba muriendo y te estaba pidiendo perdón a ti. A mí no me dijo ni que estaba enfermo.

No contesto. No hay nada que contestar a eso.

—La feria de Madrid —dice—. ¿También la feria?

—Sí. Fui a buscarte.

Se le mueve algo en la cara. Algo que se rompe por dentro sin hacer ruido, como un vaso que se raja y no termina de partirse.

—La pregunta de las barricas. La traías preparada.

—Sí.

—¿Y lo demás? El amanecer en la viña. Lo que me dijiste en el porche. Lo de la iglesia. —Se le quiebra la voz—. ¿Eso también estaba en tu carpeta?

—No. Eso no, Álvaro. Eso no estaba en ningún sitio.

—El martes de los espaguetis. En tu piso. —Se frota la frente con la mano abierta, fuerte, hasta dejarse una marca roja—. Cuando me quemé los dedos con el escurridor y te reíste tanto que tuviste que sentarte en el suelo. ¿Eso también?

—Ese martes me enamoré de ti.

—¿Y cómo lo sé?

—No lo sabes. —Me cuesta decirlo—. Eso es lo que te he quitado. Que puedas saberlo.

Se levanta. La silla cae hacia atrás y golpea el suelo.

—Te lo pregunté. La noche de la vendimia, sentado en la cama. Si había algo que yo no supiera. Y me dijiste que nada que importara esa noche.

—Lo sé.

—El sábado, en Haro. Te pedí que nos lo dijéramos todo. Aunque doliera. —Me señala con la mano abierta, temblando—. Y me dijiste que sí. Me miraste a los ojos y me dijiste que sí.

—Iba a contártelo hoy.

—Hoy. —Asiente muy deprisa, muchas veces—. Claro. Ayer eran «unos días», «cuando tenga el papel». Y en el hospital fui yo el que dijo «mañana». Qué bien nos lo hemos montado. Siempre después.

Coge los folios de la mesa. Los mira sin leerlos, las tres letras al pie de cada hoja.

—Después de lo de los franceses te pedí una cosa. Que no me escondieras nada que yo pudiera ver con mis ojos. —Deja caer los folios—. Lo tenía delante. En la etiqueta. En tu nombre. En tu correo, todas las mañanas, en la bandeja de mi hermana.

—Álvaro…

—¿Cuántas veces me has mentido?

Lo pienso. De verdad lo pienso, y eso es lo peor.

—No las he contado.

—Tú lo cuentas todo, Lucía. —Lo dice sin gritar, muy cansado—. Las tazas. Los escalones. Los días. Lo cuentas todo.

No tengo nada que decir. Cualquier frase que encuentro es peor que el silencio.

—Me he acostado contigo cada noche de este mes —dice, muy bajo— sin saber con quién me acostaba.

Lo dice delante de su hermana. Delante de su madre. Me arde la cara hasta las orejas, y no bajo los ojos. Si los bajo ahora, ya no los subo.

* * *

—Hijo —dice Victoria desde la puerta, con una voz suave como un guante—. Siéntate. Ya lo arreglamos.

Álvaro se vuelve hacia ella.

—Tú no. —Le tiembla la barbilla—. Tú tampoco.

Victoria abre la boca. La cierra.

Él vuelve a mirarme. Tiene los ojos llenos de algo que no quiero ver nunca más en nadie.

—Ya no sé qué es verdad y qué no —dice—. No sé quién eres.

Y se va.

Oigo la puerta principal. Por la ventana lo veo cruzar el patio a zancadas y perderse entre las cepas de la viña vieja. Va sin chaqueta, bajo un cielo que se está poniendo negro por el lado del Ebro. La chaqueta sigue en el respaldo de su silla, con las mangas colgando hasta el suelo.

* * *

Victoria entra. Recoge la silla caída, la pone derecha, la arrima a la mesa. Se sienta en ella, en el sitio de su hijo, delante de las tostadas aplastadas por los folios.

Se sirve café. Le echa leche. Remueve.

—Te lo dije en el pasillo, la noche de las perlas —dice, mirando la taza—. Que cuando Gonzalo no estuviera, solo iba a quedar yo para darte las buenas noches. —Levanta los ojos—. Me he equivocado en una cosa. No va a hacer falta esperar a la noche.

No le contesto. No tengo una frase preparada, y ella lo sabe: me mira la boca, esperando una que no llega.

Bea se levanta de golpe.

—Mamá, ya está.

—Has hecho muy bien, hija. Muy bien.

Bea se queda con la mano en el respaldo, mirando a su madre. No le gusta. Se le nota en la boca, que se le tuerce hacia un lado: no le gusta que su madre le diga que ha hecho muy bien. Recoge sus folios uno a uno, sin mirarme, y se los lleva contra el pecho.

En la puerta se para.

—Yo no quería que se fuera así —dice, sin volverse. No sé a cuál de las dos se lo dice—. Cristina quería mandárselo a él directamente, al móvil, a las siete de la mañana. Le he dicho que no. Que se lo traía yo.

No sé si es un favor. Si lo es, no sé si me lo hace a mí o a su hermano.

Sale.

Victoria se toma el café a sorbos pequeños. Me mira por encima de la taza con una calma que no le he visto nunca, la de la gente que ya ha ganado y puede permitirse no tener prisa.

—A mediodía voy a hacer una llamada a Burdeos. —Deja la cucharilla en el plato—. Me gustaría que la oyeras. Sube a tu cuarto y deja la puerta abierta.

—Mi cuarto no tiene secretos, Victoria. Ya se los has sacado todos.

—No todos. —Sonríe—. Pero hoy me conformo.

Se levanta. Al pasar a mi lado se para.

—Vete a buscarlo, si quieres —dice—. Corre. A ver si te da tiempo de inventarte otra.

* * *

En el pasillo de la cocina, Remedios me corta el paso. Tiene las manos llenas de harina y me agarra del brazo con ellas, sin importarle la manga.

—Ahora no, niña. —Lo dice muy bajo, mirando hacia el comedor—. Déjale. Los hombres de esta casa vuelven de la viña cuando se les acaba la rabia. Antes, no.

—¿Y si no vuelve?

—Vuelven siempre. —Me suelta. Me ha dejado cinco dedos blancos en la manga—. Sube. Y no llores donde te vea ella.

Subo al cuarto.

La botella sigue donde la dejé anoche, mirando a la pared. La cama está sin deshacer; el sofá, con la forma de su cuerpo todavía en el cojín y la manta caída en el suelo. Recojo la manta. La doblo. La vuelvo a dejar donde estaba, porque doblada parece que no va a volver.

Saco la libreta del pantalón y la abro por la última página escrita.

«La carta. Luego, la feria. Luego, todo.»

Lo tacho. Una raya, dos, tres, hasta que el bolígrafo rompe el papel. Luego me quedo mirando el agujero.

Paso las hojas hacia atrás. «Martes 8, 14:20. Lasa. Noventa y nueve. Jarra.» La cuenta de Victoria, columna por columna: un delantal, una casa con escudo, «al servicio», un empleado. Treinta páginas de una letra pequeña y ordenada, con fechas, con horas, con nombres.

Álvaro no aparece en ninguna. Lo he apuntado todo menos lo único que no sabía cómo apuntar.

Saco el móvil. Escribo «Perdóname». Lo borro. Escribo «Vuelve». Lo borro también. Me quedo con la pantalla en blanco y el cursor parpadeando, como un pulso que no se decide.

Se me aflojan las piernas y me siento en el suelo, con la espalda contra la cama. No lloro. Sé que voy a llorar y no llega; se me queda algo atascado debajo de la garganta, del tamaño de un hueso de albaricoque.

Me levanto. Desde la ventana se ve la viña vieja. Entre las cepas hay una mancha clara que se mueve, se para, vuelve a moverse. Su camisa. Va de una cepa a otra sin rumbo, como se busca algo que se ha perdido en la hierba.

Podría bajar. Son trescientos metros. Me sé dónde se tuerce el camino y dónde está la piedra suelta del murete; me sé cómo se le pone la nuca cuando no quiere que le vean la cara.

No lo sigo.

Es lo único que he aprendido en esta casa: a no correr detrás de nadie.

Me equivoco.