La nuera Capítulo 17. La partida de nacimiento
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Capítulo 17. La partida de nacimiento

Media botella de coñac.

Bajo la calle Mayor bajo la lluvia sin abrir el paraguas, y la frase de Victoria me va golpeando las sienes al ritmo de los pasos. Media botella. Media botella. Un borracho que se estrelló.

En el portal de una zapatería cerrada me paro a coger aire. Saco la cartera. En el compartimento de detrás de los billetes, doblada en ocho, gastada en los pliegues hasta casi partirse, llevo una fotocopia del atestado de la Guardia Civil.

La pedí a los veinte años, con una instancia que tardó cuatro meses en contestarse. La he leído tantas veces que ya no la leo: la miro.

La despliego con cuidado contra el escaparate, protegiéndola de las gotas con el cuerpo.

Papel gris, letra de máquina, un sello azul medio borrado.

«Turismo marca Seat, color blanco.» «Exceso de velocidad en curva.

» «Firme seco.» Y más abajo, en la línea que me sé de memoria, una tasa de alcohol que hoy le habría costado una multa y unos puntos del carné.

No la vida. No la mitad de una bodega.

Mi padre bebió aquella noche, sí. Después de una pelea, en una bodega, con el papel que le robaba media vida en la mano. Nunca se lo he reprochado.

Lo que no le perdono a nadie es el resto de la historia.

Vuelvo a doblar el papel por sus ocho pliegues. Se me enredan los dedos y tardo en acertar. Una señora con un carro de la compra se para a mi lado, me mira la cara y me pregunta si me encuentro bien.

—Es la lluvia —le digo.

Me cree. Aquí todo el mundo cree que es la lluvia.

* * *

No vuelvo a casa con los demás. Bajo hasta la plaza de la Paz, porticada, con el templete de música en el centro y las terrazas recogidas por el agua.

Bajo los soportales hay una joyería antigua con el escaparate de madera pintada de verde y un cartel de latón sobre la puerta: el mismo apellido desde 1952.

Entro. Suena una campanilla.

Detrás del mostrador hay un hombre de unos setenta años, con chaleco de punto y una lupa de relojero colgada del cuello. Me quito el anillo y lo dejo sobre el terciopelo azul.

—¿Lo reconoce?

Se pone la lupa. Lo gira bajo la lámpara, lo mira por dentro, se acerca la piedra al ojo.

—Es de aquí. —Me señala una marca diminuta en el interior del aro: dos letras y una estrella—.

El contraste de mi padre. Lo dejó de usar en el dos mil.

Oro de dieciocho, esmeralda de Colombia.

Pequeña. —Me mira por encima de la lupa—.

Aquí, cuando alguien compraba una esmeralda, la quería grande, para que se viera desde la otra punta de la iglesia.

—Lo compró un hombre joven para su mujer. Con un amigo delante que le dijo que la piedra era demasiado pequeña.

El joyero sonríe.

—Pues el amigo no entendía de piedras. Las pequeñas son las que mejor color tienen. Las grandes, para tener ese verde, cuestan lo que un piso.

—Al final sí entendió —le digo—. Tardó un poco.

Me devuelve el anillo sobre la palma de la mano, sin tocarme los dedos, con el cuidado de quien devuelve una cosa que pesa más de lo que se ve.

—¿Cuánto le debo?

—Por mirar no se cobra. —Se quita la lupa—. Y por esta, menos.

Salgo a los soportales con el anillo otra vez en el dedo y me quedo un rato viendo llover sobre el templete. El agua cae en cortinas por los arcos y salpica las losas.

Dos amigos jóvenes eligiendo un anillo en esta plaza. Uno se quedó con la bodega del otro. El otro murió sin saber que su amigo, al final, iba a intentar devolvérsela.

Y sin saber que se equivocaba con la piedra.

Cruzo la plaza hasta Santo Tomás. La puerta lateral está abierta y dentro no hay nadie: huele todavía al funeral de ayer, a cera y a flores que empiezan a pudrirse en el agua de los jarrones. La corona de Bilbao sigue junto al altar, con su cinta morada.

Echo una moneda en el cepillo de las velas. Enciendo una. No sé rezar; mi madre no me enseñó, o no quiso. Me quedo de pie delante de la llama con las manos en los bolsillos del abrigo mojado.

—Media botella —le digo a la vela, en voz baja—. Ni eso.

La llama se tuerce con una corriente que viene de la puerta y vuelve a ponerse derecha.

Es la única respuesta que me ha dado nadie en todos estos años.

Cuando salgo de la iglesia ha dejado de llover. Bajo los soportales, delante de la joyería, hay un Mercedes plateado aparcado en doble fila, con el motor en marcha y los cristales empañados por dentro.

Lo conozco. Lo he visto cada martes bajar a la peluquería.

Me quedo quieta en el último escalón de Santo Tomás. El cristal del conductor baja un palmo. Victoria no me mira a mí. Mira el escaparate del joyero, el terciopelo azul, la campanilla de la puerta. Luego sube el cristal y el coche arranca y se va despacio calle abajo, hacia el puente.

No me ha seguido hasta aquí para hablar conmigo. Me ha seguido para que la vea.

Tardo un rato en moverme. Al otro lado de la plaza, el joyero ha salido a la puerta de su tienda con la lupa colgada del cuello y mira la calle por donde se ha ido el coche. Luego me mira a mí. Se encoge de hombros de golpe y vuelve a entrar.

Mañana Victoria vendrá a preguntarle qué me ha enseñado. No sé qué le contestará un hombre de setenta años que todavía usa el contraste de su padre.

* * *

Cuando el taxi me deja al pie del camino de los álamos, Álvaro me espera en la escalinata, sin chaqueta, con el móvil en la mano.

—Te he llamado seis veces.

—Estaba andando.

—¿Bajo la lluvia? ¿Sola? —Me mira el pelo chorreando, los zapatos, la cara—. Mi madre te ha dicho algo en la escalera. Lo sé por cómo ha bajado.

—Nada que no esperara.

Me quita el abrigo empapado de los hombros y se lo cuelga del brazo. No me pregunta más. Lo hace a propósito, lo noto: ha decidido no preguntar, y le cuesta.

A mediodía me llama Julián. Contesto en el jardín, junto a la viña vieja. Ya no queda nadie en la ventana del despacho para vigilarla.

—Delorme ha encontrado algo —dice—. Hélène pidió el registro mercantil del noventa y ocho. Dos socios al cincuenta por ciento. Un tal Tomás Soler Garrido. Ha pedido a los Montalbán que expliquen por escrito cómo pasó la mitad de ese señor a Gonzalo. Tienen hasta el martes.

Sembré esa duda en una taza de café. Ha tardado ocho días en germinar.

—¿Y qué va a pasar?

—Lasa les mandará el contrato del noventa y nueve y santas pascuas. Un papel firmado es un papel firmado. —Una pausa larga. Le oigo dejar el bolígrafo sobre la mesa—. ¿Soler, Lucía? ¿Como tu segundo apellido?

No contesto.

—Llevo años leyendo tus informes. Pones siempre las iniciales, nunca el nombre. Me hacía gracia. —Su voz no cambia, y eso es lo que da miedo—. Te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Hay algo que yo deba saber?

—Nada que cambie los números, Julián.

—Los números los cambia todo. Tú me lo enseñaste a mí, en una reunión, hace años. Con una nota al pie.

Es verdad. Mi primera semana en la planta once le encontré, en las cuentas de una cadena de gimnasios, una deuda escondida en un anexo que nadie había abierto; esa misma tarde me subió el sueldo. Lo que no le conté nunca es dónde había aprendido a buscarla, ni para qué.

Tarda en colgar. Le oigo respirar al otro lado, haciendo cuentas.

Julián nunca hace una pregunta cuya respuesta no esté ya calculando.

* * *

Por la tarde bajo al calado con la llave de latón. Álvaro baja conmigo. No quiere quedarse solo en la casa, dice. No quiere oír a su madre hablar por teléfono de los franceses con su padre todavía caliente en el cementerio.

Bajamos por la cocina, por los cuarenta y ocho escalones. Él delante, con la linterna. En la bóveda, la gota sigue cayendo en el mismo sitio.

La llave gira en la cerradura del nicho siete con un chasquido seco. La reja chirría, un chirrido largo de bisagra vieja. Dentro, filas de botellas tumbadas bajo un polvo gris y espeso como fieltro.

Cojo una de las pocas que conservan la etiqueta entera. Le soplo el polvo. La giro hacia la bombilla.

Letras doradas de imprenta antigua sobre papel amarillento.

«SOLER Y MONTALBÁN. COSECHA 1998.»

Álvaro lee por encima de mi hombro.

—¿Soler? ¿Quién es Soler?

—El otro socio. El que fundó la bodega con tu padre.

—Nunca me han hablado de ningún otro socio.

—Frunce el ceño, buscando algo muy lejos—.

Me acuerdo de un señor con barba que me subía a hombros en la vendimia, cuando yo era pequeño.

Olía a tabaco de liar. Creía que era un primo de mi padre.

—Se le apaga la voz—. Mi madre dice que la fundó mi padre solo.

Lo pone en el folleto de Burdeos. Lo pone en la placa de la entrada.

—Las placas las pone el que se queda.

Se me queda mirando.

—Nadie te ha hablado de él —le digo—. Nunca.

Me coge la botella de las manos. La gira bajo la luz, pasando el pulgar por las letras doradas. Su pulgar. Por un segundo me parece ver el gesto de Gonzalo en la pedida, el de mi padre en las catas. Me tengo que agarrar a la reja.

—¿Y tú cómo sabes eso, Lucía?

—Me lo contó tu padre. En la viña vieja.

Es verdad a medias. Y él lo nota. No sabe qué es lo que falta, pero lo nota: se le ve en la boca, que se le queda medio abierta, a punto de una pregunta que no hace.

—Hay muchas cosas que mi padre no me contó a mí —dice.

Deja la botella en mis manos. No la suelta del todo; la sujetamos los dos, por el cuello y por la base, con el polvo pegándosenos a los dedos.

—Te lo pregunté una vez —dice, muy bajo—. En el cuarto, con las manos todavía moradas. No me hagas preguntártelo otra.

Lo miro. Tiene los ojos rojos de tres días sin dormir y una mancha de polvo en la frente, de haberse apoyado en la piedra.

Ahora. Aquí. Doce metros bajo tierra, sin nadie.

—Cuando tenga el papel —le digo—. Te lo voy a contar con el papel en la mano. Si te lo cuento sin él, vas a tener que elegir entre mi palabra y la de tu madre. Y no quiero que elijas así.

—¿Y si el papel no aparece nunca?

—Entonces te lo cuento igual. Pero dame unos días.

Él me mira. No le gusta. No le gusta nada.

—Unos días —repite.

Suelta la botella. Sube la escalera delante de mí, sin esperarme.

Es la primera vez que no me espera.

* * *

A las nueve, Victoria preside la cena desde su extremo de la mesa. La silla de la cabecera vuelve a estar vacía: en el sitio de Gonzalo ha puesto un jarrón de lirios blancos, de los mismos de la iglesia, que empiezan a oler a agua estancada.

Entro la última. Llevo la botella en la mano.

La dejo en el centro de la mesa, entre los candelabros, con la etiqueta vuelta hacia ella.

—La herencia de Gonzalo —digo—. He pensado que podíamos brindar por él.

Victoria lee la etiqueta. El color se le va de la cara de golpe.

—¿Quién era Soler, mamá? —pregunta Álvaro.

—Un empleado. Un enólogo. Se fue enseguida.

—En la etiqueta no pone empleado.

Nadie se mueve. Remedios, en la puerta de servicio con la sopera en las manos, tampoco.

—Remedios —dice Victoria, sin mirarla—. Retire eso de mi mesa.

Remedios deja la sopera en el aparador. No toca la botella.

—Es de la señora Lucía, doña Victoria. Lo ha dicho el testamento.

—La pensión de mi marido es vitalicia, Remedios. —Victoria se coloca la servilleta en el regazo, alisándola con las dos manos—. Tu casa no lo es.

A Remedios se le encienden las orejas. Coge el cazo y sirve la sopa, plato por plato, empezando por el de Victoria, sin que le tiemble una gota.

Victoria tarda tres respiraciones en recuperarse. Las cuento. Luego coge la botella de rioja de la cena, la de este año, la que sí se bebe, y se sirve ella misma hasta media copa. La levanta hacia mí.

—Por Gonzalo —dice—. Y por los que se van enseguida.

Bebe. Sola. Nadie más levanta la copa.

Álvaro deja la servilleta junto al plato. No se levanta. Mira a su madre beber y no dice nada, y ese silencio es nuevo: hasta esta noche, cuando ella hacía algo así, él decía «mamá».

Bea mira la botella del noventa y ocho. Luego me mira a mí, con la cabeza un poco ladeada, con la cara que pone delante del portátil cuando una columna no le cuadra. Por primera vez desde la boda, me está haciendo cuentas a mí.

No es un vino viejo. Es la partida de nacimiento de esta casa.

Y Victoria acaba de saber que la tengo yo.

Al terminar la cena, recojo la botella antes de que nadie la toque y la subo al cuarto. La dejo en mi mesilla, de pie, con la etiqueta hacia la pared.

* * *

Álvaro se tumba en el sofá del cuarto, vestido, con el móvil en la mano. No ha querido meterse en la cama conmigo y yo no se lo he pedido.

Apago la luz. Desde la oscuridad, al cabo de un rato, le oigo.

—¿Mañana?

—Mañana.

No dice nada más. A las doce menos cuarto, su respiración se vuelve lenta y pesada.

A medianoche vuelvo a bajar. Sola, con una linterna.

Gonzalo no escribió «no es para beber» por una etiqueta. Lo que era de mi padre, me dijo en el coche, estaba donde lo dejaron los dos el primer año. En la siete. No en los papeles de Íñigo.

En la cocina, la cortina de hule está corrida. Me paro delante. La miro un momento. Esta noche Victoria sabe lo que sé yo, o se lo imagina. Si alguien ha bajado antes, todavía puede estar abajo.

Aparto la cortina. Escaleras a oscuras. Nada.

Cuento los cuarenta y ocho escalones. Abro la reja.

Saco las botellas una a una y las voy dejando en fila sobre el suelo de piedra, en formación.

Diez. Veinte. Treinta. Cuarenta y dos. Frías, pesadas, con olor a corcho viejo y a humedad.

La cuarenta y tres está arriba, en mi mesilla.

Las cuento en voz baja para no pensar en lo que voy a encontrar detrás.

O en lo que no.

Al fondo del nicho, detrás de la última fila, la piedra tiene un hueco. Un rectángulo excavado en la roca, del tamaño de una caja de zapatos.

Está vacío.

Meto la linterna. Meto la mano entera, hasta el codo, y palpo las paredes del hueco, el fondo, las esquinas. Piedra fría. Arenilla. Nada más. Huele a óxido, a lata vieja, a algo de metal que ya no está.

Pero en el polvo del fondo queda una marca. Un rectángulo más limpio, de bordes nítidos. Allí, hasta hace muy poco, había algo.

Me siento en el suelo, entre las botellas en fila, con la linterna apuntando al techo. La gota cae en el mismo sitio de siempre. Catorce meses, una boda, un delantal, una silla. Y alguien se ha llevado lo único que vine a buscar mientras yo lavaba tazas en esa cocina.

Me levanto. Vuelvo a mirar.

Paso el dedo por el borde de la marca.

El polvo de alrededor es de años.

La marca, de días.