La nuera Capítulo 16. La herencia de risa
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Capítulo 16. La herencia de risa

—¿Ella? —Victoria se vuelve hacia el abogado tan deprisa que el paraguas le gotea en el hombro—. ¿Por qué ella?

Lasa no contesta. Abre la puerta de su Audi oscuro y se sienta. Antes de cerrar me mira otra vez, a través de la lluvia. Es la mirada de alguien que debe algo desde hace mucho.

Gonzalo no llegó a entrar en el notario.

Pero algo dejó escrito.

* * *

Esa noche, Álvaro se acuesta de espaldas a mí.

No es un enfado. Es peor: es cansancio, un cansancio que le ocupa todo el cuerpo y que no me deja sitio. La lluvia golpea la ventana a rachas. Huele todavía a incienso, a la ropa del funeral tirada en la silla.

—¿Por qué te cita Íñigo? —pregunta al techo.

—No lo sé.

Es casi verdad. Sé que Gonzalo quería devolverme algo, y sé que el papel que lo decía se hizo ceniza en la chimenea de la cocina. Lo que haya en el despacho de Lasa no lo sé.

—Mi padre te ha dejado algo a ti. —Lo dice sin acusar, solo poniéndolo encima de la sábana para mirarlo—. A mí no me dijo ni que se moría.

—A lo mejor es una tontería. Un recuerdo.

—En mi padre no había tonterías, Lucía. Ni recuerdos. Había cosas que hacía y cosas que no hacía. —Se queda callado tanto rato que pienso que se ha dormido—. Te sentó en esa silla. Te dejó una cosa en el testamento. Me agarró la muñeca para que cuidara de ti. Y nadie me explica por qué.

Yo podría. Esta noche, a oscuras, con la lluvia de fondo. Podría empezar por la silla y no parar hasta la curva.

Y sé lo que pasaría. Sin un solo papel, sería mi palabra contra la de su madre, la noche del día en que ha enterrado a su padre. Le estaría pidiendo que eligiera entre las dos con los ojos cerrados. Y si elige mal, lo pierdo. Y si elige bien, lo rompo.

No se lo voy a contar con una frase. Se lo voy a contar con los papeles en la mano, para que no tenga que creerme a mí.

No digo nada. Cuento las gotas en el cristal. Llego a cuarenta.

Él no se da la vuelta. Pero al cabo de un rato estira el brazo hacia atrás, por encima de la sábana, a ciegas, y busca mi mano. La encuentra. Se la lleva al pecho y se queda así, de espaldas, sujetándola contra el corazón.

Me duermo con el brazo dormido y sin moverlo.

* * *

A las nueve y media, en la escalinata, Victoria reparte los coches.

—En el Mercedes vamos Bea, Álvaro y yo. —Se ajusta los guantes negros, dedo a dedo—. Tú vas con Julio, Lucía. En la furgoneta. Ya conoces el camino.

—Voy yo con ella —dice Álvaro.

—Hijo, es el testamento de tu padre.

—Por eso.

Coge las llaves del todoterreno del cuenco de la entrada y baja delante de mí sin esperar respuesta. Victoria se queda en el último peldaño con un guante a medio poner.

En el coche no hablamos. Los limpiaparabrisas van y vienen. Al llegar al cruce de Haro, en el semáforo, me coge la mano encima de la palanca de cambios y no me la suelta hasta que tiene que meter segunda.

—¿Tienes miedo? —pregunta, mirando el semáforo.

—No.

—Yo sí. —Arranca—. No sé de qué. Pero sí.

* * *

El despacho de Íñigo Lasa está en el primer piso de una casa de piedra de la calle Mayor, encima de una tienda de ultramarinos que ya no abre.

Se sube por una escalera de mármol gastado, con azulejos antiguos y una maceta de helechos en el rellano.

Dentro huele a papel viejo, a madera encerada y a colonia de hombre mayor.

En la antesala, detrás de la mesa de la secretaria, está Cristina.

No la esperaba. Lleva un jersey gris de cuello alto, sin joyas, y el pelo recogido en una coleta baja. Tiene delante una carpeta abierta y el teléfono de la oficina. Cuando nos ve entrar, se levanta y les da dos besos a Victoria y a Bea. A Álvaro no se acerca.

A mí me tiende una hoja grapada sin mirarme.

—Tu copia de la citación —dice—. La he pasado yo a máquina esta mañana. Mi padre no se fía del ordenador para estas cosas.

Arriba, en la primera línea, mi nombre completo. «Doña Lucía Ibarra Soler.»

—Ibarra Soler —lee ella en voz alta, y me mira por fin—. Qué bonito, el segundo. No lo había oído nunca.

—Es corriente.

—Seguro. —Se vuelve a sentar y cierra la carpeta con la palma—. Las cosas corrientes son las más fáciles de buscar.

Victoria ya ha entrado en el despacho. Álvaro me espera en la puerta, con la mano en el marco. Cristina vuelve a su teléfono y marca un número que se sabe de memoria.

Me guardo la citación en el bolso. Mi segundo apellido, escrito a máquina en el despacho del hombre que ayudó a borrarlo.

Delante de la mesa de caoba hay cinco sillas.

Victoria ocupa la del centro, de luto, con las manos enguantadas cruzadas sobre el bolso.

Bea, a su derecha. Álvaro, a su izquierda, con los ojos hinchados.

Yo me siento en la última, junto a la ventana, donde Victoria no puede verme sin girar la cabeza.

Lo he elegido así. En una mesa de negociación, el que obliga al otro a volverse ya lleva ventaja.

Lasa abre una carpeta de piel y saca la copia del testamento que Gonzalo le dejó firmada, con una nota del notario grapada en la esquina. Le tiembla la mano. Hoy más que nunca.

—Testamento de don Gonzalo Montalbán Ruiz —lee—. Otorgado en Haro, el catorce de marzo de dos mil once.

Es corto. Y no sorprende a nadie.

El usufructo de todo, para su esposa, Victoria Garay.

La propiedad de la bodega, las viñas, la casa y el calado, para sus hijos Beatriz y Álvaro, a partes iguales.

Unas mandas para la parroquia de Santo Tomás y para el asilo.

Una pensión vitalicia para Remedios, «en agradecimiento por sus muchos años de servicio y de lealtad».

Victoria asiente a cada línea: la lista de la compra, sin sorpresas. Bea hace cuentas con los labios. Álvaro mira por la ventana los tejados mojados.

Yo hago la mía. Usufructo para ella, propiedad para ellos. Victoria podrá vivir en la casa, cobrar las rentas y mandar en la bodega hasta el día de su muerte. Pero para vender un solo metro de tierra va a necesitar dos firmas que no son la suya.

Por una vez en su vida, tendrá que pedirlas.

Bea llega a la misma cuenta un segundo después que yo.

—O sea, que si mamá no quiere, no se vende —dice.

—Al revés, Beatriz. —Lasa se ajusta las gafas—. Si su hermano y usted no firman, no se vende. La señora tiene el uso. La propiedad la tienen ustedes.

Bea mira a Álvaro. Álvaro sigue mirando los tejados. Victoria sonríe al abogado con los labios cerrados, como se sonríe a un camarero que se ha equivocado de mesa.

—Mis hijos firmarán, Íñigo. No te preocupes por eso.

—El lunes cinco, antes de la venta, se firman la aceptación de la herencia y el acuerdo de la junta —dice Lasa, sin levantar la vista—. Lo tengo preparado. Hacen falta las firmas de Beatriz y de Álvaro en las tres cosas.

Lasa deja el papel. Se quita las gafas. Se las vuelve a poner.

—Hay algo más —dice—. Un testamento posterior, otorgado ante notario el doce de junio de este año. Mantiene el de 2011 en todo lo demás y añade una sola cosa. La copia autorizada ya la he pedido.

Victoria se endereza.

—¿De junio? No sé nada de ningún testamento nuevo, Íñigo.

—Don Gonzalo lo otorgó en Logroño, ante un notario que no es de esta casa. —Lasa no la mira—. Es una disposición menor.

Desdobla una hoja sola. Carraspea.

—«A Lucía, la prometida de mi hijo Álvaro, le dejo la llave del nicho número siete del calado de la casa. Y una botella de la cosecha de 1998, para que la abra cuando sepa por qué.»

La prometida. En junio, cuando Gonzalo me puso en un papel, yo todavía no llevaba su apellido. Él ya se sabía el mío. Los dos, el que llevo delante y el que llevo detrás.

* * *

Silencio.

Luego, la risa.

Primero Bea, una carcajada corta y sorprendida que se tapa enseguida con la mano. Después Victoria, echando la cabeza hacia atrás, con una risa de cóctel, educada y cruel, que llena el despacho entero y hace temblar el cristal de una vitrina.

—Una botella de vino —dice—. Del noventa y ocho. Eso no vale ni para vinagre, querida.

—Mamá —dice Álvaro.

—No, no, si es precioso. —Se seca una lágrima de risa con la punta del guante—. Muy de tu padre. Siempre fue un sentimental. Enhorabuena, Lucía. Ya tienes herencia.

—Papá dejándole herencias a la novia. —Bea niega con la cabeza, todavía sonriendo—. Si lo llego a saber, me busco yo un novio en junio.

Mi madre se acordó en el hospital de una risa bajita detrás de un guante, el día que su abogado leyó la carta. Aquella fue bajita. Esta ya no necesita esconderse.

Me río con ellas. Un poco. Lo justo.

Nadie se ríe nunca de quien se ríe con él.

Álvaro no se ríe. Me mira desde su silla, por detrás del perfil de su madre.

—La llave del siete —dice—. Se la pedí tres veces. De crío, de mayor, el año pasado. Me dijo que no las tres.

Victoria deja de reírse.

—Pues ya ves, hijo. Hay llaves que se dan a las visitas. —Se vuelve hacia la mesa—. Y esa llave es de un calado que ahora es de mis hijos, Íñigo. Con un usufructo que es mío. No sé qué pinta en el bolso de una nuera.

—Es válido, Victoria. —Lasa no levanta la vista del papel—. El borrador se lo preparé yo.

—Ya lo veo. —Victoria se quita un guante de un tirón y lo deja caer sobre el bolso—. Ya veo lo que redactas a mis espaldas.

Lasa abre un cajón y saca un sobre pequeño, amarillento, de los de antes. Lo empuja sobre la caoba hasta el borde, delante de mí.

—Don Gonzalo me pidió que se lo diera en mano —dice—. Él mismo cerró el sobre.

Dentro hay una llave de latón, pequeña, con una etiqueta de papel atada con un cordel. En la etiqueta, a lápiz, con la letra gruesa de Gonzalo, un número: siete.

Remedios tiene otra con un hilo rojo. Esta es la de él. La cojo y me la dejo en la palma abierta: pesa menos que una moneda, y está tibia, de haber pasado meses en un cajón junto a la calefacción.

—Y esto también —dice Lasa, más bajo.

Una cuartilla doblada, sin sobre. Una sola línea, con la letra temblona de los últimos días.

«La del noventa y ocho no es para beber.»

Lo guardo todo en el bolso. Victoria ya le sonríe a Bea, comentando algo de los franceses. No ha visto la segunda nota.

Lasa sí me ve guardarla. Y aparta la vista hacia la ventana, como un hombre que acaba de pagar un plazo pequeño de una deuda mucho más grande.

* * *

Al salir, Victoria le pide a Álvaro que acerque el Mercedes a la puerta, que llueve y ella lleva tacones. Él duda. Me mira. Bea le coge del brazo y baja con él, rebuscando un paraguas en el bolso.

En la antesala, Cristina ha colgado el teléfono. Escribe algo en el ordenador de la secretaria con dos dedos, muy deprisa, y no levanta la vista cuando paso.

Me agacho a por la citación, que se me ha escurrido del bolso en la puerta. Cuando me incorporo, Victoria no está bajando.

Me espera en el rellano.

Estamos solas, entre los azulejos antiguos y la maceta de helechos. Por la claraboya cae una luz gris de lluvia que lo vuelve todo de estaño.

—Sé quién eres —dice, sin rodeos—. La hija de Tomás Soler. Lo supe el viernes, cuando mi marido te sentó en esa silla. Lo que no sé es qué quieres.

—Ya lo sabes.

—Dinero. —Abre el bolso y saca una chequera de piel—. Pon tú la cifra. Cien mil. Doscientos mil. Te divorcias, te vuelves a Madrid, y el cinco de octubre esta familia vende y se olvida de que existes.

Miro la chequera. Es de un banco de Bilbao. La pluma negra asoma por el borde del bolso, una lengua oscura.

—Doscientos mil —repito—. ¿Sabes cuánto vale la mitad de esta bodega, Victoria? Los franceses ofrecen sesenta millones por el todo.

—La mitad que crees tuya no existe. Hay un contrato firmado.

—Hay un contrato. —Le sonrío—. Firmado, ya veremos.

Victoria destapa la pluma. Apoya la chequera en la barandilla y firma un cheque en blanco sin mirar, de memoria, con tres trazos limpios. Lo arranca por la línea de puntos. Me lo mete en el bolsillo del abrigo, por arriba, con la punta de los dedos: la propina de un aparcacoches.

—Por si cambias de idea. La cifra la pones tú. —Cierra la pluma con un clic—. Gonzalo te ha dejado una llave. Yo te dejo un cheque. Ya verás cuál de los dos abre algo.

Se acerca un paso más. Huele a laca y a un perfume de iris que cuesta lo que mi madre ganaba en un mes.

Y baja la voz hasta un susurro. Sonriendo.

—Tu padre era un borracho que se estrelló en una curva con media botella de coñac en el cuerpo. Eso es lo que era tu padre. Y lo que era suyo lo perdió él solito, por orgulloso.

No me muevo.

No le doy nada. Ni una lágrima, ni una palabra, ni un parpadeo. La miro con la cara quieta, como se mira en un museo un cuadro que no gusta, sabiendo que no se va a volver.

Victoria espera. Espera mucho.

Al final se da la vuelta y baja la escalera, taconeando sobre el mármol.

Me quedo en el rellano, agarrada a la barandilla, hasta que deja de sonar. Las rodillas se me aflojan de golpe y me tengo que sentar en el primer escalón, con el abrigo mojado pegado a las piernas.

Luego, solo luego, respiro.

Saco el cheque del bolsillo. Papel azul claro, con el nombre del banco en relieve. Todo en blanco salvo la firma, abajo a la derecha.

Victoria Garay. Redonda, inclinada, perfecta. Una firma que no ha temblado en su vida.

La miro mucho rato. Después doblo el cheque por la mitad y lo dejo debajo de la maceta de helechos, con una esquina asomando.

Las que friegan escaleras saben que lo primero que se levanta para fregar un rellano es la maceta. Me lo enseñó mi madre a los ocho años, un sábado, en un portal de la calle San Antón, mientras yo le sujetaba el cubo.

Que lo encuentre quien friegue esta escalera el lunes. Que ponga ella la cifra.

Me levanto.

Detrás de mí, la puerta del despacho sigue entornada. Lasa no ha salido. Está sentado a su mesa de caoba, con las gafas en una mano y el sobre roto del testamento en la otra, y me mira por la rendija.

Le tiembla la mano.

No la de las gafas. La del sobre.