La nuera Capítulo 15. Con el servicio
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Capítulo 15. Con el servicio

Se queda dormido con la cabeza en mi regazo y la mano en la mía. Julio arranca otra vez y el coche deja atrás la curva con un peso nuevo, el de algo que por fin se ha dicho en voz alta.

En casa, Álvaro ha abierto la ventana del cuarto de su padre de par en par. Lo suben entre él y Julio, cada uno de un brazo, con los pies de Gonzalo rozando los peldaños. Yo voy detrás con el bastón.

Desde la puerta del dormitorio veo cómo lo tumban.

Álvaro baja a por el oxígeno que han dejado los de la ambulancia en el vestíbulo.

Julio se queda a ajustarle la almohada, y Gonzalo le agarra la manga de la camisa y tira de él hasta tenerlo a la altura de la boca.

Le dice algo largo. Julio escucha con la cabeza baja.

Asiente dos veces.

Cuando sale, pasa a mi lado sin mirarme y se va escaleras abajo, hacia el coche. Vuelve con la carpeta de cartón bajo el brazo y la deja sobre la mesilla de su patrón.

A las seis, Gonzalo pide que suba Remedios. Están dentro diez minutos con la puerta cerrada.

Después Remedios baja a la cocina con la carpeta y la mete entera en la chimenea grande, la que solo se enciende en invierno. Prende una cerilla. El cartón tarda en coger y de pronto arde de golpe, con una llamarada amarilla que ilumina los azulejos.

Doy un paso hacia la chimenea. Uno solo. Remedios no se vuelve, pero levanta el atizador un palmo del suelo, sin amenaza, lo justo para que lo vea.

Me quedo en la puerta. No pregunto.

Es la primera vez que veo arder lo que vine a buscar. Huele a cartón y a la tinta de los márgenes, y el calor me llega hasta la cara desde cuatro metros.

Remedios remueve las cenizas con el atizador hasta que no queda un solo trozo de papel con letras. Luego se seca las manos en el mandil y vuelve a la masa del pan.

Ahí se ha ido la frase subrayada. «Volverá a su hija.»

Y él lo ha pedido.

* * *

A las diez subo una jarra de agua fresca. La familia cena abajo sin hablar; desde la escalera solo se oyen los cubiertos.

Gonzalo tiene los ojos abiertos, fijos en la ventana, en el negro de la viña. Le mojo los labios con una gasa, como me ha enseñado la enfermera esta mañana. Tiene la boca seca y agrietada, y cuando la gasa le toca, cierra los ojos de alivio.

Al abrirlos me mira la mano. El anillo.

—La piedra —dice. Casi no le queda voz—. No era tan pequeña.

Se lo dijo a mi padre delante de un mostrador de la plaza de la Paz, y lleva desde entonces queriendo desdecirse.

Le dejo la mano encima de la sábana, al lado de la suya, sin tocarla. Él mueve un dedo hasta rozarme el anillo.

Es lo último que me dice.

* * *

Gonzalo Montalbán muere esa misma noche, a las tres y diez de la madrugada del miércoles. En su cama, como quería, con la ventana entornada hacia la viña vieja.

Victoria duerme en el sillón, con una manta sobre las piernas. Álvaro está sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y la cabeza entre las rodillas. Bea se ha ido a su cuarto a medianoche porque no podía más.

Yo estoy en la puerta. Remedios, a mi lado, con el rosario de madera entre los dedos.

Cuando la respiración se para, nadie se mueve. El reloj de la mesilla sigue con su tictac. Fuera canta un grillo, uno solo, que no se ha enterado de nada.

Remedios entra. Le cierra los ojos con dos dedos, le cruza las manos sobre el pecho y le alisa el embozo de la sábana. Después abre la ventana del todo, empujando las dos hojas contra la pared.

—Para que salga —dice. Es una costumbre de su pueblo.

El golpe de la madera despierta a Victoria. Mira la cama. Mira a Remedios. Me mira a mí, en la puerta.

Y lo primero que pregunta, con la voz ronca de sueño, no es por su marido.

—¿Ha llamado a alguien? ¿Ayer? ¿Ha hablado con alguien?

Nadie le contesta.

Álvaro levanta la cabeza de las rodillas y mira a su madre. Sin decir nada.

Luego se pone de pie, pasa por delante de ella sin tocarla y sale al pasillo.

Le encuentro sentado en la escalera principal, a mitad de tramo, a oscuras. Me siento un peldaño por encima y le rodeo con los brazos por detrás. Tiene la espalda helada a través de la camisa.

—Lo primero —dice—. Lo primero que ha preguntado.

—Ya lo sé.

—Mi padre se acaba de morir, Lucía. Y ella quiere saber a quién ha llamado.

No le digo que yo sé a quién quería llamar él. A un notario de Logroño que no le debía nada a nadie de esta casa. No le digo que su padre se ha muerto con una carpeta quemada en la chimenea de abajo y con la foto de mi padre en mi bolsillo.

Le beso la nuca. Nos quedamos así hasta que la ventana del rellano se pone gris.

* * *

El miércoles es un día sin horas. Vienen los de la funeraria, el médico de cabecera para firmar el certificado, el cura, el alcalde, vecinos con fiambreras que nadie va a abrir. A media tarde se llevan el cuerpo a la capilla ardiente del tanatorio de Haro. Álvaro se va con él.

El dormitorio se queda con la cama deshecha y el bastón apoyado en la pared, junto a la ventana. Remedios quita las sábanas y se las lleva hechas un fardo contra el pecho, sin mirar atrás.

Yo me quedo. Cojo el bastón. El puño de asta tiene un sitio más claro, pulido, donde apoyaba la palma; alrededor, la madera sigue oscura. Pesa menos de lo que parecía cuando él lo llevaba.

Lo dejo exactamente donde estaba. En esta casa todo el mundo deja las cosas donde estaban, y yo empiezo a hacer lo mismo.

Vuelve a las once de la noche. Le oigo subir la escalera de uno en uno, igual que su padre.

Entra en el cuarto sin encender la luz. Se quita los zapatos, la chaqueta, el reloj. Se sienta en el borde de la cama, de espaldas a mí, y se queda así con las manos colgando entre las rodillas.

—Había cola para darme el pésame —dice—. Gente que no ha venido a esta casa en diez años. Todos me decían que era un gran hombre. Ninguno me ha dicho en qué.

Me incorporo. Le paso la mano por la espalda, por los hombros. Se vuelve.

No hablamos más. Me busca la boca en la oscuridad y yo le dejo, y luego le busco yo.

Es torpe y triste y tiene prisa, como tiene prisa la gente que se agarra a algo para no caerse.

No me suelta en ningún momento. Ni siquiera después, cuando se queda quieto encima de mí, con la cara en mi cuello y la respiración volviendo poco a poco a su sitio.

—No me sueltes —murmura.

—No te suelto.

Lo digo con toda la verdad que tengo. Y sé, mientras lo digo, cuánto me falta por decirle.

Se duerme con el brazo cruzado sobre mi cintura, pesado como un tronco.

* * *

A las dos de la madrugada oigo cajones en el despacho de arriba. Uno detrás de otro. Abiertos y cerrados con prisa, con golpes secos de madera.

Me escurro de debajo del brazo de Álvaro y subo en camisón. Por la rendija de la puerta sale la luz verde de la lámpara y, recortada en ella, la sombra de Victoria inclinada sobre la mesa de nogal: saca carpetas, pasa hojas, las tira al suelo. La alfombra está llena de papeles abiertos en abanico.

Busca el borrador. El del notario. Las anotaciones de los márgenes.

No lo va a encontrar. Lo vi arder ayer en la chimenea de la cocina.

Empujo la puerta un palmo. La bisagra cruje.

Victoria no se vuelve. Sigue con las manos dentro de un cajón.

—Si has venido a ayudar, cierra la puerta —dice—. Si has venido a mirar, también.

Cierro. Desde fuera.

Me quedo un momento en el rellano, con la mano todavía en el picaporte de latón, oyendo los cajones otra vez. Por primera vez desde la boda, Victoria y yo buscamos lo mismo en esta casa. Ella, para quemarlo. Yo, para leerlo.

Alguien se nos ha adelantado a las dos.

* * *

A la mañana siguiente bajo a la cocina antes que nadie. Remedios amasa con los ojos hinchados, golpeando la masa contra la madera. Cierro la puerta y le pregunto muy bajo por lo último que me dijo Gonzalo en el coche.

La siete. La del noventa y ocho.

Remedios deja de amasar. Se limpia las manos en el mandil. Y se lleva la mano, sin darse cuenta, al llavero que le cuelga de la cintura.

—Aquí no, niña —dice—. Y hoy no. Hoy se entierra a un hombre.

Vuelve a la masa, golpeándola más fuerte de lo que hace falta.

* * *

En el cuarto, Álvaro no encuentra la corbata negra. Abre y cierra los cajones de la cómoda tres veces, cada vez más deprisa, tirando calcetines al suelo. La saco yo de mi maleta, donde la metí el día de la boda por si acaso, y se la anudo delante del espejo.

Se deja hacer con los brazos caídos. Tiene los ojos rojos y barba de dos días.

—En el hospital me dijo una cosa —me cuenta, mirándose en el espejo por encima de mi hombro—. El lunes por la noche, cuando bajaste a por un café. Abrió los ojos y me agarró la muñeca. «Cuida de la viña vieja. Y de ella.» —Se le tuerce la boca—. No sé si hablaba de ti o de mi madre.

Ahora entiendo cómo se frotaba la muñeca junto a la ventana. Lo ha guardado dos días. Igual que yo guardo lo mío.

Le aprieto el nudo. Le aliso la solapa.

—¿Tú qué crees?

—Que de ti. —Se le encoge la barbilla—. Y no lo entiendo. Te vio cuatro veces antes de la boda.

Le doy un beso en la mejilla áspera y le pongo la chaqueta.

Le he mentido tantas veces en catorce meses que ya no sé cuál de mis silencios es el peor.

* * *

El funeral es el jueves a las doce, en Santo Tomás.

Llueve fino, una lluvia de otoño que no termina de mojar y no deja de caer.

Dentro huele a cera, a incienso y a paraguas mojados.

La iglesia está llena: bodegueros de toda la Rioja, el alcalde con su banda, proveedores de barricas y de corchos, un periodista con libreta.

Y la cuadrilla entera de la vendimia, con la ropa de los domingos.

Junto al altar, entre las coronas, hay una más grande que las demás, de rosas blancas, con una cinta morada y letras doradas: «Tu cuñado no te olvida. Bilbao».

Victoria se agacha a enderezar la cinta antes de que empiece la misa. Bea la mira hacerlo con los brazos cruzados.

—Mi tío ni ha venido —dice, sin bajar mucho la voz—. Manda flores, como a los proveedores.

Victoria no le contesta. Termina de colocar la cinta y se levanta.

Bilbao, otra vez.

En la puerta, Victoria, de luto riguroso, con las perlas de su madre sobre el negro, me para con una mano en el brazo.

—La primera fila es para la familia, Lucía.

—Soy la mujer de tu hijo.

—La familia de sangre. —Sonríe hacia los que miran—. Tú, detrás. Con el servicio. Ahí estarás más cómoda.

—Gracias, Victoria. Con el servicio siempre me he sentido en familia.

Se le congela la sonrisa delante de media Rioja.

Me suelto el brazo despacio. Camino por el pasillo central hasta el último banco, donde está Remedios sola, con su abrigo gris y un pañuelo hecho una bola en la mano. Me siento a su lado. Ella me coge la mano sin mirarme y la deja así, encima de su rodilla.

* * *

Pasa algo que Victoria no ha previsto.

Anselmo se levanta de su sitio a mitad de la nave, boina en mano, y viene a sentarse en mi banco.

Detrás de él se levanta Julio. Detrás de Julio, las dos familias de Ecuador, con los niños de la mano.

Los chicos rumanos, con camisas planchadas.

Los jubilados de Briones. Uno a uno, sin una palabra, la cuadrilla entera se cambia de sitio.

Los últimos bancos se llenan. Los del medio se quedan con huecos.

El cura los mira por encima de las gafas y sigue leyendo.

A mitad de la misa, durante el ofertorio, Álvaro se levanta de la primera fila delante de todos, camina por el pasillo central y se sienta a mi lado.

—Mi sitio está donde estés tú —me dice al oído.

Victoria lo ve. Lo ve toda la iglesia.

Cuando sacan el féretro, pasa a un metro de mí, a hombros de seis hombres de la funeraria. La madera brilla de lluvia y de cera. Del entierro de mi padre no me acuerdo de nada: me dejaron en casa de una vecina de Logroño, con un vaso de leche y la tele encendida. Me acuerdo de la tele.

Álvaro me aprieta la mano tan fuerte que el anillo se me clava en el dedo de al lado.

Cuando el cura dice «podéis ir en paz» y la primera fila se vuelve para salir detrás del féretro, lo primero que encuentra es a treinta personas con ropa de domingo rodeando a la nuera.

—Esa es la nuera —murmura alguien—. La que mandaron con el servicio.

En el pórtico, mientras se abren los paraguas, Victoria pasa a mi lado sin pararse. No mueve la cara. Sigue saludando con la cabeza a los que la esperan fuera.

—Disfruta del banco, Lucía —dice, solo para mí—. Es lo último que vas a tener de esta familia.

* * *

A la salida, bajo los paraguas, Íñigo Lasa se acerca a la familia. Lleva una carpeta de piel bajo el brazo y la cara más gris que nunca. Se le agita la mano del paraguas y las gotas le caen sobre el hombro sin que se dé cuenta.

—Mañana a las diez, en mi despacho, os explico el testamento —dice—. Tengo copia: Gonzalo me la dejó. Victoria, Beatriz, Álvaro.

Hace una pausa. Me mira a mí.

—Y doña Lucía. También está citada.