La nuera Capítulo 14. La curva del Ebro
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Capítulo 14. La curva del Ebro

La puerta de doble hoja de urgencias del hospital San Pedro no se abre.

Llevo dos horas mirándola desde una silla de plástico naranja, con el bolso sobre las rodillas.

He venido en el coche de Álvaro, que ha conducido de Haro a Logroño con los nudillos blancos y sin decir una palabra.

En cada recta ha bajado la mano a buscar la mía y se ha encontrado la palanca de cambios.

Bea ha llegado después, en taxi. Victoria, la última, con el pelo perfecto y unas gafas de sol que no se quita.

Julio está sentado en la otra punta de la sala, solo, con el bastón de Gonzalo cruzado sobre las rodillas. No lo suelta. Pasa el pulgar por el puño de asta una y otra vez, como quien acaricia la cabeza de un perro viejo.

Me siento a su lado.

—La carpeta está en el coche, señora —dice muy bajo, sin mirarme—. No la ha soltado hasta el rellano.

—¿La ha visto alguien?

—Nadie. —Se mira las manos—. Cuando se cayó, lo primero que hizo fue dármela. Antes de dejar que le tocara nadie.

Nadie más en esta sala sabe por qué Gonzalo estaba esta mañana en la escalera de un notario. Solo Julio y yo. Y el único papel que podía devolverme la mitad de mi padre está en el asiento de un coche aparcado en la calle, sin firmar.

Bea mira el suelo. Álvaro va y viene de la máquina de café a la ventana y de la ventana a la máquina, sin sacar nunca un café. Victoria espera apoyada en una columna, de espaldas, con el móvil pegado a la oreja.

Oigo dos veces el nombre de Íñigo.

A las cuatro sale una médica joven con el pijama verde arrugado y la coleta deshecha. Habla con Victoria y con Álvaro en un rincón, junto a una planta de plástico. No oigo las palabras. Veo la cara de Álvaro, que se va desmoronando frase a frase.

Luego viene y se sienta a mi lado.

—Días —dice—. Una semana, a lo mejor. Lo sabía desde junio y no nos lo dijo. —Se tapa la cara con las manos—. Mi madre dice que ella sí lo sabía. Que se lo ocultó a sus hijos, pero a ella no.

Le paso el brazo por los hombros. Apoya la cabeza en mi cuello y llora sin ruido, sacudiéndose entero, como lloran los hombres que no han aprendido a hacerlo.

Por encima de su pelo veo a Victoria al fondo del pasillo, guardándose el móvil en el bolso.

No llora. Tiene la cara de quien acaba de cuadrar una cuenta.

* * *

A las nueve de la noche suben a Gonzalo a la cuarta planta, a la habitación 412. Dos camas; la otra, vacía, con el colchón desnudo. Una ventana a un patio interior donde gotea un aparato de aire acondicionado.

—Quédate conmigo —me pide Álvaro en el pasillo—. Esta noche. No me dejes solo con él.

Victoria dice que ella no puede, que le duele la espalda y que mañana tiene que estar entera para la reunión con los abogados de los franceses. Bea baja a buscar un taxi. Delante del ascensor, Victoria me toca el codo con dos dedos.

—Acompáñame, Lucía.

Pulso el botón. Esperamos las dos delante de las puertas de acero, viendo bajar los números en la pantallita roja. Huele a desinfectante y a las bandejas de la cena que se llevan por el pasillo.

—Mi marido lleva cuarenta años firmando lo que Íñigo le pone delante —dice, mirando los números—.

Hoy se ha puesto el traje para firmar en otro sitio.

No sé dónde. No sé qué. —Se quita las gafas de sol.

Tiene los ojos secos y muy limpios—. Pero si esta noche se despierta y te pide un bolígrafo, un papel, un notario, lo que sea, me llamas. A mí. ¿Lo has entendido?

—¿Y si no te llamo?

—Te denuncio. Hay un nombre para la que le pone un bolígrafo en la mano a un moribundo. Íñigo me lo ha explicado esta tarde. —Se vuelve a poner las gafas—. Y suena peor que ladrona.

Llega el ascensor. Se abren las puertas.

—Si se despierta, Victoria —le digo—, no va a pedir un bolígrafo. Va a preguntar por qué no estás tú.

Entra. Las puertas se cierran entre las dos antes de que pueda contestar, y lo último que veo de ella es su mano subiendo hacia las perlas.

* * *

Gonzalo no se despierta. Respira con una mascarilla de oxígeno que se le empaña a cada golpe de aire y le deja marcas rojas en las mejillas. Una enfermera entra cada dos horas, mira los monitores, apunta algo en una tablilla y se va sin hacer ruido.

Álvaro y yo nos repartimos una butaca de escay y una silla. Él, en la silla, pegado a la cama, con la mano de su padre entre las suyas. Yo, en la butaca, con las piernas recogidas.

A las once me habla sin volverse.

—¿Tú lo sabías?

Algo se me queda quieto debajo del esternón.

—¿El qué?

—Que estaba tan mal. Estas semanas te ha visto más que a mí. Te pide que le leas el parte. Te llama a su despacho. —Por fin me mira—. ¿Lo sabías?

Lo sé desde el jueves de los franceses. Lo leí en un sobre del servicio de oncología, encima de su mesa, mientras él dormía en el sillón. Y me lo callé, igual que me callo todo lo demás.

—Sabía que estaba enfermo —le digo—. No sabía cuánto.

Es la verdad recortada por un lado. Se la doy sin temblar, y él la coge, y asiente, y vuelve a mirar a su padre.

Eso es lo que más me asusta. Lo bien que me sale.

A medianoche no aguanto más la habitación. Le digo que bajo a por un café y me dice que vale, sin mirarme.

La cafetería está cerrada. En el vestíbulo de la planta baja hay una máquina, junto a un banco donde duerme un hombre abrazado a un ramo envuelto en celofán.

Meto las monedas. La máquina tarda en decidirse.

Miro el vaso de plástico llenarse de un líquido marrón que huele a quemado y pienso en lo que me dijo Gonzalo anoche, bajo la lámpara verde.

Que no llega el momento bueno. Que solo llega el día de después.

Subo con dos cafés.

Álvaro está de pie junto a la ventana. Se frota la muñeca izquierda con la mano derecha, como si se la acabaran de soltar.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Se vuelve—. Ha abierto los ojos. Un momento.

—¿Ha dicho algo?

Coge el café. Le da un sorbo y tuerce la boca.

—Nada que se entienda.

Me mira por encima del vaso y aparta la vista.

Esta noche los dos le escondemos algo al otro. La diferencia es que yo lo sé.

* * *

A la una se sienta en el suelo, con la espalda contra mi butaca, y apoya la nuca en mis rodillas. Le paso la mano por el pelo. Lo tiene sucio de todo el día, áspero de polvo de bodega.

—Me enseñó a podar con siete años —dice, mirando el techo—. En la viña vieja. No me dejaba cortar nada. Me ponía delante de una cepa y me hacía mirarla media hora. Decía que la mitad de podar es mirar. —Se ríe sin ganas—. Yo me aburría como una ostra. Y ahora no sé podar de otra manera.

—Me gustaría verte.

—En noviembre. Cuando caigan las hojas. —Me busca la mano por encima del hombro—. Te enseño. Media hora mirando una cepa. Ya verás qué divertido.

Le aprieto la mano.

Ahora, pienso. Aquí, con su padre respirando a dos metros, sin nadie más. Le cuento la feria, la deuda, la curva. Le cuento quién soy antes de que se lo cuente otro.

—Álvaro.

—Mañana. —Me lo dice con los ojos cerrados—. Lo que sea, mañana. Esta noche no puedo con nada más, Lucía.

Me callo.

A las tres se queda dormido en la silla, doblado sobre el borde de la cama, con la mejilla encima de la sábana y los dedos todavía enredados en los de su padre. Le echo mi chaqueta por los hombros. No se mueve.

* * *

A las cinco de la mañana, Gonzalo abre los ojos.

Primero mira a su hijo, sin mover la cabeza, con el pelo revuelto de Álvaro a dos palmos de la cara. Después me busca a mí.

No dice nada. Saca la otra mano de debajo de la sábana y me la tiende.

Se la cojo.

Nos quedamos así hasta que empieza a clarear el patio.

Entonces me suelta y señala con los ojos la mesilla: un vaso de agua, sus gafas, la cartera de piel. Se la acerco. La abre con los dedos torpes y saca de entre los billetes una foto de carné gastada por los bordes, con una esquina doblada.

Un hombre joven, pelo rizado, barba de dos días, sonriendo a la cámara de un fotomatón.

Le doy la vuelta. Detrás, a bolígrafo, con una letra inclinada que reconocería en cualquier parte:

«Para que no te olvides de mi cara, socio. T.»

Gonzalo me pone la foto en la palma y me cierra los dedos encima con los suyos. Me aprieta un momento. Mira otra vez a su hijo dormido. Cierra los ojos.

Me la guardo en el bolsillo de la camisa, contra el pecho.

Toda una vida llevándola en la cartera. Al lado del dinero.

* * *

El martes por la mañana, Gonzalo pide el alta voluntaria. Quiere morir en su casa, dice, en su cama, con la ventana abierta a la viña. La médica se niega, discute, llama a un compañero. Al final firma el papel con cara de no estar de acuerdo.

Victoria no viene: la reunión con Lasa y con los abogados de los franceses no se puede aplazar, dice por teléfono. Bea se ofrece a ir en el coche con su padre. Gonzalo dice que no.

Que lo lleve Julio. Y que vaya Lucía con él.

—¿Y yo, papá? —Álvaro está a los pies de la cama, con el abrigo de su padre colgado del brazo.

—Tú ve delante. —A Gonzalo la voz le sale en hilos, entre respiración y respiración—. Que esté la ventana abierta cuando llegue. Y que te ayude Remedios con la cama.

Álvaro me mira. No dice nada, pero la pregunta se le ve entera en la cara: por qué ella.

Nadie lo entiende. Yo sí.

En el coche, Gonzalo va tumbado en el asiento de atrás, con la cabeza en mi regazo y una manta de cuadros hasta la barbilla.

Julio conduce despacio por la carretera del Ebro, sin radio, con las dos manos en el volante.

En el asiento del copiloto, debajo de su gorra, asoma el borde de una carpeta de cartón.

Por la ventanilla pasan chopos, huertas de pimientos, viñas a medio vendimiar, el río ancho y marrón de finales de septiembre.

A la altura del kilómetro cuatro, Gonzalo abre los ojos.

—Julio. Para aquí.

* * *

Julio aparca en el arcén con el motor en marcha. Al otro lado del guardarraíl, el terraplén baja hasta la orilla entre chopos altísimos, con las hojas empezando a amarillear.

Es la curva.

La he pasado decenas de veces con los ojos cerrados. La mañana de mi boda, Nuria me preguntó si me mareaba. Le dije que sí.

Hoy abro la puerta y me bajo.

No hay nada. Ni una cruz, ni un ramo, ni una marca en el asfalto. Una curva de carretera comarcal como cualquier otra, con una señal de velocidad recomendada y hierba crecida en la cuneta. Los chopos mueven las hojas con el viento y suenan a agua.

Aquí se acabó todo. Y parece un sitio para hacer un picnic.

Camino hasta el guardarraíl. Tiene una abolladura antigua a la altura de mi rodilla, el metal arrugado y la pintura saltada, comida de óxido por los bordes. Pongo la mano encima.

Está fría. Más fría que el aire.

Intento respirar y el aire se me queda a medio camino, en la garganta, sin bajar. Me agacho. Apoyo la frente en el metal. Huele a hierro y a tierra mojada, y en algún sitio del terraplén croa una rana, tan tranquila.

Oigo una puerta. Julio se baja, viene hasta el guardarraíl y se queda de pie a mi lado, con la gorra en la mano. No me toca. No dice nada. Mira el río.

Yo tenía seis años. Él, trece.

Cuando me levanto, me ofrece el brazo para volver al coche. Lo cojo.

* * *

Gonzalo se ha incorporado en el asiento. Mira por la ventanilla hacia el terraplén.

—Aquella noche vino a la bodega gritando —dice—.

Traía el contrato en la mano. Una copia que le había mandado el banco esa misma mañana.

Me la tiró encima de la mesa. —Traga saliva—.

Me dijo: «Mírame a la cara y dime que no sabías que esa letra no es la mía».

Le miré a la cara. Y le dije que no sabía nada.

Julio, delante, apaga el motor.

—Se fue dando un portazo. Le oí arrancar en el patio. Pensé en salir detrás de él.

—Y no saliste.

—No salí. —Mira el terraplén—. Me serví una copa de coñac. Me senté en la silla de mi cabecera, la que luego quemé. Y a las dos de la mañana me llamó la Guardia Civil.

No digo nada. No puedo.

He odiado a este hombre media vida sin conocerle. Y ahora lo tengo otra vez con la cabeza en mi regazo, temblando, pidiéndole perdón a una curva.

* * *

Me busca la mano bajo la manta. Tiene la piel fina como papel de fumar y los dedos helados, aunque el sol entra de lleno por la ventanilla.

—Lo del notario… no me va a dar tiempo, Lucía. Ya lo sabes.

—No hables. Descansa.

—Escúchame. —Me aprieta la mano con una fuerza que no espero—. Lo que era de tu padre no está en los papeles de Íñigo. Nunca ha estado ahí. Está donde lo dejamos los dos, el primer año.

—¿Dónde?

Cierra los ojos. Se le va la voz. Tengo que acercar el oído a su boca para entenderle.

—La siete —dice—. La del noventa y ocho.