La nuera Capítulo 13. Una llave para todas las puertas #2
50%

Capítulo 13. Una llave para todas las puertas #2

—Pues ten cuidado con la verdad. Que la verdad no paga nueve millones. —Suspira—. Por cierto, preguntó por ti. Quiere saber si eres de la familia o del fondo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no te conozco.

Cuelga.

Al otro lado del río se ven las luces de Haro y la torre de Santo Tomás, amarilla, temblando en el vaho que deja mi aliento en el cristal.

Mañana a las diez, un notario. El cinco de octubre a las diez, otro.

Entre los dos, catorce días.

* * *

A medianoche llaman a la puerta. Dos golpes suaves. Álvaro se ha dormido esperándome en el sofá del cuarto, con la ropa puesta y un libro abierto sobre el pecho.

Es Bea. En pijama, sin maquillar, el pelo recogido de cualquier manera y un cigarrillo apagado entre los dedos. Sin el móvil en la mano parece más joven y más cansada.

—No he tenido nada que ver con lo de las perlas —dice desde el pasillo, en voz baja—. Quiero que lo sepas.

—Lo sé. Lo de esta tarde… Bea, lo siento. Me equivoqué contigo.

—Sí. —No se mueve del pasillo—. Delante de mi padre.

—¿Por qué me lo cuentas, entonces?

—Porque mi madre y Cristina van a por ti, y a mí me da igual lo que hagáis. Yo quiero que se venda esta bodega, cobrar lo mío e irme a Burdeos. Los franceses me han ofrecido ser consejera. No quiero estar en medio de lo que sea esto.

Se da la vuelta. Se para.

—Te vi bajar al calado, Lucía. La primera semana. Descalza, con las zapatillas en la mano. Abajo había luz y se oía a Remedios rezando.

—¿Y qué más oíste?

—Poco. Ahí abajo todo hace eco. —Se mete el cigarrillo apagado en la boca—. Me senté en el último escalón a fumarme uno, a ver quién subía primero. Cuando oí pasos, lo dejé allí y me fui.

—Lo pisé.

—Ya lo sé. —Casi sonríe—. No se lo he dicho a nadie.

—¿Todavía?

Me mira por encima del hombro.

—Todavía.

Se va por el pasillo, descalza, sin hacer ruido. Igual que yo aquella noche.

Cierro. Echo la llave. Me quedo con la espalda contra la madera, oyendo el corazón en los oídos.

En esta casa, hasta la ayuda trae fecha de caducidad.

* * *

El lunes amanece limpio, sin niebla, con un cielo de postal.

A las nueve menos cuarto veo desde la ventana a Gonzalo bajar la escalinata con el traje oscuro y el bastón, más derecho que en toda la semana. Julio le abre la puerta de atrás del coche. Gonzalo levanta la vista hacia mi ventana. Un segundo.

Y se sube.

El coche se va por el camino de los álamos y deja en el aire un polvo fino que tarda en posarse.

Media hora después sale Cristina con sus tres maletas color camel. No se despide de nadie. Victoria la acompaña hasta el taxi, le da dos besos largos y le dice algo al oído. Cristina asiente y se sube sin mirar atrás.

Álvaro se ha ido a la bodega a las siete: hoy entra en los depósitos la uva de la ladera de abajo y no puede faltar. Me ha besado en el hombro antes de irse, antes de que amaneciera, y me ha dicho algo que no he entendido.

Bajo a desayunar.

En el comedor, Victoria está sola. No lee el periódico. Habla por el móvil muy bajo, de espaldas a la puerta, con la mano libre en el respaldo de la silla de la cabecera.

Solo oigo el final.

—… a Logroño, Íñigo. No. No es el médico.

Cuelga. Se vuelve. Me ve en el umbral.

—Buenos días, Lucía. ¿Café?

—Ya me lo sirvo yo.

—Claro. —Se sienta—. Mi marido se ha levantado a las seis para ponerse el traje de los entierros. Para ir al médico. —Unta la tostada de mantequilla hasta los bordes, sin dejar un hueco—. Los hombres de esta casa siempre se han vestido muy bien para hacer tonterías.

No contesto. Me sirvo el café y me lo llevo a la cocina.

* * *

A las diez en punto miro el reloj de la pared. Remedios amasa a mi lado y no me pregunta qué miro.

Ahora, pienso. Ahora se sienta. Ahora el notario le lee el primer párrafo.

A las diez y media pelo patatas que nadie me ha pedido que pele. Me corto en el pulgar y no me doy cuenta hasta que veo la sangre en la piel de una patata. Remedios me coge la mano, me la pone debajo del grifo y me envuelve el dedo en un trapo sin decir nada.

A las once suena la campanilla del comedor. Victoria quiere otro café.

—Ya voy yo —le digo a Remedios.

Cargo la bandeja. Una taza, la jarrita, el azucarero. Las manos firmes. Ya debe de estar. Ya debe de haber firmado, y Julio lo estará ayudando a bajar la escalera, y esta noche Gonzalo se sentará a mi lado en la cena y nadie más que nosotros dos sabrá por qué sonríe.

Dejo la taza delante de Victoria. Le sirvo. Ella ni me mira: mira por la ventana el camino de los álamos.

Me doy la vuelta para salir.

A las once y diez me vibra el móvil en el bolsillo. Julio. No me ha llamado nunca.

—Señora Lucía —dice, y se le rompe la voz—. Don Gonzalo se ha caído en la escalera del notario. Viene la ambulancia.

—¿Cómo que…? Teníais cita a las diez.

—Había otra firma antes y se ha alargado. Una herencia, con mucha gente. Ha querido esperar en el coche, con el traje puesto, una hora entera. A las once le han avisado y no me ha dejado subirle del brazo. Tres pisos sin ascensor, señora. —Tráfico. Una sirena que se acerca—. En el segundo rellano…

—¿Ha entrado? Julio, ¿ha llegado a entrar?

Silencio al otro lado.

—No, señora. No ha llegado a entrar.

A mi espalda, en el comedor, Victoria remueve el café.

Despacio.

Sin ninguna prisa.