Capítulo 13. Una llave para todas las puertas
No habla de mi madre. Habla de mi padre.
Lo entiendo por el «se hereda», por cómo suelta la frase y se queda mirando dónde cae. Lo sabe desde el viernes, desde que escribió aquel apellido en el margen del periódico. No ha subido a este cuarto a buscar unas perlas. Ha subido a buscarme a mí.
No le contesto. Le sostengo la mirada hasta que es ella la que parpadea.
—Voy a llamar a la Guardia Civil —dice.
—Ella no ha sido. —Álvaro tiene los puños cerrados a los costados—. Mamá, ella no ha sido.
—Entonces dime quién, hijo. Dímelo tú.
Nadie se lo dice. Cristina se coloca un mechón detrás de la oreja. Bea levanta el móvil un par de centímetros más.
Me quedo mirando la puerta. Estaba cerrada con llave cuando hemos subido; Remedios ha tenido que abrirla con su llavero. La mía la llevo en el bolsillo del pantalón. La noto contra el muslo, fría, una prueba que nadie me va a pedir.
La primera semana, Álvaro me enseñó la casa riéndose de sus manías. En la parte vieja, todas las cerraduras son de hierro y todas iguales, porque su abuelo no se fiaba de los cerrajeros. Una sola llave abre todas las puertas del primer piso.
Una llave de hierro. Como la que Cristina dejó encima del mantel el primer martes, con su cinta verde.
La que nunca le pidió nadie.
—Cristina —digo, sin subir la voz—. ¿Me enseñas tu llavero?
Se le va el color de la cara.
—¿Perdona?
—La llave de hierro. La de la cinta verde. La que abre esta puerta y todas las del pasillo. ¿La llevas encima?
* * *
—La perdí —dice Cristina—. Hace meses.
—La primera semana la tenías. —Álvaro saca las palabras de una en una—. La dejaste en la mesa, en la comida. Te pregunté si todavía la tenías. Y me dijiste que nunca te la había pedido nadie.
Cristina mira a Victoria. Victoria no la mira a ella.
Habla alguien que no habla nunca.
—Esta tarde, a las seis, la familia estaba en misa.
—Remedios sostiene todavía el collar lejos del cuerpo, con dos dedos, como se coge un pájaro muerto—.
La señorita Cristina subió del jardín por la escalera de servicio.
Yo estaba planchando en el cuarto de la ropa, al fondo del pasillo, con la puerta abierta.
La vi entrar aquí. No bajó hasta las seis y cuarto.
—¡Remedios!
—Déjala hablar.
Es Gonzalo. Ha subido la escalera solo y se sostiene en el marco con una mano. Respira por la boca, a golpes cortos. Lleva todavía la chaqueta de misa y la corbata floja.
—En esta casa se ha callado demasiado —dice.
Remedios cruza la habitación y le deja el collar a Victoria en la palma abierta, con la otra mano por debajo, para que no se escurra.
Cristina se echa a llorar. Dice que era una broma, que no iba a dejar que llamaran a nadie, que Victoria le había pedido…
Se calla a media frase. Se le queda la boca abierta alrededor de un nombre que ya ha dicho.
Victoria cierra la mano sobre las perlas. Pasa por mi lado sin rozarme y sale. No dice nada. El taconeo se aleja por el pasillo hasta la última puerta.
Álvaro tiende la mano hacia Cristina.
—La llave.
Ella busca en el bolso con los dedos torpes. Saca el llavero. Le cuesta soltar la anilla; se parte una uña y ni se entera. Al final le pone en la palma la llave de hierro con la cinta verde.
—Esto ya no es tuyo —dice él—. Mañana te vas de esta casa.
Bea baja el móvil. No ha grabado nada.
Y yo, con la victoria todavía caliente en la boca, me vuelvo hacia ella.
—¿Y tú, Bea? —Me sale antes de pensarlo—. ¿Qué ibas a grabar? ¿A la nuera ladrona con las perlas en la mano, para mandárselo a los franceses? ¿Lo teníais montado entre las tres?
Bea se queda blanca. No colorada: blanca, como si le hubieran quitado la sangre de golpe.
—Iba a grabar a mi madre —dice—. Por si se pasaba contigo. —Se guarda el móvil en el bolsillo del pantalón, con cuidado, sin mirarlo—. Pero ya veo que no hacía falta. Tú te defiendes sola. Contra todas.
Sale sin dar un portazo. Es peor.
Gonzalo me mira desde la puerta. Ya no hay orgullo en su cara. Hay algo más viejo, más cansado, que conozco de las fotos de mi madre.
—¿Por qué le has dicho eso? —pregunta Álvaro, muy bajo.
—Pensé que…
—No pensaste. —Me suelta la mano—. Le has hablado igual que le habla mi madre.
He ganado esta mano. Y he perdido otra sin darme cuenta, delante de las tres personas de esta casa que no me la tenían jugada.
Pero he aprendido algo. Mi suegra no quiere que me vaya. Quiere que me vaya acusada.
* * *
Cuando se van todos, vacío el bolso encima de la colcha.
Todo. La cartera, las llaves del coche, un pintalabios, dos tiritas, el cargador, unos pañuelos de papel, un ticket de gasolina de Haro. Lo separo en montones. Abro la cremallera del bolsillo interior y meto los dedos hasta el fondo de la costura. Le doy la vuelta al forro. Lo sacudo.
No hay nada más. Lo sé. Lo hago otra vez.
En el instituto de Madrid desapareció un monedero en el vestuario de gimnasia. La tutora me vació la mochila la primera, encima de un banco, delante de todas, sin explicar por qué. No hacía falta: todo el mundo sabía en qué trabajaba mi madre.
Tenía quince años. Hoy tengo treinta y tres, un despacho en la Castellana y un expediente de treinta millones con mis iniciales.
Y me ha bastado una frase para volver a aquel banco.
Álvaro entra sin llamar. Me ve de rodillas sobre la cama, con el forro del bolso vuelto del revés entre las manos, y se queda quieto en la puerta.
—Lucía.
—Estoy comprobando que no me han dejado nada más.
Cierra. Se sienta en el borde de la cama, al otro lado de los montones, y me quita el bolso de las manos con mucho cuidado, como se le quita un cuchillo a alguien que no sabe que lo tiene.
—Lo siento —dice—. No sé cuántas veces voy a tener que decírtelo este mes.
—No eres tú quien tiene que decirlo.
—Ya. —Se frota la cara—. ¿Por qué ha dicho eso? Lo de que se hereda.
Ahí está. La pregunta que él no sabe que es la buena.
—Porque mi madre fregaba escaleras. Lo dijo en el brindis. Para tu madre, la gente que friega roba. Es una cuenta que tiene hecha desde hace mucho.
Me mira. Mucho rato. Con los ojos que pone en la bodega cuando huele una barrica y algo no le cuadra: no sabe qué es, pero sabe que está ahí.
—No me ha sonado a eso.
—¿A qué te ha sonado?
—A algo que sabe ella y no sé yo.
No contesto. Recojo las llaves, la cartera, el pintalabios. Él me sujeta la muñeca, sin apretar, y me hace dejarlo todo otra vez sobre la colcha.
Me besa. O le beso yo, no lo sé. Sabe a la sopa que no hemos terminado y a rabia, y me tumba entre los montones de mis cosas, y el pintalabios rueda y cae al suelo, y me da igual.
Le saco la camisa del pantalón. Por un momento la casa se queda muy lejos, al otro lado de una puerta con llave, con sus perlas y sus cerraduras de hierro.
Dos golpes en la madera.
—Señora Lucía. —Es Remedios, desde el pasillo—. Don Gonzalo pregunta por usted. En el despacho.
Álvaro apoya la frente en la mía. Respira hondo, dos veces.
—Ve —dice—. A mí no me llama nunca.
Lo dice sin rencor. Por eso duele.
* * *
Gonzalo está sentado bajo la lámpara verde. Detrás de la puerta, colgado de una percha, hay un traje oscuro recién planchado, con la funda de la tintorería todavía puesta.
—Mañana a las diez —dice—. El notario de Logroño. Me lleva Julio. No se lo he dicho a nadie más.
—¿Y si Victoria…?
—Victoria cree que voy al médico. Voy al médico todos los lunes. —Sonríe con media boca—. Por una vez, estar enfermo sirve para algo.
Abre una carpeta de cartón y me la gira sobre la mesa. Dentro hay un borrador de testamento mecanografiado, con anotaciones a mano en los márgenes y una línea subrayada:
«La participación que perteneció a don Tomás Soler Garrido volverá a su hija, doña Lucía Ibarra…».
No leo más. No puedo. Las letras se me emborronan y tengo que apoyar las dos manos en la mesa.
Veintisiete años. Un renglón.
—Mañana a esta hora —dice Gonzalo— estará hecho.
Cierra la carpeta. Se quita las gafas y se aprieta el puente de la nariz con dos dedos.
—¿Se lo has dicho a mi hijo?
—No.
—Díselo tú. Antes de que se lo cuente otro. —Me mira por encima de la lámpara—. Yo esperé toda una vida a que llegara el momento bueno, Lucía. No llega. Lo único que llega es el día de después.
—Se lo diré cuando esté firmado.
Asiente. No me cree. Yo tampoco.
* * *
En el pasillo me espera Victoria.
Lleva una bata de seda azul y el moño todavía hecho. Las perlas no se las ha vuelto a poner: las tiene en la mano y las pasa entre los dedos una a una, igual que Remedios pasa las cuentas del rosario.
—¿Qué te ha dado mi marido?
—Las buenas noches.
—Disfrútalas. —Mira la puerta del despacho, con la raya de luz verde por debajo—. No le quedan muchas para repartir.
Da un paso. Huele a crema de noche y, debajo, a algo amargo de pastilla para dormir.
—Cristina ha sido torpe —dice muy bajo—. Es joven y quiere a mi hijo, y eso vuelve torpe a cualquiera. Yo no soy joven, Lucía. Y a mi hijo lo quiero de otra manera. —Una perla. Otra—. Cuando Gonzalo no esté, en esta casa solo quedaré yo para darte las buenas noches. Piénsalo.
—Ya lo pienso. —Le sonrío—. Cristina ha tenido prisa. Tú no. Tú eres de las que ensayan.
La mano se le cierra sobre el collar. Oigo el broche contra la uña.
No contesta. Se da la vuelta, y la seda de la bata le hace un ruido de agua en los tobillos hasta que cierra su puerta.
Me apoyo en la pared. Acabo de enseñarle una carta que no debía enseñar todavía.
Lo cargo en la cuenta. Esta vez, en mi columna: un error.
* * *
Me suena el móvil antes de llegar al cuarto. Julián. Contesto pegada a la ventana del rellano, con la frente contra el cristal frío.
—Delorme ha mandado la oferta en firme. Sesenta millones por la bodega entera, con la marca y las viñas.
Firma en Haro, el cinco de octubre, a las diez, ante notario.
—Hace una pausa—. Y Hélène Delorme ha pedido una cosa rara: toda la historia de las participaciones desde 1998. Algo le dijiste en esa comida, Lucía.
—Le dije la verdad.