La nuera Capítulo 12. Que nos lo digamos todo
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Capítulo 12. Que nos lo digamos todo

Durante dos días, Victoria no me dirige la palabra.

No me mira en el desayuno del sábado, ni en la comida, ni en la cena.

Pasa a mi lado en el pasillo como se pasa junto a un mueble.

Habla con Álvaro de los franceses, con Bea de los números, con Cristina de un vestido que ha visto en Bilbao.

Cuando yo digo algo, la conversación sigue por encima de mi voz como el agua por encima de una piedra.

Solo una cosa cambia. Esos dos días baja a cenar con las perlas puestas, aunque no venga nadie. Cuando paso por detrás de su silla, se las toca.

Yo sigo sentándome en la cabecera.

Nadie ha vuelto a decir nada de la silla. Pero ya no es la misma silla: todos la miran al entrar en el comedor, como se mira un coche aparcado en doble fila. Cristina la rodea para no rozarla. Bea, en cambio, se ha acostumbrado a dejarme la jarra del agua al alcance, sin comentarios.

Gonzalo empieza a sentarse a mi lado en las comidas.

Come poco. Esta semana ha adelgazado tanto que la chaqueta le cuelga de los hombros como de una percha.

Pero cuando hablo, me escucha. El sábado por la tarde me pide que le lea en voz alta el parte meteorológico de la vendimia, porque se le cansa la vista.

Lo leo entero. Lluvias débiles el martes. Viento del norte.

—Tu padre leía así —dice, con los ojos cerrados—. Como si cada palabra costara dinero.

* * *

El viernes por la tarde, Remedios me pone en las manos la bandeja del café de Gonzalo sin decir nada. Ya ni siquiera hace falta que me lo pida.

Llamo dos veces. Tarda en contestar.

Está en la mesa de nogal, inclinado bajo la lámpara verde, con las gafas en la punta de la nariz y un bolígrafo en la mano. Delante tiene unos folios escritos con su letra pequeña y recta, por las dos caras. Cuando entro, les pone encima el periódico doblado.

—¿Escribes cartas?

—Hago las cuentas que no hice. —Se quita las gafas—. Siéntate un momento. Si tienes tiempo.

Me siento en la butaca de enfrente. Le sirvo el café. Él no lo toca.

—¿Cómo es mi hijo en Madrid?

Me pilla tan de sorpresa que me río.

—Pide siempre lo mismo en los restaurantes. Habla con los camareros de las uvas hasta que se le enfría el plato. En el cine se duerme a los veinte minutos y luego me pregunta cómo acaba. —Lo pienso—. Y canta en la ducha. Fatal.

—¿Canta?

—Todas las mañanas.

Gonzalo se queda mirando la ventana, la viña al fondo, quieta en la luz de la tarde.

—En esta casa no le he oído cantar nunca —dice—. Ni de niño.

Le da la tos. Cuando se le pasa, vuelve a ponerse las gafas, y entiendo que tengo que irme.

En la puerta me vuelvo. Ha apartado el periódico y sigue escribiendo, muy deprisa, como quien tiene miedo de que se le acabe la tinta antes que la frase.

Esa noche lo apunto: «Viernes 18, 17:30. Gonzalo. Folios. Los tapa».

* * *

El sábado por la mañana bajo a la bodega con un termo de café que me ha dado Remedios para Álvaro.

En el patio, la tolva traga uva y escupe raspones. Álvaro está subido al borde de un depósito, con las botas moradas hasta el tobillo. Abajo, Cristina, con una carpeta abrazada, le dice algo y se ríe. Él baja de un salto. Ella le quita con el pulgar una mancha de mosto de la mejilla.

Se lo deja hacer. Un segundo. Luego se aparta.

Un segundo es mucho. Lo sé porque lo he contado.

Cristina me ve antes que él. No se mueve de donde está.

—Las fichas técnicas —dice, levantando la carpeta—. Para Burdeos. Alguien tiene que trabajar en esta casa.

—Claro. Y alguien tiene que limpiarle la cara.

—Lo hago desde los quince. —Sonríe—. Se mancha siempre en el mismo sitio.

—Y en todos esos años no te llevó nunca a la viña vieja. A mí me llevó el primer domingo.

Se le va la sonrisa. Se marcha hacia la casa con la carpeta apretada, sin despedirse de él.

Álvaro viene hacia mí frotándose la mejilla con la manga, con rabia.

—No ha sido nada.

—Ya lo sé.

—¿Estás celosa?

Podría decirle que no. Me sale muy bien decir que no.

—Sí.

Se le ilumina la cara entera. Me quita el termo, me coge de la cintura con la otra mano y me besa delante de la tolva, de Julio y de dos chicos rumanos que se ponen a aplaudir.

Es la primera verdad entera que le doy en días. Ha bastado una sílaba para hacerle feliz.

Me paso la mañana pensando en eso.

* * *

El sábado a media tarde, Bea me encuentra en los escalones de la puerta de atrás, los de la colilla, con una taza de café en las manos.

Se sienta un escalón por encima de mí. Enciende un cigarrillo. Tarda en hablar.

—¿Qué le has hecho a mi padre?

—Nada.

—Lleva treinta años sin hablar en las comidas, y ahora te pide que le leas el tiempo. —Suelta el humo hacia el seto—. A mí no me ha pedido que le lea nada en su vida. Ni a mi hermano. A mí me pedía que no hiciera ruido.

No es celos. O no solo. Es otra cosa que tiene la voz rota por debajo de la ironía.

—Está enfermo, Bea.

—Ya sé que está enfermo. —Da otra calada—. Lo sé desde junio. Le vi el sobre del hospital encima de la mesa y me volví a cerrar la puerta. ¿Sabes por qué? Porque en esta casa, si no ves las cosas, no te pasan.

Me mira de reojo.

—Tú no eres así. Tú lo miras todo. Te he visto. Las carpetas, la biblioteca, las escaleras de abajo.

Dejo la taza en el escalón.

—¿Y qué vas a hacer con lo que has visto?

Bea apaga el cigarrillo contra la piedra, con cuidado, y esta vez se guarda la colilla en el bolsillo del chaleco.

—De momento, nada. —Se levanta—. Me interesa más ver qué haces tú.

* * *

Esa misma tarde me llega un correo de Julián. Sin saludo, como todos.

«Delorme me ha preguntado de pasada si venderíamos la deuda antes del vencimiento. Le he dicho que todo tiene precio. No hay nada. Te lo cuento para que no te sorprenda.»

Lo leo tres veces, sentada en el borde de la bañera, con la puerta del baño cerrada por dentro.

Si el fondo vende la deuda, mi arma pasa a otras manos. Ya no la llevo yo. Treinta millones que compré para tener con qué pelear y que se pueden ir en una llamada de un lunes, con un buen beneficio para el fondo, mientras yo sirvo café.

Le contesto con una sola línea.

«Avísame antes de hacer nada.»

La respuesta llega en un minuto.

«Te aviso después. Como siempre.»

* * *

El sábado por la noche, Álvaro me lleva a cenar a Haro, a una casa de comidas de la calle de la Vega donde lo conocen desde niño. La dueña le pellizca la mejilla. A mí me mira de arriba abajo y luego le dice a él, en voz baja pero no tanto, que ya era hora de que trajera a alguien que comiera.

Pedimos pimientos rellenos y chuletillas al sarmiento. El comedor huele a brasa y a vino de la casa, y en la tele de la barra dan un partido que nadie mira.

Álvaro está contento. Con una alegría nerviosa, de quien ha visto algo que no entiende pero que le gusta.

—Celosa —dice en cuanto nos sentamos—. Llevo todo el día acordándome.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. —Me roza el tobillo con el pie por debajo de la mesa y lo deja ahí.

—Mi padre te quiere —dice, sirviéndome vino—. No sé por qué, pero te quiere. Lo de la silla… Llevo treinta y seis años en esa casa y nunca le había visto hacer nada así. Ni por mí ni por Bea.

Parto un trozo de pan. No contesto.

En la mesa de al lado, un matrimonio mayor cena en silencio. Él le aparta las espinas del pescado a ella con el tenedor, sin mirarla, de memoria. Ella le sirve el agua antes de que la pida.

Álvaro los mira también.

—Mis padres nunca han hecho eso —dice—. Ni una vez. Más de cuarenta años casados y no los he visto cogerse de la mano.

—A lo mejor lo hacen cuando no los ves.

—No. —Le da vueltas a la copa—. En mi casa no se hace nada cuando no se ve. Se hace todo para que se vea.

—A lo mejor es que se está despidiendo —sigue, y se le apaga la voz—. Está muy mal, Lucía. Lo veo subir la escalera y me da miedo. Le digo que vaya al médico y me dice que ya va. Que va todos los lunes.

—¿Y le crees?

—No sé. —Se encoge de hombros—. En mi casa nadie dice nunca lo que le pasa. Mi madre sonríe, mi padre tose, Bea fuma. Y yo me voy a la viña. Así hemos vivido siempre.

Me coge la mano por encima del mantel de papel. Me la aprieta.

—Quiero que nosotros seamos distintos. Que nos lo digamos todo. —Me mira a los ojos—. Aunque duela.

La frase me atraviesa como un clavo.

—Sí —le digo—. Todo.

Le digo que lo quiero. Es verdad. Es la frase más verdadera que he dicho en esta tierra.

Y le falta la otra mitad.

* * *

Volvemos andando por el camino del río, con los zapatos en la mano y la luna menguante colgada sobre el Ebro. Me cuenta que de niño se escapaba por aquí con Julio a pescar cangrejos, y que Remedios los esperaba en la cocina con una toalla en una mano y una zapatilla en la otra, y que nunca la usó.

—La zapatilla no —dice—. La toalla sí. Me frotaba la cabeza tan fuerte que me dejaba las orejas rojas.

Me río. Él se para en mitad del camino y me besa, con la espalda contra un chopo y el agua corriendo a dos metros. Sus manos en mi cintura. Las mías en su nuca.

—Vámonos de aquí un día —me dice al oído—. Tú y yo. Una casa pequeña. Una viña pequeña. Sin apellidos.

Sin apellidos.

Si supiera lo que acaba de pedir.

Esa noche no encendemos la luz.

Entra el aire de la viña por la ventana abierta, fresco, con olor a tierra regada, y la luna menguante pone un rectángulo pálido en el suelo.

Al otro lado de la pared suena la televisión de Cristina, bajita.

Álvaro me desabrocha la blusa botón a botón, con los dedos todavía torpes del vino de la cena, y cada vez que se le resiste uno se ríe contra mi cuello, sin ruido, para que no nos oigan.

—Chist —le digo, y me río yo también.

—Chist tú.

Me quita la blusa. Me besa el hombro, la clavícula, el sitio exacto donde late el pulso, y se queda ahí, quieto, escuchándolo, contándolo.

Le saco el jersey por la cabeza y se le queda el pelo de punta.

Le paso las manos por la espalda, que todavía guarda el calor del día, y él respira hondo y me tumba en la cama con una suavidad que no le conozco de día.

Hacemos el amor en silencio, mordiéndonos la risa y luego ya sin risa. Él me mira todo el rato, con los ojos muy abiertos en la penumbra. Quiere aprenderse mi cara.

Yo cierro los ojos.

No es que no quiera mirarlo. Es que, si lo miro, se lo cuento todo.

Después se queda dormido con la cabeza en mi pecho y una mano abierta sobre mi tripa, pesada, caliente. Yo me quedo despierta oyendo la televisión de al lado y el agua de la acequia, con los dedos metidos en su pelo, contando las veces que he estado a punto de decírselo esta noche.

Tres.

* * *

El domingo por la tarde, la familia va a misa de seis a Santo Tomás, como cada domingo de septiembre. Me siento con Álvaro dos bancos detrás de Victoria. Cristina se ha quedado en casa: tiene que preparar unos documentos para Burdeos, dice.

Remedios no viene. Se cruza conmigo en la escalera de servicio, camino del cuarto de la ropa, con un montón de sábanas que le llega a la barbilla.

—¿No va a misa?

—Los domingos de vendimia plancho. —Se sube el montón con la rodilla—. Dios ya sabe dónde estoy.

Antes de salir, cierro con llave la puerta de nuestro cuarto. Lo hago siempre desde aquella noche en el calado. La llave me la guardo en el bolsillo del pantalón.

La iglesia está fría y huele a cera. Durante el sermón, Gonzalo se levanta de su banco sin hacer ruido y va por el pasillo lateral, apoyado en el bastón, hasta una capilla pequeña del fondo, la de las velas.

Lo sigo con la vista. Echa una moneda en el cepillo. Enciende una vela, una sola, con la mano temblando, y se queda de pie delante de ella con la cabeza baja mucho más tiempo del que se tarda en rezar un padrenuestro.

Victoria también lo mira. Desde su banco, girando apenas el cuello, con el misal abierto por una página que no lee.

Cuando Gonzalo vuelve a sentarse, ella no le pregunta nada. Le coloca bien el cuello de la chaqueta con dos dedos, como se coloca un mantel torcido.

Después de misa, Victoria se queda a merendar chocolate con las señoras de la cofradía en la plaza de la Paz. La esperamos todos.

Gonzalo no se sienta. Cruza la plaza con el bastón y se para delante del escaparate de una joyería, cerrada, con la persiana a medio bajar. Se queda ahí, apoyado con todo su peso en el bastón.

Me acerco. No le pregunto nada. Miramos los dos el cristal: un mostrador de madera al fondo, una balanza pequeña de latón, nuestras dos caras encima, transparentes.

—Sigue igual —dice al fin. Nada más.

Volvemos a casa pasadas las ocho y media, en dos coches, sin hablar.

A las nueve menos diez, de vuelta en casa, cuando Remedios está sirviendo la sopa, un grito baja por la escalera principal y llega al comedor antes que la persona que lo ha dado.

Victoria aparece en la puerta con la mano en el cuello. Sobre la piel desnuda. Donde siempre están sus perlas.

—Me las han quitado. Del joyero. Las de mi madre.

Cincuenta años en la familia Garay. Las mismas que llevaba en el banquete cuando levantó la copa y me regaló un delantal.

Dejo la cuchara en el plato.

Desde el viernes no me ha mirado ni una vez. Ahora sí me mira.

Y sonríe.

No es la sonrisa del banquete. Es otra. Más pequeña. La de alguien que lleva dos días esperando en el pasillo, detrás de una puerta, a que pase la presa.

* * *

—Que registren las habitaciones —dice Cristina, poniéndose de pie—. Todas. Es lo más justo, ¿no? Así nadie se siente acusado.

—Remedios —ordena Victoria—. Empieza por el primer piso.

Remedios no se mueve. Mira a Gonzalo. Gonzalo tiene la vista clavada en el mantel y la cara gris.

—Ve —dice, sin fuerza.

Subimos todos. Álvaro delante, furioso, de dos en dos. Bea detrás, con el móvil en la mano, lista para grabar. Remedios abre primero el cuarto de Cristina, que lo deja revolver con los brazos cruzados y una sonrisa paciente. Luego el de Bea, que se encoge de hombros. Luego el nuestro.

La puerta está cerrada. Remedios la abre con su llavero.

Mi bolso de piel marrón está en la silla junto a la ventana, donde lo dejé esta mañana. Remedios lo abre. Mete la mano.

Y saca las perlas.

—Lo sabía —susurra Cristina. Demasiado deprisa.

El broche de oro brilla bajo la lámpara del techo. Remedios sostiene el collar en el aire con dos dedos, lejos del cuerpo.

Nadie dice nada durante un segundo larguísimo.

Victoria da un paso hacia mí. Su voz suena tranquila. Casi dulce.

—Ya está. Hay familias en las que robar se hereda, ¿verdad, Lucía?